Pastor adventista convierte toda su congregación al catolicismo tras leer a los PADRES DE LA IGLESIA

Esta no era simplemente doctrina para mí, era el aire que respiraba, la lente a través del cual veía toda la realidad. Me casé con Rebeca Saldaña cuando ambos tenían 21 años. Ella también era adventista de cuna, hija de uno de los ancianos más respetados de la iglesia en Querétaro. Nuestra boda fue un evento comunitario.

Nada de cerveza, nada de baile, nada de música mundana. Himnos del José Antia. Himnario Adventista. Un sermón de 40 minutos sobre el matrimonio según Elena White y un ágape vegetariano que mi suegra planeado con precisión militar. Éramos la pareja perfecta para el sistema. Jóvenes dedicados con un futuro brillante en la obra del Señor.

 Cuando nació nuestro primer hijo Isaías, apenas un año después de casarnos, yo ya estaba dando estudios bíblicos en tres hogares diferentes y predicando ocasionalmente en congregaciones pequeñas de la zona. Tenía 22 años y un hambre insaciable por conocer más, por argumentar mejor, por demostrar que nosotros, los adventistas, teníamos las respuestas que el cristianismo tradicional había perdido hacía siglos.

 Dos años después llegó Noemí, nuestra hija. Rebeca se dedicó completamente a criarlos en el camino del Señor. Como ella decía. Yo me sumergiré cada vez más profundamente en los estudios teológicos. No me bastaba con predicar. Necesitaba ser un erudito. Necesitaba poder debatir con cualquier católico, evangélico o testigo de Jehová y salir victorioso.

 Mi ego disfrazado de celo evangelístico no conocía límites. En el año 2003, a mis 24 años, fui ordenado como pastor. La ceremonia fue solemne. Rodeado de veteranos del ministerio que imponían sus manos sobre mi cabeza mientras el pastor de distrito leía las exhortaciones pastorales. Recuerdo que lloré. Pensaba que eran lágrimas de consagración genuina al Señor.

 Ahora sé que eran lágrimas de orgullo espiritual. Me sentí especial, elegido, parte de una élite espiritual que tenía acceso a verdades que el resto del cristianismo había perdido. Mi primera asignación pastoral fue como asistente en una congregación de 100 miembros en el marqués, un municipio cercano a Querétaro.

 El pastor titular Ezequiel Vilchis era un hombre mayor, tradicional que predicaba sermones sencillos y se enfocaba más en la piedad práctica que en la polémica doctrinal. Yo, en cambio, veía cada sermón como una oportunidad para educar, para elevar el nivel teológico de los hermanos, para demostrar la superioridad intelectual del adventismo.

 Mis mensajes del sábado por la mañana eran auténticas clases magistrales. Llevaba mi proyector, mis presentaciones en PowerPoint llenas de versículos, citas de Elena White, referencias históricas. Comparaba el papado con el cuerno pequeño de Daniel. Explicaba cómo la observancia del domingo era la marca de la bestia que vendría en el tiempo del fin.

 Demostraba con tablas cronológicas como las profecías de Daniel y Apocalipsis señalaban inequívocamente a la Iglesia Católica como el sistema apóstata. La gente me amaba. Los especialmente decían que mis predicaciones los fortalecían en la fe, que salían cada jóvenes sábado con argumentos sólidos para defender el adventismo ante sus familiares católicos.

 Los ancianos, en cambio, comenzaron a preocuparse. El pastor Vilchis me llamó a su oficina tres meses después de mi mod llegada. “Hermano Heriberto”, me dijo con esa paciencia que solo dan los años. Sus predicaciones son muy instructivas, muy bien preparadas, pero noto algo. Hay más crítica a otras denominaciones que amor por las almas, más orgullo por nuestras doctrinas que humildad ante la gracia de Dios.

 Sus palabras me ofendieron profundamente, aunque no lo demostró. Le sonreí, asentí, le aseguré que tomaría en cuenta su consejo, pero por dentro pensaba que él era de la vieja guardia, que no entendía los tiempos actuales, que la iglesia necesitaba pastores con fuego apologético como yo, no tibios administradores de la tradición. Seis meses después, cuando se abrió la oportunidad de plantar una nueva congregación en Querétaro, específicamente en el barrio de la Cruz, yo fui el candidato natural.

 Tenía 25 años, estaba casado con dos hijos pequeños y desbordaba confianza en mi capacidad para edificar una iglesia desde cero. La asociación me dio luz verde, un presupuesto modesto y 6 meses para demostrar que podía reunir al menos 50 personas para el culto sabático. Empecé con reuniones en la sala de mi casa.

 Rebeca preparaba té de hierbas y galletas integrales mientras yo exponía las profecías de Daniel a cualquiera que quisiera escuchar. Mi cuñado Tobías Zúñiga, que era arquitecto y también adventista, me ayudó a diseñar volantes que repartíamos por todo el barrio. ¿Quieres conocer la verdad sobre el sábado? Decían. Le gustaría entender las profecías bíblicas, estudios gratuitos sin compromiso.

En tres meses teníamos 30 personas asistiendo regularmente, en 6 meses 60. Para el primer aniversario habíamos alquilado un local comercial adaptado como templo y teníamos 90 miembros bautizados. La asociación estaba encantada. Yo era el pastor joven exitoso, el plantador de iglesias modelo, el ejemplo para otros ministros que querían hacer crecer sus congregaciones, pero mi método tenía un denominador común muy claro.

 Yo no solo predicaba el mensaje adventista, predicaba contra el catolicismo. Cada sermón incluía al menos 10 minutos de exposición sobre los errores de Roma. la idolatría mariana, la blasfemia de la misa, la herejía de la confesión auricular, la invención del purgatorio, la adoración de los santos muertos. Mi congregación crecía porque muchos de los que llegaban eran católicos desilusionados, gente que había abandonado la iglesia de su niñez y buscaba algo diferente, algo que sonara más bíblico, más puro.

 Recuerdo especialmente a una familia, los Estrada. Don Melquíades Estrada era un hombre de 60 años. ranchero retirado, católico de toda la vida, que había dejado de ir a misa porque según él los curas solo pedían dinero y no enseñaban la Biblia. Su esposa, doña Guadalupe, lo había seguido a regañadientes.

 Tenían una hija de 30 años, Minerva, divorciada y con dos niños. Llegaron a mi iglesia un sábado por la mañana porque un vecino los había invitado. Esa mañana providencialmente o no, mi sermón se titulaba Los 10 mandamientos versus las tradiciones de Roma. Durante 90 minutos desmantelé sistemáticamente las prácticas católicas.

 Mostré como el segundo mandamiento que prohíbe las imágenes talladas había sido eliminadas del Catecismo católico. Expliqué como el cuarto mandamiento, la observancia del sábado, había sido cambiada arbitrariamente por la autoridad papal. Cité a Elena White y sus visiones sobre el papado como el anticristo. Cuando terminó, don Melquíades tenía lágrimas en los ojos.

 se acercó al altar cuando hice el llamado junto con su esposa y su hija. “Pastor”, me dijo con voz quebrada, “Toda mi vida me engañaron. Mi madre, mis abuelos, todos adoramos estatuas pensando que era correcto. Guardamos el domingo pensando que honrábamos a Dios. Quiero conocer la verdad. Quiero bautizarme en su iglesia. Ese fue uno de mis momentos de mayor orgullo pastoral.

