RELATO EMOCIONANTE: Por que soy sacerdote católico y no un pastor protestante

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” Los cultos duran 2 horas y media, a veces tres. Comenzaban con 30 o 40 minutos de alabanza, las guitarras, el teclado, las voces elevándose en himnos tradicionales primero, luego en canciones contemporáneas que repetíamos hasta que el ambiente se cargaba de emoción. Yo cantaba con todo mi cuerpo, con las manos levantadas, con los ojos cerrados, sintiendo que cada palabra me acercaba más a Dios.

 Luego vinieron los anuncios, las ofrendas, los testimonios. Alguien compartía como Dios había provisto un trabajo, sano una enfermedad, restaurado una relación. La congregación respondía con amenes y aleluyas. Finalmente, el sermón que pudo durar entre 40 minutos y una hora. Mi padre tomó notas meticulosamente. Yo intentaba prestar atención, aunque a los 11 años muchas cosas se me escapaban, pero captaba el tono, la urgencia, la convicción absoluta de que teníamos la verdad y el mundo necesitaba escucharla.

Después del culto venía el almuerzo comunitario. Las mujeres habían preparado comida durante la semana y todos compartíamos en el salón anexo. Empanadas, milanesas, ensaladas, tortas. Los hombres hablaban de trabajo y de fútbol, ​​pero siempre regresaban a la Biblia. Las mujeres conversaban sobre sus hijos, sus casas, pero intercalaban oraciones y promesas bíblicas.

 Los niños corríamos por el patio, jugábamos, formábamos amistades que asumíamos serían eternas porque todos éramos familia en Cristo. Yo tenía mi grupo Matías, hijo del pastor Lucas y Tomás, hermanos gemelos, cuyo padre era líder de alabanza. Y Daniela, la única chica que jugaba al fútbol con nosotros, mi abuela Teresa, la madre de mi mamá.

 Era la única nota discordante en esa armonía protestante. Vivía sola en un departamento pequeño cerca del parque Independencia. Y aunque la visitábamos cada dos semanas, había una tensión invisible que se instalaba cada vez que cruzábamos su puerta. Ella era católica, no de esas católicas que van a misa solo en Navidad, sino de las que rezaban el rosario todas las noches.

 Tenían estampitas de santos en cada rincón y hablaban de la Virgen como si fuera una presencia real en sus vidas. Recuerdo una visita específica cuando yo tenía unos 13 años. Mi madre había llevado facturas recién compradas y yo tenía que entregarle unos papeles de la obra social. Entramos al departamento y el olor a incienso me tocó inmediatamente.

Mi abuela había estado rezando. Tenía el rosario todavía en las manos. “Perdón, Teresa”, dijo mi madre. Interrumpimos. Mi abuela me irrita. guardó el rosario en el bolsillo de su delantal y dijo: “Nunca interrumpen, hija, pero yo había visto algo en sus ojos. No molestia, sino una especie de soledad, como si su momento más íntimo hubiera sido invadido”.

 Nos sentamos en su pequeña mesa de cocina. Ella té sirvió y empezó a contarnos sobre su semana. Había ido a la parroquia para el grupo de viudas. Habían organizado una colecta para una familia necesitada. El padre Miguel la había visitado para ver cómo estaba. Mi madre escuchaba con atención genuina, pero yo notaba su incomodidad cuando la abuela mencionaba al sacerdote, cuando hablaba de la misa, cuando se refería a nuestro Señor en el santísimo sacramento, eran códigos de un mundo que no compartíamos.

 En un momento, mi abuela me miró directamente y me preguntó cómo me iba en la escuela. Le conté sobre mis clases, sobre un examen de matemáticas que había salido bien. Ella se siente orgullosa. Luego pregunté si tenía novia. Me puse rojo. Mi madre río. Todavía no, mamá. Está muy chico para esas cosas. Mi abuela irritante con esa sonrisa cómplice de los abuelos y dijo, “Cuando tengas, tráela para que la conozca y si alguna vez necesitas consejo, acá estoy.

” Había algo en su forma de decirlo. No era solo cortesía, era una oferta real de presencia, de escucha, sin juicio. Mi padre nunca fue directamente grosero con ella, pero había comentarios pequeños, corteses, envueltos en preocupación pastoral. Una vez, cuando ella mencionó que había estado en una novena, mi padre preguntó con tono suave, Teresa, “¿Has pensado en leer la Biblia por ti misma sin intermediarios? Dios quiere que tengas una relación directa con él.

” Mi abuela no se inmutó, solo respondió, leo la Biblia, Marcos. Y también tengo una relación directa con Dios, pero no veo por qué eso significa que deba rechazar 2,000 años de sabiduría de la iglesia. Mi padre no insistió, pero intercambió una mirada con mi madre que yo interpreté.

 Como ya ves, está cerrada la verdad. Mi madre sufriría esa división en silencio. Nunca la vi defendió abiertamente la fe de su madre, pero tampoco participaba cuando mi padre o los ancianos de la iglesia hacían comentarios sobre las tradiciones humanas o el paganismo. Había una lealtad dividida en ella que solo ahora, años después, puedo entender, amaba a su madre, pero también había construido toda su vida adulta en la iglesia protestante.

 Había criado a sus hijos. En esa fe había encontrado comunidad y propósito ahí, como podía validar el camino de su madre sin cuestionar el propio Yo aprendería a ver a mi abuela con una mezcla de cariño y lástima. La quería genuinamente. Disfrutaba sus visitas, sus historias sobre cuando mi madre era niña, sus bizcochos caseros que hacía especialmente para nosotros.

 Pero también creía que estaba equivocada, que seguía un sistema religioso corrupto que la alejaba de la verdad bíblica cuando oraba por ella, lo cual hacía ocasionalmente pedía que Dios abriera sus ojos antes de que fuera demasiado tarde. Nunca definí que significaba demasiado utargi, pero había una urgencia implícita.

El tiempo se acababa. En ella necesitaba ser salva. Y la salvación, yo creía firmemente, solo venía a través de una profesión de fe personal en Cristo, según la fórmula protestante que conocíamos. A los 17 años, durante un retiro juvenil en las sierras de Córdoba, sentí lo que todos llamaron el llamado al ministerio.

 Fue en un campamento organizado por nuestra denominación con jóvenes de varias iglesias de la región. Éramos como si en Shikus instalados en un predio con cabañas rústicas, rodeados de naturaleza, completamente desconectados del mundo exterior. El tema del retiro era consagración total. Durante tres días escuchamos prédicas sobre entrega, sacrificio, servicio.

 Había testimonios de misioneros que habían dejado todo para ir a países lejanos. Había momentos de alabanza que duraban horas con fogatas bajo el cielo estrellado y guitarras que no paraban de sonar. La noche del segundo día fue particularmente intensa. Habían organizado una vigilia de oración desde las 10 de la noche hasta el amanecer nos dividieron en grupos pequeños y cada grupo tenía un espacio asignado en diferentes puntos del predio.

Mi grupo estaba en una pequeña capilla al aire libre, básicamente un círculo de piedras con una cruz de madera en el centro. Éramos siete Matías, yo y cinco chicos que no conocíamos de antes. El líder adulto que nos acompañaba nos guió en oración durante la primera hora, pero luego nos dejó solos diciendo que Dios quería hablarnos personalmente.

