El Papa Francisco le pregunta a Mujica cómo vivir en paz — su respuesta estremece al Vaticano –

José Mujica levantó la vista lentamente, y antes de responder, miró hacia la ventana como si no estuviera viendo Roma, sino el barro oscuro de su chacra bajo la lluvia.
Durante unos segundos no dijo nada. El cardenal Valerio esperaba un desliz. Los asistentes contenían la respiración. Francisco, en cambio, lo observaba con la paciencia de quien sabe esperar verdades incómodas.
Mujica apoyó una mano sobre la mesa, cerca del mate mal cebado, y habló con una voz serena, gastada por la edad, pero todavía afilada por la experiencia.
—Si mañana el Vaticano tuviera que elegir entre sus tesoros y su alma, debería perder los tesoros sin pestañear. Lo otro, si se pierde, no se compra de nuevo.
La frase cayó en la sala con un peso casi físico. El cardenal Valerio abrió la boca, pero no encontró manera elegante de interrumpir sin quedar demasiado pequeño frente a todos.
Francisco no apartó la mirada de Mujica. Solo apoyó los dedos sobre la carpeta llena de titulares furiosos, como si tocara un montón de hojas secas incapaces de herirlo realmente.
—¿Y cómo se sabe cuándo uno está perdiendo el alma? —preguntó el Papa con una calma tan llana que parecía la pregunta de un hombre cualquiera.
Mujica sonrió apenas, como si hubiera esperado esa parte.
—Se sabe cuando empieza a justificar lo innecesario. Cuando el poder deja de ser herramienta y se vuelve decoración. Cuando ya nadie se anima a decirle la verdad al importante.
Valerio dio un paso al frente. Sus zapatos brillaban demasiado bajo aquella luz.
—Con respeto, Santidad, esto está yéndose demasiado lejos. El señor Mujica habla de la Iglesia como si la hubiera cargado sobre sus espaldas.
Mujica giró la cabeza y lo miró sin dureza, pero sin ceder un centímetro.
—No, cardenal. Yo no hablo de la Iglesia. Hablo del ser humano. Si la sotana le molesta, cámbiela por uniforme, por traje o por toga, y verá que sirve igual.
Francisco dejó escapar una pequeña exhalación, casi una sonrisa, aunque el cansancio seguía muy visible en sus ojos.
—Déjalo, Valerio —dijo—. A veces lo que duele es precisamente lo que todavía no ha sido respondido con honestidad.

El cardenal apretó los labios, pero retrocedió. No se marchó. Quería quedarse. Quería oír. También quería vigilar qué clase de incendio podía encender aquel viejo tupamaro en medio del Vaticano.
Francisco volvió a mirar a Mujica.
—Has hablado del odio y de la necesidad de poco. Pero yo te pregunto por la paz, José. No la paz de un monasterio, sino la de un mundo lleno de ruido.
Mujica se acomodó en la silla con lentitud. Tenía las manos ásperas de tierra y trabajo, manos que no combinaban con los mármoles ni con el brillo quieto de aquella sala.
—La paz no empieza en los tratados —respondió—. Empieza en la cabeza. En la victoria pequeña de un hombre cuando decide no obedecer al rencor que le pide cobrar todo de vuelta.
Francisco bajó la vista un segundo.
—Hablas como si fuera simple.