La continuación de la historia

Clara no comprendió de inmediato lo que había dicho. Su voz era apenas un susurro que el viento parecía traer desde lejos. Se inclinó más cerca, y entonces percibió la angustia en aquellas palabras. El hombre trató de incorporarse, pero volvió a caer. Su frente se cubrió de sudor, la respiración entrecortada. —¿Quién quiere llevárselo? —preguntó Clara en voz baja, casi temerosa de la respuesta. Sus ojos —grises, desvaídos como el mar viejo— miraban al techo. Balbuceaba palabras incoherentes: «…nos vigilan… no aquí… no debía haber venido…» y volvió a hundirse en la inconsciencia. El día transcurrió entre la inquietud. Clara alimentaba al bebé y al mismo tiempo refrescaba la frente del hombre con un paño húmedo. Al caer la tarde, Marta, su vecina, llegó con pan y leche; al entrar, soltó una exclamación de sorpresa al ver al desconocido. —¿Quién es? —preguntó, mirándola con preocupación—. ¿Has recogido a un fugitivo? Clara respondió con calma: —Lo encontré en el camino. Con el niño. Marta negó con la cabeza. —Ay, pobre… ya te has metido otra vez en lo que no te corresponde. La gente hablará.
Pero Clara no contestó. Cuando la vecina se marchó, encendió la lámpara, se sentó junto a la cama y contempló largo rato el rostro del hombre. No podía apartar el pensamiento: ¿por qué lo perseguían? ¿Quién quería arrebatarle al niño? En su mirada breve y febril había brillado una desesperación tan protectora que el corazón de Clara se encogió. Al amanecer del cuarto día, él abrió los ojos nuevamente —más tranquilo—. En ellos había gratitud. Dijo en voz baja: —Nos has salvado la vida. —¿Quién eres? —preguntó Clara. —Leo —respondió débilmente—. Y él se llama Tobías. El nombre del niño pareció resonar en el silencio de la mañana. Leo intentó sonreír, pero enseguida la sombra del miedo volvió a sus ojos. —No podemos quedarnos —dijo—. Pueden venir. —¿Quiénes? —preguntó Clara con firmeza. Guardó silencio. Solo su mano apretó con debilidad el borde de la manta. Pasaron unos días más y Leo empezó a recuperarse. Ya podía incorporarse, incluso ayudar en pequeñas tareas, pero siempre estaba atento a cualquier ruido, a pasos en la calle. Clara lo notaba.
A veces, por la noche, él se acercaba a la cesta, ponía la mano sobre la cabeza de Tobías y murmuraba algo —una oración, o quizá un juramento—. —¿Tienes enemigos peligrosos? —le preguntó ella una noche, cuando estaban junto al fuego. Leo la miró. En las llamas se reflejaban el cansancio y el dolor de su alma. —Era guardia del barón —dijo—. Vi cosas que no debía ver. Cuando comprendí lo que estaba ocurriendo… intenté huir. Pero el barón tiene manos largas. Ese niño no es mío, pero juré salvarlo. Clara guardó silencio. Las palabras cayeron sobre ella como una piedra pesada. Sin embargo, con ese peso llegó también una calma extraña. Ya había tomado una decisión, y no había vuelta atrás. La primavera comenzaba a adueñarse del paisaje. Leo ayudaba en el patio, traía agua, reparaba el tejado. Los vecinos empezaron a murmurar, pero a Clara ya no le preocupaba. Los rumores no podían destruir el calor que se había instalado en casa. Tobías crecía, reía con un gorjeo suave, como recordando que la vida podía sonar otra vez. Una tarde, cuando el sol declinaba, una carreta se detuvo frente a la casa. Clara estaba junto a la ventana y sintió cómo se le helaba el pecho. Dos hombres con capas oscuras —forasteros—. Leo los reconoció al instante. Sin decir palabra, se levantó, tomó al niño y miró a Clara. —Tenemos que irnos. Ahora. —¿Pero adónde? —balbuceó ella.
—Al norte, a las montañas. Allí no nos encontrarán. Fuera se oyeron pasos pesados. Clara volcó la ceniza sobre el fuego, apagó la luz. En la oscuridad, Leo le apretó la mano. —Perdóname por todo. Si no salimos de esta… —Calla —susurró Clara—. Saliremos. Por la puerta trasera salieron al huerto y se ocultaron tras un viejo manzano. Las sombras de las antorchas se deslizaron por las paredes, retumbaron voces, pero los hombres pasaron de largo. Solo cuando el silencio volvió, Leo se dejó caer al suelo. Su respiración era agitada; la herida del costado se había abierto de nuevo. Clara presionó la tela, la sangre empapó su mano, pero él sonrió a pesar del dolor. —Lo importante es que él vive —susurró, mirando al pequeño Tobías dormido. Clara no pudo contener las lágrimas. Llegaron a un viejo cobertizo en el lindero del bosque y se refugiaron allí esa noche.
Leo apenas respiraba. Hasta el amanecer le sostuvo la mano, como queriendo transmitirle fuerza. Cuando los primeros rayos del sol tocaron la tierra, exhaló un último suspiro —y todo quedó en silencio. Clara no lo comprendió enseguida. Solo cuando la luz de la mañana iluminó su rostro pálido entendió que estaba sola. De nuevo. Pero esta vez tenía junto a sí a Tobías —el aliento de la vida, la promesa de algo mayor—. Enterró a Leo en el bosque, al pie de un roble viejo. Luego tomó al niño en brazos, lo estrechó contra su pecho y se puso en marcha. El viento agitaba su pelo, y en su corazón ardía por primera vez en muchos años un fuego —no de tristeza, sino de determinación—. Clara ya no era una sombra. Caminaba no sola, y no para sobrevivir. Caminaba para salvar al niño que el destino le había confiado. Y cada paso suyo sonaba como una oración.