 Las estradas se convirtieron en miembros ejemplares. Don Melquiades especialmente se volvió uno de mis ancianos más fieles, un guerrero contra el catolicismo más férreo que yo mismo. Cada mes traía a alguien nuevo, siempre con la misma historia. Pastor Heriberto lo liberó de las cadenas de Roma. Tiene que escucharlo predicar.

Para el año 2010, 7 años después de fundar la congregación, ya teníamos casi 200 miembros y habíamos comprado un terreno donde construiríamos nuestro templo propio. Yo tenía 31 años y era considerado uno de los pastores más prometedores de la asociación. Me invitaban a predicar en campañas evangelísticas por todo el centro del país.

 Mis series sobre los errores fatales del catolicismo eran especialmente solicitadas. Rebeca estaba orgullosa de mí, aunque a veces me decía que dedicaba demasiado tiempo al estudio y muy poco a la familia. Isaías y Noemí, que ya tenían 9 y 7 años respectivamente, apenas me veían. Cuando estaba en casa tenía la cara metida en libros de teología, de historia eclesiástica, de comentarios bíblicos.

Mi biblioteca personal había crecido exponencialmente. Tenía secciones enteras dedicadas a refutar el catolicismo, obras de pastores protestantes clásicos, tratados de apologética evangélica [música] y, por supuesto, todo lo publicado por la Iglesia Adventista sobre el papado y la gran controversia.

 Pero había un problema que yo no quería reconocer. A pesar de toda mi erudición, a pesar de todos mis argumentos pulidos, había preguntas que me incomodaban, preguntas que surgían en las noches cuando ya todos dormían y yo revisaba mis notas. Preguntas sobre la historia del cristianismo primitivo. Por ejemplo, si la iglesia se corrompió tan completamente después de Constantino, como enseñó Elena White, ¿qué pasó con las promesas de Cristo de que las puertas del Hades no prevalecerían contra su iglesia? Si el domingo fue

impuesto por el papado en la literatura, siglo por documentos del siglo primero que ya mencionan reuniones cristianas el primer día de la semana. Si la veneración de santos es paganismo puro, ¿por qué los cristianos del segundo y tercer siglo ya solicitaron su intercesión? Yo tenía respuestas preparadas para todo esto, por supuesto, respuestas que había aprendido en el seminario, que había leído en los libros adventistas, que había predicado cientos de veces.

 Pero en el fondo, muy en el fondo, esas respuestas comenzaban a sonar huecas incluso para mí mismo. El momento decisivo llegó de la manera más inesperada. Era febrero del 2011. Yo tenía 32 años y acababa de regresar de una campaña evangelística exitosa en San Luis Potosí. Había bautizado a 40 personas.

 La mayoría excatólicos que habían aceptado el mensaje adventista me sentían en la cima de mi ministerio, invencible, poseedor de la verdad completa. Una tarde de miércoles, después del estudio bíblico vespertino en el templo, un hombre mayor se me acercó. No era miembro de nuestra iglesia. De hecho, nunca lo había visto antes.

 Era un señor de unos 70 años, bien vestido, con una Biblia gastada bajo el brazo y una expresión serena que contrastaba con la intensidad de mi predicación. Pastor Aguirre, me dijo con voz suave pero firme. Me llamo Fortunato Cervantes, soy católico. Llevo 60 años siéndolo, pero escuché su sermón esta noche sobre la sucesión apostólica y me gustaría hacerle una pregunta.

 Mi instinto combativo se activó inmediatamente. Otro católico confundido que necesitaba ser iluminado. Por supuesto, hermano. Le respondí con mi mejor tono pastoral condescendiente. Estoy aquí para ayudarte a entender la verdad bíblica. Don Fortunato suena ligeramente ante mi arrogancia, pero no se inmutó.

 Usted dijo esta noche que la Iglesia Católica inventó la sucesión apostólica para justificar su poder, que no hay base bíblica para la idea de que los obispos son sucesores directos de los apóstoles. Me pregunto, pastor, ¿haío a Ignacio de Antioquía? El nombre me sonaba vagamente de mis clases de historia eclesiástica, pero no podía ubicarlo con precisión.

 No directamente, admití con cierta incomodidad, pero conozco la posición adventista sobre los padres de la iglesia. Muchos de ellos ya estaban contaminados por filosofías griegas y tradiciones paganas. Ignacio de Antioquía continuó don Fortunato sin alterarse. Fue discípulo directo del apóstol Juan. Escribió siete cartas camino a su martirio en Roma alrededor del año 110.

 En cada una de esas cartas habla de la importancia de los obispos, de la estructura jerárquica de la iglesia, de la celebración de la Eucaristía. Esto es apenas 70 años después de Cristo. ¿Cómo explica usted que un discípulo directo de Juan ya le enseñará doctrinas que usted llama corrupción posterior? La pregunta me tocó como un puñetazo.

 No tenía una respuesta inmediata. Mi entrenamiento adventista nunca había profundizado en los padres apostólicos. nos habían enseñado a saltar directamente de los apóstoles del Nuevo Testamento a Constantino y la gran apostasía, como si no hubiera nada relevante en los tres siglos intermedios. “Los padres de la Iglesia no son inspirados”, respondió defensivamente.

 “Solo la Biblia es nuestra regla de fe. No me importa lo que dijo Ignacio o cualquier otro si contradice las Escrituras”. Don Fortunato caminando con paciencia. Entiendo su posición, pastor, sola escritura. Pero, ¿no le parece extraño que los hombres que conocieron personalmente a los apóstoles, que aprendieron de ellos, que murieron por la misma fe, ya practicaron cosas que usted considera antibíblicas? ¿No le hace cuestionarse si tal vez su interpretación de la Biblia y no la de ellos es la incorrecta? Esa pregunta me dejó sin palabras. Don

Fortunato se despidió amablemente, me dejó un papel con algunas referencias bibliográficas escritas a mano y se fue. Yo me quedé en el templo vacío mirando ese pedazo de papel como si fuera una bomba de tiempo. Esa noche no pude dormir. Las palabras de don Fortunato resonaban en mi mente. Los hombres que conocieron personalmente a los apóstoles.

 ¿Qué sabían ellos que yo no sabía? ¿Qué practicaban ellos que contradecían mis enseñanzas adventistas? Y más importante, ¿tenía yo el valor de investigarlo honestamente o mi orgullo me impediría cuestionar 26 años de adoctrinamiento? La lista que don Fortunato me había dejado era devastadoramente simple. Ignacio de Antioquía. Cartas 11 de Cristo.

 Clemente de Roma. Primera carta a los corintios, 96 de de ycisto. Policarpo de Esmirna, carta a los filipenses, 110 de Cristo. Justino Mártir, primera apología, 115 de de Cristo. Ireneo de León, contra las herejías de prior de Cristo. Cinco nombres, cinco autores que habían vivido entre el año 90 y el 180 después de Cristo.

 Cristianos que habían conocido a los apóstoles oa discípulos directores de los apóstoles. Sus escritos eran literalmente las voces más antiguas del cristianismo después del Nuevo Testamento. Durante los siguientes tres días intenté ignorar esa lista. Me decía a mí mismo que no tenía tiempo, que tenía sermones que preparar, visitas pastorales que hacer, responsabilidades denominacionales que atender.

 Pero la lista me perseguía. La había guardada en el cajón de mi escritorio, pero cada vez que abría ese cajón para sacar algo, ahí estaba, mirándome, desafiándome, acusándome de cobardía intelectual. El sábado siguiente prediqué sobre Apocalipsis 14 y los tres ángeles. Mi mensaje favorito, el núcleo de la identidad adventista.

