PARTE 2

Esa noche no dormí. Me quedé en una silla dura del hospital, tomando café quemado de máquina y revisando estados de cuenta con los ojos ardiendo.

Diego tenía acceso limitado a una cuenta familiar para emergencias. Eso lo acordamos años atrás, cuando todavía creía que la confianza era algo que se heredaba por sangre.

En cinco meses habían salido casi doscientos mil pesos.

No de golpe.

Tres mil aquí. Cinco mil allá. Siete mil un viernes. Cantidades pequeñas, constantes, pensadas para no levantar sospechas.

Llamé a Chava a las dos de la mañana.

—No fue un error —me dijo—. Eso está calculado.

La palabra “calculado” me cayó peor que cualquier insulto.

A la mañana siguiente, la doctora Méndez me confirmó lo peor.

—Encontramos niveles elevados de un metal pesado compatible con ingesta prolongada. Su esposa fue expuesta durante meses.

Sentí que el piso se abría.

—¿Cómo se administra algo así?

La doctora dudó apenas.

—En bebidas, comida o suplementos en polvo. Algo que se disuelva y no tenga sabor fuerte.

Entonces recordé.

Deixe um comentário

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *