Julio Iglesias y Elvis Presley — “HAZLO Por Los Dos” — 8 Meses Después Elvis Presley Murió

Julio Iglesias. En 1983, Julio estaba en plena conquista de América. Había vendido 100 millones de discos en el mundo, pero Estados Unidos se resistía. Necesitaba un hit americano. Necesitaba una canción que los americanos cantaran en sus coches y en sus duchas y en sus bares. Y entonces alguien le puso, “Too All the girls I’ve loved before” en las manos.
Julio la escuchó una vez, solo una vez, y supo. Esta es la canción, dijo. Pero no puedo cantarla solo. Necesito un americano, alguien que represente todo lo que yo no soy. ¿Y a quién eligieron? No a Sinatra, a alguien que Sinatra habría considerado imposible, Willy Nelson, un texano con bandana roja, barba larga, coletas y una guitarra que parecía que la habían sacado de un contenedor de basura.
Julio Iglesias y Willy Nelson. El español elegante y el cowboy salvaje. La combinación más absurda de la historia de la música. Un hombre que usaba trajes de $1,000 y otro que usaba camisetas con agujeros. un hombre que se peinaba cada pelo en su sitio y otro que no se había cortado el pelo desde 1972. Un hombre que olía a colonia francesa y otro que olía a carretera de Texas.
Nadie en la industria creyó que funcionaría. El presidente de CBS Records dijo, “Es como mezclar champán con tequila.” Tenía razón. Era exactamente eso. Y resultó que al mundo le encantaba la mezcla y funcionó. To All the girls I’ve Loved Before, llegó al número uno en las listas de country, número cinco en el Billboard Hot 100, vendió millones, ganó el premio CMA a dúo vocal del año.
Se convirtió en una de las canciones más reconocibles de los años 80. Sonaba en las radios de Texas y en las discotecas de Tokio, en los bares de Nashville y en los taxis de Buenos Aires. La canción que Sinatra rechazó se convirtió en el hit que Sinatra nunca tuvo. Y aquí es donde la historia se oscurece.
Porque cuando Sinatra escuchó la canción en la radio y la escuchó porque Sinatra escuchaba todo, controlaba todo, sabía todo. Algo pasó dentro de él que nadie vio, pero todos sintieron. Su representante recibió una llamada esa noche. ¿Quién es ese español que canta mi canción? No es tu canción, Frank. La rechazaste. Silencio. Averigua todo sobre él.
Y así empezó la obsesión de Frank Sinatra con Julio Iglesias. No una obsesión de fan, una obsesión de rey destronado, la obsesión de un hombre que siempre fue el primero y que de pronto descubría que alguien había tomado algo que él había descartado y lo había convertido en oro. En los meses siguientes, Sinatra hizo algo que nunca hacía.
Investigó a un rival, escuchó sus discos, vio sus conciertos en televisión, preguntó a sus contactos en la industria y cada dato que recibía lo irritaba más. 300 millones de discos vendidos más que Sinatra. Cantaba en siete idiomas. Sinatra cantaba en uno. Llenaba estadios en Japón, en Brasil, en Alemania, en países donde Sinatra era un nombre, pero no una presencia.
Las mujeres se desmayaban en sus conciertos, igual que se desmayaban con Sinatra en los años 40, pero Sinatra tenía 68 años y Julio tenía 40. Y eso, la juventud de otro hombre haciendo lo que tú ya no puedes hacer, es la forma más cruel de espejo que existe. Un amigo cercano de Sinatra contó años después que una noche en Palme Springs, después de cenar, Sinatra puso un disco de Julio.
Lo escuchó entero, sin hablar, sin comentar. Cuando terminó, se sirvió otro whisky y dijo una sola frase: “El hijo de canta bien viniendo de Sinatra”. Eso era una ovación de pie. La gente alrededor de Sinatra empezó a notar algo. Cuando alguien mencionaba a Julio Iglesias en una conversación, Sinatra cambiaba de tema rápido, como quien aparta la mano de algo caliente.
Y los que conocían a Sinatra sabían que cuando Frank cambiaba de tema significaba que el tema le dolía. En 1984, Julio apareció en The Tonight Show con Johnny Carlson. Carlson, que adoraba a Julio, le preguntó en vivo. Julio, ¿es verdad que Sinatra rechazó tu canción antes que tú? Julio sonríó. Esa sonrisa que era su mejor arma.