 Pero por primera vez en mi vida, mientras predicaba, me escuchaba a mí mismo con cierto escepticismo. La Iglesia cayó en apostasía después de Constantino, declaraba desde el púlpito. El cristianismo puro fue corrompido por el paganismo romano. Pero una vocecita en mi mente preguntaba, “¿Y qué hay de los 150 años antes de Constantino? ¿Qué predicaban? ¿Qué creían? ¿Qué practicaban? Rebeca notó mi inquietud esa noche.

 ¿Estás bien, Heriberto?”, me preguntó mientras cenábamos. Los niños ya dormían. Te vi distraído durante el sermón. Estoy bien, mentí. Solo cansado. Ha sido una semana pesada, pero no estaba bien. Esa noche, después de que Rebeca se durmió, bajé a mi estudio y saqué la lista del cajón. La leí una, dos, 10 veces. Finalmente tomé una decisión que cambiaría mi vida para siempre. Investigaría por mí mismo.

Leería a los padres apostólicos con honestidad intelectual, sin filtros denominacionales, sin interpretaciones preconcebidas. Y si encontraban que sus enseñanzas contradecían el adventismo, tendrían que enfrentar las consecuencias, cualquiera que fuera. Al día siguiente, lunes por la mañana, manejé hasta la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de Querétaro.

 Sabía que tenían una buena sección de patrística y literatura cristiana antigua. Le dije a Rebeca que estaría todo el día preparando material para una serie de sermones sobre historia eclesiástica. No era mentira, pero tampoco era toda la verdad. La bibliotecaria, una mujer de mediana edad con lentes de lectura colgadas del cuello, me ayudó a localizar los volúmenes que necesitaba.

Había una colección completa en español de los padres apostólicos, editada por la biblioteca de autores cristianos. Tomé el primer tomo y me instalé en un cubículo apartado, lejos de miradas curiosas. Empecé con Clemente de Roma, específicamente su primera carta a los corintios, escrita alrededor del año 96, el mismo período en que el apóstol Juan escribió el Apocalipsis.

 Lo primero que me impactó fue el tono de autoridad. Clemente, obispo de Roma, estaba escribiendo a la iglesia de Corinto para resolver un conflicto interno y lo hacía con una autoridad que asumía obediencia. No era una sugerencia, era una directiva clara de un líder eclesiástico a una congregación que debía someterse.

 Esto contradecía directamente la enseñanza adventista de que cada congregación era autónoma, que no había jerarquía en la iglesia primitiva. Pero aquí estaba en el año 96 un obispo de Roma ejerciendo autoridad sobre una iglesia en Grecia. Mi mente buscaba desesperadamente una explicación alternativa, pero el texto era claro, demasiado claro.

 Continúe leyendo. Clemente hablaba de los presbíteros nombrados por los apóstoles, de la sucesión ordenada en el ministerio, de la importancia de la liturgia apropiada. Usaba lenguaje sacrificial para referirse a la Eucaristía. citaba abundantemente el Antiguo Testamento, pero también textos que más tarde serían parte del Nuevo Testamento, demostrando que ya existía un reconocimiento de ciertos escritos cristianos como autoritativos.

 Para cuando terminé la carta de Clemente eran las 2 de la tarde. No había comido, no había movido del cubículo y mi mundo teológico estaba empezando a tambalearse. Continué con Ignacio de Antioquía, el hombre que Don Fortunato había mencionado específicamente. Ignacio había sido obispo de Antioquía y fue arrestado durante las persecuciones del emperador Trajano.

 Camino a su martirio en Roma alrededor del año 110, escribió siete cartas a diferentes iglesias. Eran documentos conmovedores, llenos de fervor cristiano, de amor por Cristo, de preparación gozosa para el martirio, pero también estaban llenos de enseñanzas que deberían haber escandalizado a cualquier adventista. Ignacio insistía constantemente en la autoridad de los obispos.

 Que nadie haga nada de lo que toca a la iglesia sin el obispo. Escribía. Aquel que hace algo sin conocimiento del obispo sirve al Palabras fuertes. Pero venían de un hombre que había conocido al apóstol Juan, que iba camino a morir por Cristo. Y luego estaba su enseñanza sobre la Eucaristía. Ignacio no hablaba de ella como símbolo de conmemoración.

 Hablaba de la carne de Jesús y la medicina de inmortalidad. Criticaba a los herejes que negaban que la Eucaristía fuera verdaderamente la carne de Cristo. Esto era presencia real. Transubstanciación. Doctrina católica pura en el año 110. Cerré el libro y me recosté en la silla del cubículo. Mi corazón latía aceleradamente.

 Esto no podía estar pasando. Estos documentos eran reales, auténticos, fechados por todos los eruditos en el primer y segundo siglo. No eran falsificaciones católicas medievales, eran las voces genuinas del cristianismo primitivo y decían cosas que contradecían frontalmente lo que yo había predicado durante 11 años. El bibliotecario anunció que cerrarían en 30 minutos.

 Eran las 8 de la noche, había pasado 11 horas en ese cubículo. Saqué copias fotostáticas de varios pasajes clave y salí de la biblioteca en estado de shock. Cuando llegué a casa, Rebeca estaba preocupada. ¿Dónde estuviste? Te llamé tres veces al celular. Los niños preguntaron por ti. Lo siento murmuré. Estuve investigando para los sermones. Se me fue el tiempo.

Ella me miró con desconfianza, pero no insistió. Después de cenar, mientras ella acostaba a los niños, yo me encerré en mi estudio. Extendí las fotografías sobre mi escritorio. Leí y releí los pasajes que había marcado. Busqué referencias cruzadas. Consulta mis libros de historia adventista para ver cómo explicaban estos textos.

Lo que encontré me decepcionó profundamente. Los autores adventistas que mencionaban a los padres apostólicos lo hacían de manera superficial o selectiva. Citaban solo los pasajes que apoyaban sus tesis e ignoraban todo lo demás, o peor, descartaban sus enseñanzas con el argumento circular de que contradecían la Biblia, cuando en realidad contradecían la interpretación adventista de la Biblia.

 Durante las siguientes dos semanas viví una doble vida. Externamente. Seguía siendo el pastor Heriberto Aguirre, confiado exponente del adventismo, líder de una congregación próspera. Predicaba los sábados, se dirigía a estudios bíblicos los miércoles, visitaba enfermos, aconsejaba matrimonios, pero internamente estaba en guerra.

 Cada día libre que tenía, corría a la biblioteca universitaria y me sumergía en los padres apostólicos. Leía Policarpo de Esmirna, otra discípula directa de Juan, que escribió sobre la importancia de sujetarse a los presbíteros y diáconos como a los mismos apóstoles. Leía Justino Mártir, que en su primera apología alrededor del año 155 describió con detalle cómo los cristianos celebraban la Eucaristía cada domingo, no el sábado, y cómo creían que el pan y el vino se convertían en el cuerpo y sangre de Cristo.

 Cada texto era otro martillazo en el edificio de mis certezas. Pero el golpe más devastador llegó cuando leía Ireneo de León, específicamente su obra contra las herejías, escrita alrededor del año 180. Ireneo había sido discípulo de Policarpo, quien a su vez fue discípulo de Juan. Era literalmente la tercera generación cristiana directa desde los apóstoles.

 Y en su libro, Ireneo explicaba la doctrina de la sucesión apostólica con una claridad meridiana. Enumeraba la lista de obispos de Roma desde Pedro hasta su época. argumentaba que la verdadera doctrina se conservaba en las iglesias fundadas por los apóstoles, especialmente Roma, debido a su sucesión ordenada. Defendía la autoridad del obispo de Roma como criterio de ortodoxia.

Pero lo que más me impactó fue su enseñanza sobre la Eucaristía. Ireneo escribió, “Nuestro modo de pensar concuerda con la Eucaristía y la Eucaristía a su vez confirma nuestra doctrina. Porque le ofrecemos lo que es suyo, proclamando la comunión y unidad de carne y espíritu. Porque así como el pan que viene de la tierra cuando recibe la invocación de Dios, ya no es pan común, sino eucaristía, constituida por dos elementos, uno terrestre y otro celestial, así también nuestros cuerpos al recibir la Eucaristía ya no son

corruptibles, pues tienen la esperanza de la resurrección. Esto no era lenguaje simbólico, era presencia real, era transubstanciación. Y lo escribió un hombre que había conocido a un discípulo de Juan, un hombre que murió mártir por su fe, un hombre que vivió solo 150 años después de Cristo.

 Esa noche lloré en mi estudio. Lloré porque sabía que mi mundo teológico estaba colapsando y no había nada que pudiera hacer para detenerlo. Lloré porque entendió que había predicado errores durante 11 años. Lloré porque vislumbraba las consecuencias catastróficas que esta revelación tendría en mi vida, mi familia, mi ministerio, mi identidad.

 Rebeca entró al estudio y me encontré con la cabeza entre las manos. Heriberto, ¿qué te pasa? Llevas dos semanas extrañas. Habla conmigo, por favor. No podía seguir ocultándolo. Le conté todo. Lo de don Fortunato, lo de mi investigación en la biblioteca, lo de los padres apostólicos, lo de las contradicciones con nuestra teología adventista.

Ella me escuchó en silencio, su rostro reflejando una mezcla de preocupación y confusión. Pero Heriberto, dijo finalmente, “Todos esos escritos son de hombres, solo la Biblia está inspirada. ¿Por qué te afecta tanto? Porque estos hombres, le expliqué con voz temblorosa, conocieron a los apóstoles, fueron enseñados por ellos.

 Si los apóstoles les hubieran enseñado lo que nosotros predicamos, ellos lo habrían escrito, pero escribieron lo contrario. Eso significa que nosotros, no ellos, estamos malinterpretando la Biblia. Rebeca palideció. ¿Qué estás diciendo? ¿Que la Iglesia Adventista está equivocada? ¿Que Elena White estuvo equivocada? No lo sé. Admití.

 Eso es lo que me aterra. No sé nada ya. Todo lo que creía seguro. Todo lo que me enseñaron, todo lo que prediqué está siendo cuestionado por estos textos. Y no son textos católicos modernos tratando de justificar sus doctrinas. son los cristianos primitivos testificando de lo que aprendieron de los apóstoles.

 Mi esposa se quedó callada por un largo momento. Finalmente dijo, [música] “Tienes que hablar con el pastor Vilches. Él es tu mentor. Él te puede ayudar a procesar esto”. Tenía razón. El pastor Ezequiel Vilchis, que ya había jubilado formalmente, pero seguía activo como consejero de pastores, era el hombre más sabio que conoció en el adventismo.

 Si alguien podía ayudarme a resolver esta crisis, era él. Lo llamé al día siguiente y le pedí una reunión urgente. Nos vimos esa tarde en un café del centro de Querétaro. Cuando le explicó mi dilema, el pastor Vilchis escuchó con atención y sin interrumpir. Su rostro no mostraba sorpresa, sino más bien una tristeza que sugerencia que no era la primera vez que escuchaba algo así.

 Heriberto me dijo cuando terminé, lo que estás experimentando es una crisis de fe, pero no es nueva. Muchos pastores adventistas han pasado por lo mismo cuando comienzan a estudiar seriamente la historia de la iglesia primitiva. La pregunta es, ¿qué harás con esta crisis? ¿Dejarás que destruya tu fe o la usarás para purificarla? No lo entiendo, pastor.

 Usted habla como si ya supiera de estos problemas. Suspenso. Sí, los conozco. Él leyó a los padres apostólicos. Sé que hay tensiones entre algunas de sus enseñanzas y nuestras doctrinas, pero también sé que no podemos juzgar la verdad bíblica por lo que otros hombres, por muy cercanos que estuvieron a los apóstoles, enseñaron.

 La escritura interpreta la escritura. Ese es nuestro principio fundamental. Pero pastor, argumenté con creciente frustración, si los discípulos directores de Juan enseñaban la presencia real en la Eucaristía, la autoridad de los obispos, la veneración de los mártires, ¿no sugiere eso que entendían el Nuevo Testamento de Minok de manera diferente a nosotros? ¿No deberíamos al menos considerar que tal vez nosotros con nuestros 1900 años de distancia somos los que estamos malinterpretando? El pastor Bilchis meneó la cabeza.

 Eso sería darle a la tradición humana autoridad sobre la palabra de Dios. No podemos hacer eso, Heriberto. Elena White nos advirtió contra eso. Pero Elena White vivió 1800 años después de Cristo. Exclamé bajando la voz cuando noté que otras personas nos miraban. Ignacio y Policarpo vivieron 80 años después de Cristo.

 ¿Por qué deberíamos confiar más en la interpretación de Elena White que en la de ellos? El silencio que siguió fue tenso. El pastor Vilchis me miró con tristeza. Hermano Heriberto, escucha bien lo que te voy a decir. Estás en un camino peligroso. Estás cuestionando los fundamentos de nuestra fe. Si sigues por este camino, terminarás abandonando la iglesia.

 He visto a otros hacerlo. Pastores brillantes que comenzaron cuestionando un punto doctrinal y terminaron en Roma. ¿Y qué si Roma tiene razón? Dije en voz baja, sorprendiéndome a mí mismo de mi audacia. El pastor Bilchis se puso de pie. Entonces habrías desperdiciado tu vida predicando mentiras, pero yo no creo que Roma tenga razón. Creo que está siendo engañado.

Ora, ayuna, estudia. Y si después de todo eso todavía dudas, tal vez deberías considerar si el ministerio es realmente tu llamado. Se fue sin desesperar. Yo me quedé sentado en ese café durante dos horas más, mirando mi taza vacía, sintiendo que mi vida entera se desmoronaba. Las siguientes semanas fueron las más difíciles de mi vida.

Seguía cumpliendo con mis responsabilidades pastorales, pero era como un actor recitando líneas en una obra que ya no creía. Cada sermón era una tortura. Cada estudio bíblico una hipocresía. Predacicaba contra la Iglesia Católica mientras mi corazón comenzaba a susurrar que tal vez habíamos estado equivocados todos estos años, pero no podía simplemente rendirme. Había demasiado en juego.

 Mi familia, mi congregación, mi identidad, mi sustento económico. Todo dependía de que el adventismo fuera verdad. Así que decidí hacer un último intento. Estudiaría los padres apostólicos exhaustivamente, pero esta vez también leería las respuestas adventistas y protestantes. Buscaría argumentos que pudieran reconciliar las contradicciones.

