5 HISTORIAS DE TERROR DE MIGRANTES MEXICANOS (Experiencias Reales)… –

100 Views
Me llamo Verónica Salazar y hace 3 años crucé la frontera desde Oaxaca hacia Estados Unidos. No fue una decisión fácil, pero mis dos hijos necesitaban una vida mejor de la que yo les podía dar allá. Contraté a un coyote que me prometió llevarme segura hasta Phoenix. Me costó todos los ahorros que tenía más lo que me prestaron mis hermanos.
“
arrow_forward_ios
Read more
“
Lo que nunca me dijeron es que el verdadero peligro del cruce no iba a ser la migra ni el desierto, sino algo que todavía no logro explicar. El grupo con el que crucé éramos 11 personas, familias como yo, gente trabajadora buscando oportunidades. Salimos una noche de agosto desde un pueblo cerca de Nogales. El coyote se llamaba Javier, un tipo serio que parecía conocer bien el terreno. Nos dio instrucciones claras: caminar en silencio, no usar celulares, tomar agua seguido y nunca separarse del grupo.
Yo llevaba una mochila pequeña con algo de ropa, agua y la foto de mis hijos que había dejado con mi mamá. Las primeras horas fueron difíciles por el cansancio, pero manejables. Caminábamos siguiendo a Javier, quien usaba un GPS para guiarnos. Había otra mujer en el grupo, Lucía, que venía de Michoacán. Nos hicimos compañía durante la caminata. Platicábamos en voz baja para distraernos del miedo y el cansancio. Ella también tenía hijos esperándola, uno de 15 y otro de 12.
Como a las 2 de la mañana, llegamos a un área que Javier dijo, era el punto medio del cruce. Descansamos 15 minutos, tomamos agua. Yo aproveché para quitarme los zapatos un momento porque me estaban saliendo ampollas. Lucía compartió conmigo una venda que traía y me ayudó a cubrirme los pies. Esos pequeños gestos de solidaridad entre desconocidos son algo que nunca voy a olvidar. Seguimos caminando y como a la media hora Javier se detuvo de repente. Levantó la mano indicando que todos nos detuviéramos.
Hay algo adelante”, dijo en voz baja. “Quédense aquí y no hagan ruido.” Se adelantó como 20 m para revisar. Regresó con cara de preocupación. “Hay un campamento delante. No sé si es de rancheros o de la migra. Vamos a tener que rodearlo. Nos va a tomar más tiempo.” Empezamos a caminar en una ruta diferente, alejándonos del camino original. El terreno se puso más difícil. Había más rocas y la vegetación era más densa. En un momento yo me resbalé y caí golpeándome la rodilla.
Lucía me ayudó a levantarme. “¿Estás bien?”, me preguntó. Le dije que sí, aunque me dolía bastante. No podía quedarme atrás. tenía que seguir. Después de rodear el área que Javier había visto, intentó verificar nuestra posición en el GPS, pero la pantalla parpadeaba raro. “Se está quedando sin batería”, murmuró. sacó una batería portátil de su mochila y la conectó, pero el GPS seguía fallando. “No importa, conozco el área, podemos seguir sin GPS”, dijo, aunque no sonaba tan seguro como antes.
Caminamos otra hora más cuando uno de los hombres del grupo señaló hacia nuestra derecha. “Miren, hay una luz allá.” Todos volteamos y efectivamente había una luz en la distancia. Parecía una casa o alguna construcción. Esa luz no debería estar ahí”, dijo Javier confundido. “No hay ninguna casa en esta área según el mapa.” Decidimos alejarnos de esa luz y seguir nuestro camino, pero conforme caminábamos, la luz parecía seguirnos. No importaba en qué dirección fuéramos, siempre estaba ahí en la distancia, a la misma distancia de nosotros.
Esto no está bien”, dijo Lucía junto a mí. Tenía razón, algo no cuadraba. Javier empezó a caminar más rápido tratando de alejarse de esa luz. El grupo lo seguimos lo mejor que pudimos. Después de un rato, la luz desapareció. Todos respiramos aliviados, pensando que habíamos logrado perderla o que simplemente era alguna construcción que ya habíamos pasado. Seguimos caminando en lo que creíamos era dirección norte. El cielo empezaba a aclararse un poco. Pronto amanecería. Javier dijo que eso era bueno.
Con luz del día podría orientarse mejor. Pero cuando amaneció completamente, Javier se detuvo mirando alrededor con cara de confusión total. Esto no puede ser, dijo. ¿Qué pasa?, preguntó alguien. Javier señaló hacia una formación rocosa frente a nosotros. Esa roca ya la pasamos. Hace como dos horas, todos miramos la roca. Yo no estaba segura de haberla visto antes, pero Javier insistía. Estamos caminando en círculos. Eso desató pánico en el grupo. ¿Cómo vamos a estar en círculo si hemos caminado en línea recta?
Preguntó uno de los hombres molesto. Javier sacó su GPS que finalmente había vuelto a funcionar. revisó nuestra posición y se puso pálido. Estamos exactamente donde estábamos hace 3 horas. Hemos estado caminando, pero no nos hemos movido del lugar. Eso es imposible, dijo Lucía. Pero cuando Javier nos mostró el GPS, efectivamente, nuestras coordenadas eran casi idénticas a las de 3 horas atrás. Habíamos caminado kilómetros sintiendo que avanzábamos, pero según el GPS habíamos estado dando vueltas en un área muy pequeña.