Pasamos horas en ese círculo, orábamos en voz alta, compartíamos lo que sentíamos que Dios nos estaba diciendo. Cantábamos suavemente. Hubo momentos de silencio, pero nunca duraron mucho. Alguien siempre rompía el silencio con otra oración, otra canción, otra palabra. Yo estaba básicamente cansado, pero había una energía nerviosa que me mantenía alerta.

 Cerca de las 3 de la madrugada, uno de los chicos empezó a llorar. Dijo que sentía que Dios le estaba pidiendo que dejara su plan de estudiar medicina y que en cambio, fuera al seminario. Los demás pusimos nuestras manos sobre él y oramos. La intensidad emocional era palpable. Fue en ese momento, mientras orábamos por este chico, que sentí algo que solo puedo describir, como una expansión en mi pecho, como si mi corazón se agrandara, como si hubiera más espacio dentro de mí de lo que pensaba.

 No escuché una voz audible, pero había palabras formándose en mi mente. Yo te he llamado, yo te he apartado, confía en mí. Empecé a temblar. Las lágrimas vinieron sin aviso. Matías me miró y susurró, “¿Qué pasa, hermano? No pude responder. Sol, sol, sol”. Cuando el líder adulto volvió al amanecer para llevarnos al desayuno, me encontré todavía llorando.

 Me preguntó qué había pasado. Le conté sobre la sensación, sobre las palabras en mi mente. Sonrió ampliamente, me abrazó y dijo: “Hermano, Dios te está llamando al ministerio. Esta mañana, en la reunión general, donde todos los grupos compartían lo que habían experimentado durante la vigilia, me hicieron pasar al frente.

 El pastor principal del campamento me puso las manos sobre los hombros y oró por mí, declarando que Dios me había apartado para su obra. Los 100 jóvenes aplaudieron. Sentí que flotaba. Volví a Rosario transformado. No era el mismo chico que había subido al autobús tres días antes. Tenía un propósito. Ahora, una dirección clara a mi vida ya no era mía, era de Dios para sus planos, para su gloria.

 Mi padre lloró cuando se lo conté. No de tristeza, sino de una alegría profunda que nunca le había visto antes. Me abrazó fuerte, tan fuerte, que casi no podía respirar. Y me dijo: “Hijo, he estado orando por este día desde que naciste. Siempre supe que Dios te había apartado. Siempre lo supe en mi madre. También lloró, pero diferente. Había alegría.

Sí, pero también algo más quizás preocupación, quizás el peso de saber que su hijo mayo ahora, cargaría con expectativas enormes. La Iglesia celebró mi llamado con un servicio especial de consagración. Me hicieron pasar al frente. Los ancianos y mi padre pusieron sus manos sobre mí.

 El pastor principal ungió mi frente con aceite. Oraron declaraciones proféticas sobre mi vida que sería un instrumento poderoso en las manos de Dios, que llevaría el evangelio a multitudes, que plantaría iglesias, que haría discípulos. Yo recibí cada palabra con fe, creyendo que se cumplirían. La congregación entera oro por mí.

 Sentí el peso de sus expectativas, pero también la seguridad de su apoyo. No estaba solo en esto. Toda la comunidad caminaría conmigo. A partir de ese momento, todo en mi vida se orientó hacia ese objetivo. Empecé a predicar en el grupo de jóvenes cada vez que el líder me daba oportunidad.

 Al principio eran mensajes cortos y queu 20 minutos compartiendo lo que había aprendido en mi tiempo devocional. Pero fui mejorando. Aprendí a estructurar sermones, a usar ilustraciones que conectaran con la audiencia, a crear momentos de tensión y resolución. Descubrí que tenía cierto don para hablar en público, para captar la atención, para hacer que conceptos teológicos complejos sonaran accesibles.

También empecé a estudiar teología por mi cuenta. Mi padre tenía una biblioteca considerable y comentarios bíblicos. Libros de teología sistemática, biografías de grandes predicadores. Leí un domartur, un KGU, Spra, un John Piper. Estudié las cinco solas de la reforma. Solu, escripturau, Solufight, Sola Groatía, Soluz Cristos, Solidio Gloria.

Estos se convirtieron en mi fundamento teológico, especialmente sola escritura. La Biblia Solau, sin tradiciones humanas, sin magisterio eclesiástico, sin intermediarios, solo la palabra de Dios clara y suficiente. Lideré el grupo juvenil durante 3 años, desde los 17 hasta los 20.

 Cuando asumí el liderazgo, éramos unos 15 chicos. Cuando fui al seminario, éramos casi 40. Organizamos campamentos cada 6 meses, noches de oración, los viernes, jornadas de evangelización en las plazas, los sábados. Yo era bueno en eso. Sabía cómo predicar de manera que los chicos se conectaran, cómo hacer que las alabanzas fueran emotivas, cómo crear momentos de encuentro con Dios que dejaran a todos transformados.

O eso creía desarrollado una fórmula sin darme cuenta conscientemente. Comenzábamos con canciones alegres, dinámicas, que generaran energía. Luego pasábamos a canciones más lentas, íntimas, de adoración. Las luces se bajaban, los chicos cerraban los ojos, levantaban las manos. Yo insertaba frases entre las canciones, “Dios está aquí. Él quiere hablarte.

 No te cierres a lo que él tiene para ti. Cuando la atmósfera estaba suficientemente cargada, alguien dio un testimonio personal, algo vulnerable, honesto. Esto generaba empatía, hacía que otros se identificaran. Luego venía mi prédica, siempre con un desafío claro, entregando áreas y pecado, comprométete más con Dios, responde al llamado.

 Terminamos con un llamado al altar. Si sentís que Dios te está hablando esta noche, vení al frente. Casi siempre varios respondían, orábamos por ellos. las manos sobre sus hombros, declarando victoria, quebrantamiento, transformación, anuncionaba o parecía funcionar. Cada retiro, cada vigilia, cada reunión especial, terminaba con jóvenes emocionados, comprometiéndose a cambiar, sintiendo que Dios había hablado directamente a sus corazones y yo era el instrumento de eso. Me sentí útil en necesario.

 Han confirmado en mi llamado. Los líderes adultos me felicitaban. Mi padre estaba orgulloso. El pastor principal me mencionaba desde el púlpito, como ejemplo de un joven consagrado. Pero había algo que empezaba a notarse por los bordes. Los compromisos que se hacían en los momentos emotivos no siempre se mantenían.

 Chicos que habían llorado en el altar un viernes regresaron el siguiente viernes con las mismas luchas, necesitando el mismo toque de Dios. Había un ciclo en emoción, compromiso, declive, culpa, necesidad de otra experiencia emocional. Yo lo atribuía a la inmadurez espiritual, a la falta de disciplina personal. predicaba sobre perseverancia, sobre no vivir de emoción en emoción, sino construir fundamentos sólidos.

 Pero no veía la ironía, no veía que la estructura misma de lo que hacíamos cultivaba dependencia de experiencias emocionales en lugar de formación profunda. A los 20 años entré al seminario bíblico de nuestra denominación. Era un programa de 3 años que combinaba clases presenciales dos veces por semana con estudio independiente y práctica ministerial en iglesias locales.

