La continuación de la historia

Ricardo estaba frente a la entrada del balneario nuevo, sin creerse que hubiera llegado. Los dedos le temblaban, como si acabara de salir al frío. Desde fuera, el lugar parecía impecable: puertas de cristal, rótulo iluminado, olor a eucalipto y madera húmeda. La gente entraba, salía, reía. Una tarde cualquiera. Pero por dentro, él estaba helado. Compró la entrada y pasó al vestuario. La cabeza le zumbaba. «Si no la veo, simplemente me doy un baño, y ya está», se repitió. Sabía que se mentía. Avanzó despacio por el pasillo. Las puertas de la sauna, las duchas, las salas de descanso. El aire húmedo olía a menta y piedra caliente. Y de pronto, una voz. Su voz. Una risa tenue, conocida, que le revolvió el corazón. De la puerta de la sala VIP salió una nube de vapor y, con ella, Emma. Envuelta en una toalla, con el pelo mojado. A su lado, un hombre alto, de barba corta, en albornoz. Charlaban. Él vio cómo ella se inclinaba hacia él, con naturalidad, casi con ternura. El mundo se desdibujó. Todo desapareció salvo esa imagen. Ricardo no recordaba cómo se acercó. Le latían las sienes. — Emma. —Su voz sonó hueca, ajena. Ella se sobresaltó, se giró. En su rostro pasó el horror, luego la confusión. — ¡Riche! ¿Qué haces aquí? — ¿Yo? Más bien pregunto qué haces tú… con él. El hombre se quedó helado, luego reaccionó. — Disculpe, esto es un malentendido…
— Cállate —le cortó Ricardo, con un hilo de voz cargado de furia—. ¿Quién eres tú? — Se llama Óscar —susurró Emma—. Es… médico. Ricardo soltó una carcajada ronca, amarga. — Médico. En un balneario. En bata. Perfecto. Emma palideció. — Riche, no entiendes. No es lo que crees. — ¿Ah, no? —avanzó un paso—. Vas aquí a escondidas, me mientes, y luego me cuentas cuentos de “amigas”. Supo que si se quedaba un segundo más, perdería el control. Se dio la vuelta y se marchó. Emma corrió tras él, descalza, los pies golpeando la cerámica húmeda. — ¡Espera! ¡Por favor! ¡Ricardo! Pero no se detuvo. Salió al exterior. El aire frío le golpeó la cara. Llegó al coche, se sentó, pero no pudo arrancar. Las manos le temblaban tanto que las llaves se le caían. Cuando por fin llegó a casa, la noche se deslizaba por las ventanas. Se quedó en la cocina, con una taza entre las manos, intentando entender qué había pasado. Celos, dolor, rabia, desconfianza… y, en el fondo, miedo. Miedo de que ella de verdad hubiera elegido a otro. No por amor, sino por arreglar lo que a ambos les faltaba. La puerta se abrió en silencio. Emma entró, dudando. — Sé cómo parece —empezó. — Pues explícalo. Sin teatro. Se sentó frente a él. — No es un romance. Te lo conté… ¿Recuerdas al especialista del que te hablé? Es un médico reproductólogo. Atiende sin consulta oficial, fuera de la clínica.
Allí puede garantizar discreción. No sabía cómo decírtelo. Solo quería… intentarlo una vez más. Él la miró sin creerlo. — ¿Querías tratarte… a escondidas? — No exactamente “a escondidas”. Solo… sin hablarlo, sin remover el dolor. Pensé que, tal vez, funcionaría. — ¿Y por qué no me lo dijiste? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué tengo que enterarme como un imbécil, así, en un balneario? Ella bajó la mirada. — Porque pensé que me lo impedirías. Que volverías a decir: “que sea lo que tenga que ser”. Y ya no puedo seguir esperando. Necesitaba hacer algo. Ricardo se apartó. El silencio los envolvió. Y luego dijo: — ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelo? — Hasta saber si… funcionaba. O no. Apoyó los puños en la mesa. El corazón le golpeaba las costillas, como un animal enjaulado. — No tenías derecho a decidir sola. — Tal vez no. Pero estoy harta de ser una sombra estéril a tu lado —gritó ella—. Tú eres tranquilo, racional, sereno… Yo me consumo por dentro. Cada mes, esperanza y luego dolor. Tengo miedo de vivir una vida vacía. Aquellas palabras lo atravesaron como un cuchillo. De repente comprendió que todo lo que había tomado por traición era desesperación. No deseo oculto, no infidelidad, sino una sed de esperanza. Se acercó a la ventana, de espaldas. Luego dijo en voz baja: — Podrías haber confiado en mí. Habría ido contigo. A donde fuera.
Emma levantó los ojos, llenos de lágrimas. — Perdóname… Él se giró. Le tomó la mano. — Ambos tenemos miedo. Pero si de verdad quieres intentarlo, lo haremos juntos. Sin mentiras. Juntos. Ella asintió, abrazándolo, como si temiera creer que aún podían volver atrás. Pasaron unos meses. Nueva reforma, nuevos planes. Emma seguía con las pruebas, esta vez con él a su lado. Y cuando la doctora —otra distinta— les dijo en voz baja: «Enhorabuena, el embarazo está confirmado», Ricardo lloró por primera vez en mucho tiempo. Quizá de alivio. O porque entendió que la confianza también es un milagro. A veces, al pasar en coche frente a aquel balneario donde todo casi se derrumba, su mirada aún se detenía unos segundos. Y cada vez se recordaba: el amor no consiste en no dudar. Consiste en quedarse, incluso cuando todo parece hundirse.