Mi hija desapareció a los 17 – 16 años después, vi la bolsa que tejí para ella en un hombro de extraño

Sergio no tenía idea de lo que estaba a punto de suceder.

—He dicho que se levante —repitió.

Don Manuel levantó lentamente la mirada.

—Agente, le recomiendo que piense bien antes de hacer lo que está a punto de hacer.

Sergio soltó una carcajada.

—¿Y usted quién se cree que es?

Don Manuel no respondió.

Simplemente volvió a mirar hacia el sendero donde esperaba que aparecieran Carmen y Lucía.

Ese gesto enfureció todavía más al agente.

—¿Me está ignorando?

Sergio tomó las esposas de su cinturón.

La mujer que estaba grabando con el teléfono dio otro paso atrás.

—Señor, ¿está bien? —preguntó en voz baja.

Don Manuel asintió.

—Estoy bien.

Entonces Sergio le agarró las muñecas.

—Queda detenido por desacato y resistencia a la autoridad.

—No me he resistido —respondió Manuel con calma.

—Ahora sí lo hará.

El clic metálico de las esposas resonó en todo el parque.

Ochenta personas observaron en silencio.

Algunos sacaron sus teléfonos.

Otros simplemente miraron sin saber qué hacer.

Don Manuel bajó la cabeza.

No porque tuviera miedo.

Sino porque sabía que, a partir de ese momento, Sergio acababa de cruzar una línea que no podía borrar.

A varios kilómetros de allí, las tres camionetas negras ya estaban entrando en el perímetro del parque.

—¿Tenemos confirmación? —preguntó Elena Vera.

—Confirmado. El director sigue esposado.

Elena cerró los ojos durante un instante.

—No intervengan hasta que yo lo ordene.

—Pero, señora, podrían hacerle daño.

—Lo sé.

Miró la pantalla de su teléfono.

En ella aparecía la transmisión de una de las cámaras del parque.

Y entonces vio algo que la hizo cambiar de expresión.

—Esperen…

Amplió la imagen.

Don Manuel no estaba solo.

A pocos metros, detrás de un árbol, había un hombre observándolo.

Un hombre que llevaba diez años desaparecido.

El mismo hombre que había sido relacionado con una de las investigaciones más peligrosas de la Agencia Nacional.

—¿Quién es ese? —preguntó uno de los agentes.

Elena respondió casi en un susurro:

—Ese es precisamente el motivo por el que el director Rivas está aquí.

Mientras tanto, Sergio seguía sin saber nada.

—Vamos —ordenó, tirando de las esposas.

Don Manuel se levantó.

Pero antes de dar un solo paso, escuchó una voz infantil.

—¡Abuelo!

Lucía corría hacia ellos.

Carmen venía detrás.

La niña se detuvo al ver las esposas.

Su rostro cambió inmediatamente.

—¿Por qué le has puesto eso a mi abuelo?

Sergio se agachó ligeramente.

—Tu abuelo ha incumplido las normas.

—Mi abuelo no hace nada malo.

—Niña, aléjate.

Lucía no se movió.

Miró a Don Manuel.

Luego miró al agente.

Y dijo algo que hizo que Carmen palideciera.

—Mamá dijo que nunca debemos contar quién es el abuelo cuando estamos fuera.

Sergio frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Don Manuel cerró los ojos.

—Lucía…

Pero ya era demasiado tarde.

Sergio miró nuevamente al anciano.

—¿Quién es usted?

Don Manuel permaneció en silencio.

Entonces un sonido de motores comenzó a escucharse desde la entrada del parque.

Tres camionetas negras aparecieron al fondo.

Las puertas se abrieron al mismo tiempo.

Hombres y mujeres vestidos de oscuro descendieron rápidamente.

Javier Robles, el antiguo agente que había estado jugando con su hijo, reconoció inmediatamente los vehículos.

Su rostro perdió el color.

—Dios mío…

Su hijo lo miró confundido.

—¿Qué pasa, papá?

Javier respondió:

—Ese hombre no es un jubilado cualquiera.

Los agentes federales caminaron directamente hacia Sergio.

Uno de ellos mostró una identificación.

—Agente Molina, aparte las manos del detenido.

Sergio soltó una sonrisa nerviosa.

—¿Detenido? ¿Qué problema tienen ustedes?

La agente miró las esposas.

Luego miró a Don Manuel.

Y finalmente dijo:

—Acaba de esposar al director general de la Agencia Nacional de Investigación.

El parque entero quedó en silencio.

Sergio abrió los ojos.

—¿Qué?

Don Manuel levantó lentamente la cabeza.

—Ahora entiende por qué le pedí que pensara antes de actuar.

Sergio retrocedió un paso.

Pero Elena Vera todavía no había terminado.

Se acercó a Don Manuel y le habló en voz baja:

—Señor director, encontramos al hombre que estaba buscando.

Manuel dejó de sonreír.

—¿Dónde?

Elena señaló discretamente hacia los árboles.

—Está aquí.

Don Manuel miró en aquella dirección.

El hombre desaparecido salió lentamente de entre las sombras.

Y cuando Manuel lo reconoció, su expresión cambió por completo.

Porque aquel hombre no era un enemigo.

Era alguien que él había creído muerto durante diez años.

Y llevaba en la mano una carpeta con pruebas capaces de derribar a algunas de las personas más poderosas del país.

Pero había un problema.

La primera página de aquella carpeta llevaba una fotografía de Sergio Molina.

Y debajo de su nombre aparecía una palabra:

“COLABORADOR.”

Continuará…