No es mi canción, dijo Julio. Las canciones no tienen dueño. Las canciones eligen quién las canta y esa canción me eligió a mí. Carson se ríó. El público aplaudió y esa noche en su casa de Palmes Prince Frank Sinatra vio la entrevista solo con un whisky y cuando Julio dijo, “Las canciones eligen quién las canta, Sinatra apagó la televisión.
No por rabia, por respeto, porque Sinatra, que había pasado toda su vida rodeado de personas que le decían lo que quería escuchar, acababa de escuchar a un hombre decir algo verdadero. Y la verdad, para un hombre como Sinatra, era más peligrosa que cualquier insulto. Pasaron los años 1985, 1986, 1990. Sinatra envejecía.
Su voz ya no era lo que fue. Los conciertos se espaciaban, las noches en Las Vegas se hacían más cortas. El rey estaba cansado. Y entonces, en 1993, Sinatra tomó una decisión que sorprendió a toda la industria musical. Iba a grabar un álbum de duetos. Duets. Cada canción con un artista diferente. Los más grandes del mundo.

Barbara Strisan, Tony Benet, Bono, Areza Franklin, Lucer Vandros y Julio Iglesias. La llamada llegó a la casa de Julio en Miami un martes por la tarde. No de un representante, no de un productor. De Frank Sinatra. En persona, Julio estaba en el jardín cuando sonó el teléfono. Estaba podando unas rosas con las manos en la tierra.
Con el sol de Miami en la cara, su asistente salió y le dijo, “Es Frank Sinatra.” Julio se quedó quieto un segundo, solo un segundo. Se limpió las manos en los pantalones, se enderezó y caminó hacia el teléfono con la misma calma con la que caminaba hacia cualquier escenario, porque Julio sabía que las llamadas más importantes de la vida se reciben con la misma respiración que las llamadas que no importan.
y porque también sabía que este momento iba a llegar. No sabía cuándo, pero sabía que iba a llegar porque las canciones conectan a las personas tarde o temprano, siempre, julio. La voz de Sinatra, grave, rasposa, con ese acento de Nueva Jersey que hacía que cada palabra sonara como una orden, incluso cuando era una petición.
Frank, quiero que cantes conmigo. Silencio. Quiero que cantemos Summer Wind. ¿La conoces? La conozco. Bien, lo harás. Y aquí es donde la historia llega a un punto que necesitan entender completamente. Porque lo que Julio respondió en los siguientes 30 segundos define quién es Julio Iglesias mejor que cualquier disco, cualquier premio, cualquier estadio lleno.
Julio podría haber dicho que sí inmediatamente. Cualquiera lo habría hecho. Era Frank Sinatra. Era el honor más grande de la música americana. Decir que sí era lo fácil, lo seguro, lo esperado. Pero Julio no dijo que sí. Dijo, “Frank, antes de aceptar, necesito preguntarte algo. Silencio al otro lado.” Sinatra no estaba acostumbrado a condiciones.
Sinatra daba órdenes. No recibía preguntas. ¿Qué? Dijo Sinatra con un tono que estaba entre la curiosidad y la advertencia. En 1975 te enviaron una canción. To all the girls I’ve loved bfry.com laa rechazaste. Yo la canté y nunca supe por qué la rechazaste. Me lo puedes decir silencio largo, muy largo. Y entonces Frank Sinatra dijo algo que Julio nunca repitió en entrevistas, algo que solo se sabe porque años después, en una conversación privada, Julio se lo contó a un amigo cercano que eventualmente lo compartió. Sinatra
dijo, “La rechacé porque tenía miedo. Miedo de cantar una canción sobre mirar hacia atrás, porque si miraba hacia atrás iba a ver todo lo que perdí y en ese momento no estaba listo para eso. Pausa. Tú la cantaste sin miedo y por eso fue tuya.” Julio cerró los ojos del otro lado del teléfono. A 5,000 km, un hombre de 77 años acababa de admitir algo que nunca le había dicho a nadie y se lo había dicho a él.
Al español que cantaba su canción rechazada. Frank, dijo Julio. Será un honor cantar contigo. Summer Wind. Se grabó por separado. Sinatra en un estudio de Los Ángeles, Julio en un estudio de Miami. Nunca estuvieron en la misma habitación durante la grabación. Así se hacían los duetos en los 90. Cada uno grababa su parte y la tecnología los unía.
Pero hay algo que la gente no sabe. Antes de grabar su parte, Julio hizo algo extraño. Pidió que pusieran la pista de Sinatra en los auriculares. Solo la voz de Sinatra, sin música, sin arreglos, solo Frank. Y la escuchó entera tres veces con los ojos cerrados. En un estudio vacío de Miami, su ingeniero de sonido le preguntó por qué. Julio respondió, porque quiero cantar con él.