 Las clases eran en un edificio del centro antiguo con aulas pequeñas y una biblioteca modesta, pero bien surtida. Éramos 12 estudiantes. En mi promoción Todos varones. Nuestra denominación no ordenaba mujeres al pastorado, aunque sí les permitía ser maestras de niños o de otras mujeres. El primer año fue principalmente formación bíblica, estudiábamos hermenéutica, cómo interpretar correctamente las escrituras.

 Aprendimos el método gramático histórico que enfatizaba entender el texto en su contexto original antes de aplicarlo. Estudiamos homilética, el arte de predicar. Nos enseñaron estructura de sermones, uso de ilustraciones técnicas de oratoria. Teníamos que predicar sermones de práctica que eran evaluados rigurosamente por nuestros profesores y compañeros.

 Cada gesto, cada inflexión de voz, cada argumento era analizado, era exigente, pero me encantaba. Me sentí equipado, preparado para la obra que Dios me había encomendado. El segundo año profundizamos en teología sistemática. Estudiamos doctrina de Dios, cristología, peneumatología, soteriología, eclesiología, escatología.

 Cada clase era un ejercicio de precisión doctrinal. Aprendimos a distinguir entre arminianos y calvinistas, entre premilenaristas y postmilenaristas, entre bautistas y presbiterianos. Había ortodoxia y heterodoxia. Había líneas claras que no se podían cruzar sin caer en error. Yo absorbía todo. Escribía ensayos defendiendo la inspiración verbal plenaria de las Escrituras, la salvación por fe sola, el sacerdocio de todos los creyentes, la suficiencia de Cristo.

 También estudiábamos apologética, cómo defender la fe cristiana. contra objeciones, argumentos para la existencia de Dios, evidencias de la resurrección, respuestas al problema del mal y especialmente cómo responder a otras religiones y denominaciones que considerábamos desviadas. Dedicamos varias semanas al catolicismo romano.

Estudiamos sus doctrinas y aprendimos a refutarlas bíblicamente. La veneración de María idolatría disfrazada, la transubstancia, negación del sacrificio completo de Cristo. El purgatorio, invención sin base escritural. El papado, anurpación de la autoridad de Cristo, la salvación por fe, más obras anelio que Pablo condenaría.

 Escribí un trabajo extenso sobre las desviaciones teológicas de Roma. argumentaba que la Iglesia Católica había corrompido el evangelio simple de gracia, con tradiciones humanas, que había puesto la autoridad de la Iglesia por encima de la autoridad de las Escrituras, que había creado un sistema sacramental que mantenía a la gente espiritualmente dependiente en lugar de libres en Cristo.

Cité abundantemente a Lutero, Calvino, los reformadores, también a teólogos protestantes contemporáneos que habían escrito en contra del catolicismo. Mi conclusión era clara, aunque hubiera individuos sinceros dentro de la Iglesia Católica que amaran genuinamente a Jesús, el sistema en sí era antibíblico y necesitaba ser rechazado.

 El profesor lo calificó con un sobresaliente y sugirió que lo presentara en la conferencia anual de estudiantes de seminarios de toda la región. Presenté ese trabajo en la conferencia que se realizó en Córdoba. Hubo como 100 estudiantes de seminario de diferentes denominaciones protestantes. Mi presentación fue bien recibida.

Varios estudiantes me felicitaron después. Un profesor de otro seminario me dijo que había hecho un análisis riguroso y necesario. Eh, me sentí palidado, confirmado en que estaba defendiendo la verdad contra el error. Pero hubo un momento durante las preguntas incómodas. Un estudiante mayoére de un seminario metodista levantó la mano y preguntó: “¿Has estudiado directamente fuentes católicas? o solo críticas protestantes al catolicismo.

 Me quedé en blanco por un segundo. La verdad era que había leído principalmente autores protestantes que escribían sobre el catolicismo. Había consultado el catecismo católico en algunos puntos específicos, pero no había leído a teólogos católicos defendiendo sus propias doctrinas. Respondí que mi trabajo se basaba en las escrituras principalmente y que las fuentes católicas que había consultado solo confirmaban las desviaciones que señalaba.

 Él asintió, pero no parecía satisfecho con mi respuesta. El momento pasó, pero quedó una pequeña incomodidad. Durante ese segundo año de seminario, empecé a salir con Florencia. Nos habíamos conocido años antes en la iglesia. Pero ella era 3 años menor que yo y cuando yo estaba en el grupo de jóvenes, ella todavía estaba en el grupo de adolescentes.

 Ahora ella tenía 18 años, yo 21 y varios hermanos de la iglesia habían comenzado a insinuar que haríamos una buena pareja. Era bonita, de una manera sencilla y natural. Cabello castaño largo, ojos claros, sonrisa tímida. Cantaba en el grupo de alabanza con una voz dulce que destacaba en las armonías. Nuestra primera cita fue después de un culto dominical.

 Le propuse que tomáramos helado en una heladería del centro. Caminamos hablando sobre la iglesia, sobre el sermón de esa mañana, sobre nuestras familias. Descubrí que era maestra de escuela primaria, que amaba trabajar con niños, que su sueño era algún día trabajar en misiones. Me habló de su fe con una sinceridad desarmante.

 No era teológicamente sofisticada como algunos de mis compañeros de seminario, pero había una autenticidad en su relación con Dios que me atraía. Creía con simplicidad, sin las complicaciones y cuestionamientos que a veces plagaban mi mente después de estudiar tanto. Empezamos a salir formalmente con la bendición de ambas familias.

Nuestros padres estaban encantados. ya nos veían casados ​​trabajando juntos en el ministerio. Fluencia era exactamente el tipo de mujer que se esperaba que un futuro pastor eligiera. Piadosa, servicial, dispuesta a apoyar el ministerio de su esposo. Nuestras citas siempre incluían orar juntos.

 Hablábamos sobre cómo queríamos servir a Dios en pareja, sobre los ministerios que podríamos desarrollar, sobre criar hijos en el temor del Señor. Había poco espacio para conocernos fuera del contexto eclesiástico. Éramos Sebastián y Florencia, la pareja joven comprometida con Dios, más que dos individuos complejos tratando de entenderse mutuamente.

Ella me apoyaba incondicionalmente. Cuando yo estaba estresado por los estudios, me llevaba comida que había cocinado cuando tenía que practicar sermones. Ella se sentaba en la iglesia vacía y escuchaba pacientemente dándome comentarios siempre talentosos. Oraba por mí, me enviaba versículos bíblicos por mensaje, me animaba cuando dudaba de estar haciendo lo suficiente.

Era exactamente lo que se suponía que debía hacer. Y yo intentaba hacer para ella lo que un futuro pastor debía ser, un líder espiritual, protector, guía, pero había algo que no podía nombrar, una distancia que no sabía cómo cerrar. Cuando estábamos juntos, sentí que estaba cumpliendo un papel. el novio piadoso un el futuro esposo líder, pero no estaba seguro de estar siendo yo mismo, porque no estaba seguro de quién era yo. Fuera de esos roles.

Recuerdo una tarde específica. Habíamos ido a caminar por el parque. Era primavera, hacía buen clima. Nos sentamos en una banca cerca del lago. Florencia me tomó la mano y empezó a hablar sobre la boda, ya la tenía planeada en su mente. Sería después de mi graduación del seminario, la ceremonia en nuestra iglesia, la recepción en el salón comunitario.