 Me daría 6 meses de investigación intensiva antes de tomar cualquier decisión drástica. Le expliqué mi plan a Rebeca. Necesito hacer esto correctamente. Necesito estar seguro en un sentido o en otro. Si el adventismo es verdad, resistirá el escrutinio. Si no lo es, necesito saberlo. Ella accedió, aunque con mucha preocupación.

Solo prométeme que no harás nada precipitado, que no destrozarás nuestra vida por una crisis intelectual pasajera. Se lo prometí, pero en el fondo de mi corazón sabía que esto no era pasajero. Esto era el comienzo del fin, de todo lo que había conocido. Durante los siguientes 6 meses me convertí en un ermitaño intelectual, además de los padres apostólicos.

 Leí historiadores de la Iglesia primitiva. Leí apologistas protestantes que querían explicar las contradicciones. Leí teólogos católicos que argumentaron a favor de su interpretación. Leí documentos del concilio de Nicea, del Concilio de Calcedonia, tratado sobre los primeros concilios ecuménicos y con cada texto que leía, la evidencia se acumulaba de manera abrumadora.

 La Iglesia primitiva era sacramental. Creían en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Tenían una estructura jerárquica de obispos, presbíteros y diáconos. Reconocían la prima de Roma. Pedían la intersión de los mártires, ayunaban los miércoles y viernes, se reunían para celebrar la Eucaristía cada domingo, no el sábado.

 El tema del día de adoración fue particularmente impactante. Encontré que ya en el año 140, Justino Mártir describió cómo los cristianos se reunían el día del sol, domingo, para celebrar la Eucaristía. No porque el emperador lo hubiera mandado, no porque la Iglesia se hubiera corrompido, sino porque era el día de la resurrección de Cristo.

 Y esto era apenas 100 años después de Cristo, mucho antes de Constantino y sus supuestas corrupciones. Leí la Did, un manual de instrucción cristiana del primer siglo que mandaba, “En el día del Señor reuníos y partid el pan y papá gracias después de haber confesado vuestros pecados para que vuestro sacrificio sea puro.

 Día del Señor era domingo, año 60 o 70 después de Cristo. Mi argumento adventista sobre el domingo como marca de la bestia impuesta por el papado en el siglo se desmoronó completamente. Los cristianos ya celebraban el domingo en el primer siglo, cuando aún vivían algunos apóstoles. Pablo nunca los corrigió. Pedro nunca los reprendió.

 Juan, que escribió el Apocalipsis donde supuestamente se profetiza contra el domingo, nunca les dijo que estaban violando el cuarto mandamiento. La interpretación adventista de que el día del Señor en Apocalipsis 1 verso 10 se refería al sábado era forzada y contraria a todo el uso patrístico del término.

 Todos los padres entendían el día del Señor como domingo, sin excepción. Pero el golpe final a mi teología adventista no vino de los padres apostólicos, vino de la Biblia misma, leída ahora sin los lentes denominacionales. Un día, mientras estudiaba Juan 6, el discurso del pan de vida, algo hizo clic en mi mente. Jesús dice: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo.

 Si alguno viene de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo me atreveré por la vida del mundo es mi carne. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” Y Jesús, en lugar de aclarar que hablaba simbólicamente, intensifica su lenguaje. En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el día final porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Siempre había leído ese pasaje como lenguaje figurado, pero ahora conociendo que Ignacio, Justino e Ireneo lo interpretaron literalmente y que los apóstoles mismos no los corrigieron, no era más probable que Jesús hablara literalmente y yo hubiera espiritualizado incorrectamente sus palabras.

 Y cuando muchos discípulos se ofendieron y lo dejaron, Jesús no corrió tras ellos gritando, “¡Esperan, era una metáfora!” Dejó que se fueron y les preguntó a los 12, “¿Acaso queréis vosotros iros también?” Todo el capítulo cobraba un sentido completamente diferente si se leía con los ojos de la iglesia primitiva. Era presencia real, era sacrificio eucarístico, era lo que los católicos llamaban transubstancia, aunque no usaran ese término técnico, hasta siglos después.

 Una noche, sentado solo en mi estudio pasada la medianoche, con decenas de libros abiertos alrededor de mí, con páginas y páginas de notas garabateadas, tuve que enfrentar la verdad devastadora. El adventismo del séptimo día estaba esencialmente equivocado en sus doctrinas distintivas. La observancia del sábado como sello de Dios era una interpretación errónea.

 El domingo no era la marca de la bestia. El papado no era el anticristo. La Iglesia no cayó en apostasía total después de los apóstoles. La sucesión apostólica era real. La presencia real de Cristo en la Eucaristía era doctrina apostólica auténtica. Y si todo eso era cierto, entonces había una conclusión lógica ineludible.

 La Iglesia Católica Romana, con todas sus imperfecciones humanas, era la continuación legítima histórica de la Iglesia que Cristo fundó. No era la Babilonia apocalíptica. Era, a pesar de los pecados de sus miembros, el cuerpo de Cristo en continuidad visible con los apóstoles. Esa conclusión me quebró.

 Lloré como no había llorado desde la infancia. No eran lágrimas de alivio o liberación, eran lágrimas de pérdida total. Mi identidad completa estaba construida sobre el adventismo. Había dedicado toda mi vida adulta a predicar un mensaje que ahora sabía que era falso. Había convencido a cientos de personas de abandonar la Iglesia Católica por errores míos.

 Había criado a mis hijos en una fe que ahora cuestionaba profundamente. ¿Qué hacía ahora? ¿Cómo le dijo a Rebeca? ¿Cómo le decía a mi congregación? Como le decía a don Melquiades Estrada, que había dejado el catolicismo por mi culpa, que me había equivocado. La respuesta era: “No podía”. No todavía necesitaba estar absolutamente seguro y necesitaba hablar con alguien que pudiera entender lo que estaba viviendo desde adentro de la experiencia católica.

 Busqué en el directorio telefónico Parroquias Católicas en Querétaro. Había docenas. Finalmente me decidí por la parroquia de San Francisco de Asís, no muy lejos de mi casa. Llamé y pedí hablar con el párroco. La secretaria me preguntó mi nombre y el motivo de la consulta. Dígale, respondí con voz temblorosa, que soy un pastor adventista que necesita hablar con él urgentemente.

El padre Agustín Cisneros me recibió dos días después en su pequeña oficina parroquial. Era un hombre de unos 60 años con cañas abundantes, rostro sereno y ojos que transmitían una sabiduría ganada con décadas de experiencia pastoral. Cuando entré, me saludó con calidez, pero sin sorpresa, como si hubiera recibido a cientos de pastores protestantes en crisis antes que yo.

Pastor Aguirre, me dijo invitándome a sentarme. La hermana Estela me dijo que era urgente. Cuénteme qué lo trae por aquí. Durante casi dos horas le conté toda mi historia, desde mi infancia adventista hasta mi exitoso ministerio pastoral, desde el encuentro con Don Fortunato hasta mi investigación de los padres apostólicos, desde mi crisis de fe hasta mis conclusiones devastadoras.

El padre cisneros se escuchó todo sin interrumpir, ocasionalmente tomando notas, siempre con expresión de genuina compasión. Cuando terminó, hizo una larga pausa antes de hablar. Lo primero que quiero decirle, hermano Heriberto, es que su honestidad intelectual es admirable. Muchos hombres en su posición habrían cerrado los libros, ignorando las evidencias y continuando predicando por comodidad o por miedo.