“Tiene que ser un error del aparato”, dijo alguien. Pero todos sabíamos que algo más estaba pasando. El grupo empezó a discutir. Algunos querían regresar, otros querían seguir. Yo solo pensaba en mis hijos y en que tenía que llegar como fuera. Javier intentaba calmar a todos cuando de repente vimos algo que nos dejó helados. A lo lejos, caminando hacia nosotros, venía un grupo de personas. Eran como siete u ocho figuras. Es la migra, susurró alguien. Pero Javier negó con la cabeza.
No, ellos vienen en camionetas o a caballo. No caminan así. Las figuras se acercaban lentamente. Conforme se acercaban podíamos ver que traían ropa común, no uniformes. Parecían ser migrantes como nosotros. Cuando estuvieron más cerca, uno de ellos levantó la mano saludando. ¿Van para el norte?, nos preguntó. Javier respondió con cautela. Sí, ustedes. El hombre sintió. Nosotros también, pero llevamos días perdidos aquí. No podemos encontrar la salida. Sus palabras me pusieron la piel de gallina. Lucía me agarró del brazo asustada.
Días, preguntó Javier. ¿Cuántos días exactamente? El hombre se rascó la cabeza pensando, no estoy seguro. Tal vez tres, tal vez más. Perdimos la cuenta. El grupo del hombre se veía mal, demacrados, con la ropa sucia y rasgada. Una mujer de su grupo lloraba en silencio. “No hay salida,” decía. “Seguimos caminando, pero siempre terminamos en el mismo lugar.” Otro de ellos agregó, “Y de noche viene la luz. Esa luz que nos persigue. No sabemos qué es. Pero cuando nos acercamos a ella, sentimos que nos jala.
Javier intentó mantener la calma. ¿Tienen GPS, brújula, algo? El hombre negó. Nuestro guía se fue hace dos días. Dijo que iba a buscar ayuda y nunca regresó. Nos quedamos esperándolo, pero nunca volvió. La situación era cada vez más aterradora. Estábamos atrapados en algún tipo de área de la que no podíamos salir. “Tenemos que intentar salir juntos”, dijo Javier. “Entamos, mejor. Los dos grupos nos juntamos. Ahora éramos como 18 personas.” Javier propuso que camináramos en una dirección específica usando su brújula y sin desviarnos por nada.
No importa que veamos o escuchemos, seguimos derecho, dijo. Empezamos a caminar todos juntos. Después de una hora, vimos de nuevo esa luz a lo lejos. No volteen a verla. Sigan caminando, ordenó Javier. Pero era difícil ignorarla. La luz empezó a acercarse moviéndose hacia nosotros. Algunos del grupo empezaron a rezar en voz alta. Yo agarré la mano de Lucía. Y seguimos caminando sin mirar atrás. La luz se puso justo detrás de nosotros. Podíamos sentir el calor que emanaba.
“No se detengan”, gritaba Javier. Seguimos caminando, casi corriendo y entonces, tan repentino como había aparecido, la luz desapareció. Seguimos avanzando por lo que pareció otra hora más cuando uno de los hombres gritó, “¡Miren, una carretera! Efectivamente, adelante había una carretera de terracería. Corrimos hacia ella. Cuando la alcanzamos, Javier revisó su GPS. Ya salimos. Estas coordenadas ya son diferentes. Algunos lloraban de alivio. Caminamos por esa carretera como 30 minutos hasta que vimos venir una camioneta. Era el contacto de Javier que venía a recogernos al punto acordado.
Subimos todos a la camioneta y a otro vehículo que venía detrás. Durante el trayecto nadie habló mucho. El otro grupo que habíamos encontrado perdido seguía en shock. Algunos temblaban. Cuando llegamos a la casa de seguridad en Phoenix, el grupo de ellos fue separado del nuestro. Nunca los volví a ver. Yo pasé tres días en esa casa de seguridad hasta que mi contacto arregló mi transporte a Los Ángeles, donde tenía trabajo esperándome. Durante esos tres días no pude dormir bien.
Cada vez que cerraba los ojos veía esa luz persiguiéndonos. Lucía estaba en la misma casa que yo y platicamos sobre lo que habíamos vivido. “Nadie nos va a creer si lo contamos”, me dijo. Llegué a Los Ángeles y empecé a trabajar limpiando casas. Con el tiempo junté suficiente dinero para traer a mis hijos conmigo de forma legal. Ahora llevamos una vida tranquila aquí. Mis hijos van a buenas escuelas y tienen oportunidades que nunca hubieran tenido en Oaxaca.
Valió la pena el sacrificio, pero nunca le he contado a nadie, ni siquiera a mis hijos, lo que realmente pasó esa noche en el desierto. A veces pienso en ese otro grupo que encontramos perdido, en su guía que desapareció. ¿Lograrían salir todos? ¿O algunos siguen atrapados ahí caminando en círculos perseguidos por esa luz inexplicable? El desierto entre México y Estados Unidos se traga muchas historias. Cada año desaparecen personas que intentan cruzar y nunca se sabe qué pasó con ellas.
Yo tuve suerte de salir, pero sé que hay otros que no corrieron con la misma suerte. Y ahora cada vez que escucho noticias de migrantes desaparecidos en el desierto, no puedo evitar preguntarme si encontraron esa misma luz, ese mismo lugar del que no se puede salir. Continuamos con la segunda historia. Trabajo en una pollera desde hace 6 años. Mi nombre es Omar y ayudo a gente a cruzar la frontera entre Sonora y Arizona. Sé que mucha gente juzga lo que hago, pero para mí es ayudar a familias que buscan una vida mejor.
He guiado a cientos de personas por el desierto y conozco cada ruta, cada punto de agua, cada lugar seguro. Pensaba que después de tanto tiempo ya nada me podía sorprender en ese desierto. Pero lo que me pasó hace 4 meses me demostró que hay cosas allá afuera que van más allá de lo que cualquier guía puede prepararte. Era julio, pleno verano. El peor momento para cruzar por el calor extremo, pero también cuando más gente lo intenta, porque hay más trabajo del otro lado.
