El hombre que logró echar a Cortés de Tenochtitlan no murió en una batalla, ni bajo una espada española, ni traicionado en un palacio-lbsuong

El hombre que logró echar a Cortés de Tenochtitlan no murió en una batalla, ni bajo una espada española, ni traicionado en un palacio.

Murió acostado, cubierto de llagas, mientras afuera su pueblo todavía esperaba que él terminara lo que había empezado.

Antes de que la enfermedad llegara, Tenochtitlan seguía respirando como una ciudad herida, pero viva.

Los canales todavía llevaban canoas cargadas de maíz, chile, flores y pescado.

En los mercados aún se escuchaba el regateo, el golpe de los remos contra el agua y los pasos de los guerreros sobre las calzadas.

Había humo en los templos, rezos en las casas y rabia en los ojos de la gente.

Porque los españoles habían huido.

Después de la Noche Triste, Hernán Cortés ya no parecía invencible.

Había salido de la ciudad perseguido, derrotado, cargando el peso de sus muertos y el miedo de saber que los mexicas sí podían romperlo.

Y en medio de esa victoria amarga, Cuitláhuac tomó el mando.

No era un hombre que gritara para parecer fuerte.

No lo necesitaba.

Había visto de cerca la ambición de los extranjeros, sus caballos, sus armas, sus promesas falsas.

Sabía que Cortés no se iba a quedar quieto.

Sabía que volvería.

Y por eso empezó a preparar a la ciudad para el golpe final.

Mandó reforzar entradas.

Reunió guerreros.

Habló con señores, capitanes y mensajeros.

La guerra no había terminado; apenas estaba cambiando de forma.

Pero mientras Cuitláhuac miraba hacia los caminos por donde podían volver los españoles, algo mucho más pequeño ya venía entrando por la costa.

No traía armadura.

No traía estandarte.

No traía espada.

Venía en la piel de un hombre enfermo.

En 1520, una expedición enviada desde Cuba llegó a Veracruz con órdenes de arrestar a Cortés.

Entre esa gente viajaba Francisco de Eguía, un esclavo africano enfermo de viruela.

Nadie entendió el peligro.

Nadie podía entenderlo.

En estas tierras, esa enfermedad no tenía nombre conocido, no tenía memoria, no tenía defensa.

Primero fue fiebre.

Luego dolor.

Después, los granos.

Los cuerpos empezaron a llenarse de marcas.

La piel ardía.

Los ojos se cerraban.

La gente no podía levantarse para buscar agua, ni para cuidar a sus hijos, ni para enterrar a sus muertos.

En pocos días, una casa entera podía quedar en silencio.

La enfermedad avanzó como si conociera el camino.

De la costa hacia el interior.

De los pueblos hacia las ciudades.

De una familia a otra.

Cuando llegó a Tenochtitlan, la ciudad todavía se estaba preparando para resistir.

Pero no había escudo contra eso.

No servían las lanzas.

No servían las murallas.

No servía el valor.

Los mexicas la llamaron hueyzáhuatl, la gran enfermedad de los granos.

Y fue peor que cualquier enemigo.

Los guerreros que debían marchar contra Cortés empezaron a caer antes de tomar sus armas.

Las madres enfermas no podían cargar a sus bebés.

Los ancianos morían sin que nadie pudiera acercarse.

Había casas donde todos gemían al mismo tiempo, y otras donde ya no se escuchaba nada.

Cuitláhuac también enfermó.

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