PARTE 2: como quien cree que el mundo entero puede comprarse por partes. Consuelo llenó los vasos sin decir nada. Kenji Tanaka la observó un segundo. No con lástima, sino con atención. Como si hubiera notado algo en su silencio. —¿Todavía tienes el billete? —preguntó Fulgencio. —Sí, señor. —¿Y no vas a ganártelo diciendo algo en japonés? Ella dejó la jarra sobre la mesa. —El agua está fría, señor. Que aproveche. Se retiró sin prisa. Esta vez nadie se rió. Más tarde, mientras limpiaba habitaciones en el segundo piso, Consuelo escuchó a Fulgencio hablando por teléfono en el pasillo. —No me importa lo que digan. Necesito que eso desaparezca antes del jueves. Que no quede ningún registro. Ninguno. Consuelo siguió limpiando el espejo. No sabía de qué hablaba, pero lo guardó en la memoria. Los hombres como Fulgencio siempre estaban intentando borrar algo. Esa noche, en el vestuario del personal, recibió una llamada de Japón. —Consuelo-chan —dijo la voz frágil y firme de su abuela—. Hoy soñé con tu papá. Consuelo se sentó en la banca. —¿Qué soñaste, Obachan? —Soñé que alguien lo buscaba. Y no era yo. El ruido del cuarto de máquinas pareció alejarse. —¿Qué quieres decir? —Que guardé algo para cuando llegara el momento. Una cinta. Tu padre me la mandó antes de desaparecer. Consuelo cerró los ojos. Durante veintidós años había vivido con una pregunta sin tumba, sin fecha, sin respuesta. Ahora, de pronto, esa pregunta tenía voz. Al día siguiente, Fulgencio reservó un salón privado para continuar la negociación. Pidió que Consuelo preparara el espacio. Ella subió con su carrito, limpió ventanas, acomodó vasos y permaneció en el fondo mientras los empresarios entraban. Fulgencio comenzó a hablar de márgenes, expansión, distribución continental. Entonces Kenji Tanaka murmuró algo en japonés a su colega Inoue. —Los números no coinciden con el documento de la semana pasada —dijo Tanaka. —Yo también lo noté —respondió Inoue—. Cambiaron el margen. —Hay que tener cuidado. Este hombre no acepta correcciones en público. Inoue suspiró casi para sí. —Ojalá hubiera alguien aquí que entendiera lo que estamos diciendo. Consuelo apretó el paño entre los dedos. Contó hasta tres. Luego se volvió. —Perdón que interrumpa —dijo en japonés. El salón entero se congeló. Fulgencio abrió la boca, pero no salió palabra. Bravo, su asistente, dejó caer el bolígrafo. Tanaka no pareció sorprendido. Pareció confirmar una sospecha. —Señor Tanaka —continuó Consuelo, con el acento de Osaka que su abuela le había cuidado por teléfono durante años—, creo que usted recibió una versión distinta del contrato. El margen cambió tres puntos. No sé si fue un error o una decisión, pero pensé que debía saberlo antes de firmar. Tanaka la miró con respeto. —¿Cómo lo sabe? —Escucho. Y recuerdo lo que escucho. Fulgencio se puso de pie lentamente. —¿Qué dijiste? Consuelo volvió al español. —Nada que no debiera haberse dicho. —Tú estás aquí para limpiar. —Sí, señor. Y ya terminé. Empujó su carrito hasta la puerta. Antes de salir, habló otra vez en japonés. —Mi abuela siempre dice:…

PARTE 3: dice: tres años sobre una piedra, y hasta la piedra se calienta. Tenga paciencia con este país, señor Tanaka. Aquí también hay cosas que valen la pena. Esa misma tarde, Tanaka le dejó una tarjeta. “Lo que usted hizo requiere algo que el dinero no puede comprar”, escribió. Debajo, en japonés, añadió: “Su acento es de Osaka. Qué curioso.” Tres días después, se encontraron en la cafetería del hotel. Tanaka no perdió tiempo. —Señorita Watanabe, ¿sabe en qué trabajaba su padre? Consuelo se quedó quieta. —En importaciones, creo. Desapareció cuando yo era niña. El rostro de Tanaka cambió apenas. —Hiroshi Watanabe —repitió—. Ese nombre aparece en antiguos archivos de mi empresa. La carpeta que puso sobre la mesa contenía documentos de 1987. En la primera página estaba el nombre de su padre como socio fundador de una distribuidora de productos japoneses en México. Debajo aparecía otro nombre: Fulgencio Alderete Rosas. Consuelo sintió que el aire se le volvía pesado. Tanaka le explicó la historia con cuidado. Hiroshi había creado la empresa junto a Alderete y un representante japonés. Durante años todo creció. Luego Alderete aisló a Hiroshi, manipuló documentos, falsificó una cesión de acciones y, poco después, Hiroshi desapareció. Con los activos de aquella empresa, Fulgencio construyó su imperio. —Mi abuela tiene una cinta —susurró Consuelo—. Mi padre se la mandó antes de desaparecer. —Entonces debe escucharla —dijo Tanaka—. Y debe hacerlo pronto. Antes de viajar a Osaka, Consuelo recibió otra pieza inesperada. Rodrigo Bravo, el asistente de Fulgencio, la citó en una taquería y llegó pálido, con ojeras. —Alderete me pidió investigar dónde vive usted —confesó—. Pero no voy a hacerlo. Ya he cruzado demasiadas líneas por él. De su saco sacó una memoria diminuta. —Aquí hay una grabación de 1992. Alderete habla con su abogado sobre la firma falsa de su padre. Y sobre cómo impedir que pudiera contradecirlo. Consuelo tomó la memoria. Era pequeña como una uña. Pesaba como treinta y un años. En Osaka, su abuela Yuki la esperaba en un departamento lleno de plantas, cajas de madera y fotografías. La abrazó sin decir nada. Después sacó una caja de laca negra. Dentro había una carta y una cinta de casete fechada en octubre de 1992. La carta era de Hiroshi. “Madre, si algo me pasa, cuida a Remedios y a la niña. La niña se llama Consuelo. Habla japonés mejor que su padre. No dejes que pierda el idioma. Te mando una cinta. Guárdala bien. No tengo miedo. Tengo rabia, que es distinto. La rabia al menos sirve para algo.” Cuando pusieron la cinta, Consuelo escuchó por primera vez en veintidós años la voz de su padre. Era grave, tranquila, cansada. Contó fechas, nombres, documentos falsos, amenazas veladas. Dijo el nombre de Fulgencio Alderete con una claridad que atravesó el tiempo como una aguja. Al terminar, Consuelo no lloró. Tomó la mano de su abuela. —Voy a hacer lo que él habría hecho —dijo—. Documentarlo todo. Y no callarme. El proceso no fue rápido ni

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