Quería que yo predicara un sermón breve durante la ceremonia sobre el matrimonio como reflejo de Cristo y la iglesia. Tenía ideas para los himnos, para la decoración, para todo. La escuchaba hablar y sentía una presión en el pecho. No era que no quisiera casarme con ella, era que todo parecía ya decidido, ya estructurado, ya definido.

 Había espacio para dudas, para preguntas, para descubrir quiénes éramos realmente juntos fuera del contexto ministerial. No había lugar para la posibilidad de que yo no supiera exactamente quién era o qué quería. Le sonreí. Le dije que sonaba hermoso, pero por dentro algo gritaba pidiendo espacio, pidiendo ira, pidiendo tiempo para pensar.

 Mi abuela Teresa nunca me preguntó sobre mis estudios teológicos. Seguíamos visitándola cada dos semanas, aunque ahora yo iba menos frecuentemente por la carga del seminario y el ministerio. Cuando la visitaba me preguntaba cómo estaba, si estaba comiendo bien, si había conocido una chica linda. Le conté sobre Florencia en una de esas visitas.

Con entusiasmo y dijo: “Me gustaría conocerla algún día”. Le prometí que la traería. Nunca dujéis. No sé por qué. Quizás sabía en algún nivel inconsciente que traer a Florencia al departamento de mi abuela con su altar católico y sus imágenes de santos crearía una incomodidad que prefería evitar. Hablábamos de cosas cotidianas mientras ella me servía.

 Bizcochos caseros y mate cocido. Me contaba sobre sus amigas de la parroquia, sobre actividades que organizaban, sobre el nuevo padre que había llegado a ayudar al padre Miguel. A veces, mientras conversábamos, la veía mirar hacia su pequeño altar doméstico una imagen de la Virgen de Luján, un crucifijo tallado en madera, una vela botiva que siempre estaba encendida a menos y percibía que había un mundo interior en ella al que yo no tenía acceso.

 un mundo de oración, de silencio, de comunión con Dios, que no dependía de cultos ruidos ni de experiencias emocionales. Una vez le preguntó directamente sobre su rosario. Estaba sobre la mesa de la cocina, un rosario antiguo con cuentas de madera gastadas por años de uso. Abuela, ¿por qué rezas el rosario? digo, no es repetitivo.

 No dijo Jesús que no usáramos vanas repeticiones como los paganos. La pregunta salió más confrontativa de lo que pretendía. Ella me miró con esos ojos serenos que tenía. Tomó el rosario en sus manos y dijo: “No es vana repetición cuando cada Ave María sale del corazón. Sebastián, es como cuando vos le decís a tu mamá que la querés.

Deja de ser significativo porque lo decís seguido. No supe qué respondió continuó cuando rezo el rosario. Medito en la vida de Jesús los misterios gozosos, dolorosos, gloriosos, luminosos. No es solo repetir palabras, es caminar con María a través de la vida de su hijo. Es contemplar el misterio de la encarnación, la pasión, la resurrección.

Las palabras son como un río que me lleva más profundo. Había algo en su explicación que no podía refutar fácilmente. No era ignorancia, era una espiritualidad pensada, vivida, pero yo estaba demasiado convencido de tener razón como para considerarlo seriamente. Le sonreí, le di un beso en la frente y cambié de tema.

 En mi segundo año de seminario empecé a notar algo inquietante. En medio de los cultos, especialmente los particularmente ruidos y largos. Me estaba cansado, no prácticamente cansado, sino agotado de alguna manera más profunda, como si estuviera representando un papel que conocía de memoria, pero que ya no me quedaba bien. Había momentos durante alabanzas particularmente intensas en los que tenía que salir discretamente al baño solo para tener un minuto de silencio, un minuto donde no tuviera que cantar, no tuviera que levantar las manos, no tuviera que

. Mi devoción me decía que era tentación, que el enemigo quería desanimarme justo cuando estaba a punto de completar mi formación. Oraba más, ayunaba una vez por semana. Me esforzaba por sentir el fuego que había sentido a los 17 en aquel retiro. A veces volvía, especialmente después de ayunar o después de noches de oración prolongadas, sentía esa intensidad emocional, esa cercanía con Dios que asociaba con estar en el centro de su voluntad. Pero cada vez duraba menos.

Era como una droga que requeriría dosis cada vez mayor res para producir el mismo efecto. Intenté hablar de esto con un compañero de seminario, Damián, con quien había desarrollado cierta amistad una tarde después de clase. Le pregunté si alguna vez se sintió espiritualmente agotado. Me miró con preocupación y me preguntó si estaba luchando con algún pecado oculto.

 Le aseguré que no, que solo me sentía cansado. A veces me dijo que probablemente necesitaba descansar más, que el ministerio era demandante y debíamos cuidar nuestro cuerpo. También me ofreció orar conmigo. Oramos ahí mismo en el pasillo del seminario. Él pidió que Dios renovara mi fuerza, quebrara cualquier ataque del enemigo, que me llenara nuevamente de su espíritu.

Agradecí la oración, pero no tocó lo que yo estaba sintiendo, porque el problema no era falta de oración o falta de fe. El problema era algo más profundo que no sabía cómo nombrarlo. Mi abuela Teresa murió en marzo, 3 meses antes de que yo cumpliera 23 años. Fue repentino, un derrame cerebral masivo.

 Mientras dormía murió sola en su departamento. Fue su vecina, la señora Marta, que vivía al lado, quien la encontró cuando fue a buscarla para ir juntas a misa de la mañana. La puerta estaba sin llave, como siempre. Marta entró llamándola. La encontré en su cama pacífica con el rosario todavía entre sus dedos. Mi madre recibió la llamada de Marta a las 6 de la mañana.

 Yo estaba en la cocina preparando mate. Cuando escuché el teléfono, vi a mi madre contestar. Vi como su rostro cambiaba, como se quedaba inmóvil. Cuando colgó, se sentó en la silla más cercana con el teléfono aún en la mano, mirando hacia la nada. No lba, solo estaba quieta, como si el mundo se hubiera detenido, y ella no supiera cómo volver a ponerlo en movimiento.

 Mi padre salió de la habitación todavía en pijama, preguntando qué pasaba. Mi madre, dijo simplemente, mamá murió. Mi padre la abrazó y oró en voz alta, pidiéndole a Dios que consolara a su esposa, que recibiera el alma de Teresa en su misericordia, a pesar de sus errores doctrinales, que nos diera paz en medio del dolor.

 Yo sentí rabia cuando dijo eso, una rabia súbita, viseral, que me sorprendió por su intensidad. Errores doctrinales, Kisigit. Ahora tenés que mencionarlo ahora, pero no dije nada, solo me quedé temblando de una emoción que no sabía cómo procesar. Mis hermanos despertaron con el ruido. Mi madre les explicó lo que había pasado.

 El menor Joaquín, que tenía 11 años, empezó a llorar inmediatamente. La abuela Teresa lo había querido especialmente. Siempre le guardaba caramelos, le preguntaba por la escuela, le regalaba libros. El del medio franco que tenía 15 se quedó callado procesando. Yo los abracé a ambos intentando ser fuerte, intentando ser el hermano mayo r debía sostener a la familia, pero por dentro estaba desarmándome.

