PASTOR EXPLICA: ¿por qué tantos pastores se están convirtiendo al catolicismo?

arrow_forward_ios

Read more

 No necesitaba pruebas porque tenía frutos y los frutos eran visibles. Familias restauradas, adictos que dejaban las drogas, matrimonios que volvían a funcionar, jóvenes que encontraban propósito. Todo eso era real. No lo niego ahora ni lo negaré jamás. Pero había algo debajo de todo eso que yo no quería mirar.

 La primera señal fue el cansancio. No el cansancio normal del que trabaja mucho, sino una fatiga que no se curaba con descanso. Podía dormir 12 horas un sábado y despertarme el domingo con la misma sensación de peso, como si cargara una mochila invisible que nadie más podía ver. Mi esposa Valentina lo notó antes que yo. Me decía que me veía apagado, que ya no hablaba de la iglesia con la misma pasión, que cuando los líderes me llamaban por teléfono, yo respondía con monosílabos y después me quedaba mirando el techo del cuarto en silencio. Yo le decía que

estaba bien, que era solo una temporada difícil, que necesitaba unas vacaciones, pero las vacaciones nunca llegaban porque la iglesia no podía funcionar sin mí. Esa era la trampa. Yo había construido un sistema que dependía enteramente de mi presencia, de mi voz, de mi capacidad de generar algo cada semana.

 Y cuando esa capacidad empezó a secarse, no había plan B, no había liturgia que sostuviera el culto sin mi inspiración personal. No había un orden ancestral al que recurrir cuando yo no tenía nada que ofrecer. Solo había un escenario vacío esperando que yo lo llenara con algo. Recuerdo una noche de sábado, debió ser en marzo o abril de 2016, en la que me quedé sentado en mi estudio hasta las 3 de la madrugada con la Biblia abierta en el escritorio y una pantalla de computador en blanco frente a mí.

 Tenía que predicar sobre la fidelidad de Dios. Era el tercer sermón de una serie que yo mismo había diseñado, una campaña de seis semanas sobre las promesas divinas. Los dos primeros sermones habían salido bien. La gente había respondido. Varios se habían acercado al altar llorando. Todo parecía estar funcionando. Pero esa noche yo no tenía absolutamente nada.

 No es que me faltaran versículos o ilustraciones, me faltaba convicción. Miraba el pasaje de Lamentaciones 3, el que habla de las misericordias nuevas cada mañana. y sentía que las palabras estaban muertas en la página, no porque fueran falsas, sino porque yo ya no sabía cómo hacerlas vivir de una forma que no hubiera usado antes.

 Ya había predicado sobre ese pasaje por lo menos cuatro veces en 17 años. Ya había usado la ilustración del amanecer, la del padre que despierta su hijo, la del prisionero que ve luz por primera vez. ya había hecho llorar a la gente con cada una de esas versiones y ahora tenía que inventar una quinta, una sexta, una versión que fuera suficientemente original, suficientemente impactante, suficientemente distinta para que la gente no sintiera que estaban oyendo lo mismo de siempre.

 Esa noche escribí algo, no recuerdo exactamente qué, algo que funcionó lo suficiente como para salir del paso. Pero cuando terminé de predicar al día siguiente y la gente aplaudió y algunos vinieron a abrazarme y decirme que había sido una palabra muy fuerte, yo sentí algo que no había sentido nunca. Vergüenza. No porque hubiera dicho algo falso, sino porque sabía que lo que había dicho no había nacido de un encuentro genuino con Dios, sino de una técnica, de un oficio aprendido, de la capacidad de combinar palabras, pausas, inflexiones de voz y

silencios estratégicos para producir un efecto emocional predecible. Yo sabía exactamente cuándo bajar la voz para que la gente se inclinara hacia delante. Sabía cuándo hacer una pausa larga para que el silencio creara expectativa. Sabía cuándo subir el tono para que la banda empezara a tocar suavemente detrás de mí. Era un arte y yo lo dominaba.

Pero esa mañana, mientras la gente me agradecía por lo que había dicho, yo supe que algo se había roto. No en la iglesia. en mí. Lo que vino después fue un deterioro lento. No dejé de predicar, ni dejé de liderar, ni dejé de sonreír los domingos, pero por dentro empecé a funcionar con una especie de piloto automático que me permitía cumplir con todas mis funciones sin estar realmente presente en ninguna.

 Dirigía reuniones de líderes, aconsejaba matrimonios, visitaba enfermos en el hospital, preparaba enseñanzas para la escuela bíblica, grababa programas de radio, respondía mensajes de WhatsApp de miembros de la congregación que necesitaban orientación. Y en cada una de esas actividades yo hacía lo correcto, decía lo apropiado, oraba con las palabras justas, pero era como si hubiera una versión de mí que actuaba y otra versión que observaba desde atrás, cada vez más distante, cada vez más escéptica, cada vez más agotada.

Valentina fue la primera persona a la que le conté algo de lo que estaba sintiendo. No todo, solo una parte. Una noche, después de acosar a nuestros dos hijos, nos quedamos en la cocina y ella me preguntó directamente si estaba pensando en dejar la iglesia. La pregunta me tomó por sorpresa, porque yo no estaba pensando en eso, no conscientemente, pero la forma en que ella lo dijo con esa mezcla de preocupación y resignación me hizo darme cuenta de que lo que yo estaba viviendo era más visible de lo que yo creía. Le

dije que no, que no iba a dejar la iglesia, que solo estaba pasando por una temporada de sequía espiritual y que eso era normal, que todos los pastores pasaban por eso. Ella me miró de una forma que no voy a olvidar. No me contradijo, no insistió, solo me miró con esos ojos que decían que sabía que yo estaba mintiendo, pero que iba a respetar mi mentira hasta que yo mismo decidiera abandonarla.

 Esa mirada me dolió más que cualquier sermón que yo hubiera escuchado en mi vida. En la Iglesia evangélica, al menos en la tradición en la que yo crecí y me formé, no existe un mecanismo para lo que yo estaba viviendo. No hay un protocolo para el pastor que se seca. No hay una liturgia que funcione independientemente de la inspiración personal del líder.

Todo el modelo está construido sobre la premisa de que el pastor está conectado, de que recibe palabra fresca, de que tiene algo nuevo que dar cada semana y si no lo tiene, algo anda mal con él. Tal vez tiene pecado oculto, tal vez no está orando lo suficiente, tal vez ha dejado enfriar su primer amor. Las respuestas siempre apuntan hacia adentro, hacia una falla personal que el pastor debe corregir para volver a funcionar como se espera.

 Nadie se pregunta si el sistema mismo es el problema. Nadie cuestiona si es humanamente sostenible pedirle a una sola persona que genere una experiencia espiritual significativa para cientos de personas cada 7 días durante décadas. Esa pregunta no existe en el vocabulario de la mayoría de las iglesias evangélicas y yo tampoco me la hacía todavía no.

Lo que sí empecé a hacer fue leer, pero no leer lo que siempre leía. No los libros de liderazgo pastoral de autores americanos que me habían formado. No las conferencias de megapastores sobre crecimiento de iglesia. No los manuales de consejería bíblica ni los comentarios expositivos que usaba para preparar mis prédicas.

Empecé a leer otra cosa. Historia. Historia de la iglesia. No la versión simplificada que me habían enseñado en el seminario bíblico de Bogotá donde me formé. Esa versión en la que la Iglesia primitiva era perfecta. Después vino la apostasía católica y luego Lutero rescató la verdad. No, empecé a leer la historia real, la compleja, la contradictoria.

Y no porque estuviera buscando la Iglesia Católica, eso es importante que lo diga. No estaba buscando nada, estaba huyendo de algo. Estaba huyendo del vacío que sentía cada sábado por la noche. Y leer historia era una forma de ocupar la mente sin tener que producir nada. Era la primera actividad intelectual que yo hacía en años que no estaba orientada a generar contenido para la iglesia y eso en sí mismo ya era un alivio.

 El primer libro que me marcó fue uno que encontré por accidente en una librería de segunda mano en la carrera 33. No recuerdo el título exacto, pero era una historia de los primeros concilios ecuménicos, escrita por un historiador protestante, nada sospechoso de parcialidad católica. Lo que me impactó no fue el contenido doctrinal, sino algo mucho más básico, la continuidad, la idea de que existían comunidades cristianas en el siglo segundo, en el siglo tercero, en el siglo IIV, que celebraban una liturgia, que tenían obispos, que se reunían en concilios

para definir lo que creían y que esas comunidades no eran una desviación del cristianismo original, sino su desarrollo orgánico. Eso no encajaba con lo que me habían enseñado. Sin información, todo lo que había entre el libro de los Hechos y la Reforma era una zona oscura, un paréntesis de error, una especie de noche medieval de la que Dios había rescatado a su iglesia 500 años atrás.

 Pero este libro mostraba algo distinto. Mostraba personas reales, comunidades reales, debates reales, decisiones reales que habían dado forma a la fe cristiana tal como yo la conocía. Y la mayoría de esas personas y comunidades y debates y decisiones eran católicas o al menos lo que después se llamaría católico. No hice nada con esa información.

 La guardé, la archivé en algún rincón de mi mente y seguí con mi vida. Seguí predicando los domingos, seguí liderando la iglesia. Seguí sonriendo cuando la gente me decía que mi sermón había sido tremendo. Pero algo había cambiado. Una grieta diminuta se había abierto en la pared que separaba mi mundo conocido de un territorio que yo no quería explorar.

 Y las grietas, cuando aparecen en una estructura que ya está debilitada, no necesitan mucha presión para crecer. Pasaron varios meses antes de que volviera a pensar seriamente en lo que había leído. La vida en la iglesia seguía su ritmo implacable. Cada semana traía sus demandas, un nuevo ciclo de prédicas que planificar, una crisis matrimonial que atender, un líder de grupo pequeño que se había desviado doctrinalmente y necesitaba corrección, un problema financiero con el arriendo del local, una disputa entre músicos de la banda de

alabanza por los horarios de ensayo. Todo eso caía sobre mis hombros. Valentina me ayudaba con lo que podía, pero ella también estaba agotada. Llevaba años siendo la esposa del pastor, un rol que nadie define con claridad, pero que todos esperan que se cumpla con perfección. Tenía que estar en cada culto, saludar con alegría, liderar el ministerio de mujeres, organizar los retiros, preparar la comida cuando había eventos especiales y al mismo tiempo criar a Santiago y a Luciana, nuestros hijos, que en ese momento tenían 11 y 8 años. Ella nunca

se quejó públicamente, pero en la intimidad de nuestra habitación, cuando los niños dormían, a veces la encontraba sentada en el borde de la cama con la mirada perdida. Y yo sabía que estaba tan vacía como yo, solo que ella no tenía que pararse en un púlpito a disimularlo. Hubo un episodio que me obligó a enfrentar lo que estaba pasando, aunque no de la manera que yo hubiera elegido.

