Ahora me toca a mí

Ahora me toca a mí

La mujer mayor clavó la mirada en las llaves, después en el documento doblado y, finalmente, en el rostro de la joven frente a ella.
Sus ojos comenzaron a abrirse poco a poco, llenos de incredulidad. —No puede ser… —murmuró.

La joven asintió mientras las lágrimas humedecían su rostro.
—Sí… soy yo.

Las manos cansadas de la vendedora quedaron suspendidas sobre el mostrador, temblando ligeramente.
—De verdad regresaste.

—Te prometí que volvería.

La mujer se cubrió la boca, incapaz de contener la emoción.

A lo lejos se escuchaban los autos pasar. La parrilla seguía crepitando suavemente. Sin embargo, entre ambas parecía haberse detenido el tiempo.

La joven tomó aire con dificultad.
—Usted me ayudó el peor día de mi vida —dijo con la voz entrecortada—. Llevaba dos días sin comer y sentía que el mundo entero había dejado de verme.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.
—Jamás olvidé tu cara —susurró—. Tus ojos se quedaron grabados en mi memoria.

La joven soltó una risa breve, mezclada con llanto.
—Y yo nunca olvidé su corazón.

Con suavidad, acercó el documento hacia ella.

La mujer mayor lo abrió lentamente con dedos inseguros.
Leyó cada línea en silencio.

Entonces se quedó sin aliento.

El local.
La licencia.
Los papeles de propiedad.

Sus labios temblaron, pero ninguna palabra salió de ellos.

La joven volvió a tomarle la mano.
—Ahora este lugar le pertenece por completo —dijo con ternura—. Todo está pagado. No habrá más renta, ni deudas, ni preocupaciones.

La mujer rompió en llanto.

Un sollozo escapó de su pecho mientras observaba el pequeño puesto en el que había trabajado durante tantos años.
—¿Hiciste todo esto… por mí?

La joven negó despacio.
—No. Usted lo hizo primero, cuando decidió alimentar a una niña a la que todos ignoraban.

La mujer salió de detrás del mostrador y la abrazó con fuerza, temblando de emoción.

Ambas permanecieron abrazadas en medio de la acera llena de gente, mientras los transeúntes disminuían el paso para observar aquella escena.

La joven cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Usted me dio un plato de comida —susurró.

Su voz se quebró por completo.

—Pero, en realidad… me devolvió las ganas de vivir.

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