 El velorio fue en una funeraria del centro organizada por la parroquia Nuestra Señora del Carmen, donde mi abuela había sido feliz durante más de 40 años. Cuando llegamos esa tarde, el lugar estaba lleno de gente que yo nunca había visto. Señoras mayo res con rosarios en las manos murmurando oraciones, hombres de traje que habían sido compañeros de ella en alguna cofradía.

 Un grupo de la parroquia cantaba suavemente himnos marianos. Había flores por todas partes, más flores de las que había visto en cualquier funeral protestante, y un crucifijo grande sobre el ataúd Cristo clavado, sufriendo, el padre Miguel el párroco, se acercó a nuestra familia. Era un hombre de unos 50 años con cabello gris abundante y una expresión que combinaba serenidad con genuina calidez.

 Le agradeció a mi madre por haber venido, le tomó las manos entre las suyas, le dijo que Teresa había sido una mujer de fe profunda, una luz en la comunidad que la extrañarían inmensamente. Mi madre lloró por primera vez desde que había recibido la noticia. El padre Miguel la abrazó sin incomodidad, dejándola llorar, sin intentar detener las lágrimas con palabras piadosas.

Luego explicó que habría una vigilia durante la tarde, que quien quisiera podía quedarse, que no había presión, pero que la comunidad estaría presente para acompañar a Teresa en su última noche antes del funeral. También mencionó algo que capturó mi atención. Había una tradición en la parroquia de dejar una silla vacía junto al féretro, para quien necesitara hacer silencio con el difunto.

 No todos procesan el duelo hablando o rezando en voz alta. Dijo: “Algunos necesitan simplemente estar presentes en silencio. La silla está ahí para eso”. Mi padre frunció el señor cuando escuchó eso, pero no dijo nada. intercambió una mirada con algunos hermanos de nuestra iglesia que habían venido a acompañarnos. Yo sabía lo que estaban pensando en otra tradición católica extraña, sin base bíblica, pero había algo en la idea que me inquietaba.

Cuando había tenido yo espacio para estar en silencio con Dios, con la vida, con la muerte, la mayo. E parte de mi familia, se fue después de un par de horas. Tenían que volver a sus responsabilidades, a sus rutinas, el trabajo, la escuela, los compromisos. Mi madre se quedó, pero estaba en otra sala hablando con familiares lejanos que venían a dar el pésame.

 Gente que yo no conocía, pero que aparentemente habían sido importantes en la vida de mi abuela. Mi padre tuvo que volver a casa para resolver algo del trabajo. Mis hermanos se fueron con él. Yo me quedé en la sala principal sin saber muy bien por qué admiraba el ataúd. La foto de mi abuela sonriendo tomada quizás hace 10 años, cuando todavía no había envejecido tanto.

 Las coronas de flores con cintas que decían de la parroquia Nuestra Señora del Carmen, del grupo de viudas, de la cofradía del santísimo, y miraba esa silla vacía junto al ataúdlo mucho. Había algo magnético en esa silla, en la invitación implícita a hacer algo que nunca había hecho. Al estar en silencio a mí senté y me quedé ahí.

 Al principio no sabía qué hacer con mis manos. Las juntas como en oración, pero me sentí falso. Las separé y las puse sobre mis rodillas. Luego las crucé. Luego las dejé colgando a los lados. Cada posición se sentía incorrecta, o más bien cada posición me hacía consciente de mí mismo de una manera incómoda. Miré alrededor. Había tres señoras ancianas en un rincón.

Rezando el rosario en voz baja, las cuentas se movían entre sus dedos con un ritmo hipnótico. Un hombre que parecía ser familiar lejano lloraba en silencio cerca de la entrada, las lágrimas cayendo sin que las limpiaban. El padre Miguel estaba en otra esquina sentado en una silla leyendo un breviario. Nadie me prestaba atención, nadie esperaba que yo hiciera nada.

 Y por primera vez en mi vida sentí que no tenía que hacer nada, no tenía que cantar, no tenía que orar en voz alta, no tenía que animar a nadie ni crear un ambiente espiritual, no tenía que predicar, ni dar testimonio, ni ser ejemplo. No tenía que demostrar mi fe, ni cumplir un rol. Solo podía estar ahí sentado junto a mi abuela muerta en silencio.

 Era liberador y aterrador al mismo tiempo. Al principio el silencio era profundamente incómodo. Estaba acostumbrado al ruido constante en las guitarras, en los cultos, las voces en oración simultánea donde todos hablaban al mismo tiempo con Dios. Los sermones amplificados que llenaban cada espacio de palabras. las interminables conversaciones sobre doctrina y ministerio.

 Incluso mi vida devocional personal estaba llena de palabras. Leía la Biblia o oraba en voz alta porque me habían enseñado que era mejor verbalizar las oraciones. Escuchaba prédicas en audio mientras viajaba, cantaba himnos mientras me duchaba. Siempre había algo que decir, algo que proclamar, algo que declarar. Pero ahí, en esa silla no había nada que decir.

Intenté orar como siempre lo hacía. Cerré los ojos y empecé mentalmente en padre. Te agradezco por la vida de mi abuela. Pero las palabras se sentían vacías, mecánicas, como si estuvieran cumpliendo una fórmula, porque era lo que se suponía que debía hacer. Abrí los hoyos, déjé de intentar orar solo. Me quedé ahí, empecé a notar cosas que normalmente no notaba.

 El olor a flores mezclado con el aroma tenue a velas, la luz que entraba por una ventana lateral, creando un patrón de luz y sombra sobre el piso de baldosas. El sonido del rosario, no las palabras, sino el sonido físico de las cuentas moviéndose entre los dedos de las ancianas. Un clic suave y rítmico.

 El sonido de la ciudad afuera. amortiguado, pero presente, un colectivo pasando, alguien tocando bocina a lo lejos, el ritmo de mi propia respiración que empezó a hacerse más lento sin que yo lo intentara conscientemente. Cerré los ojos otra vez, pero esta vez no intenté llenar el espacio con oraciones formuladas. Solire inalé isalé.

 Conté las respiraciones durante un rato solo para tener algo en que enfocarme. Uno, al inhalar. Dos, al exhalar. Tres, al inhalar. Cuatro, al exhalar. Llegué a 10 y volví a empezar. A, no sé por qué lo hice. No era una técnica que me hubieran enseñado. Solo surgió, naturalmente, no sé cuánto tiempo pasó. Podría haber sido media hora, podría haber sido una hora, podría haber sido más, pero algo empezó a cambiar dentro de mí.

 Ah, no fue una revelación dramática. No escuché voces audibles, ni sentí éxtasis, ni vi visiones. Fue más sutil que eso. Fue como si por primera vez en mucho tiempo hubiera espacio suficiente dentro de mí para que Dios fuera Dios sin que yo tuviera que hacer nada al respecto. Tenía que producir un encuentro espiritual, no tenía que generar una experiencia mística, no tenía que demostrar mi fe con palabras elevadas o emociones intensas.

 Solo podía estar presente, vacío de mi agenda, disponible para lo que viniera. Pensé en mi abuela, en cómo había vivido su fe de una manera completamente diferente a la mía. Ella nunca había intentado convertirme, nunca había discutido teología conmigo, nunca había defendido el catolicismo ni atacado el protestantismo.

 Solo había vivido su fe en silencio con una constancia que yo había interpretado como obstinación o ignorancia. Pero sentado ahí, en ese silencio que ella había habitado durante décadas, empecé a preguntarme si su silencio era ignorancia o sabiduría, si su falta de argumentos era debilidad o fortaleza, si su manera de rezar el rosario, de ir a misa, de tener su altar en casa, era superstición o algo que yo no había entendido.