 Fue en una reunión de pastores de la ciudad, un desayuno mensual que organizaba una red de iglesias evangélicas de Santander a la que nuestra congregación pertenecía. éramos unos 30 pastores de distintas denominaciones y tamaños de iglesia y la dinámica siempre era la misma. Alguien compartía un testimonio de lo que Dios estaba haciendo en su congregación.

Orábamos juntos y después desayunábamos mientras intercambiábamos estrategias de crecimiento y evangelismo. Ese día el que compartió fue el pastor Nicanor Delgado, un hombre mayor que lideraba una iglesia bautista en Florida Blanca. Nikanor era un tipo tranquilo, sin pretensiones, de esos pastores de la vieja guardia que no se preocupaban por tener una marca personal ni un canal de YouTube.

 Y lo que dijo esa mañana fue devastador, no porque fuera dramático, sino porque fue honesto de una manera que ninguno de nosotros estaba acostumbrado a escuchar. Nicanor dijo que llevaba 34 años pastoreando y que estaba agotado. dijo que había llegado a un punto en el que no sabía qué más predicar, que sentía que había dado vueltas sobre los mismos temas durante tres décadas y que ya no tenía nada nuevo que ofrecer.

 dijo que oraba y no sentía nada, que leía la Biblia y las palabras le rebotaban, que se paraba el domingo en el púlpito y tenía que hacer un esfuerzo enorme para no quedarse callado. Dijo todo eso con una calma que me resultaba aterradora, como si estuviera describiendo el clima y no la muerte lenta de su vocación. Cuando terminó de hablar, hubo un silencio incómodo en la mesa.

 Nadie sabía qué decir. Algunos oraron por él, otros le citaron versículos de ánimo. Uno le sugirió que se tomara un retiro de ayuno y oración. Pero yo no pude hacer nada de eso. No pude hablar, no pude orar, no pude siquiera mirarlo a los ojos, porque lo que Nicanor acababa de describir era exactamente lo que yo estaba viviendo, palabra por palabra, síntoma por síntoma, solo que él tuvo el valor de decirlo en voz alta y yo no.

 Esa noche en la cama le conté a Valentina lo que Nikanor había dicho y ella me preguntó algo que me desarmó. ¿Y tú no te sentiste identificado? Lo dijo sin acusación, sin ironía, con la suavidad de alguien que lleva meses esperando que su esposo diga la verdad. Yo me quedé en silencio un rato largo. Después dije que sí, que me sentía exactamente igual, que cada domingo era una tortura, que ya no sabía qué predicar, que sentía que estaba actuando, que tenía miedo de que la gente se diera cuenta, que tenía miedo de que Dios me hubiera abandonado, que

tenía miedo de que nunca hubiera estado ahí. Valentina no lloró, no me abrazó, no me dijo que todo iba a estar bien. Se quedó un momento en silencio y después me dijo algo que nunca he podido olvidar. Me dijo, “Germán, yo no sé si Dios te abandonó o no, pero sé que esta iglesia te está matando y a mí también.

No dormí esa noche. Me levanté a las 4 de la mañana, me fui a la sala y me senté en el sofá con una cobija encima mirando la oscuridad. No oré, no leí la Biblia, no hice nada de lo que se supone que un pastor debe hacer cuando está en crisis. Simplemente me quedé sentado con el peso de la verdad que acababa de pronunciar en voz alta por primera vez. Era real.

 No era una temporada, no era un ataque del enemigo, no era falta de oración, era algo estructural, algo que tenía que ver con la forma misma en que yo había entendido mi ministerio, mi fe, mi relación con Dios y no tenía idea de cómo arreglarlo. En las semanas que siguieron, algo cambió en mi rutina de lectura.

 Ya no leía solo historia de la iglesia por curiosidad intelectual. Empecé a buscar algo específico, aunque no sabía cómo nombrarlo. Buscaba modelos alternativos de ser cristiano, formas distintas de vivir la fe que no dependieran de la capacidad individual de producir experiencias espirituales. Y sin quererlo, sin planearlo, sin proponérmelo, seguía encontrándome con lo mismo, la liturgia.

 Cada libro que abría, cada artículo que leía, cada testimonio que encontraba en línea de pastores que habían pasado por crisis similares a la mía, terminaba hablando de la liturgia, de la idea de que la adoración cristiana no tenía que ser inventada cada semana desde cero, sino que podía seguir un orden antiguo probado por siglos, que funcionaba independientemente del estado emocional o creativo del que la presidiera.

 La primera vez que leí una descripción detallada de la misa católica fue en un blog escrito por un pastor presbiteriano americano que se había convertido al catolicismo. No recuerdo su nombre, pero recuerdo la forma en que describía la experiencia de asistir a su primera misa. Decía que lo que más le había impactado no era la solemnidad, ni el incienso, ni los vitrales, sino el hecho de que nadie dependía de él, que la liturgia avanzaba con o sin su emoción, con o sin su inspiración, con o sin su aprobación, que el sacerdote no tenía

que ser carismático, ni elocuente, ni creativo para que la misa funcionara, que las lecturas estaban predeterminadas, que las oraciones estaban escritas, que los gestos estaban codificados y que nada de eso le quitaba vida al culto, sino que paradójicamente se la daba, porque lo liberaba de la tiranía de tener que sentir algo para poder adorar.

 Cuando leí eso, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo. No fue emoción, no fue revelación, fue algo más parecido al alivio, como cuando uno lleva horas cargando algo pesado y alguien le dice que puede soltarlo. Pero no lo solté, no podía. Yo era el pastor Germán Redondo. Toda mi identidad estaba construida alrededor de ese título.

 Mi familia dependía económicamente de la iglesia. Mis amigos eran todos miembros de la congregación o pastores de otras iglesias evangélicas. Mi reputación en la ciudad estaba ligada a mi ministerio. Mis hijos iban a un colegio donde la mitad de los compañeros eran hijos de familias de nuestra iglesia.

 No podía simplemente soltar todo eso porque había leído un blog que me hizo sentir alivio. La vida real no funciona así. La vida real tiene hipotecas y compromisos y personas que dependen de ti y consecuencias que no se pueden deshacer con una decisión impulsiva. Así que hice lo que mejor sabía hacer. Seguí adelante, seguí predicando, seguí liderando, seguí sonriendo y seguí leyendo en secreto.

 Los meses que siguieron fueron los más extraños de mi vida. De día era el pastor Germán, el hombre de fe, el líder ungido, el que tenía respuestas para todo. De noche era otra persona, un hombre sentado frente a una pantalla de computador en su estudio leyendo escondidas sobre los padres de la Iglesia, sobre la teología sacramental, sobre la sucesión apostólica, sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

 leía con una mezcla de fascinación y horror, como alguien que descubre que el terreno sobre el que construyó su casa no es tan firme como creía. Cada concepto que encontraba era una pequeña detonación silenciosa que agrietaba un poco más los cimientos de mi mundo protestante. No porque los argumentos católicos fueran irresistibles, muchos me parecían débiles o forzados, sino porque las preguntas que planteaban eran preguntas que yo nunca había considerado y el hecho de no haberlas considerado me inquietaba más que las preguntas mismas.

Por ejemplo, la cuestión de la autoridad. En mi tradición, la autoridad final era la Biblia, sola escritura. Ese era el pilar. Pero leyendo historia, me di cuenta de algo que debería haber sido obvio. La Biblia no cayó del cielo. Alguien tuvo que decidir qué libros la componían y cuáles no. Y ese alguien fueron concilios de obispos católicos en los siglos y quinto, lo cual significaba que la autoridad que yo invocaba para rechazar a la Iglesia Católica había sido establecida por la Iglesia Católica. Esa circularidad me perturbó

profundamente, no porque la resolviera, sino porque nunca me la habían planteado. En 17 años de ministerio, en 4 años de seminario, en incontables conferencias y congresos pastorales, nadie había mencionado ese problema. Y cuando lo pensaba con calma, me daba cuenta de que no era un detalle menor, era una pregunta fundamental sobre la naturaleza misma de la autoridad en la que yo basaba toda mi fe y todo mi ministerio.

 Pero no me convertí por eso, no me convertí por un argumento, no me convertí porque descubrí que la sola escritura tenía un problema lógico. Si la conversión fuera un asunto puramente intelectual, probablemente seguiría siendo protestante, porque por cada argumento católico que encontraba, también encontraba una respuesta protestante que me parecía razonable.

 Lo que me fue moviendo lentamente, imperceptiblemente como una corriente subterránea que arrastra sin que uno sienta el movimiento, fue algo mucho más difícil de articular. Fue el agotamiento, fue la saturación, fue la experiencia repetida semana tras semana, mes tras meses, de tener que ser el centro de algo que debería haber sido más grande que yo.

Fue la certeza creciente de que el modelo en el que vivía no era sostenible, no solo para mí, sino para nadie, y que la prueba estaba en los ojos vacíos de Nicanor Delgado y en las ojeras de Valentina y en mi propia incapacidad de sentir algo genuino. cuando abría la Biblia. Hubo un momento, no puedo ubicarlo con precisión en el calendario, pero debió ser a finales de 2016, en el que la lectura dejó de ser suficiente y sentí la necesidad física de ver, de presenciar, de estar en un espacio litúrgico católico, no para

convertirme ni para investigar, sino simplemente para experimentar con mi propio cuerpo lo que había estado leyendo con mi mente. La idea me aterrorizaba, no por lo que pudiera encontrar, sino por lo que significaba el simple acto de ir. En Bucaramanga, un pastor evangélico que entra a una iglesia católica no está haciendo turismo, está cruzando una línea y si alguien lo ve, las consecuencias pueden ser devastadoras.

Decidí hacerlo lejos de la ciudad. Un fin de semana que Valentina llevó a los niños a visitar a su madre en Girón, yo le dije que tenía una reunión pastoral en Bogotá. Era mentira. Tomé un bus a Bogotá, sí, pero no para ninguna reunión. Fui directamente a la Catedral Primada en la Plaza de Bolívar.