No después de él, no encima de él, con él. Y para cantar con alguien, primero tienes que escucharlo respirar. Duets salió en noviembre de 1993. Vendió 15 millones de copias en todo el mundo. Fue el disco más vendido de Sinatra en tres décadas. A los 77 años, Frank Sinatra volvió a ser número uno y Summer Wind fue una de las canciones más elogiadas del álbum.
Los críticos que esperaban un choque de estilos encontraron algo diferente, una conversación, dos voces que no deberían funcionar juntas, una americana, vieja, cansada, llena de whisky y de noches largas, y otra española, cálida, romántica, llena de sol y de canciones de amor.
Encajaron como dos piezas de un rompecabezas que nadie sabía que existía. Hay un momento en la grabación, minuto 2, verso 3, donde la voz de Sinatra tiembla. No por error, por edad, por vida. Y exactamente en ese momento, la voz de Julio entra por debajo como una mano que sostiene a alguien que está a punto de caer.

No tapa a Sinatra, lo sostiene, lo acompaña, le dice, “Sin palabras, estoy aquí. No te vas a caer. Los ingenieros de sonido que mezclaron la canción dicen que ese momento no fue planeado, que cuando escucharon las dos pistas juntas por primera vez, la sala se quedó en silencio. Porque lo que estaban oyendo no era técnica, era algo que la tecnología no puede fabricar.
Dos hombres que se respetan cantando como si estuvieran en la misma habitación, aunque estaban a 5,000 km de distancia. El 14 de mayo de 1998, Frank Sinatra murió en el Sedar Sinai Medical Center de Los Ángeles. Tenía 82 años. Su corazón se detuvo a las 10:30 de la noche. Su esposa Bárbara estaba a su lado. Su última palabra fue madre.
Las luces de Las Vegas se apagaron durante 3 minutos. El Empire State Building se iluminó de azul. En Los Ángeles, los taxis tocaron la bocina al pasar por Capital Records en Hoboken, Nueva Jersey, donde nació. Alguien puso My Way en un altavoz en la calle y la gente se detuvo a escuchar. El mundo entero lloró al hombre que había inventado una forma de cantar que nadie pudo replicar.
La voz que había definido lo que significaba ser americano en el siglo XX había apagado. Julio estaba en su casa de Punta Cana cuando se enteró. Eran las 6 de la mañana. El mar Caribe estaba quieto. Un asistente lo despertó con la noticia. Julio no dijo nada. Se levantó, se vistió, caminó hasta su piano, se sentó y no tocó Summerwind, tocó To All the Girls I’ve loved before.
La canción que Sinatra rechazó, la canción que empezó todo. La canción que un día fue de Sinatra, luego fue de Julio y que esa mañana en un piano en el Caribe no era de nadie. Era de todos los que alguna vez amaron a alguien y lo perdieron. La tocó entera, solo, sin público, con las ventanas abiertas, con el sonido del mar entrando como un invitado que no necesita invitación.
Y cuando terminó, se quedó sentado un momento largo, con las manos sobre las teclas, con los ojos cerrados, con el sonido del mar Caribe mezclándose con el eco de las últimas notas, pensando en un hombre que un día le dijo que tenía miedo de mirar hacia atrás y que al final de su vida miró hacia atrás de la única forma que sabía, cantando, con una voz rota, con un corazón cansado, con la honestidad brutal de alguien que sabe que le queda poco tiempo y ya no puede permitir irse mentir.
Julio nunca habló públicamente de la llamada telefónica. Nunca contó lo que Sinatra le confesó sobre el miedo. Nunca usó esa conversación para ganar entrevistas o vender discos. La guardó como se guardan las cosas sagradas en silencio, en un lugar donde nadie las toca. Porque hay hombres que te rechazan y los olvidas. Y hay hombres que te rechazan y 20 años después te llaman por teléfono y te dicen la verdad.
Y esos hombres, los que tienen el coraje de llamar, son los que nunca se olvidan. Frank Sinatra fue de esos y Julio Iglesias fue el único hombre al que Frank llamó sin que nadie se lo pidiera. Porque hay canciones que se rechazan por cobardía y hay llamadas que se hacen por valentía. Y entre una canción rechazada y una llamada valiente hay 20 años, 300 millones de discos y la historia más hermosa que la música americana nunca contó hasta ahora.