 Pensé en todas las veces que había orado por su conversión en cómo había asumido que ella necesitaba ser salvada de su catolicismo, que estaba en error, que solo un cambio a nuestra forma de fe la pondría en la verdad. Yil me preguntó por primera vez si no sería yo el que estaba perdiendo algo. Si en nuestra búsqueda de experiencias cada vez más intensas, de cultos cada vez más ruidos de doctrinas cada vez más definidas, no habíamos perdido precisamente esto, la capacidad de estar en silencio ante Dios sin necesidad de controlarlo o

producirlo. Abrí los hoyos, miré, el crucifijo sobre el ataúdo. Era como las cruces vacías de nuestras iglesias. Esas cruces simples y desnudas que simbolizaban que Cristo ya no estaba allí, que había resucitado. Este tenía a Cristo clavado, sufriendo con el costado traspasado, con la cabeza inclinada, con las gotas de sangre talladas minuciosamente en la madera.

 Siempre había pensado que era mórbido y necesario, que enfocarse en el sufrimiento de Cristo era perderse la victoria de la resurrección. Cristo ya no está en la cruz. Solíamos decir con cierto tono triunfante, está sentado a la diestra del Padre en gloria era verdad. Pero mirando ese Cristo crucificado en ese momento, entendió algo diferente.

No era negar la resurrección, era no apresurarse a escapar del sufrimiento. Era permitir que el dolor fuera real, que la muerte fuera real, que el silencio del sábado santo fuera real antes de saltar inmediatamente a la victoria del domingo de resurrección. era reconocer que el camino hacia la gloria pasa por la cruz, no alrededor de ella, y que a veces estar en el sufrimiento en el silencio en sí, en la aparente ausencia de Dios, es parte del camino.

 Me levanté de esa silla 3es horas después, cuando el padre Miguel anunció suavemente que cerrarían la sala por 20 minutos para preparar el rosario comunitario de la noche, mi madre me vio salir de la sala principal y me interceptó en el pasillo. “Sebastián, ¿estás bien?”, me preguntó tocándome el brazo. Su rostro mostraba preocupación.

 La Jigi que sí, que solo había estado ahí sentado. 3 horas, dijo ella. Estuviste ahí 3 horas. No me había dado cuenta de que había pasado tanto tiempo. Jo, me encogí de hombros. Necesitaba estar con ella. Fue todo lo que pude decir. Mi madre ascendió. Aunque no creo que entendiera completamente. Esa noche en mi habitación intenté orar como siempre lo hacía.

 Abrí mi Biblia, leí un salmo, el salmo 23, apropiado para un día de duelo, y empecé a hablar con Dios en voz alta. Padre, te agradezco por la vida de mi abuela Anté pido que Pero las palabras sonaban huecas e mecánicas. como si estuviera siguiendo un guion que ya no tenía sentido para mí. Cada frase se sentía ensayada, artificial.

 Cerré la Biblia, apagué la luz, me quedé acostado en la oscuridad en silencio. Esperé sin chishkupau. Siempre me habían enseñado que descuidar el tiempo devocional era abrir la puerta al enfriamiento espiritual, pero no vino en lugar de culpa. Sentí algo parecido a la paz. No era euforia, no era la emoción intensa de los retiros, era algo más quieto, más profundo.

 Me quedé dormido en ese silencio. El funeral fue al día siguiente, a las 10 de la mañana. Misa de cuerpo presente en la parroquia del Carmen. Era la primera vez que yo entraba a esa iglesia. Era antigua. construido probablemente a principios del siglo XX. Techos altos con vigas de madera, vitrales que contaban historias bíblicas, estatuas de santos que yo no reconocía en hornacinas laterales.

El olor a incienso era más fuerte que en la funeraria. El ataque de mi abuela estaba al frente, frente al altar, cubierto con un paño blanco. Mi familia estaba incómoda. No sabíamos cuándo pararnos, cuándo sentarnos, cuándo arrodillarnos. Las señoras ancianas que habían estado en el velorio nos miraban con compasión nu con Yuiyu.

Una de ellas, una tal Beatriz que se presentó como amiga cercana de mi abuela, se sentó cerca de nosotros y nos iba indicando discretamente qué hacer. Ahora nos paramos, susurraba. Ahora nos sentamos. Fue un gesto de bondad que aprecié. El padre Miguel celebró la misa con una serenidad que me perturbó. No había dramatismo, no había intentadoborados sobre cuán maravillosa había sido mi abuela.

 Solo las palabras antiguas de la liturgia dichas con reverencia, pero sin afectación. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La congregación respondía amén al unísono. Había una estructura, un orden, un ritmo que todos conocían y seguían. No era espontáneo como nuestros cultos, pero había algo reconfortante en su predictibilidad.

Hubo lecturas de las Escrituras. El Antiguo Testamento, un salmo. El Nuevo Testamento, el evangelio. Entre lecturas se cantaban salmos responsoriales. No era música contemporánea con guitarras y batería. Era canto llano, sencillo, sin adornos. Las voces se elevan juntas, sin armonías complejas, solo la melodía básica.

 Y en esa simplicidad había una belleza que no esperaba. El padre Miguel dio una breve homilía sobre la esperanza de la resurrección. habló de cómo Teresa había vivido su feid, cómo había servido a la comunidad, cómo había amado a su familia, incluso cuando su familia no compartía su camino de fe. Me di cuenta de que estaba hablando indirectamente de nosotros, de mi madre que se había hecho protestante, de nuestra familia dividida religiosamente, pero no lo dijo con juicio, lo dijo con ternura, reconociendo el dolor de esa división, pero también la capacidad de amor que

trasciende las diferencias. Luego vino un momento que cambió algo en mí. El padre Miguel fue al altar, preparó el pan y el vino y pronunció las palabras de la consagración: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros”. Elevó la Todos se arrodillaron. El silencio era palpable, tenso.

 No era ausencia de sonido, sino presencia de algo que no podía ver, pero que se sentía real. Tomad y bebe todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre. elevó el calsan el mismo silencio reverente. Yo me había quedado sentado, no ajoyilado, porque no estaba seguro de que hacer, pero observaba y algo en ese momento, en la forma en que la congregación respondía en el silencio cargado, en la reverencia absoluta menos m, e hizo preguntarme y si es verdad y si Cristo está realmente presente en esa de una manera que mi tradición.

no reconoce. Y si la Eucaristía no es solo un memorial simbólico, sino un encuentro real, sacramental con el cuerpo y la sangre de Cristo, era un pensamiento peligroso, un pensamiento que si lo seguía hasta sus conclusiones lógicas desmantelaría todo mi sistema teológico. Intenté apartarlo.

 Me dije que eran las emociones del duelo, que estaba vulnerable, que el enemigo aprovecha momentos así para sembrar duda, pero el pensamiento no se iba. Cuando llegó el momento de la comunión, todos se levantaron, formaron filas en los pasillos centrales, se acercaban al padre Miguel con las manos juntas extendidas, recibiendo la la consumían con una reverencia que nunca había visto en nuestras celebraciones mensuales de la cena del Señor.