 La elegí porque era grande, anónima, un lugar donde un hombre solo podía entrar y sentarse sin que nadie le preguntara nada. Llegué un sábado por la tarde, poco antes de la misa vespertina. Me paré frente a la fachada y estuve varios minutos sin poder entrar. No por convicción teológica, no porque creyera que adentro había idolatría o herejía o demonios como me habían enseñado, sino por algo más primitivo. Miedo.

 Miedo a lo desconocido. Miedo a lo que podía pasar dentro de mí si cruzaba esa puerta. Miedo a no poder volver atrás. Entré. Me senté en una banca del fondo, cerca de una columna. donde pudiera ver sin ser visto. La catedral estaba llena a medias, gente de todo tipo, ancianas con velo, familias con niños, jóvenes con mochilas, hombres de traje, mujeres con bolsas del mercado.

 Nadie se fijó en mí, nadie me saludó, nadie me pidió que llenara una tarjeta de visitante. Nadie me preguntó cómo me llamaba, ni de dónde venía, ni cuánto tiempo llevaba alejado de Dios. Simplemente estaba ahí. un cuerpo más, entre otros cuerpos. Y eso para un hombre que llevaba 17 años, siendo el centro de atención de cada reunión a la que asistía, fue la primera revelación, la primera de muchas, pero no una revelación en el sentido carismático, no una descarga emocional, ni una voz del cielo. Fue más bien un descubrimiento

silencioso. Yo podía estar en presencia de Dios sin que nadie me necesitara. Podía adorar sin producir nada. podía estar sin hacer. La misa comenzó y yo no entendí casi nada. No sabía cuándo sentarme, cuándo pararme, cuándo arrodillarme. No conocía las respuestas que la congregación recitaba al unísono. No sabía qué significaban los gestos del sacerdote, ni por qué se movía de un lado a otro del altar, ni qué estaba diciendo en esos momentos en que bajaba la voz y se inclinaba sobre el pan y el vino. Todo me era ajeno, extraño,

incomprensible y sin embargo, todo me parecía profundamente correcto. Correcto en el sentido de que yo estuviera de acuerdo con cada doctrina implícita en cada gesto. ¿Correcto? En un sentido más elemental, más físico, como si mi cuerpo reconociera algo que mi mente no podía nombrar, como si la repetición de esos movimientos antiguos activara algo en mí que la novedad perpetua de mi iglesia había dejado dormido durante años.

 Lo que más me impactó fue la lectura de la escritura. En mi iglesia, la Biblia se usaba como trampolín para el sermón. Yo escogía un pasaje que se ajustara al tema que quería predicar, lo leía rápidamente y después pasaba 40 o 50 minutos explicándolo, aplicándolo, ilustrándolo. El texto bíblico era un pretexto para mi discurso.

 En la misa, en cambio, las lecturas no las escogía el sacerdote. Venían de un leccionario, un ciclo de 3 años que recorre prácticamente toda la Biblia. Había una lectura del Antiguo Testamento, un salmo responsorial, una lectura del Nuevo Testamento y el Evangelio. Y después venía la homilía que duró unos 10 minutos. 10 minutos.

 Yo predicaba 45, a veces una hora, a veces más. Y aquí el sacerdote dijo lo que tenía que decir en 10 minutos y se sentó. No necesitó más. No necesitó ser brillante, ni carismático ni ocurrente. Solo conectó las lecturas con la vida de la gente de una forma simple, directa, sin artificios retóricos. Y después la misa siguió adelante hacia la Eucaristía, que era claramente el centro de todo.

 No el sermón, no la música, no la personalidad del que presidía, la Eucaristía. No comulgué, obviamente no podía. No estaba bautizado en la Iglesia Católica, no conocía la doctrina eucarística, no tenía idea de lo que significaba lo que estaba presenciando. Pero vi a la gente acercarse a recibir la comunión y vi algo que no había visto en mi iglesia.

silencio. Un silencio denso, pesado, reverente. No un silencio incómodo que el pastor debe llenar con algo, sino un silencio que era en sí mismo una forma de adoración. La gente caminaba hacia el altar con las manos extendidas, recibía la se la llevaba a la boca y volvía a su banca en silencio, con los ojos cerrados, con una expresión que yo no sabía cómo interpretar.

 No era la emoción desbordante que yo estaba acostumbrado a ver en mi iglesia, donde la gente lloraba, gritaba, levantaba las manos, se caía al suelo. Era algo más sobrio, más contenido, pero también más profundo, como si lo que estuviera pasando fuera demasiado grande para la emoción, demasiado serio para las lágrimas, demasiado real para las palabras.

 Salí de la catedral aturdido, no convertido, no convencido, no transformado, aturdido, como alguien que ha visto algo que no puede procesar todavía, pero sabe que ya no puede ignorar. Caminé por la Candelaria durante un par de horas sin rumbo, pensando en lo que acababa de experimentar. Y lo que más me perturbaba no era lo que había sentido dentro de la catedral, sino lo que sentía al compararlo con mi iglesia.

 Porque por primera vez pude ver mi iglesia desde afuera. Pude verla como la vería alguien que no hubiera crecido dentro de ella y lo que vi avergonzó. Vi un espectáculo. Vi luces y humo y pantallas gigantes y una banda que tocaba canciones diseñadas para producir una respuesta emocional específica.

 Vi un hombre en el centro de un escenario hablando durante una hora como si todo dependiera de lo que dijera. Vi una congregación pasiva que esperaba ser entretenida, inspirada, conmovida cada domingo y que evaluaba la calidad del culto en función de cuánto había sentido. Y vi la ansiedad detrás de todo eso. La ansiedad del pastor que tiene que superar su actuación anterior, la ansiedad de la banda que tiene que tocar mejor que la semana pasada, la ansiedad del equipo técnico que tiene que lograr que todo funcione sin fallas.

la ansiedad de la congregación que tiene que sentir algo para saber que Dios estuvo presente. Volví a Bucaramanga el domingo por la mañana, justo a tiempo para el culto. Prediqué, no recuerdo sobre qué. Lo que sí recuerdo es que mientras predicaba, mientras hacía las pausas en los lugares correctos y modulaba la voz en los momentos justos y la gente respondía con amenes y aplausos, yo estaba pensando en la catedral, en el silencio, en la gente caminando con las manos extendidas, en el sacerdote sentándose después de 10

minutos, en el diccionario que no dependía de la inspiración de nadie y sentí por primera vez con total claridad que yo no quería seguir haciendo lo lo que estaba haciendo, no porque fuera malo, no porque fuera falso, sino porque me estaba destruyendo y porque existía otra forma de vivir la fe que no requería mi autodestrucción.

 Pero saber eso y actuar en consecuencia son dos cosas completamente diferentes. La distancia entre la convicción interna y la acción externa es enorme y está llena de obstáculos que no son teológicos, sino humanos. prácticos, relacionales, económicos, emocionales. Los meses que siguieron a mi visita a la catedral fueron un periodo de agonía silenciosa en el que yo vivía dos vidas paralelas que se alejaban cada vez más la una de la otra.

 la vida pública del pastor exitoso que dirigía una iglesia en crecimiento y la vida secreta del hombre que leía escondida sobre la Eucaristía y la sucesión apostólica y la comunión de los santos y que empezaba a preguntarse si todo lo que había construido estaba edificado sobre arena. No podía hablar con nadie. Esa era la parte más difícil.

 En la Iglesia evangélica, la comunidad es intensa, pero condicional. Te aman mientras seas uno de ellos. Te apoyan mientras compartas sus convicciones, te acompañan mientras camines en la misma dirección. Pero si cuestionas las bases, si dudas de los fundamentos, si te atreves a sugerir que tal vez la otra tradición tiene algo que enseñarnos, te conviertes instantáneamente en una amenaza, no en un hermano que busca, sino en un lobo que se infiltra.

 Yo lo sabía porque lo había hecho. Había sido yo el que señalaba a los que se desviaban. Había sido yo el que advertía desde el púlpito sobre los peligros de coquetear con otras doctrinas. Había sido yo el que expulsaba del liderazgo a los que mostraban simpatía por enseñanzas que no se alineaban con nuestra confesión de fe.

 Ahora yo era el que se desviaba y sabía exactamente lo que me esperaba si alguien se enteraba. Valentina era la única persona que sabía algo. No todo, porque yo no me atrevía a decirle todo, pero lo suficiente como para estar preocupada. Un domingo después del culto, cuando ya estábamos en el carro y los niños iban dormidos en el asiento de atrás, ella me dijo que me había observado durante la prédica y que había notado algo distinto en mis ojos.

 Me dijo que ya no predicaba con fuego, sino con tristeza, que mis palabras decían una cosa, pero mi cara decía otra. y me preguntó con esa franqueza brutal que solo la intimidad de un matrimonio permite. Si yo estaba pensando en hacerme católico. La palabra cayó en el carro como una piedra en un estanque católico.

 Nadie la había pronunciado en voz alta hasta ese momento. Ni siquiera yo, en la soledad de mi estudio a las 3 de la mañana me había atrevido a formular esa posibilidad con esa palabra. Católico, el enemigo histórico, la Babilonia. La del Apocalipsis. Así nos habían enseñado y ahora mi esposa me estaba preguntando si yo estaba pensando en unirme a ella.

 Le dije que no sabía, que no estaba seguro de nada, que lo único que sabía era que no podía seguir haciendo lo que estaba haciendo de la forma en que lo estaba haciendo. Ella se quedó callada un rato largo. Después me dijo algo que me sorprendió. me dijo que ella también estaba cansada, que llevaba años sosteniendo una sonrisa que no sentía, que el ministerio la había vaciado de la misma forma que me había vaciado a mí, que ya no rezaba, porque cada vez que intentaba orar sentía que estaba cumpliendo un requisito, no hablando con

alguien, que lo único que la mantenía en la iglesia eran los niños y el miedo a lo que pasaría si nos íbamos. No dijo que quería ser católica, no dijo que estaba de acuerdo conmigo, solo dijo que estaba cansada y que si yo necesitaba buscar, ella iba a buscar conmigo. Eso fue probablemente lo más generoso que alguien ha hecho por mí en toda mi vida.

Empezamos a ir juntos a misa, no en Bucaramanga. Obviamente, íbamos a Pie de Cuesta, un municipio cercano donde era menos probable que alguien nos reconociera. Íbamos los sábados por la tarde mientras los niños estaban en clases de natación. [carraspeo] Entrábamos separados, nos sentábamos en bancas distintas y después nos encontrábamos en el carro como si nada hubiera pasado.