 Usted tuvo el valor de seguir la verdad hasta donde lo llevara. Eso honra a Dios. No me siento honrado respondí con amargura. Me siento destrozado. Dediqué mi vida a predicar errores. Convencí a personas de abandonar su fe católica. Arruiné mi futuro ministerial. ¿Y para qué? Para descubrir que estaba equivocado todo el tiempo.

 El padre Cisneros se acercó con comprensión. El camino hacia la verdad a menudo pasa por el valle de la humillación. Pero déjeme preguntarle algo crucial. ¿Qué es lo que más le duele? ¿Descubrir que el adventismo está equivocado o descubrir que la Iglesia católica tiene razón? La pregunta me tomó desprevenido. Reflexioné un momento, ambas cosas, pero si soy honesto, lo segundo me duele más, porque significa que todo lo que prediqué contra el catolicismo era calumnia.

Significa que los santos que llamé ídolos eran genuinos. Que la Virgen que ignoré es digna de veneración. Que la Eucaristía que llamé símbolo es el cuerpo de Cristo. Que el Papa que atacé como anticristo es el sucesor de Pedro. Todo lo que detesté resulta ser santo. Eso es lo que me destroza. Es comprensible, dijo el Padre.

 Pero considera esto. Saulo de Tarso perseguía a la iglesia de Cristo con celo religioso sincero. Creía estar sirviendo a Dios. Cuando encontró a Cristo en el camino a Damasco, no solo descubrió que estaba equivocado, descubrió que había estado persiguiendo al mismo Dios que pensaba servir. Y sin embargo, ese encuentro con la verdad no lo destruyó, lo transformó en el apóstol más grande de la historia.

 Su pasado de perseguidor se convirtió en testimonio de la misericordia de Dios. Sus palabras resonaron profundamente en mí. Está diciendo que puedo convertir este desastre en algo bueno. Estoy diciendo que Dios puede hacerlo si usted se lo permite, pero primero necesita terminar su jornada. Ha descubierto que la Iglesia Católica es históricamente legítima, pero eso es solo conocimiento intelectual.

 Necesita experimentar la fe católica existencialmente, encontrarse con Cristo en sus sacramentos, conocer la belleza de su liturgia, sentir la comunión de los santos. El catolicismo no es solo un conjunto de doctrinas correctas, es una vida de gracia. ¿Cómo hago eso?, preguntó. No puedo simplemente presentarme en misa sin antes resolver mi situación.

 Sigo siendo oficialmente un pastor adventista. Tengo una congregación que depende de mí, una esposa que apenas entiende por lo que estoy pasando, hijos que crecieron adventistas. El padre cisnero se recostó en su silla. Tiene razón. Esto no puede resolverse precipitadamente. Necesita tiempo para procesar, para orar, para discernir.

 Le propongo lo siguiente: Venga a misa algunos domingos de incógnito, solo para observar. Lea el Catecismo de la Iglesia Católica, no como polemista, sino como buscador. Y cuando esté listo, iniciamos el proceso formal de conversión, pero todo a su ritmo. ¿Y qué hago con mi ministerio adventista? No puedo seguir predicando algo que ya no creo.

 Eso dijo con gravedad, es algo que solo usted puede decidir. Algunos conversos en su situación han renunciado inmediatamente, otros han buscado maneras de hacer la transición gradualmente. No hay una fórmula única, pero sí le diría esto. No puedes vivir una doble vida por mucho tiempo. La verdad eventualmente demanda testimonio público.

 Salí de esa reunión con una mezcla de alivio y pavor. Alivio porque finalmente había encontrado a alguien que podía guiarme en este proceso. Pavor porque sabía que las decisiones difíciles estaban cada vez más cerca. Durante las siguientes semanas asistí a misa en San Francisco de Asís. Siempre llegando tarde y yendo temprano para no llamar la atención, me sentaba en la última banca y observaba.

Y con cada misa algo en mi corazón se ablandaba. La liturgia eucarística era profundamente hermosa. Nada de la espontaneidad caótica de los cultos protestantes. Todo tenía orden, reverencia, significado. Las lecturas siguieron el leccionario que cubría toda la Biblia en 3 años. La homilía del padre Cisneros fue breve, pero sustanciosa, y el momento de la consagración me dejó sin aliento.

Cuando el sacerdote elevábala y decía: “Este es mi cuerpo”. Podía sentir que algo real estaba sucediendo. No era teatro, no era mero simbolismo, era el milagro que Ignacio, Justino e Ireneo habían testificado. Cristo haciéndose presente bajo las especies de pan y vino. Ver a los fieles recibir la comunión me llenaba de una mezcla de anhelo y tristeza.

 Yo no podía acercarme. No todavía, pero quería. Oh, cómo quería recibir a Cristo en la Eucaristía. Paralelamente leí el Catecismo completo. Era un libro de casi 1000 páginas que explicaba sistemáticamente toda la doctrina católica y conforme leía descubriría que muchas de las objeciones adventistas se basaban en malentendidos o caricaturas.

La veneración de santos no era adoración, era pedir la intercesión de hermanos mayores en la fe que ya estaban con el Señor. ¿Acaso no pedimos oraciones de nuestros hermanos vivos? ¿Por qué sería diferente con los que ya están en la presencia de Dios? La veneración de María no la hacía igual a Dios.

 Era reconocer su papel único como madre de Dios, como la mujer que dijo sí al plan de salvación cuando pudo haber dicho no. El rosario no era repetición vana, sino meditación contemplativa en los misterios de Cristo, guiada por María. El purgatorio no contradecía la gracia, era la misericordia de Dios purificando a sus hijos antes de entrar en su presencia.

 Primera de Corintios 3:15 hablaba claramente de salvación como a través del fuego. Segunda de Macabeos 12:46 mencionaba oraciones por los muertos. Y si no hay purificación después de la muerte, ¿para qué orar por ellos? La confesión auricular no negaba que Cristo perdonara los pecados. Era el medio sacramental que Cristo instituyó cuando dijo a los apóstoles: “A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados.

” Santiago 5:16 mandaba, “Confesaos los pecados unos a otros”. Todo tenía sentido bíblico cuando se leía sin prejuicios protestantes y lo que no estaba explícitamente en la Biblia estaba en la tradición apostólica preservada por la Iglesia desde el principio. Pero el peso más grande en mi corazón no eran las doctrinas, era mi congregación, especialmente don Melquía Estrada y su familia.

 Él había confiado en mí, había dejado el catolicismo por mi enseñanza, había traído docenas de otras personas. ¿Cómo le dijo que me había equivocado? Una tarde de viernes, 4 meses después de mi primera visita al padre Cisneros, tomó la decisión más difícil de mi vida. Le dije a Rebeca que necesitábamos hablar esa noche después de que los niños se durmieran.

 Cuando finalmente nos sentamos en la sala, ella sabía que algo grave venía. “Rebeca”, le dije tomando sus manos. He llegado a una conclusión después de meses de estudio y oración. No puedo seguir siendo pastor adventista. Las evidencias históricas y bíblicas me han convencido de que el adventismo está equivocado en sus doctrinas distintivas y que la Iglesia Católica, a pesar de todas las críticas que le hicimos, es la verdadera Iglesia que Cristo fundó.

 Vi el pánico en sus ojos. ¿Qué estás diciendo, Eriberto? ¿Quieres convertirte al catolicismo después de todo lo que predicamos contra ellos? Precisamente por eso, porque predicamos mentiras, no intencionalmente, pero mentiras al fin. Y no puedo seguir viviendo en esa mentira. ¿Y nosotros qué? Preguntó con lágrimas, comenzando a correr por sus mejillas.