Me asignaron un grupo de ocho personas, tres hombres jóvenes, dos mujeres, una pareja mayor y un chavo como de 19 años que iba solo. El plan era salir al anochecer, caminar toda la noche cuando está más fresco y llegar al punto de recogida antes del amanecer. Salimos de un rancho abandonado cerca de [música] altar como a las 8 de la noche. Les di las instrucciones básicas: caminar en silencio, no separarse del grupo, tomar agua cada hora aunque no tengan sed y sobre todo seguirme sin cuestionar.
El desierto de noche es peligroso no solo por la migra, sino por el terreno, los animales y lo fácil que es perderse. Llevaba mi GPS, tres galones de agua, linternas y todo lo necesario para el clue. Las primeras dos horas fueron tranquilas. Caminábamos por terreno conocido para mí, evitando las rutas donde normalmente patrulla la migra. El grupo iba bien, nadie se quejaba a pesar del cansancio. La señora mayor iba un poco más lenta, pero su esposo la ayudaba y no se quedaban muy atrás.
Yo iba revisando mi GPS cada 20 minutos para asegurarme de que íbamos por buen camino. Como a las 10 de la noche, llegamos a un área rocosa donde teníamos que ser más cuidadosos. Les indiqué que tomaran agua y descansaran 5 minutos. Mientras descansábamos, uno de los hombres jóvenes me señaló hacia una colina cercana. “Oiga, ¿esa es otra gente?”, me preguntó. Miré hacia donde señalaba y vi luces como de linternas moviéndose en la colina paralela a nuestra ruta.
Eran como cinco o seis luces. “Puede ser otro grupo o puede ser patrulla”, le dije en voz baja. “Por eso vamos a cambiar un poco la ruta para alejarnos. No era raro encontrarse con otros grupos de migrantes. Todos usamos rutas similares, pero algo de esas luces me inquietaba. se movían de forma extraña, muy juntas entre sí y a una velocidad que no parecía normal para gente caminando en terreno rocoso de noche. Ajusté nuestra ruta para alejarnos de esas luces y seguimos caminando.
Pasó como media hora y cuando volteé a verificar las luces todavía estaban ahí. No solo eso, ahora parecían estar más cerca. Apuren el paso, les dije al grupo. No quería alarmarlos, pero tampoco quería arriesgarme. Si era la migra y nos detectaban, todo el viaje se arruinaría. Aceleramos el paso tanto como el grupo podía. La pareja mayor empezaba a fatigarse, pero hacían su mejor esfuerzo. Seguí viendo hacia atrás y las luces nos seguían, cada vez más cerca. Esto no tenía sentido.
Ningún grupo de migrantes caminaría tan rápido ni nos seguiría así. Y si fuera la migra, ya nos habrían interceptado o estaríamos escuchando helicópteros. ¿Quiénes son? Preguntó una de las mujeres con miedo en la voz. No lo sé, admití. Esa honestidad pareció asustarlos más, pero preferí ser sincero. Llegamos a un área con más vegetación, arbustos y cactus grandes. Todos agáchense aquí entre los arbustos y apaguen todo lo que tenga luz”, ordené. El grupo se escondió rápido. Yo me quedé observando desde detrás de un cactus grande.
Las luces llegaron a donde nosotros habíamos estado hace unos minutos. Ahora podía verlas mejor. No eran linternas normales. La luz que emitían era de un color extraño, como a su lado. Y lo más perturbador era que no había siluetas de personas sosteniéndolas. Las luces flotaban a como un metro y medio del suelo, moviéndose juntas como si estuvieran buscando algo. Me quedé completamente quieto. El grupo también se mantuvo en silencio. Podía escuchar sus respiraciones agitadas. Las luces se quedaron ahí paradas por lo que pareció una eternidad, pero probablemente fueron solo dos o tres minutos.
Luego empezaron a moverse en círculos. Como barriendo el área, una de las luces se acercó peligrosamente a donde estábamos escondidos. El joven de 19 años que venía solo estaba agachado cerca de mí. Vi que sacaba su celular, probablemente por instinto nervioso. “No”, [música] le susurré. ” Pero fue tarde. La pantalla se prendió iluminando su cara por un segundo antes de que la apagara. Las luces reaccionaron inmediatamente. Todas se voltearon en nuestra dirección y empezaron [música] a acercarse rápido.
“¡Corran”, les dije al grupo. No había tiempo para ser estratégico. Todos se levantaron y corrimos entre los arbustos. Sin importar hacia dónde. Las luces nos seguían cada vez más cerca. Podía escuchar un zumbido viniendo de ellas como de electricidad o insectos. Un sonido que te ponía los pelos de punta. Una de las mujeres tropezó y yo me regresé a ayudarla a levantarse. Cuando lo hice, una de las luces pasó justo sobre nosotros. El calor que mi tía era intenso, como estar junto a una fogata.
La mujer gritó y seguimos corriendo. No sé cuánto tiempo corrimos, tal vez 10 minutos que se sintieron como horas. Finalmente las luces se detuvieron de seguirnos. Se quedaron atrás agrupadas y luego simplemente se elevaron hacia el cielo y desaparecieron como si se hubieran apagado. Nos detuvimos todos exhaustos, algunos llorando, todos asustados. ¿Qué fue eso?”, preguntó el esposo de la pareja mayor. “No lo sé”, respondí honestamente. En todos mis años cruzando gente, nunca había visto algo así. Revisé mi GPS y nos habíamos desviado bastante de la ruta planeada.
Peor aún, habíamos corrido hacia el este cuando debíamos ir norte. Tomé un momento para calmar al grupo y reorganizarme. Revisé que todos estuvieran bien. Nadie estaba lastimado de gravedad, aunque varios tenían rasguños de los arbustos. “Necesitamos regresar a la ruta”, les dije. Pero cuando intenté usar mi GPS para reorientarnos, la pantalla mostraba estática. Lo apagué y lo prendí varias veces. No funcionaba. Mi celular tampoco tenía señal. Lo cual era normal, pero tampoco me dejaba abrir el mapa offline que tenía descargado.
“¿Estamos perdidos?”, preguntó el joven que había prendido su celular. Técnicamente sí, pero no quería admitirlo. “Estamos desviados, pero conozco el área. Puedo guiarlos. ” Mentí parcialmente. Conocí el desierto en general, pero no exactamente dónde estábamos en ese momento. Miré las estrellas tratando de orientarme, identifiqué el norte y empezamos a caminar en esa dirección. Caminamos por dos horas más. El grupo estaba al límite de su energía y ya habíamos consumido más agua de la planeada por la corrida.
Yo mismo estaba desorientado. Nado del terreno me parecía familiar. Necesitamos descansar hasta que amanezca, decidí finalmente. Con luz del día podré orientarme mejor. Encontramos un área semiprotegida entre unas rocas y nos acomodamos ahí. Nadie podía dormir realmente. Todos estábamos alerta, mirando constantemente alrededor, esperando que esas luces aparecieran de nuevo. Yo me quedé despierto toda la noche haciendo guardia. Como a las 5 de la mañana empezó a amanecer. Con la primera luz del día pude ver mejor dónde estábamos y reconocí una formación rocosa a lo lejos que había visto en cruces anteriores.
“Ya sé dónde estamos”, les dije al grupo. Les calculé que estábamos como a dos horas del punto de recogidas y caminábamos directo. El problema era que con el desvío estábamos en un área más expuesta donde había más riesgo de ser detectados por patrullas. Tenemos que movernos rápido, les expliqué. El grupo, aunque exhausto, entendió la urgencia. Caminamos lo más rápido que pudimos por terreno abierto. A mitad de camino tuvimos que escondernos porque pasó un helicóptero de la patrulla fronteriza.
Esperamos 20 minutos hasta que se alejó y continuamos. Finalmente, como a las 8 de la mañana, llegamos al punto de recogida. Los vehículos ya estaban ahí esperando con otros dos grupos que habían cruzado por rutas diferentes. Subimos al grupo y yo me subí también. Durante el viaje hacia la casa de seguridad, nadie habló de lo que habíamos visto. Era como si todos hubiéramos acordado silenciosamente no mencionarlo. Pero cuando llegamos y el grupo se bajó, la pareja mayor se me acercó.
Gracias por sacarnos de ahí”, me dijo el Señor. Esas cosas, sean lo que sean, no eran de este mundo. Esa fue mi última vez como guía. Le dije a mi contacto que ya no podía seguir haciéndolo. Inventé una excusa sobre mi familia. La verdad es que no podía quitarme de la cabeza esas luces, ese zumbido, esa sensación de estar siendo casado por algo que no entendía. He escuchado historias de otros coyotes sobre cosas extrañas en el desierto.
Luces inexplicables, voces que llaman tu nombre, sombras que caminan solas. Siempre pensé que eran exageraciones o alucinaciones por el calor y el cansancio, pero ahora sé que hay algo más ahí afuera. El desierto guarda secretos que van más allá del peligro de la migra o los elementos naturales. Hay cosas que habitan esas tierras vacías, cosas que tal vez han estado ahí desde antes de que hubiera fronteras o migrantes. Y esas cosas no quieren ser encontradas. O tal vez están buscando algo que no podemos comprender.
Vamos con la tercera historia. Nunca imaginé que una simple pregunta en medio del desierto pudiera marcarme para siempre. Pero esa madrugada entendí que no todo lo que se encuentra en el camino es humano o está vivo. Yo venía cargando semanes de cansancio, hambre y ese miedo constante que te acompaña cuando cruzas territorio desconocido, sin papeles, sin guía y sin nadie que responda si algo sale mal. Aún así, nada me preparó para lo que pasó aquella noche. Yo había salido de un pequeño grupo dos días antes.
Íbamos juntos desde la frontera sur, pero empezaron los problemas. broncas internas, ritmos distintos, gente que quería avanzar más rápido y otros que simplemente no podían seguir. Al final decidí caminar solo un tramo para evitar discusiones. Lo hice confiado, pensando que luego podría alcanzar a otros migrantes más adelante, como ya había pasado antes. Era la madrugada y el frío golpeaba fuerte. Las dunas brillaban apenas con la luz muy tenue de una luna escondida entre nubes delgadas. El silencio era extraño, casi demasiado perfecto, como si algo estuviera esperando a que yo bajara la guardia.
Llevaba hora sin ver a nadie y cuando uno pasa tanto tiempo solo, la cabeza empieza a jugarte en contra. Caminaba con la mirada fija en mis propios pasos cuando escuché algo que no debía estar ahí. unas pisadas rápidas, suaves, como si alguien más estuviera caminando cerca, pero sin intentar ocultarse. Al principio pensé que era un animal. Me detuve un segundo a escuchar, pero las pisadas también se detuvieron. Me dio desconfianza. Aceleré el paso sin voltear, porque uno aprende pronto que a veces es peor mirar.