 Era absurdo, casi cómico, dos adultos escondiéndose como adolescentes para ir a la iglesia, pero el riesgo era real. Si alguien de nuestra congregación nos veía entrando a una iglesia católica, la noticia se esparciría en cuestión de horas y las consecuencias serían inmediatas: pérdida de confianza, cuestionamiento de mi liderazgo, posible división de la iglesia y casi con certeza la pérdida de mi sustento económico.

 Durante esos meses de visitas clandestinas, algo fue cambiando en mí que no puedo atribuir a ninguna lectura ni a ningún argumento. Fue algo más visceral, más corporal. Empecé a necesitar la misa, no a disfrutarla, no a entenderla completamente, no a estar de acuerdo con cada aspecto de la teología que la sustentaba, necesitarla.

Como se necesita el agua o el aire. Había algo en la repetición de los gestos. en el ciclo de las lecturas, en la predictibilidad de la liturgia, que me estaba sanando de una forma que yo no podía explicar. Era lo opuesto a lo que vivía cada domingo en mi iglesia, donde todo tenía que ser nuevo, sorprendente, distinto.

 En la misa todo era igual y esa igualdad, esa fidelidad a una forma que no cambiaba según el humor del sacerdote ni las tendencias del momento me resultaba profundamente reconfortante. Era como encontrar un río que sigue su curso sin importar las tormentas. Yo había vivido 17 años en medio de tormentas que yo mismo generaba y ahora veía un río y quería meterme en él.

 Valentina empezó a hacer preguntas, no las preguntas que yo esperaba, no preguntas teológicas sobre la transubstancia o el papado o la veneración de los santos. Preguntas más simples, más humanas. Me preguntaba cómo era la gente en la misa, si se veían felices, si los niños se portaban bien, si las mujeres parecían libres o sometidas.

 Me preguntaba si el sacerdote se veía descansado o agotado. Me preguntaba si había hombres jóvenes o solo ancianas. Y cuando yo le respondía, ella escuchaba con atención y después se quedaba pensando, como si estuviera armando un rompecabezas interior que todavía no podía mostrarme. Una noche me dijo que lo que más le llamaba la atención no era la doctrina, sino el descanso.

 me dijo que por primera vez desde que nos casamos me veía tranquilo los sábados por la noche, que ya no me encontraba a las 2 de la mañana frente al computador buscando desesperadamente una idea para el sermón del día siguiente. Y tenía razón. Los sábados que íbamos a misa en pie de cuesta, yo dormía como no había dormido en años. No porque hubiera resuelto algo, sino porque durante una hora alguien me había quitado el peso de encima.

 Durante una hora yo no tuve que producir nada. No tuve que ser brillante, ni inspirado, ni ungido. Solo tuve que estar ahí, arrodillarme, escuchar, callar y dejar que algo más grande que yo llevara el peso. Pero la doble vida se estaba volviendo insostenible, no solo por el riesgo de ser descubierto, sino por la fractura interna que generaba.

 Cada domingo yo subía al púlpito sabiendo que lo que predicaba ya no representaba lo que yo creía. No es que hubiera dejado de creer en Jesús o en la Biblia o en la gracia de Dios, nada de eso. Lo que había dejado de creer en el sistema, en la sola escritura como principio suficiente, en la iglesia como empresa del pastor, en el culto como espectáculo, en la creatividad como requisito de la adoración, en la novedad como prueba de vitalidad espiritual.

 Cada una de esas convicciones había sido un pilar de mi ministerio y cada una se había ido erosionando lentamente, no por un ataque externo, sino por el desgaste interno de haberlas vivido hasta sus últimas consecuencias y haber descubierto que no sostenían el peso de una vida entera. El problema era que esos pilares no eran solo míos, eran de toda una congregación, de 100 personas que confiaban en mí, que me habían dado su tiempo, su dinero, su lealtad, su fe.

Personas que se habían casado en nuestra iglesia, que habían bautizado a sus hijos en nuestra iglesia, que habían superado adicciones y divorcios y depresiones gracias al apoyo de nuestra iglesia. ¿Qué iba a hacer con toda esa gente? Decirles un domingo que ya no creía en lo que les había estado enseñando, que el modelo que habían seguido fielmente durante años tenía fallas estructurales que yo acababa de descubrir.

 Que el pastor que les había dicho que la Iglesia Católica era una desviación de la verdad, ahora estaba yendo a misa escondidas. La sola idea me producía náuseas. Fue en esa época cuando empecé a buscar a otros, otros pastores que hubieran pasado por lo mismo, otros líderes evangélicos que se hubieran convertido al catolicismo. Necesitaba saber que no estaba loco, que lo que me estaba pasando no era una aberración, sino un camino que otros habían recorrido antes.

 Y los encontré, no muchos, pero los encontré a través de internet, de foros, de grupos privados de Facebook, de blogs personales escritos conseónimo. Encontré una red subterránea de pastores y líderes evangélicos que estaban en distintas etapas del mismo proceso. Algunos ya se habían convertido, otros estaban en el camino, otros simplemente dudaban y necesitaban un espacio para hablar sin ser juzgados.

 Y lo que descubrí en esas conversaciones confirmó lo que yo sospechaba. El patrón era casi idéntico en todos los casos. Casi todos hablaban del agotamiento, del cansancio de tener que reinventar la rueda cada semana, de la presión de ser creativos, relevantes, modernos, de la imposibilidad de sostener un modelo que dependía enteramente de su carisma personal.

 Casi todos habían pasado por la misma crisis que yo. Despertar un domingo sin saber qué predicar porque ya habían dicho todo. Sentir que la Biblia se había vuelto un instrumento de trabajo en lugar de una fuente de vida. Mirar a su congregación y ver consumidores de experiencias espirituales en lugar de discípulos. Y casi todos describían el mismo alivio al descubrir la liturgia católica, la libertad de no ser el centro, la paz de servir algo más grande que ellos mismos, el descanso de una forma de adoración que no dependía de su inspiración, sino

de una tradición milenaria. Uno de esos pastores, un hombre de Barranquilla, cuyo nombre no voy a mencionar porque aún no ha hecho pública su conversión, me dijo algo que se me quedó grabado. Me dijo, “Germán, nosotros no dejamos el protestantismo porque encontramos mejores argumentos. Lo dejamos porque nos dimos cuenta de que el modelo nos estaba matando y que existe otro modelo que no mata, que sostiene, que carga, que funciona incluso cuando tú no funcionas.

 Eso es la liturgia, eso es la misa, eso es la iglesia que lleva 2000 años haciendo lo mismo porque lo que hace es suficiente. No necesita ser mejorado, no necesita ser actualizado, no necesita ser reinventado por un tipo con micrófono y luces LED. Esas palabras me acompañaron durante semanas. Las repetía en mi cabeza mientras conducía, mientras cocinaba, mientras esperaba a los niños en la puerta del colegio.

 Y cada vez que las repetía, sentía que algo se soltaba un poco más dentro de mí. No era una conversión intelectual, era algo más parecido a una rendición. Una rendición no ante un argumento, sino ante una realidad. La realidad de que yo estaba agotado y de que existía un lugar donde el agotamiento no era una falla, sino una condición humana normal que la liturgia estaba diseñada para acoger.

Pero la rendición es un proceso, no un evento. Y mi proceso estuvo lleno de retrocesos, de miedos, de noches en las que me despertaba sudando con la certeza de que estaba cometiendo el error más grande de mi vida. Hubo semanas en las que no quise saber nada del catolicismo, en las que me aferraba a mi identidad protestante con la desesperación de un náufrago que se agarra a un trozo de madera, aunque sepa que no lo va a salvar.

 Hubo domingos en los que prediqué con una pasión que me sorprendió a mí mismo. No porque hubiera recuperado la fe en lo que hacía, sino porque la posibilidad de perderlo todo me generaba una adrenalina que confundía con unción. Y hubo días en los que simplemente no sentía nada. ni fe católica, ni feestante, ni feún tipo, solo vacío.

 Un vacío enorme, gris, sin fondo, que no se llenaba con lecturas, ni con misas, ni con prédicas, ni con oraciones. Un vacío que me hacía preguntarme si el problema no era el modelo, sino yo, si tal vez yo simplemente no era capaz de creer en nada, si todo este proceso no era una búsqueda de la verdad, sino una huida del compromiso.

 Valentina fue la que me sacó de ese pozo. No con palabras de ánimo, ni con versículos bíblicos, ni con abrazos reconfortantes. Me sacó con una pregunta. Una noche en la que yo estaba particularmente hundido, tumbado en la cama mirando el techo, a las 11 de la noche sin poder dormir ni querer hablar, ella se acostó a mi lado y me dijo, “Germán, si no existiera ninguna consecuencia, si no perdieras nada, ni la iglesia, ni el dinero, ni los amigos, ni la reputación, ¿qué harías mañana?” Y yo, sin pensarlo, sin filtrar, sin calcular, respondí,

“Iría a misa.” Ella no dijo nada. se quedó un momento en silencio y después se acercó a mí y puso su cabeza en mi pecho. Y los dos nos quedamos así, en la oscuridad, sin hablar, sabiendo que algo acababa de ser dicho, que no podía ser deshecho. Al día siguiente, empecé a buscar un sacerdote, no para convertirme inmediatamente, sino para hablar, para contarle a alguien que no fuera Valentina ni un desconocido de internet lo que estaba viviendo.

Necesitaba un guía, alguien que conociera el terreno que yo estaba pisando, alguien que pudiera decirme si lo que sentía era real o era solo la fantasía de un hombre agotado que buscaba una salida. Encontré al padre Aurelio Mantilla en una parroquia de Florida Blanca, la parroquia de San Juan Bautista, un lugar modesto, sin pretensiones, con una iglesia de ladrillo que olía a cera y a humedad.

 No sé por qué lo elegí a él. Tal vez porque su parroquia estaba lejos de mi zona habitual. Tal vez porque alguien en uno de esos foros de internet lo había mencionado como un sacerdote que recibía bien a los conversos. Tal vez fue simplemente providencia esa palabra que yo usaba tan libremente desde el púlpito y que ahora por primera vez empezaba a considerar como algo más que un concepto teológico.

El padre Aurelio era un hombre de unos 60 años. bajo, con una calvicia avanzada y unos ojos pequeños que miraban con una mezcla de curiosidad y paciencia. Me recibió en la sacristía un martes por la tarde entre una reunión del consejo parroquial y una visita a un enfermo del barrio. Le dije que era pastor evangélico, que llevaba meses asistiendo a misa en secreto, que no sabía qué me estaba pasando y que necesitaba hablar con alguien.