 Tu familia, tus hijos, el trabajo, nuestro sustento. Todo lo que tenemos está ligado a la iglesia. Si renunciamos, nos quedamos sin nada. Lo sé, admití. Y por eso no estoy tomando esta decisión a la ligera. He estado 4 meses pensando en esto. Consideró todas las consecuencias, pero, Rebeca, no puedo traicionar la verdad.

 No puedo seguir predicando algo que ya no creo. Sería hipocresía, sería pecado. Ella se levantó y caminó hacia la ventana. Y si yo no quiero, ¿y si yo quiero seguir siendo adventista? ¿Y si no estoy convencida de tus argumentos intelectuales? La pregunta me toca como un martillo. No había considerado seriamente esa posibilidad.

 Había asumido que si yo me convencía, ella me seguiría, pero tenía derecho a su propia fe, a sus propias convicciones. Entonces dije lentamente, “No te obligaré, pero sí te pido que al menos leas lo que yo he leído, que veas las evidencias con mente abierta y si después de eso sigues convencida del adventismo, respetaré tu decisión y enfrentaremos las consecuencias juntos.

” Rebeca se volteó y me miró fijamente. Dame los libros. Los textos esos de los padres apostólicos, el catecismo católico, todo lo que leíste, pero dame tiempo, no puedo procesar esto en una semana. Le di todo el material y le pedí un solo favor. Ora, antes de leer cada texto, pídele a Dios que te muestre la verdad, aunque duela, aunque destruya nuestras certezas, porque al final la verdad siempre es mejor que una mentira cómoda.

 Las siguientes tres semanas fueron de un silencio tenso en casa. Rebeca leía cada noche después de acompañar a los niños. Yo seguía cumpliendo mecánicamente con mis obligaciones pastorales, pero cada sermón era una agonía. Sabía que estaba mintiendo, sabía que debía renunciar, pero había prometido a Rebeca que esperaría su veredicto.

 Una madrugada, alrededor de las 3 de la mañana, Rebeca me despertó. Tenía los ojos rojos de llorar y el catecismo abierto en sus manos. “Lo entiendo”, me dijo con voz quebrada. Leí todas las cartas de Ignacio, la apología de Justino, el tratado de Ireneo. Leí el catecismo y tienes razón. No quería que tuvieras razón.

 Rogué a Dios que me mostrará algún error en tus argumentos, pero no lo hay. El adventismo está equivocado. Y si está equivocado, no puedo seguir viviendo en el error solo por comodidad. [música] La abracé y lloramos juntos. Era un llanto de duelo, pero también de liberación. Duelo por la identidad que perdíamos, liberación por la verdad que nos hacía libres.

 ¿Qué hacemos ahora?, me preguntó. Ahora respondí, le digo a la congregación la verdad y luego comenzamos nuestro camino hacia casa. El siguiente sábado, después del servicio regular pedí una reunión especial con todos los miembros de la iglesia. Nunca había hecho algo así. La gente estaba curiosa, algunos preocupados.

 Corrieron rumores de que renunciaría, de que había problemas económicos, de que la asociación me trasladaba. Cuando todos estuvieron reunidos, cerca de 200 personas en nuestro templo, subí al púlpito con un nudo en la garganta. Rebeca estaba en primera fila con Isaías y Noemí. Don Melquíades y su familia estaban en su lugar habitual.

 Hermanos, comencé con voz temblorosa. Lo que voy a decirles hoy es lo más difícil que he tenido que decir en mi vida. Durante los últimos meses estuvo en una profunda crisis de fe. No porque haya dejado de creer en Cristo, no porque haya caído en pecado, sino porque descubrí que muchas de las doctrinas que hemos predicado como adventistas del séptimo día están históricamente y bíblicamente equivocadas.

El murmullo inmediato fue. Vi caras de shock, de confusión, de enojo, pero continuó. He estudió exhaustivamente los escritos de los padres apostólicos, hombres que conocieron directamente a los apóstoles o fueron enseñados por sus discípulos. Y lo que descubrí es que la Iglesia primitiva practicaba y creía doctrinas que nosotros hemos llamado herejías católicas.

 Creían en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Tenían una estructura jerárquica con obispos como sucesores de los apóstoles. Se reunirían los domingos, no los sábados. pedían la intercesión de los mártires. Todo esto en el primer y segundo siglo, mucho antes de Constantino y cualquier supuesta gran apostasía.

 “Eso es mentira”, gritó alguien desde atrás. “Está siendo engañado por el enemigo. Créame que también pensé eso al principio, respondí con calma”. Pero las evidencias son irrefutables y no son documentos católicos posteriores. Son los escritos más antiguos del cristianismo después del Nuevo Testamento. Las voces de los mártires que murieron por Cristo.

 Sus enseñanzas contradicen esencialmente nuestras doctrinas adventistas distintivas. Don Melquiade se puso de pie con el rostro descompuesto. Pastor Heriberto, ¿qué está diciendo? ¿Que nos equivocamos todos? ¿Que Elena White estaba equivocada? que yo pequé al dejar el catolicismo. La pregunta me partió el corazón, don Melquíades, lo que estoy diciendo es que yo me equivoqué.

 Yo lo convencí a usted ya muchos otros de abandonar la Iglesia Católica basándome en interpretaciones erróneas de la Biblia y de la historia. Y por eso hoy les pido perdón. El caos estalló. Gente gritando, llorando, acusándome de traidor, de bendido, de hereje. Algunos se levantaron y salieron furiosos del templo.

 Otros se quedaron llorando en sus asientos. Rebeca subió al púlpito y me tomó de la mano, mostrando su solidaridad. [música] Cuando el tumulto se calmó un poco, continúa. Entiendo su dolor y su enojo, pero no puedo seguir siendo su pastor mientras predico algo que ya no creo. Por eso, efectivo, hoy renuncio a mi puesto como pastor de esta congregación.

 Mi esposa y yo hemos decidido buscar la entrada en la plena comunión con la Iglesia Católica Romana. Para aquellos que quieran saber más sobre las razones de nuestra decisión, estará disponible para conversaciones privadas, pero no intentaré convencer a nadie. Cada persona debe hacer su propia jornada hacia la verdad. Bajé del púlpito y caminé hacia la salida junto con Rebeca y mis hijos.

 Don Melquíades me detuvo en la puerta. Pensé que me iba a golpear, pero en lugar de eso me abrazó y lloró en mi hombro. Si usted se va al catolicismo, me susurró, tal vez yo también deba reconsiderar, porque yo lo seguía a usted, no al adventismo. Esas palabras me acompañarían durante los meses siguientes.

 La noticia de mi renuncia y conversión se expandió como fuego por toda la comunidad adventista de Querétaro y más allá. El pastor Bilchis me llamó decepcionado, pero no sorprendido. Oraré por ti, Heriberto, me dijo. Espero que algún día regreses a la verdad. Yo también oro por usted, pastor”, respondió, “ypero que algún día usted descubra la misma verdad que yo descubrí.

” Mi padre, el viejo Ezequías Aguirre, no me habló durante 6 meses. Mi madre lloraba cada vez que mencionaban mi nombre. Mis hermanos estaban divididos. Dos me rechazaron completamente. Mi hermana menor Eser, me dijo en privado que ella también tenía dudas, pero que no tenía el valor de investigar. Perdimos nuestra casa parroquial.