El aire se volvió más frío de repente, lo suficiente para que me doliera respirar. Fue entonces cuando escuché una voz a mi lado, tan clara como si hubiera salido de la nada. Disculpa, voy bien para la ruta norte. Me giré tan rápido que casi tropecé. Y ahí estaba ella, una mujer morena, pelo largo, amarrado en una coleta floja. Cargaba una mochila pequeña, demasiado pequeña para alguien que cruzaba un desierto así. Sus ojos estaban muy abiertos, como si no hubiera dormido en días, pero no mostraba miedo, solo vacío.
Eso es lo que recuerdo, un vacío raro. Me quedé congelado. No sabía cómo no la había visto acercarse. No había ruido, ni luz, ni señales de que viniera desde alguna dirección. Simplemente estaba ahí. La ruta norte. Repetí para ganar tiempo. Sí, creo que es por aquí. Yo también voy hacia allá. Ella asintió con un gesto lento, casi mecánico. Gracias. ¿Puedo caminar contigo unos minutos? Tomé aire. Algo no me cuadraba, pero no iba a dejar a alguien solo en medio del desierto.
Todos sabemos lo que eso significa. Sí, claro. Le respondí. Comenzamos a caminar. No hablaba, no respiraba fuerte, no hacía ruido, ni sus pasos sonaban. Yo pensaba que quizá estaba demasiado cansado para escuchar bien, pero aún así algo en mi cerebro insistía en que aquello no era normal. Después de unos minutos quise romper el silencio. ¿De dónde vienes?, pregunté. del sur, contestó sin detalles. Viaja sola. Sí. ¿Desde cuándo? Hubo un silencio largo, muy largo. Finalmente respondió desde que me quedé atrás.
Ahí fue cuando empecé a sentir un peso extraño en el pecho, como si algo avisara que debía de tener esta conversación. Pero ya era tarde. La mujer seguía mirando al frente sin parpadear. En un momento me animé a voltear para mirarla mejor. Quería ver si estaba herida, si realmente estaba bien, pero cuando volteé ya no estaba. Desapareció. No había huellas, no había sombra, no había nada, solo el desierto vacío y oscuro a mi alrededor. Me quedé en shock.
Con la garganta seca grité un oye, casi desesperado esperando respuesta, pero lo único que escuché fue el viento arrastrando arena. Di un paso hacia donde debería estar ella, pero algo me frenó. como un instinto muy profundo que decía que no debía seguir. No supe si arrancara correr o quedarme quieto. Terminé apretando mi mochila y caminando rápido, sin mirar atrás. El resto de la madrugada fue un infierno. Cada sonido me hacía pensar que alguien venía detrás. Cada sombra parecía tener forma humana.
Incluso sentí varias veces que alguien caminaba junto a mí, aunque no hubiera nadie. Amaneció sin que yo durmiera nada. El cielo tomó un tono naranja y finalmente vi algo que me dio alivio. Un pequeño grupo de migrantes descansando cerca de unas rocas grandes. Me acerqué con paso débil, casi tambaleando. Uno de ellos me vio primero. ¿Eh? ¿Estás bien?, preguntó. Creo que sí. Solo fue una mala noche, respondí. Me senté con ellos y acepté una botella de agua.
Me temblaban las manos. Después de un rato les conté lo que había pasado. No todo, pero sí lo suficiente para que entendiera mi cara. ¿Una mujer con mochila pequeña? Preguntó uno. Asentí. Cabello largo que hablaba suave. Otro asentimiento. Los del grupo se miraron entre sí con una expresión seria, casi preocupada. Nosotros la vimos ayer”, dijo uno. Estaba parada junto a un cactus grande como si esperara a alguien. Le preguntamos si estaba perdida, pero no respondió. Cuando dimos la vuelta para avisarle a otro compañero, ella ya no estaba.
No dejó huellas, agregó otro. Nada, como si nunca hubiera estado ahí. Yo sentí el estómago caerme. ¿Alguien más la vio? Pregunté. Hay historias de ella, dijo el hombre mayor del grupo. Migrantes que desaparecen, gente que se queda sola, grupos que se desarman. Algunos dicen que es una mujer que se quedó atrás hace años y nunca llegó a la ruta norte. Otros dicen que es algo que aparece cuando alguien está muy vulnerable, nadie sabe bien qué quiere. Solo sabemos que nunca camina con nadie más de unos minutos.
Me quedé en silencio. No sabía si creerlo o no, pero tampoco tenía otra explicación. Lo único que supe en ese momento fue que necesitaba seguir con ellos. No quería volver a estar solo. Durante los siguientes días avanzamos juntos, siempre en grupo. A veces por las noches, cuando nos deteníamos a descansar, escuchaba pasos alrededor del campamento. Nunca vimos a nadie, pero todos sabíamos que el desierto guarda más historias de las que se cuentan. Desde aquella madrugada, cada vez que camino por un tramo oscuro, me da miedo escuchar a alguien preguntar, “¿Voy bien para la ruta norte?
Porque si vuelve a aparecer, no estoy seguro de que esa vez me deje ir. ” Historia 4. Me llamo Rafael Murillo y hace 4 años dejé mi pueblo en Zacatecas para intentar llegar a Houston. Mi esposa estaba embarazada de nuestro segundo hijo y el taller mecánico donde trabajaba apenas me daba para comer. No fue una decisión fácil, pero cuando uno ve a su familia comiendo cada vez menos, entiende que quedarse también es una forma de morir. Me uní a un grupo que saldría desde un punto cerca de Ciudad Juárez.