 Esperaba que se sorprendiera o que se entusiasmara o que me recibiera como un trofeo, como la prueba de que el catolicismo tenía razón y el protestantismo estaba equivocado. Pero no hizo nada de eso. Se sentó, me ofreció un café y me dijo, “Cuénteme, solo eso, cuénteme.” Y yo, por primera vez en meses, abrí la boca y dejé salir todo, todo el agotamiento, toda la duda, toda la vergüenza.

 Todo el miedo, toda la fascinación por la liturgia, toda la confusión sobre la doctrina, toda la angustia por mi familia y mi congregación y mi futuro. Hablé durante casi dos horas sin parar y él escuchó. Sin interrumpir, sin corregir, sin evangelizar, solo escuchó. Cuando terminé estaba agotado, físicamente agotado, como si hubiera corrido un maratón.

 El padre Aurelio se quedó un momento en silencio, tomó un sorbo de café que ya debía estar frío y me dijo algo que no esperaba. Me dijo, “No tenga prisa.” Eso fue todo. No me dijo que la Iglesia Católica era la verdadera. No me invitó a empezar un catecumenado. No me dio un libro, ni un rosario, ni una estampa de la Virgen.

 Me dijo que no tuviera prisa, que lo que yo estaba viviendo era serio y que merecía tiempo, que Dios no tenía afán, que la iglesia llevaba 2000 años ahí y no iba a desaparecer mientras yo me tomaba el tiempo necesario para discernir. Y me dijo que podía volver cuando quisiera, que él estaría ahí. Salí de esa sacristía con una sensación que no había experimentado en ninguna iglesia evangélica en 17 años de ministerio.

 La sensación de que alguien me había atendido sin esperar nada a cambio. El padre Aurelio no me había pedido que me uniera a su parroquia. No había celebrado mi posible conversión. No había contado conmigo para sus estadísticas de crecimiento. Simplemente me había escuchado y me había dicho que no tuviera prisa.

 En mi mundo, en el mundo evangélico, todo era urgencia. Todo era ahora. Dios te habla hoy. La salvación es hoy. La decisión es hoy. No dejes para mañana lo que Dios quiere hacer hoy. Ese sentido de urgencia perpetua era parte del problema. Me había mantenido corriendo durante 17 años sin permitirme parar a pensar si estaba corriendo en la dirección correcta.

 Y ahora un sacerdote católico de 60 años me decía que parara, que respirara, que Dios no tenía afán. Eso solo ya fue una forma de evangelización más poderosa que cualquier sermón que yo hubiera predicado jamás. Volví a ver al padre Aurelio varias veces en los meses siguientes, no todas las semanas, pero sí con una regularidad que empezó a aparecerse a una dirección espiritual, aunque ninguno de los dos la llamaba así.

 Él me hacía preguntas, no sobre doctrina, al menos no al principio. Me preguntaba sobre mi familia, sobre mis hijos, sobre cómo dormía, sobre qué hacía cuando no estaba en la iglesia. Me preguntaba si comía bien, si hacía ejercicio, si tenía algún amigo con el que pudiera hablar de cosas que no fueran religión. Me sorprendió que un sacerdote se preocupara por esas cosas.

En mi tradición, la dirección espiritual, si es que existía como tal, se enfocaba exclusivamente en lo espiritual. La oración, la lectura bíblica, el servicio, los dones. El cuerpo no contaba, las necesidades humanas básicas no contaban, lo que contaba era el alma, la relación con Dios, la productividad espiritual.

 El padre Aurelio, en cambio, parecía interesado en mí como persona completa, no como una máquina de producir ministerio. Fue él quien me sugirió que empezara a leer el Catecismo de la Iglesia Católica. No como un manual de conversión, me dijo, sino como una forma de entender lo que estaba viendo en la misa.

 Me dijo que muchas de mis preguntas se iban a responder solas si entendía la lógica interna de la liturgia. Y tenía razón. Empecé a leerlo poco a poco, un par de páginas cada noche después de que los niños se dormían y Valentina se acostaba. Y lo que encontré no fue lo que esperaba. esperaba dogmatismo, rigidez, una lista de reglas y prohibiciones.

Encontré algo más parecido a una sinfonía, una estructura enorme, compleja, interconectada, donde cada doctrina se relacionaba con las demás de una forma orgánica, como las ramas de un mismo árbol. No estoy diciendo que estuviera de acuerdo con todo. Había cosas que me costaban enormemente. La veneración de María, la intercesión de los santos, la autoridad del Papa, la confesión auricular.

 Cada una de esas doctrinas activaba en mí un rechazo visceral que venía de 20 años de formación anticatólica. Pero lo que me impedía descartar todo de un golpe era la coherencia del conjunto. Cada pieza encajaba con las demás. Cada doctrina que me costaba tenía una lógica interna que aunque yo no la aceptara, al menos podía reconocer como coherente.

 Lo de María fue probablemente lo más difícil. En mi tradición, María era apenas una nota al pie de la historia de la salvación. La mencionábamos en Navidad y la olvidábamos el resto del año. La idea de que alguien le rezara me parecía idolátrica. No había matices, no había discusión. era idolatría y ya.

 Pero leyendo el catecismo y después leyendo a los padres de la iglesia y después leyendo los documentos del Concilio Vaticano Segundo, empecé a entender algo que mi formación protestante nunca me había permitido considerar, que la devoción mariana no era una sustitución de Cristo, sino una extensión de la encarnación, que si Dios se había hecho hombre, entonces la humanidad importaba de una forma radical y que María era la primera humana en decirle sí a ese plan.

No una diosa, no una mediadora paralela, una mujer que dijo sí. Y la iglesia durante 20 siglos la había honrado por ese sí de una forma que yo empezaba a encontrar no idolátrica, sino profundamente lógica. No estoy diciendo que me arrodillé a rezar el rosario al día siguiente. No lo hice. Tardé mucho en poder hacer eso, pero dejé de verlo como algo absurdo o diabólico.

 Y eso, viniendo de donde yo venía, ya era un cambio enorme. Mientras todo esto ocurría en mi interior, la vida en la iglesia seguía y empezaba a complicarse. Uno de mis líderes de confianza, un hombre llamado Roberto Cáceres, que había estado conmigo desde el principio y que coordinaba los grupos pequeños, me confrontó un miércoles después de una reunión de líderes.

 me dijo que varios miembros del equipo habían notado cambios en mí, que mis prédicas habían cambiado de tono, que ya no hablaba con la misma convicción sobre la sola escritura, sobre la suficiencia de la gracia, sobre la libertad del creyente, que algunos habían notado que hacía referencias positivas a la historia de la iglesia antigua de una forma que no era habitual, que había preocupación.

Roberto no me acusó de nada concreto, pero su tono dejaba claro que sospechaba algo. Y yo cobardemente le dije que todo estaba bien, que simplemente estaba estudiando más historia para enriquecer mis prédicas, que no había nada de qué preocuparse. Roberto me miró con la misma mirada que Valentina me había dado meses atrás, la mirada de alguien que sabe que le están mintiendo, pero decide no insistir todavía.

 Esa confrontación me asustó. Me asustó porque me obligó a enfrentar la realidad de que no podía mantener la doble vida indefinidamente, que en algún momento tendría que tomar una decisión y que esa decisión iba a destruir algo. Si me quedaba en la iglesia evangélica, destruiría lo que estaban haciendo en mi interior. Si me iba, destruiría lo que había construido durante 17 años.

No había una opción que no implicara destrucción y esa certeza me paralizó. Durante un par de meses dejé de ir a misa, dejé de leer el catecismo, dejé de ver al padre Aurelio, intenté regresar a lo que era antes, intenté predicar con pasión, liderar con energía, creer con convicción y durante unas semanas pareció funcionar.

 Tuve un par de domingos buenos de esos en los que todo fluye y la gente responde y tú sientes que tal vez no estás tan perdido como creías. Roberto pareció tranquilizarse. Valentina me miraba con una mezcla de alivio y sospecha. Los niños seguían con su vida normal de niños que no entienden lo que pasa entre sus padres.

 Y yo me dije a mí mismo que había sido una crisis pasajera, que ya había pasado, que podía seguir adelante con mi vida como estaba, pero no podía. El cuerpo no miente. Empecé a tener problemas físicos que nunca había tenido. Dolores de cabeza constantes, tensión en la mandíbula que me despertaba por las noches, un nudo en el estómago que aparecía cada jueves cuando empezaba a preparar la prédica del domingo.

 Fui al médico y me diagnosticó ansiedad crónica. Me recetó un ansiolítico que me ayudaba a dormir, pero que me dejaba atontado durante el día. Le dije que prefería no tomarlo los domingos porque necesitaba estar lúcido para predicar. Y el médico me miró con una expresión que decía mucho más de lo que sus palabras expresaron. Me dijo, “Pastor, el problema no es su cuerpo, es su vida.

 Usted está viviendo una vida que su cuerpo no puede sostener. Esa frase se sumó a la de Valentina, a la del pastor de Barranquilla, a la del padre Aurelio. Cada una era una piedra que alguien había puesto en un lado de la balanza y del otro lado estaba todo lo que yo perdería si me iba. mi iglesia, mi ministerio, mis amigos, mi identidad, mi sustento económico, la normalidad de mis hijos, la aprobación de mi familia extendida, mi reputación en la comunidad evangélica.

 Ese lado de la balanza era más pesado, mucho más pesado. Pero el otro lado, el lado de las piedras pequeñas que se iban acumulando, tenía algo que el lado pesado no tenía, ¿verdad? Y la verdad, por más pequeña que sea, tiene una gravedad propia que termina inclinando las cosas. La crisis llegó de una forma que no esperaba.

 No fue un evento dramático, ni una revelación sobrenatural, ni una discusión teológica. Fue un domingo cualquiera, en un culto cualquiera, a la mitad de una prédica cualquiera. Yo estaba hablando sobre la gracia de Dios, un tema que había predicado cientos de veces y de repente, en medio de una frase me quedé en blanco.

 No como cuando se te olvida lo que ibas a decir y necesitas mirar tus notas. Me quedé en blanco de una forma total, absoluta, como si alguien hubiera apagado la luz dentro de mi cabeza. Me quedé parado frente al micrófono con 300 personas mirándome sin poder decir una palabra. El silencio duró probablemente unos 15 segundos, pero a mí me parecieron 15 minutos.