 Perdimos el ingreso pastoral, perdimos la mayoría de nuestros amigos, pero ganamos algo infinitamente más valioso, la verdad. El padre Cisneros me guió durante 6 meses en el proceso de catequesis. No como si yo fuera un pagano sin conocimiento de Cristo, sino como un cristiano que necesitaba desaprender errores y reaprender verdades.

 Rebeca y yo asistimos a clases semanales. Aprendimos sobre los siete sacramentos, sobre la comunión de los santos, sobre la Virgen María, sobre la autoridad magistral de la Iglesia. Lo más hermoso fue descubrir la riqueza litúrgica, el año litúrgico con sus tiempos y fiestas, la liturgia de las horas, las devociones marianas, el rosario que al principio me pareció extraño, pero que gradualmente se convirtió en mi oración favorita, meditando los misterios de Cristo guiado por María.

 Isaías y Noemí, que tenían 12 y 10 años respectivamente, procesaron el cambio mejor que nosotros. Los niños son increíblemente adaptables. Comenzaron clases de catecismo para niños y se emocionaron con la preparación para su primera comunión. Pero el momento más impactante llegó 3 meses después de mi renuncia adventista. Don Melquíades Estrada me llamó y me pidió que nos reuniéramos.

 Cuando lo vi, traía consigo a toda su familia, doña Guadalupe, su hija Minerva y los dos nietos. Pastor Heriberto me dijo, seguía llamándome pastor. Hemos estado orando y estudiando durante 3 meses. Leímos los libros que usted recomendó, hablamos con el padre Cisneros y hemos llegado a la conclusión de que usted tenía razón.

 Nunca debimos dejar el catolicismo. Nuestros antepasados ​​tenían la fe verdadera y queremos regresar, pero no queremos regresar solos. Queremos que usted nos acompañe en este proceso. Lloré de alegría y de alivio. La culpa que había cargado por haberlo alejado del catolicismo se aliviaba al saber que ahora regresábamos juntos.

 Pero don Melquíades no había terminado. Y hay algo más. He estado hablando con otras familias de la congregación que también tienen dudas. Hay como 20 personas interesadas en escuchar más sobre lo que usted descubrió. Algunos son excatólicos como yo, que sienten el llamado de regresar. Otros son adventistas de toda la vida, pero que sus argumentos les dieron sentido.

 ¿Estaría dispuesto a reunirse con ellos? Así comenzó algo inesperado. Durante los siguientes meses me reunía semanalmente con un grupo de unas 30 personas, todos exmiembros de mi congregación adventista para estudiar los padres apostólicos y el catecismo. Algunos decidieron regresar al adventismo después de escuchar los argumentos, pero la mayoría, unos 25 años, decidieron comenzar el proceso de conversión al catolicismo.

 El impacto fue sísmico en la comunidad adventista local. Nunca había visto algo así. un pastor completo convirtiéndose con parte de su congregación. Las autoridades denominacionales estaban furiosas. Me acusaron de robar ovejas, de ser un lobo disfrazado, de trabajar para Roma. Pero yo sabía la verdad.

 No había robado a nadie. Simplemente había compartido lo que había descubierto y las personas con libertad de conciencia habían tomado sus propias decisiones. La noche de Pascua del 2013, dos años después de mi encuentro con don Fortunato, Rebeca, nuestros hijos, don Melquiades y su familia y otras 20 personas más, fuimos recibidos en plena comunión con la Iglesia Católica en una ceremonia en la Catedral de Querétaro.

 El obispo presidió personalmente. Cuando recibí la confirmación y el Espíritu Santo fue invocado sobre mí, sentí un fuego interno que nunca había experimentado. Y cuando recibí por primera vez la sagrada comunión, el cuerpo y sangre de Cristo, lloré incontrolablemente. Era real. Todo lo que Ignacio, Justino e Ireneo habían testificado era verdad.

Cristo estaba presente, realmente presente. Don Melquiades lloró tanto que tuvieron que ayudarlo a regresar a su banca. Regresé a casa, repetía una y otra vez. Después de tantos años perdido, regresó a casa. Hoy, 5 años después de ese momento, soy catequista en la misma parroquia donde el padre Cisneros me recibió.

 Doy clases sobre los padres de la iglesia y ayudo especialmente a conversos que vienen del protestantismo. Mi testimonio ha sido publicado en varias revistas católicas y he sido invitado a dar charlas en diferentes ciudades. Rebeca trabaja con el ministerio de jóvenes. Isaías, que ahora tiene 17 años, dice que quiere ser sacerdote.

 Noemí de 15 es monaguilla y miembro del coro parroquial. De las 300 personas que formaron mi congregación adventista original, casi 50 eventualmente se convirtieron al catolicismo. No fue un proceso masivo e inmediato, fue gradual, conforme personas sinceras estudiaron las evidencias y llegaron a sus propias conclusiones.

 Don Melquíades se convirtió en uno de los defensores más apasionados del catolicismo. Su conocimiento de la teología adventista lo hace especialmente efectivo en diálogos con adventistas que tienen dudas. Mi relación con mi familia adventista sigue siendo tensa, pero se ha ido sanando. Mi padre finalmente aceptó visitarnos.

 Aunque no entra a la iglesia, mi madre reza el rosario en secreto, algo que descubre por accidente. Mis hermanos están divididos, pero al menos ya nos hablamos. El padre Cisnero se convirtió en mi padre espiritual y confesor. Me enseñó que el catolicismo no es solo doctrina correcta, sino una vida de gracia sacramental, de oración contemplativa, de amor sacrificial.

Recientemente recibí una carta de un pastor adventista de Guadalajara que me decía: “He leído su testimonio, él comenzó a leer a los padres apostólicos y estoy aterrado porque veo lo mismo que usted vio. Ore por mí. Oro por él. Oro por todos los adventistas sinceros que, como han sido enseñados errores bien intencionados.

 Oro especialmente por los pastores que tienen tanto que perder si descubren la verdad, porque la verdad es esta. La Iglesia Católica, con todas las imperfecciones de sus miembros humanos, con todos los escándalos que la han manchado, con todos los pecados de algunos de sus líderes históricos, sigue siendo el cuerpo de Cristo, sigue siendo la esposa del Cordero, sigue siendo la continuación histórica ininterrumpida de la Iglesia que Cristo fundó sobre Pedro hace 2000 años.

 Y ningún error humano puede cambiar esa realidad sobrenatural. Termino este testimonio con las palabras que me dijeron el día de mi confirmación, palabras del catecismo que se convirtieron en mi lema de vida. La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.

 Esa es la Iglesia a la que regresó, no porque fuera perfecta, sino porque era verdadera. Y la verdad, por dolorosa que sea descubrirla, siempre nos hace libres. A todos mis hermanos adventistas que lean esto, les digo con amor, no tengan miedo de investigar, no tengan miedo de leer a los padres apostólicos, no tengan miedo de cuestionar lo que siempre les enseñaron, porque si el adventismo es verdad, resistirá el escrutinio.

 Pero si no lo es, no preferirían saber la verdad. La verdad es Cristo y Cristo está donde siempre ha estado, en su iglesia, presente en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, esperándonos para el banquete que nunca termina. Yo era Heriberto Aguirre Montalvo, pastor adventista. Ahora soy Heriberto Aguirre Montalvo, hijo católico de la Iglesia de Cristo.

 Y jamás, jamás volveré atrás. Sí.

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