Un ídolo cayó sin pulso durante 47 minutos en una clínica VIP;.. –

4 de enero, 14:23 horas. La Habana, Cuba, clínica La Pradera.
Diego Maradona está en una camilla, sufriendo un infarto masivo. Su corazón se detuvo hace 47 minutos. Los médicos trabajan desesperadamente: masaje cardíaco, desfibrilador, adrenalina directa al corazón.
Nada funciona.
El monitor muestra una línea plana.
El doctor Alfonso Reyes, cardiólogo jefe, mira el reloj: 14:23. Es la hora de declarar la muerte. Reyes levanta la mano para detener los esfuerzos. Está a punto de decir “suficiente”, pero un médico joven, el doctor Carlos Méndez, grita:
—Una vez más, por favor.
Reyes duda. 47 minutos sin pulso es demasiado. El cerebro ya debió haber sufrido daño. Pero ve la desesperación en los ojos de Méndez.
—Una vez más —dice Reyes.
—Desfibrilador, 300 julios. Cargando.
Bip, bip, bip.
—Listo. ¡Despejen!
Clac.
El cuerpo de Maradona salta sobre la camilla. Todos miran el monitor.
Línea plana.
Luego, bip.
Pausa.
Bip.
Otra pausa.
Bip.
Bip, bip.
Tiene pulso.
Los médicos gritan. Está vivo. Diego está vivo.
Maradona abre los ojos, respira, pero no habla. Solo mira al techo, con lágrimas corriéndole por el rostro.
20 minutos después, cuando está estable, Maradona le susurra al doctor Reyes:
—Vi algo. No sé si debo contarlo.
20 años después, el 25 de noviembre de 2020, Diego Maradona muere definitivamente, y el doctor Alfonso Reyes rompe su silencio sobre lo que Maradona vio ese día.
Esta historia no es solo médica. Es sobre la vida, la muerte y algo más allá.
3 de enero de 2022, aeropuerto José Martí, La Habana.
Diego Maradona desciende del avión. Apenas puede caminar. Lo ayudan dos asistentes. Pesa 120 kg. Su corazón late de forma irregular. Tiene una adicción severa a la cocaína.
Los médicos en Argentina le dieron 6 meses de vida, máximo. Pero Fidel Castro ofreció salvarlo gratis. En Cuba, Maradona acepta porque no tiene otra opción.
Lo llevan directamente a la clínica La Pradera, la mejor clínica de Cuba, reservada solo para VIPs extranjeros.
El doctor Alfonso Reyes lo recibe. Tiene 48 años, es cardiólogo y cuenta con 25 años de experiencia. Ha tratado a líderes y diplomáticos, pero nunca a alguien como Maradona.
Reyes examina a Maradona: electrocardiograma, análisis de sangre, rayos X.
Los resultados son terribles.
Corazón agrandado. Arterias bloqueadas. Presión altísima.
Reyes le dice a su equipo:
—Este hombre está al borde. Cualquier estrés, cualquier esfuerzo, y su corazón se detendrá.
Esa noche, Maradona duerme en la clínica, monitorizado.
24 de enero, 090 horas.
Maradona despierta. Se siente mejor. Desayuna café, tostadas y frutas. Habla con las enfermeras, bromea, sonríe.
—Cuba me va a salvar —dice.
11 horas.
Maradona camina por los pasillos de la clínica. Quiere aire fresco. Los médicos le advierten:
—Diego, no te esfuerces.
Pero Maradona es Maradona. Terco, sale al jardín y camina 10 minutos.
12:30.
Maradona almuerza arroz, frijoles y pollo. Come bien.
13:45.
Maradona regresa a su habitación. Se acuesta.
—Voy a descansar un poco —dice.
Cierra los ojos.
13:36 horas.
El monitor en la estación de enfermeras empieza a sonar.