 La banda de alabanza, creyendo que era una pausa dramática intencional, empezó a tocar suavemente. Algunos en la congregación cerraron los ojos y levantaron las manos, interpretando mi silencio como un momento de unción. profunda. Y yo parado ahí con el sudor corriéndome por la espalda, supe que se había acabado.

 No la fe, no la relación con Dios. Se había acabado mi capacidad de fingir. Mi cuerpo había hecho lo que mi voluntad no se atrevía a hacer. Había parado. Terminé la prédica como pude. Improvisé algo sobre la importancia de los silencios en la vida espiritual. sobre cómo Dios habla en el silencio, sobre cómo a veces la mejor prédica es la que no se dice.

 La gente aplaudió, algunos lloraron, alguien vino después a decirme que había sido el momento más poderoso que había vivido en la iglesia. Y yo quise gritar, quise decirles que no había sido un momento poderoso, sino un colapso, que no estaba escuchando a Dios, sino perdiendo la capacidad de funcionar, que el emperador estaba desnudo y todos seguían aplaudiendo sus ropas invisibles. Pero no dije nada.

 Me fui al baño, me encerré y lloré. Lloré de una forma que no había llorado desde que era niño. Lloré con todo el cuerpo, con la cara contra la pared, tratando de no hacer ruido para que nadie me escuchara a través de la puerta. Lloré por el agotamiento, por la mentira, por la pérdida inminente, por el miedo, por la vergüenza, por la soledad brutal de ser el único que sabía que todo se estaba derrumbando mientras los demás celebraban.

 Valentina me encontró en el carro después del culto. Los niños ya estaban adentro con los cinturones puestos. Ella me miró a los ojos y no necesitó preguntar nada. Simplemente dijo, “Ya.” Como si hubiera estado esperando ese momento durante meses, como si supiera que iba a llegar y solo estuviera esperando a que yo llegara también. Ya.

 Una sola sílaba que contenía todo. Ya no más mentira. Ya no más actuación. Ya no más doble vida, ya no más destrucción lenta. Ya esa noche, después de acostar a los niños, nos sentamos en la cocina y hablamos durante 4 horas. fue la conversación más difícil y más honesta de nuestro matrimonio. Le conté todo, no las versiones editadas que le había ido dando a lo largo de los meses, sino todo.

 Le conté lo que había leído, lo que había sentido en la catedral de Bogotá, lo que había hablado con el padre Aurelio, lo que había descubierto en el catecismo, lo que sentía sobre la Eucaristía, lo que sentía sobre María, lo que sentía sobre la liturgia, lo que sentía sobre la misa. Le conté sobre la red de pastores que estaban en el mismo proceso.

 Le conté sobre el vacío, sobre la ansiedad, sobre el diagnóstico del médico. Le conté que creía que Dios me estaba llamando a la Iglesia Católica y que tenía tanto miedo de que fuera verdad como de que no lo fuera. Valentina lloró no de alegría ni de tristeza. lloró de algo que no tiene nombre exacto, algo entre el alivio y el duelo, algo que se parece a lo que sientes cuando finalmente se confirma algo que llevabas mucho tiempo temiendo y esperando al mismo tiempo.

 Y después de llorar me dijo algo que cambió el curso de todo. Me dijo, “Si tú crees que eso es verdad, yo voy contigo, pero necesito que sepas lo que vamos a perder y lo necesito saber yo también. Así que vamos a hacer una lista y durante la siguiente hora con un cuaderno y un bolígrafo sobre la mesa de la cocina hicimos una lista de todo lo que perderíamos si yo dejaba la iglesia evangélica para entrar en la Iglesia Católica.

 La lista era devastadora. Perderíamos el ingreso económico porque mi salario venía íntegramente de la iglesia. Perderíamos la casa pastoral que la congregación nos proporcionaba. perderíamos nuestra red social completa porque todos nuestros amigos eran miembros de la iglesia o pastores de iglesias aliadas. Perderíamos la normalidad de nuestros hijos que tendrían que cambiar de entorno de un día para otro.

 Perderíamos el respeto de mi familia, que era profundamente evangélica y que vería mi conversión como una traición. Perderíamos la comunidad que nos había sostenido durante 17 años. perderíamos nuestra identidad porque durante casi dos décadas habíamos sido el pastor Germán y la pastora Valentina y sin esos títulos no sabíamos quiénes éramos.

Valentina escribió cada punto con letra clara, sin temblarle el pulso, como si estuviera haciendo la lista del mercado. Y cuando terminó, puso el bolígrafo sobre la mesa, miró la lista y me dijo, “Bueno, ahora dime qué ganamos.” Y yo no supe qué responder porque lo que ganábamos no cabía en una lista.

 Lo que ganábamos era la posibilidad de dejar de mentir, la posibilidad de vivir una fe que no dependiera de mi capacidad de producir espectáculo, la posibilidad de adorar a Dios sin destruirme en el proceso. La posibilidad de participar de algo más grande que nosotros mismos, algo que existía antes de que naciéramos y que existiría después de que muriéramos.

 Pero eso, dicho así, en una cocina a las 2 de la mañana con una lista de pérdidas concretas y tangibles del otro lado de la mesa, sonaba casi ridículo, casi irresponsable, casi loco. La decisión no fue instantánea después de esa noche, Valentina y yo acordamos darnos 3 meses para prepararnos, tr meses para organizar las finanzas, para buscar alternativas de ingreso, para hablar con las personas que necesitaban saber.

para preparar a los niños. Tres meses que terminaron convirtiéndose en cinco porque la realidad siempre es más complicada que los planes. Durante esos meses seguía al frente de la iglesia, pero algo había cambiado definitivamente. Ya no estaba agonizando en secreto, ahora estaba despidiéndome. Cada prédica era una despedida encubierta.

 Cada reunión de líderes era la última sin que ellos lo supieran. Cada conversación con un miembro de la congregación era un adiós silencioso que me partía el corazón y al mismo tiempo había un alivio creciente. La decisión estaba tomada, la dirección estaba definida. Ya no vivía en la incertidumbre, vivía en el duelo anticipado, que es doloroso, pero tiene la ventaja de ser claro.

 El padre Aurelio me acompañó durante esos meses con una paciencia que sigo sin entender. Le conté que habíamos tomado la decisión y él no celebró, no aplaudió, no me felicitó. Se quedó en silencio un momento y después me preguntó si estaba preparado para lo que venía. Le dije que creía que sí y él, con esa honestidad amable que lo caracterizaba, me dijo que probablemente no lo estaba, que nadie está preparado para perder todo lo que yo iba a perder, que la gracia de Dios no elimina el dolor, sino que lo acompaña, y que lo más difícil no iba a

ser la transición, sino el después, el después del entusiasmo, el después de la novedad, el después de la luna de miel, cuando la misa dejara de ser una experiencia nueva y se convirtiera en la rutina del domingo cuando descubriera que la Iglesia Católica también tiene problemas, también tiene gente difícil, también tiene burocracia y mediocridad y pecado, cuando se diera cuenta de que no había huido del imperfecto para llegar a lo perfecto, sino que había cambiado un tipo de imperfección por otro.

 Le agradecí y por dentro, arrogantemente pensé que exageraba. Pensé que yo era distinto, que mi conversión estaba tan meditada, tan estudiada, tan sufrida, que no iba a pasar por esos problemas. Me equivoqué. Pero eso viene después. Lo primero que hice fue hablar con Roberto. Se lo debía.

 Era mi hombre de confianza, mi copastor en todo, menos en el título. La persona que más había invertido en la iglesia después de mí. Lo cité en un café del centro, lejos de la iglesia, un martes por la mañana. Le pedí que no llevara su Biblia ni su cuaderno de notas, que solo viniera a escuchar. Cuando le dije que iba a dejar la iglesia porque estaba en proceso de conversión al catolicismo, su cara pasó por una secuencia de expresiones que no voy a poder describir con justicia.

Primero, incredulidad, como si estuviera esperando que yo le dijera que era una broma. Después confusión, como si las palabras que yo había dicho no pudieran combinarse de esa forma. en una oración coherente. Después, dolor, un dolor auténtico que le llenó los ojos de agua. Y finalmente, rabia, una rabia contenida, controlada, pero visible en la tensión de su mandíbula y en la forma en que sus nudillos se pusieron blancos alrededor del vaso de café.

Me dijo que lo había traicionado. Me dijo que le había mentido durante meses. Me dijo que había puesto en riesgo la iglesia entera con mi engaño. Me dijo que las almas de 100 personas estaban en mis manos y que yo las estaba abandonando por una institución corrupta que había abusado de millones de personas durante siglos.

me dijo que la Iglesia Católica no era cristiana, que la misa era una blasfemia, que la adoración de imágenes era idolatría, que el Papa era un falso profeta. Todo lo que yo había predicado durante años, todo lo que yo le había enseñado a creer, me lo devolvía ahora con intereses cada palabra cargada de una convicción que yo había ayudado a construir.

 Y lo peor es que no podía defenderme. No podía decirle que estaba equivocado porque yo mismo le había enseñado todo eso. Cada argumento que él usaba en mi contra era un argumento que yo le había dado. Cada prejuicio que tenía contra la Iglesia Católica era un prejuicio que yo había reforzado desde el púlpito durante 17 años. Estaba cosechando lo que había sembrado y la cosecha era amarga.

 Roberto se fue sin terminar el café. No me dijo adiós, no me deseó lo mejor, solo se levantó, me miró como si no me conociera y se fue. Y esa fue la última vez que tuve una conversación real con él. Después hubo mensajes de texto, intentos de comunicación, algunos de su parte y otros de la mía, pero la relación estaba rota de una forma que no tenía reparación posible, no porque él fuera incapaz de perdonar, sino porque lo que yo representaba para él había cambiado de forma irreversible.

 Yo ya no era su pastor, ni su amigo, ni su hermano en la fe. Era un desertor, un traidor, un apóstata. Y en el sistema de creencias que ambos habíamos compartido durante casi dos décadas, no había categoría más despreciable que esa. Las semanas siguientes fueron un infierno silencioso. Roberto habló con los líderes principales antes de que yo pudiera hacerlo.

 La noticia se esparció como fuego en pasto seco. Para el jueves de esa semana, todo el equipo de liderazgo sabía que el pastor Germán estaba considerando hacerse católico y las reacciones fueron exactamente las que yo había temido. Algunos intentaron rescatarme, vinieron a mi casa con biblias y libros apologéticos y cadenas de oración.