 Algunos tenían lágrimas en los ojos, otros cerraban los ojos en lo que parecía oración profunda. Volvían a sus lugares y se arrodillaban. La cabeza inclinada en silencio. Mi familia se quedó sentada. Obviamente y no éramos católicos. No podíamos comulgar, pero yo observaba y había un hambre creciendo en mí que no sabía cómo nombrarlo.

 Quería saber qué se sentía recibir eso que ellos recibían con tanta reverencia. Quería saber si era solo tradición vacía o si había algo más. En las siguientes semanas no pude dejar de pensar en esas 3 horas en la silla vacía. Me había pasado años cultivando experiencias espirituales intensas, retiros donde lloraba, donde sentía que Dios me hablaba directamente.

Cultos donde la presencia de Dios era casi tangible, como electricidad en el aire, momentos de alabanza donde creía que tocaba el cielo, donde el mundo desaparecía y solo existía Dios y yo. Noches de oración. donde sentí que podía mover montañas con mi fe. Pero todas esas experiencias tenían algo en común al requerían energía, requerían que yo hiciera algo, sinchiera, algo, produjera algo.

 Tenía que cantar con pasión, tenía que orar con fervor, tenía que mantener mi mente enfocada, tenía que generar la emoción correcta. Y cuando terminaban, siempre había un descenso, un regreso a la normalidad, donde tenía que esforzarme por mantener vivo ese fuego, donde la vida cotidiana se sentía gris comparada con la intensidad del momento espiritual.

 Era como una montaña rusa emocional. Han subidas intensas, seguidas de bajadas inevitables, pero aquellas 3 horas de silencio habían sido diferentes. No había habido clímax emocional, no había habido descarga catártica, no había habido un momento donde sentí que Dios me tocó. Sin embargo, algo había sucedido, algo que no necesitaba mi esfuerzo, algo que solo requería que yo dejara de hacer y empezara a estar.

 Y ese algo no se había ido cuando terminó. Nuubi bashada. solo una especie de apertura que permanecía, una capacidad nueva de estar presente sin necesidad de llenar el espacio con palabras o emociones. Intenté encontrar ese silencio en mi iglesia. Empecé a llegar temprano a los cultos, media hora antes de que comenzara la música, antes de que llegara el bullicio, me sentaba en las bancas vacías del santuario, cerraba los ojos e intentaba recrear aquella quietud, pero siempre llegaba alguien, el técnico de sonido probando.

micrófonos, los músicos ensayando a alguien, limpiando y cuando llegaba gente Inevitablemente venían a saludarme, a preguntarme cómo estaba, a conversar. No había espacio para el silencio y cuando empezaba el culto, todo era ruido y movimiento constante. Un sábado de tarde, mientras caminaba sin rumbo por el centro, pasé frente a la parroquia del Carmen.

 La puerta estaba abierta a mí. Detuve, dudé, a miré alrededor para asegurarme de que nadie conocido me viera. Y la entrada en la iglesia estaba casi vacía. Había un hombre mayo sentado en una banca del frente, inmóvil, una mujer de mediana edad arrodillada en un lateral. Rezando en voz baja, una lámpara roja ardía cerca del altar, indicando a Anky, yo no lo sabía.

 Entonces la presencia del santísimo sacramento en el sagrario, la luz que entraba por los vitrales, creaba patrones de color sobre el piso de piedra. El silencio era denso, cargado de una presencia que no podía explicar. Me senté en la última fila, cerca de la puerta, listo para salir rápido, si era necesario, y solo estuve ahí. Nadie me pidió nada.

 Nadie me saludó efusivamente. Nadie esperaba que participara en nada. Podía solo estar en respirar, en existir, en lo que fuera que ese espacio contenía. Me quedé 40 minutos. Cuando salí, sentí algo parecido a la paz que había sentido aquella noche después de las 3 horas junto al ataque de mi abuela. a no euforia, no emoción anolo paz.

 Empecé a volver los martes después de clases en el seminario, los sábados en la tarde cuando supuestamente estaba estudiando en la biblioteca siempre me sentaba en el mismo lugar, en la última banca, cerca de la puerta, por si necesitaba salir rápido, si alguien conocido me veía. No hacía nada espectacular, no rezaba el rosario a no encendía velas, solo me sentaba en silencio, intentando recrear aquella apertura que había descubierto junto al ataúd abuela.

 A veces había un sacerdote escuchando confesiones en un confesionario lateral. Veía personas entrar, estar ahí 15 o 20 minutos, salir con rostros que mostraban alivio, paz, se arrodillaban en una banca, rezaban unos minutos y luego se iban. A veces había señoras rezando el rosario juntas en voz baja. A veces estaba completamente solo, solo yo.

 Y esa lámpara roja que ardía constantemente. Esos momentos de silencio se volvieron lo único que me mantenía acuerdo, porque el resto de mi vida era cada vez más ruidoso. En el seminario estábamos en el último año preparándonos para graduarnos y ser ordenados al ministerio. Había presión constante. Teníamos que completar trabajos finales, predicar sermones de evaluación, participar en prácticas ministeriales.

Mis compañeros hablaban incesantemente sobre sus planos a donde querían plantar iglesias, que ministerios querían desarrollar. En la iglesia, mi padre me estaba dando cada vez más responsabilidades. Predicaba los domingos por la noche con frecuencia, lideraba estudios bíblicos, ambicitaba enfermo.

 Todo el mundo asumía que cuando me graduara sería ordenado como pastor asociado, eventualmente sucediendo al pastor principal. Era el plan, el camino trazado. Florencia hablaba de nuestro futuro con una certeza que me angustiaba. Planeaba nuestra boda para el año siguiente. Hablaba de la casa pastoral, de los ministerios de los hijos.

 Cada conversación me pesaba más, no porque no la quisiera, sino porque sentía que estaba comprometiéndome con una vida que ya no estaba seguro de querer. Una tarde, después de una de mis visitas clandestinas a la parroquia, me quedé mirando el estante de libros que había cerca de la entrada. Tomé uno casi sin pensar, era pequeño.

 Sobre la oración contemplativa de Thomas Merten. Lo abrí en una página al azar. y la contemplación. No es un truco psicológico, no es una forma elaborada de introspección, es el despertar más alto de las facultades espirituales del hombre y el resplandor más puro del amor de Dios no busca experiencias especiales ni fenómenos místicos.

 simplemente busca a Dios en la oscuridad desnuda de la fe. Algo dentro de mí se quebró, o más bien algo se abrió. Era exactamente lo que había estado sintiendo, pero no podía nombrar. Compré el libro, lo leí esa noche de principio a fin, luego lo leí otra vez, esta vez tomando notas. Merten hablaba sobre el silencio, no como ausencia, sino como plenitud.

Hablaba sobre soltar el ego espiritual, sobre dejar de intentar controlar a Dios con nuestras palabras. Y hablaba de todo esto desde la tradición católica contemplativa. Empecé a investigar más ana, a librerías católicas durante la semana. Compraba libros sobre espiritualidad contemplativa, sobre liturgia.

 Los escondía en mi habitación, los leía tarde en la noche. Descubrí a Enre Nauan Carlo Cajeto Jean Pieghi de Kausag. Todos hablaban de un encuentro con Dios que no dependía de la intensidad emocional, sino de la fidelidad silenciosa. En el seminario empecé a sentirme fuera de lugar. Un día en clase de historia, el profesor defendió apasionadamente la reforma, pero esta vez algo en mí resistió.

Levanté la mano, pregunté, pero no se perdió algo. También no se fracturó algo importante. Cuando se rompió la unidad visible de la iglesia, el silencio fue incómodo. Mi profesor me miró con sorpresa. Sebastián, la unidad verdadera está en Cristo, no en una institución corrupta.

 Ana sintió que no discutí, pero por dentro algo había cambiado. Esa noche Florencia y yo tuvimos una conversación difícil. Le hable del silencio, de la contemplación. Ella escuchó, pero cuando terminó dijo en Siba, creo que estás pasando por una crisis espiritual. El enemigo nos confunde cuando estamos a punto de dar un paso importante. No entendía y en ese momento supe que no podía compartir esto con ella, que estaba solo. Seguí yendo a la parroquia.

Empecé a quedarme para las misas. La estructura me desconcertaba al principio de un pie, sentados de rodillas. Pero había algo ahí, algo más antiguo, más profundo, como si la liturgia no fuera algo que nosotros hacíamos para Dios, sino algo que Dios hacía en nosotros. Empecé a leer sobre la Eucaristía, sobre la presencia real.

 Leí a los padres de la Iglesia. Todos hablaban de la Eucaristía como el cuerpo y la sangre de Cristo, no como símbolo, sino como realidad. Y si era verdad y si Cristo estaba realmente presente, esta pregunta me atormentaba porque si era verdad, entonces todo lo demás empezaba a desmoronarse. Pasaron meses, seguía en el seminario, seguía predicando, seguía con Florencia, pero era como vivir una doble vida.

Mi padre empezó a notar algo. Un domingo me preguntó: “¿Estás bien, hijo?” Chiveo Jiferenchi quise decirle, pero miré sus ojos llenos de esperanza. Pensé en lo que significaría y no pude. La ruptura con Florencia fue mi decisión. Una tarde le dije que necesitábamos terminar. Lloró amé. preguntó si había otra persona.

Le dije que no, que era yo. Grito. Llamó cobarde. Tenía razón. Dejé el seminario bautista. El decano me ofreció una última oportunidad. Le dije que mi decisión estaba tomada. Comencé a hablar con el padre Miguel después de misa. conversaciones que cambiaron todo. Él no defendía el catolicismo atacando el protestantismo, solo compartía la riqueza de la tradición.

 Hablamos de María Ansé, del purgatorio, de cada objeción que tenía. Lentamente empecé a ver que tal vez la Iglesia Católica no era lo que me habían enseñado. El momento decisivo llegó un jueves. Vi a un hombre salir del confesionario con el rostro transfigurado, no de alegría eufórica, sino de paz profunda.

 Y pensé, ese hombre acaba de experimentar el perdón de Dios de una manera que yo nunca había experimentado. Esa noche tomé una decisión. Supe que necesitaba estar en plena comunión con la Iglesia Católica, no porque hubiera resuelto todas mis dudas, sino porque había algo en esta tradición que respondía a un hambre que no sabía que tenía. Un. Empecé con mi madre.

Con té lloró en silencio. Finalmente dijo: “An tu abuela habría estado feliz. Eso me quebró. Mi padre fue diferente. Su reacción fue de shock. Católico. Después de todo lo que te hemos enseñado, intenté explicarle. No entendió. La iglesia organizando una reunión. Me dijeron que estaba cometiendo un error, que las puertas estarían abiertas si volvía, pero que no podía seguir en liderazgo.

El padre Miguel me puso en contacto con un programa de formación. Durante 6 meses estudié, compartí con otros que también estaban en ese camino. Viví en un limbo social. Ya no pertenecía a mi iglesia, pero tampoco era católica. Perdí amigos. Mi familia me trataba con dolor y distancia. La vigilia pascual fue mi entrada formal.

Mis padres no vinieron, pero mi madre me llamó esa tarde. Lloró, me dijo que me amaba. Comulgar por primera vez fue diferente a cualquier cosa que había experimentado. Fue recibir a Cristo en mi cuerpo de una manera que hacía real la encarnación. Fuer pertenece. Pasé un año trabajando, discerniendo.

 Mi madre me dijo que si era lo que Dios me pedía, no me detendría. Entré al seminario diocesano cuando tenía 24 años. Era diferente. Había espacio para hacer sin tener que hacer constantemente. Estudié, profundicé, aprenderé a orar de verdad. Mi padre no vino a mi ordenación. Mi madre sí estaba llorando mientras el obispo me imponía las manos.

 Han pasado 8 años en soy párroco de una comunidad pequeña. Celebro misa, escudo confesiones, acompañante familias. Cada día tomo el pan y el vino. Pienso en mi abuela, en aquella sí ya vacía, en el silencio que me persiguió. Mi relación con mi familia sigue siendo complicada. Veo a mi madre regularmente.

 Mi padre y yo hablamos ocasionalmente. Él envejece. Oro por un día en que podamos abrazarnos sin tristeza invisible. A veces me preguntan si me arrepiento. Les digo, “Ah, no lo sé completamente, pero celebró la Eucaristía y sé que estoy donde necesito estar”. Mi abuela murió sin ver mi conversión, pero creo que su oración silenciosa plantó una semilla no fue su argumento.

Fue su forma de estar con Dios. Hace unos meses mi padre me llamó. Estaba enfermo en mí. Pidió que fuera. Nos sentamos en silencio. Luego habló An. Me dijo que no entendía, pero que quería entender, que extrañaba a su hijo. No solucionamos todo, An, pero hubo presencia. Cuando me fui, me abrazó más tiempo de lo habitual.

 Cuando celebro misa veo personas que han caminado caminos complicados. Pienso en cómo el silencio de Dios es a veces más elocuente que todas nuestras palabras. Como el misterio es más profundo que la certeza. La vida sacerdotal no es lo que imaginaba. Es más difícil a más solitario. Es fidelidad en lo pequeño, pero hay momentos de gracia.

 Como cuando un hombre viene a confesión después de 30 años y llora al escuchar la absolución. A veces me pregunto qué habría pasado si mi abuela no hubiera muerto en ese momento. Probablemente estaría en alguna iglesia protestante. No sería infeliz, pero no habría conocido este silencio. Es chi misterio. La conversión es diaria.

 Es cada mañana cuando elijo creer, cuando rezo aunque me sienta vacío, cuando celebro misa aunque dude y el silencio sigue siendo mi hogar. Todavía voy a la capilla temprano, sin palabras, sin pedidos. Solo estoy presente, mi historia no tiene un final feliz convencional. Mi familia no se convirtió. Mi padre no tuvo una revelación. Todavía duelo, más amor, hay presencia.

Cuando me preguntan cómo encontré mi vocación, les cuento sobre una tarde de marzo, sobre una silla vacía, sobre 3 horas de silencio que cambiaron todo. Les digo que a veces Dios no habla con palabras, a veces habla con silencio. Y si tenemos el valor de sentarnos en ese silencio, podemos escuchar algo más verdadero que todo lo que creíamos saber.

 Esa es mi historia no perfecta, no resulta completamente, pero real. La verdad no siempre nos hace libres de inmediato, a veces nos hace más conscientes de nuestras cadenas, pero también nos da las herramientas para empezar a romperlas una a una en el silencio donde Dios espera. Si.

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