éramos nueve personas, tres muchachos de Jalisco, una pareja mayor de Guerrero, una mujer llamada Brenda, que venía de Sinaloa, un chavo como de 20 años llamado Eliseo y yo, el guía al que todos llamaban el gero, era un hombre joven, flaco, con bigote ralo y una voz tranquila que inspiraba confianza. Cobraba caro, pero aseguraba conocer rutas donde ni los drones ni los sensores de calor llegaban. Cada uno llevaba solo una mochila pequeña. A mí me recomendaron traer agua, unas latas, suéter ligero y una manta térmica.
En la bolsa interior guardé una foto de mi esposa y mi hija de 3 años. Era lo único que no podía dejar atrás. Salimos una noche sin luna. El gerero nos pidió caminar separados por unos metros para no dejar un rastro obvio. “No prendan celulares para nada”, dijo. Y pase lo que pase, no se alejen del grupo. Era un terreno seco, lleno de piedras filosas. A la hora ya sentía las plantas de los pies ardiendo, pero apreté el paso.
Los demás también iban en silencio, concentrados en avanzar. A eso de las 2 de la mañana llegamos a una zona que él llamó la plancha, terreno completamente plano, sin vegetación, cubierto de tierra dura según el gero. Era el punto más crítico porque desde lejos se veía cualquier movimiento. Nos dijo que cruzáramos rápido sin detenernos. Todo marchaba relativamente bien hasta que Brenda susurró. ¿Escucharon eso? Era un sonido tenue, como un silvido muy largo, sostenido, que parecía venir del viento.
Algunos se quedaron quietos, mirando alrededor. No se veía nada. No había luces, no había animales, no había nada que pudiera producir ese sonido. El gerero nos hizo una seña irritada como diciendo, “No pasa nada.” Y seguimos. Pero el silvido se repitió más largo, más claro. Yo intenté ignorarlo, pero sentí que la piel se me enchinaba. Caminamos otros 10 minutos y de pronto Eliseo se detuvo. Oigan, ¿y esas huellas? Todos miramos. A unos metros había una fila de pisadas perfectamente marcadas, como si varias personas hubieran pasado corriendo en la misma dirección.
Pero lo extraño era que las huellas estaban frescas, como si alguien hubiera pasado hacía minutos. Y sin embargo, no había nadie. El gerero frunció el ceño. No les hagan caso. Aquí la arena mueve cosas. Vámonos. Seguimos. Pero conforme avanzábamos comenzaron a aparecer más. Docenas de pisadas, todas en la misma dirección. Todas recientes, todas de diferentes tamaños. Nadie quería decirlo, pero esas pisadas parecían de gente huyendo. Brenda murmuró. Esto no es normal. El silvido volvió esta vez detrás de nosotros y luego por primera vez escuchamos otra cosa.
Pasos, pasos rápidos, pasos que no eran de ninguno del grupo. El gerero nos apuró sin gritar, pero con urgencia real. Caminando. Vámonos. No volteen rápido. El corazón me latía tan fuerte que sentía que me iba a desmayar. Los pasos se acercaban, eran muchos, como si un grupo entero viniera detrás de nosotros a pocos metros. Pero cuando volteé no vi nada, nada más que la planicia oscura. Seguimos acelerando, casi corriendo hasta llegar a una zona con arbustos secos donde el gerero dijo que descansaríamos 5 minutos.
Nadie quiso sentarse. Nadie quería apagar esa adrenalina que era lo único que nos mantenía en pie. Eliseo fue el primero en hablar. Juro por Dios que alguien venía atrás de nosotros. Escuché como respiraban. La pareja de Guerrero estaba temblando. Brenda no paraba de mirar sobre su hombro. “¿Tú sabías de esto?”, le pregunté al [música] hero. “¿Qué es esa cosa?” Él negó, pero no parecía convincente. No es nada. El desierto engaña, pero su voz tembló apenas. Yo lo noté.
Seguimos caminando y la sensación de ser observado se intensificó. Era como si cientos de ojos nos siguieran desde [música] la oscuridad. Cada tanto escuchábamos ese silvido largo que resonaba como si estuviera al lado de nuestras orejas. A pesar de que no venía de ningún lugar real, cerca del amanecer, la mujer de Guerrero gritó, “¡Ahí hay gente. Todos volteamos.” A la distancia entre la bruma del alba, se veían sombras, no personas completas, sombras que caminaban encorvadas en silencio, todas en la misma dirección.
Eran muchas, cientos. El herero palideció. No se acerquen. No los miren fijo, solo sigan. Pero una de las sombras se separó del montón y vino hacia nosotros. Parecía caminar, pero no hacía ruido. No levantaba polvo, solo avanzaba como si flotara a unos centímetros del suelo. Brenda empezó a llorar. Eliseo retrocedió tropezando. ¿Qué es eso?, gritó. Dios santo, ¿qué es eso? El gerero se puso delante del grupo caminando. No se detengan. No respinguen. Pero nadie podía moverse. La sombra se acercó más.
y por un segundo pude ver su contorno con claridad. Era la figura de una persona adulta, pero completamente negra, como si absorbiera la luz en vez de reflejarla. No tenía rostro, solo un vacío. Y entonces desapareció así, sin sonido, sin movimiento, de un instante a otro ya no estaba. No gritamos, no podíamos. Era como si la garganta nos hubiera quedado congelada. El gerero nos obligó a seguir caminando. “No nos pueden tocar si no los miramos fijo”, repetía.
No nos pueden tocar si no los miramos. Decía eso como si fuera una regla que conocía desde antes. A media mañana encontramos algo que nos remató el miedo. Un campamento abandonado, mochilas rotas, ropa tirada, restos de fogata, pero ni un solo cuerpo. Como si la gente hubiera salido corriendo en medio de la noche y jamás hubiera regresado. El gerero revisó unas identificaciones tiradas entre la tierra, tragó saliva. Esto es de un grupo que cruzó hace dos semanas.
Yo conocía a su guía. Nadie preguntó más. Era obvio que no habían salido de ahí. Caminamos sin descansar por horas, siguiendo una ruta que rodeaba un cañón. A cada rato veíamos sombras caminando a lo lejos, todas en silencio. Algunas se quedaban quietas observándonos, otras se movían en la misma dirección que nosotros, como si intentaran alcanzarnos. Ese día entendí que el desierto guarda más que huesos y cuerpos. Guarda lo que queda de las personas que nunca lograron salir.
Llegamos al borde de una meseta y el gerero exhaló aliviado. Desde aquí ya estamos cerca. Solo falta bajar, cruzar un arroyo seco y seguimos hacia el punto seguro. Pero el arroyo estaba lleno de algo que ninguno esperaba ver. Huellas. Miles de huellas humanas marcadas en el barro seco, todas superpuestas, todas recientes, como si todos los que habían cruzado antes hubieran intentado pasar por ahí al mismo tiempo. Brenda cayó de rodillas llorando. No quiero seguir. No quiero bajar ahí.
El gerero la levantó casi a la fuerza. Si nos quedamos arriba es peor. Ellos no bajan, pero sí suben cuando cae la noche. No teníamos opción. Bajamos uno por uno. El barro seco crujía bajo los zapatos. El silencio era tan pesado que parecía tener forma. De pronto, Eliseo se detuvo y señaló una marca en el suelo. No era una huella, era un arrastre, como si algo hubiera sido jalado por la tierra misma. Todos sentimos el estómago revolver.
Aceleramos el paso. Si ese arroyo tenía algo, no queríamos averiguarlo. Salimos de ahí justo cuando el sol empezaba a esconderse. Volví a escuchar el silvido más cerca, como si nos llamara por nuestros nombres. El gerero gritó corriendo. Ya casi llegamos. Corrimos. No sé de dónde saqué fuerzas. Solo sé que mientras avanzábamos a nuestras espaldas se escuchaban pasos, muchos, rápidos, como si un ejército entero nos persiguiera. Pero no volteé. Nadie volteó. Cuando finalmente vimos la luz de la camioneta que vendría a recogernos, todos caímos al suelo llorando, riendo, temblando.
El gerero fue el último en subir. Se quedó mirando hacia el desierto por varios segundos. Ojalá algún día los dejen ir”, murmuró. Nadie preguntó a quién se refería. En Houston encontré trabajo en una construcción. Mi esposa y mis hijos están conmigo ahora. Tenemos una vida sencilla pero estable. A veces sonrío pensando en que lo logré, pero cada noche cuando cierro los ojos, escucho ese silvido largo, suave, arrastrándose entre mis sueños. Y me pregunto si esa gente que vimos, esas sombras que seguían un camino interminable, alguna vez fueron como nosotros, migrantes buscando vida, atrapados en un
desierto que guarda lo que nadie quiere mirar o si siguen ahí caminando detrás de nosotros, esperando que algún día terminemos volviendo al mismo sitio donde ellos quedaron atrapados para siempre. Continuamos. Me llamo Héctor Maldonado, soy de Zacatecas. Y hace 4 años intenté cruzar a Estados Unidos siguiendo una ruta distinta a la de la mayoría. Yo ya había intentado cruzar dos veces por el desierto, pero ambas veces terminé detenido por la migra y deportado. La tercera vez quise intentarlo por un camino que, según me prometieron, era más seguro.
No lo era ni tantito. El coyote que me contactó se hacía llamar el Rulas, un tipo flaco de mirada nerviosa que juraba saber rutas clandestinas que pasaban por viejas estructuras subterráneas usadas décadas atrás para mover mercancía. No me especificó qué tipo de mercancía, pero tampoco necesitaba saberlo. Yo lo único que quería era llegar y mandar dinero para mi mamá y mi hermano menor. El grupo con el que salí era pequeño, seis personas. Entre ellos estaba Mateo, un chavo de Chiapas de apenas 20 años, doña Amalia, una señora de guerrero que buscaba reunirse con su hija,
una pareja de Sinaloa, Lidia y Ramón, y un hombre callado que se hacía llamar el jarocho, que nunca supe de dónde era en realidad. Caminamos dos noches enteras por caminos de terracería hasta que el Rulas anunció que ya habíamos llegado al acceso. Esperaba algún túnel grande, algo como en las noticias, pero no. Era una entrada diminuta, escondida entre arbustos secos y rocas, cubierta por una lámina oxidada y asegurada con un candado viejo que él rompió con una cizaya.
De aquí en adelante nadie prende el celular”, dijo mientras nos hacía señas para entrar. Es un tramo corto, unas dos o tres horas. Está húmedo y huele feo, pero es seguro. Si hubiera sabido lo que pasaría ahí adentro, hubiera preferido caminar por el desierto 100 veces. El túnel al principio era amplio, con muros de concreto agrietado y marcas viejas de pintura. El aire era pesado, cargado de humedad y un olor desagradable que no supe identificar. Caminábamos en fila usando linternas pequeñas que el mismo Rulas nos había repartido.
A los pocos minutos, el túnel se empezó a estrechar. La temperatura bajó. Se escuchaban gotas cayendo aquí y allá. Yo sentía un nudo en el estómago, pero seguía caminando porque no había vuelta atrás. Después de media hora, llegamos a una sección donde la estructura cambiaba por completo. Ya no era concreto. Eran paredes de tierra viva, como si hubieran cabado con prisa, como si los túneles fueran improvisados. El techo estaba tan bajo que teníamos que caminar encorbados. “Esto es nuevo”, murmuró el rulas mirando alrededor con inquietud.
A nadie le gustó escuchar eso. Seguimos avanzando entre pasadizos, cada vez más angostos. El olor se intensificaba. Era como humedad mezclada con algo orgánico pero podrido. Yo intentaba respirar por la boca para aguantarlo. Entonces escuchamos algo, algo que todavía me cuesta describir. Era un sonido rasposo, repetitivo, como telas rozando la tierra, algo moviéndose, arrastrándose, pero lento, demasiado lento como para ser un animal normal. ¿Escucharon eso? susurró Mateo. Nadie respondió, pero todos sí lo habíamos escuchado. El Rulas nos dijo que mantuviéramos el paso, que solo era un animal, quizá un tlacuache o un perro que se había metido, pero él mismo llevaba la linterna temblando.
Al llegar a una intersección, los túneles se dividían en tres. El rulas frunció el ceño. Esto no estaba así, murmuró la frase no celó la sangre. Eligió el túnel de la izquierda. Avanzamos unos 20 minutos y el olor empeoró hasta volverse insoportable. Después las paredes empezaron a teñirse de un color oscuro, como manchas. Cuando Mateo acercó la linterna nos dimos cuenta de que eran rasguños. garra, uña, herramienta, no sé, pero alguien o algo había arañado esa tierra durante mucho tiempo.
Tenemos que regresar, dijo Lidia temblando. Pero regresar no era opción. Al voltear vimos algo que nos dejó paralizados. El pasadizo por el que habíamos pasado se había derrumbado. Un bloque de tierra compacta nos bloqueaba el camino. “No puede ser”, gritó el rulas golpeando la pared. “Esto no se cae solo.” Nadie quería decirlo, pero todos pensamos lo mismo. Algo lo había provocado. Seguimos por obligación hacia delante. Cada metro se sentía más pesado. Ya no escuchábamos ese arrastre detrás.
Pero tampoco era consuelo. El pasillo se hacía más angosto, tanto que doña Amalia empezó a llorar diciendo que no podía respirar. Fue entonces cuando encontramos la primera señal de que no éramos los primeros en quedar atrapados ahí. Una mochila vieja tirada en el suelo, rota, cubierta de tierra seca. Dentro había una cartera sin dinero, una Biblia pequeña y un pasaporte mexicano lleno de polvo. Estaba a nombre de un tal Alejandro Rojas de Sonora. Nadie del grupo lo conocía.
“Esto debe tener años aquí”, dijo Ramón mirando alrededor. Y justo cuando dijo eso, volvimos a escucharlo. Ese arrastre, esa fricción contra la tierra, esta vez más cerca. mucho más cerca, pero no venía detrás, venía por encima. Todos levantamos la mirada. El techo estaba cubierto de marcas de garras, como si algo se moviera entre las capas superiores de tierra, acechándonos hacia arriba, siguiendo nuestros pasos. No era un animal, no se movía como uno. Se movía como si nos estuviera [música] buscando.
El Rulas nos gritó que corriéramos. Avanzamos casi a ciegas, chocando entre nosotros, tirando mochilas, arrastrando los pies como podíamos dentro del túnel estrecho. El sonido no seguía, acompañándonos por encima, como si el techo fuera delgado y pudiera romperse en cualquier momento. Llegamos a una cámara más amplia, como un cuarto subterráneo. Ahí encontramos algo que me persigue hasta hoy. un campamento improvisado, sacos viejos, latas oxidadas, manchas de humo en el techo, pero lo peor eran las marcas. Había líneas talladas en las paredes, docenas, cientos, rayas verticales agrupadas de cinco en cinco.
Parecía que alguien llevaba la cuenta de los días o las víctimas. No sé qué resulta más horrible. En el centro del cuarto había un agujero irregular en el suelo, como si la tierra hubiera sido removida desde abajo. Y el olor, Dios, el olor venía de ahí. Tenemos que salir, ya dijo el jarocho. Por primera vez hablando con firmeza, escogimos el único túnel que salía de esa cámara y antes de entrar se escuchó un crujido arriba, como si algo se partiera lentamente.
No esperamos para averiguar qué era. Corrimos como si la vida dependiera de ello, porque así era. Después de un tiempo que no sabría medir minutos, horas, no sé. Vimos luz natural filtrándose al fondo. No la perseguíamos, simplemente estaba ahí, al final del túnel. Cuando salimos, el aire fresco me quemó los pulmones. Estábamos en algún punto del monte, lejos de todo, respirando, llenos de tierra y enteros los que quedábamos. Porque durante la carrera doña Amalia desapareció. Nadie vio cuándo ni cómo, solo ya no estaba.
El Rulas quiso regresar por ella, pero Mateo lo detuvo. Si regresas, no sales”, le dijo con lágrimas en los ojos. Creo que todos sabíamos que tenía razón. Tardamos horas en encontrar una carretera. Un camionero nos recogió y nos llevó a un pequeño pueblo del otro lado. Nunca volvimos a ver al Rulas. El jarocho se fue sin despedirse. Lidia y Ramón consiguieron llegar a casa de un primo en Tucon. Mateo y yo nos quedamos juntos un tiempo trabajando en lo que fuera.
Luego perdí contacto con él. Hoy vivo en Nevada legalmente trabajando en construcción. A veces, cuando meto las manos en tierra para cimentar, siento la piel erizarse. Me da miedo encontrar una marca, un rastro, algo de ese lugar. Nunca supe qué era lo que se arrastraba sobre nosotros. Nunca supe de quién era ese campamento, ni cuántas personas quedaron ahí abajo sin salida. Pero a veces cuando duermo escucho algo raspando muy despacio, muy suave, como tierra que se abre y despierto sudando frío.