 Organizaron una vigilia de intersión por mi liberación espiritual. Uno de los líderes, un hombre al que yo había discipulado durante 12 años, me dijo llorando que creía que yo estaba poseído por un espíritu de confusión y que necesitaba una sesión de liberación. Otro me envió un mensaje de seis páginas con argumentos contra el catolicismo, todos sacados de los mismos libros que yo había leído y recomendado durante años.

 Algunos simplemente dejaron de hablarme, desaparecieron de mi vida como si nunca hubieran existido. 17 años de relación evaporados en una semana. Valentina sufrió tanto como yo. Las mujeres del ministerio femenino, muchas de las cuales ella consideraba sus amigas más cercanas, dejaron de llamarla. Algunas le dijeron directamente que ya no podían tener relación con ella mientras estuviera en esa situación.

 Una le dijo que iba a orar para que Dios le abriera los ojos y viera que su esposo estaba siendo engañado por el Otra le envió un audio de WhatsApp de 15 minutos en el que alternaba entre el llanto y la reprensión diciéndole que estaba arrastrando su familia al infierno. Valentina escuchó cada mensaje, leyó cada texto, soportó cada mirada de compasión condescendiente y no se quebró. al menos no delante de mí.

 Pero por las noches, cuando creía que yo dormía, la escuchaba llorar en el baño con la puerta cerrada y el grifo abierto para amortiguar el sonido. Los niños fueron lo más difícil. Santiago tenía 12 años y Luciana nu. Eran lo suficientemente grandes como para notar que algo estaba pasando y lo suficientemente chicos como para no entender qué.

 Santiago me preguntó un día si ya no íbamos a ir a la iglesia. Le dije que íbamos a ir a una iglesia diferente. Me preguntó por qué. Y yo no supe cómo explicarle a un niño de 12 años que su padre había descubierto que la fe en la que lo había criado no era completa sin destruir la confianza que él tenía en mí.

 Le dije que a veces las personas descubren cosas nuevas sobre Dios y que eso les lleva a hacer cambios, que no significaba que lo anterior estuviera mal, sino que ahora entendíamos más. No sé si me creyó, pero aceptó la explicación con la generosidad de los niños que confían en sus padres, incluso cuando no entienden sus decisiones.

Luciana fue más fácil porque era más pequeña. Para ella el cambio fue principalmente práctico. Una iglesia diferente, un horario diferente, menos canciones con guitarra eléctrica. lo tomó con naturalidad, como toman los niños, casi todo lo que no implica perder a un amigo o un juguete. El último domingo que prediqué en mi iglesia fue el más extraño de mi vida.

El consejo de líderes había decidido, después de varias reuniones a las que yo no fui invitado, que lo mejor era una transición discreta. No querían escándalo, no querían que la congregación se enterara por rumores. Así que acordamos que yo predicaría un último domingo sin anunciar mi conversión explícitamente y después me tomaría un periodo sabático del que simplemente no volvería.

 Robertoía el liderazgo interino. A mí me darían 3 meses de salario como liquidación. La casa pastoral tendríamos que dejarla en 60 días. Prediqué sobre el buen pastor. Juan 10. La ironía no se me escapó. Hablé sobre cómo el buen pastor conoce sus ovejas y las llama por su nombre. Hablé sobre cómo el pastor da su vida por las ovejas.

 Hablé sobre cómo hay otras ovejas que no son de este redil y que también necesitan ser traídas. Nadie entendió el doble sentido. O tal vez algunos sí lo entendieron, pero prefirieron no decir nada. Cuando terminé, la gente aplaudió como siempre. Algunos vinieron a abrazarme como siempre. La banda tocó la última canción como siempre.

 Y yo me fui al carro y me quedé sentado 10 minutos con las manos en el volante, sin encender el motor, mirando el edificio de la iglesia por el espejo retrovisor, sabiendo que era la última vez que lo veía desde esa perspectiva, desde adentro. Las semanas siguientes fueron un limbo. No teníamos iglesia, no teníamos comunidad, no teníamos ingresos estables.

 Yo había empezado a buscar trabajo secular, algo que no había hecho en 17 años y la experiencia era humillante de una forma que no anticipé. Mi currículum consistía básicamente en 17 años de experiencia pastoral, un título de un seminario bíblico que no era reconocido por el sistema educativo colombiano y una capacidad bien desarrollada para hablar en público, aconsejar personas y gestionar organizaciones voluntarias.

Ninguna de esas habilidades se traducía fácilmente al mercado laboral formal. Terminé consiguiendo un empleo temporal como asesor comercial en una empresa de seguros de vida en el centro de Bucaramanga. Un trabajo que odiaba con toda mi alma, pero que pagaba las cuentas mientras nos reorganizábamos. Valentina encontró trabajo más rápido.

Ella tenía un título en contabilidad que había dejado de ejercer cuando nos casamos y nos dedicamos al ministerio a tiempo completo. consiguió un puesto de medio tiempo en una firma contable pequeña, lo cual le permitía estar en casa cuando los niños salían del colegio entre los dos, con los 3 meses de salario de la iglesia y lo que ganábamos en nuestros empleos nuevos, alcanzábamos a cubrir el arriendo de un apartamento pequeño en el barrio La Concordia, lejos de cabecera, lejos de nuestra antigua vida. El apartamento era la mitad de lo

que teníamos antes. Los niños compartían cuarto por primera vez. No teníamos carro porque el carro era de la iglesia. Tomábamos bus. Comprábamos mercado en el mercado central para ahorrar y cada pequeña incomodidad era un recordatorio físico de lo que habíamos dejado atrás. Empecé el catecumenado en la parroquia del padre Aurelio en febrero de 2018.

Fui el único adulto en el grupo. Los demás eran adolescentes que se preparaban para la confirmación y que me miraban con una mezcla de curiosidad y desconcierto, como si no pudieran entender qué hacía un hombre de 40 años en una clase diseñada para chicos de 15. La catequista, una señora mayor llamada doña Clemencia, fue amable conmigo, pero claramente no sabía qué hacer con un expastor evangélico que ya se sabía la Biblia de memoria.

 y que hacía preguntas teológicas que ella no podía responder. En más de una ocasión tuve que reprimir el impulso de corregirla cuando decía algo impreciso sobre algún pasaje bíblico. No porque ella estuviera equivocada necesariamente, sino porque mi formación era diferente y mis instintos estaban afinados para la precisión exegética de una forma que no encajaba con el estilo pastoral y devocional de la catequesis católica.

Eso me costó. Me costó mucho. Tuve que aprender a callarme, a escuchar, a aceptar que mi conocimiento bíblico no me hacía superior ni más preparado, sino simplemente diferente y que lo que yo necesitaba no era más información, sino formación en un sentido completamente distinto.

 El padre Aurelio me ayudó con eso. Me dijo algo que me marcó. Germán, usted sabe mucho de la Biblia, pero necesita aprender a leerla de rodillas, no como un profesional que prepara material, sino como un hijo que escucha a su padre. Eso me dolió porque era cierto. Durante 17 años la Biblia había sido mi herramienta de trabajo. La leía para producir sermones, para resolver problemas doctrinales, para ganar discusiones teológicas.

 Nunca la leías simplemente para estar con Dios. Nunca la leía sin una agenda, sin un resultado esperado, sin un público al que rendir cuentas. Y ahora, en una sacristía que olía acera, un sacerdote de 60 años me estaba diciendo que tenía que volver a empezar, que todo mi conocimiento bíblico era valioso, pero que necesitaba ser refundamentado en una relación distinta con la palabra, una relación de recepción, no de producción, una relación de escucha, no de discurso.

empecé a ir a misa diaria, no porque me lo exigieran, no porque fuera un requisito del catecumenado, sino porque necesitaba la repetición. Necesitaba que la liturgia me moldeara de una forma que 17 años de novedad perpetua no habían logrado. Iba a las 6:30 de la mañana antes de ir al trabajo a una misa a la que asistían unas 15 personas, la mayoría señoras mayores con sus rosarios y sus mantillas.

 No había música, no había pantallas, no había micrófono, solo el sacerdote, las lecturas, la homilía breve, la eucaristía y el silencio. Y en ese silencio algo empezó a reconstruirse en mí que no sé nombrar con precisión. No fue una emoción nueva ni una revelación intelectual. fue más parecido a un reordenamiento interior, como si las piezas que habían estado desordenadas durante años empezaran lentamente encontrar su lugar.

 No todas, no rápidamente, pero sí de forma perceptible. Hubo mañanas en las que no sentía absolutamente nada. Iba a misa, me sentaba, escuchaba las lecturas, veía la consagración y salía exactamente igual que como había entrado, sin emoción, sin revelación, sin ninguna señal de que Dios estuviera presente o interesado en mi asistencia.

 Y eso paradójicamente era lo que más me sanaba, porque me enseñaba que la fe no depende de lo que yo siento, que la adoración no requiere mi emoción para ser válida, que la misa funciona, si se me permite usar esa palabra, independientemente de mi estado interior. que Cristo se hace presente en el pan y el vino aunque yo no sienta nada, que la palabra se proclama aunque mi corazón esté sordo, que la comunidad reza aunque yo no pueda.

 Eso era exactamente lo contrario de lo que había vivido en mi iglesia evangélica, donde todo dependía de la experiencia subjetiva. Si no sentías la presencia de Dios, algo andaba mal contigo o con el culto. En la misa, el sentir no era el criterio. El ser sí lo era, estar ahí, presentarse, arrodillarse, recibir. Eso bastaba.

 Recibí los sacramentos de iniciación en la vigilia pascual de 2018 en la parroquia de San Juan Bautista con el padre Aurelio oficiando. Valentina se recibió conmigo. Los niños asistieron sin entender del todo la solemnidad de lo que estaba pasando. Pero Santiago, que para entonces tenía 13 años, me apretó la mano cuando me vio salir del agua del bautismo, porque los adultos se bautizan por inmersión, no por aspersión.

 Y esa fue la parte que a él más le impresionó, ver a su padre meterse entero en una pila de agua en medio de una iglesia. Y me dijo al oído, “Te ves diferente, papá.” No sé si me veía diferente o si él necesitaba creerlo, pero me lo dijo y yo lo recibí como un regalo. Lo que sentí al recibir la Eucaristía por primera vez es algo que he intentado describir muchas veces y nunca he logrado.

 No porque fuera una experiencia mística espectacular con visiones y temblores y voces del cielo. Fue lo contrario. Fue profundamente ordinario. Un trozo de pan en mi lengua, un sabor apenas perceptible, un momento que duró 3 segundos, pero en esos 3 segundos algo se completó. No se completó en el sentido de que yo llegara a la plenitud de la fe o alcanzara la certeza absoluta o resolviera todas mis dudas.

 Se completó en el sentido de que por primera vez en mi vida yo estaba recibiendo algo en lugar de producir algo. Durante 17 años cada acto de culto que yo realizaba era un acto de producción. producir un sermón, producir una experiencia, producir un resultado. Ahora, por primera vez estaba al otro lado, estaba recibiendo y lo que recibía no dependía de mí, no dependía de mi fe, ni de mi emoción, ni de mi conocimiento, ni de mi carisma.

 Dependía de él y eso era todo. Y eso bastaba. Sería deshonesto si dijera que desde ese momento todo fue paz y claridad. No lo fue. El padre Aurelio tenía razón. Lo más difícil vino después. Después del entusiasmo inicial, después de la novedad de los sacramentos, después de la luna de miel con la liturgia, llegó la realidad de la vida católica cotidiana.

 Y esa realidad incluía cosas que yo no esperaba. Incluía parroquias apáticas donde la misa se celebraba como una rutina mecánica que parecía más muerte que vida. Incluía sacerdotes que predicaban homilías tan malas que me hacían extrañar mis propios sermones. Incluía una burocracia eclesiástica que me desesperaba. Incluía laicos que no conocían su propia fe, que iban a misa los domingos por costumbre y no por convicción, que no sabían explicar por qué creían lo que creían.

 Incluía escándalos de abuso que me revolvían el estómago y que ponían a prueba mi decisión de una forma que los argumentos teológicos nunca habían logrado. Hubo momentos en los que me pregunté si había cometido un error, momentos en los que extrañaba la comunidad intensa de mi iglesia evangélica, la calidez de los abrazos, la cercanía de las relaciones, la pasión de la alabanza.

 momentos en los que iba a misa un domingo y salía sintiéndome más solo que cuando había entrado. La Iglesia Católica, al menos en mi experiencia, no es buena para integrar conversos. No hay un comité de bienvenida, no hay un grupo de seguimiento, no hay alguien que te llame el lunes para preguntarte cómo estás. Llegas, te sientas, participas de la liturgia y te vas.

 Y si no tienes la iniciativa de involucrarte por tu cuenta, puedes pasar meses sin que nadie te conozca por tu nombre. Eso fue duro para alguien que venía de una comunidad donde todo el mundo me conocía, donde mi teléfono no dejaba de sonar, donde yo era el centro de una red de relaciones humanas que me daba sentido y propósito.

Valentina lo vivió de forma distinta. Ella, que siempre había sido la esposa del pastor, la que existía en función de mi ministerio, encontró en el catolicismo una libertad que no había conocido. Me dijo un día que lo que más le gustaba de la misa era que nadie le pedía nada, que podía ir, estar con Dios y volver a casa sin que nadie la abordara para pedirle que organizara un evento, que liderara un grupo, que preparara comida, que aconsejara a alguien.

 me dijo que por primera vez en su vida adulta se sentía como una persona y no como una función. Eso me alegró y me dolió al mismo tiempo porque me hizo darme cuenta de cuánto le había costado ser mi esposa en el contexto del ministerio evangélico, cuánto de ella misma había tenido que sacrificar para sostener la imagen de la familia pastoral perfecta, cuánto había dado sin que nadie le preguntara si quería dar.

Santiago se adaptó más rápido de lo que yo esperaba. A los 15 años empezó a ir a un grupo de jóvenes de la parroquia y encontró amigos que lo recibieron sin preguntas sobre su pasado evangélico. Luciana tardó más. Extrañaba las canciones. Extrañaba a sus amigas del grupo de niños. Extrañaba el ruido y la alegría de los cultos dominicales.

La misa le parecía aburrida. me lo dijo varias veces con la honestidad brutal de una niña de 10 años y yo no intenté convencerla de lo contrario. Le dije que tenía derecho a sentir eso, que la misa no estaba diseñada para entretener, sino para otra cosa que tal vez entendería más adelante o tal vez no, pero que lo importante era que estuviéramos juntos como familia buscando a Dios de la mejor forma que sabíamos.

 No sé si fue la respuesta correcta, pero fue la más honesta que pude darle. Han pasado varios años desde entonces. No voy a decir cuántos porque prefiero mantener cierta distancia con los detalles que podrían identificarme. Lo que sí puedo decir es que la fe católica no me ha dado lo que esperaba, me ha dado otra cosa. No me ha dado certeza.

 Sigo teniendo preguntas, sigo teniendo dudas, sigo teniendo días en los que la misa me parece vacía y Dios me parece lejano. No me ha dado comunidad en el sentido cálido e intenso que tenía en mi iglesia evangélica. La comunidad parroquial es más fría, más formal, más distante. No me ha dado éxito ni reconocimiento.

Nadie sabe quién soy en mi parroquia. No soy pastor, no soy líder. No soy nadie especial. Soy un laico más que va a misa los domingos y algunos días entre semana y que a veces ayuda a leer las lecturas o a repartir la comunión. Eso es todo. Y después de 17 años de ser el centro de todo, ese anonimato es a veces liberador y a veces doloroso.

Lo que la Iglesia Católica me ha dado es algo que no sabía que necesitaba hasta que lo tuve. Me ha dado permiso para no ser el centro. Permiso para no producir nada. Permiso para ir a misa un domingo con el alma seca y el corazón mudo. Y saber que la liturgia funciona de todas formas, que las lecturas se proclaman de todas formas, que el pan se consagra de todas formas, que Cristo se hace presente de todas formas, independientemente de mí, sin necesitar mi carisma, ni mi elocuencia, ni mi creatividad, ni mi emoción. La misa no

me necesita. Y esa es la frase más liberadora que he pronunciado en mi vida. La misa no me necesita. Yo la necesito a ella, pero ella no me necesita a mí. Y eso me ha devuelto algo que el ministerio evangélico me había quitado sin que yo me diera cuenta. Me ha devuelto la posibilidad de ser pequeño, de ser un hijo, no un líder, de recibir, no de producir, de estar de rodillas, no de pie frente a un micrófono.

 A veces pienso en Roberto, en los líderes que dejé atrás, en las familias que formé en la fe y que ahora me consideran un traidor, en los que oraron por mi liberación y que probablemente siguen orando. Y me pregunto si algún día podré reconciliarme con ellos. No para convencerlos de que tengo razón, no para evangelizarlos hacia el catolicismo, sino simplemente para decirles que no los dejé por desprecio, que no me fui porque creyera que todo lo que vivimos juntos fue mentira, que lo que construimos fue real, que las vidas que se transformaron fueron transformaciones

genuinas, que la fe que compartimos era sincera, aunque incompleta. Pero no sé si ese día llegará. Roberto no responde mis mensajes. La mayoría de los líderes tampoco. Mi madre todavía me pide que vuelva a la iglesia verdadera cada vez que hablamos por teléfono. Mi hermano dejó de invitarme a las reuniones familiares de Navidad.

 Esas pérdidas son reales. No las minimizo, no las espiritualizo, no las convierto en material de sermón ni en prueba de que estoy en el camino correcto porque sufro persecución. Son simplemente pérdidas, personas que amaba y que ya no están en mi vida, relaciones que se rompieron y que no sé si se repararán, un mundo entero que dejé atrás y al que no puedo volver.

 Y a veces en los días malos, en los domingos en los que la misa se siente vacía y el apartamento se siente pequeño y el trabajo se siente absurdo, me pregunto si valió la pena, si todo ese dolor era necesario, si no habría sido más fácil, más cómodo, más seguro quedarse donde estaba y seguir actuando hasta el final. Pero después llega el lunes por la mañana y me levanto a las 5:30 y tomo el bus a la parroquia y entro a la iglesia que todavía huele a cera y a humedad y me siento en la misma banca de siempre, al lado de doña Carmen, que tiene 92 años y que me

saluda con una sonrisa desdentada que es la cosa más bonita del mundo. Y empieza la misa. Y el sacerdote dice las mismas palabras que dijo ayer y que dirá mañana y que han dicho sacerdotes durante 20 siglos en todos los idiomas de la tierra. Y las lecturas son las de leccionario, las mismas que se leen hoy en cada parroquia del planeta, desde una catedral en Roma hasta una capilla en la selva del Amazonas.

 Y llega la consagración y el sacerdote levanta el pan y dice, “Esto es mi cuerpo.” Y yo me arrodillo y cierro los ojos y no siento nada espectacular, nada que merezca un aplauso o una lágrima o un grito. Pero sé que algo está pasando que no depende de lo que yo sienta. Algo que pasaba antes de que yo naciera y que pasará después de que yo muera.

 algo que no necesita mi aprobación, ni mi comprensión, ni mi emoción para ser verdadero. Y en ese momento, en ese breve instante de silencio entre la elevación del pan y el amén de la congregación, yo sé por qué estoy aquí. No porque haya resuelto todas mis dudas, no porque la Iglesia Católica sea perfecta, no porque mi vida sea ahora más fácil o más exitosa o más feliz que antes.

 Estoy aquí porque encontré algo que me sostiene sin exigirme que yo sostenga todo. Estoy aquí porque encontré un lugar donde puedo ser pequeño, donde puedo callar, donde puedo arrodillarme, donde puedo recibir. Y eso después de 17 años de tener que ser grande, de tener que hablar, de tener que producir, de tener que dar hasta quedarme vacío, es más que suficiente.

No sé qué viene después. No sé si Santiago y Luciana se quedarán en la Iglesia Católica cuando crezcan o si buscarán su propio camino. No sé si Valentina y yo lograremos reconstruir una comunidad tan profunda como la que dejamos atrás. No sé si Roberto algún día leerá estas palabras y entenderá por qué hice lo que hice.

 No sé si mi madre dejará de pedirme que vuelva. No sé si el dolor de las pérdidas se suavizará con el tiempo o si simplemente aprenderé a cargarlo mejor. No sé muchas cosas, pero sé que mañana es lunes y que a las 6:30 de la mañana hay misa y que doña Carmen va a estar ahí con su sonrisa y que el sacerdote va a decir las mismas palabras de siempre y que el pan va a ser consagrado y que yo voy a estar de rodillas en silencio, sin producir nada, sin ser el centro de nada, sin necesitar ser nada más que lo que soy.

 Un hombre que busca a Dios en la única forma que ha descubierto que no lo destruye.

Deixe um comentário

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *