Era el tipo de mañana en que la ciudad todavía no termina de despertar y las iglesias ya llevan horas vivas. El aire de marzo entraba frío por las ventanas laterales de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en la colonia Santa María la Ribera. Y los candelabros del altar parpadeaban con cada corriente como si también ellos estuvieran nerviosos.

Eran las 9:15 de la mañana del domingo 8 de marzo de 1953 y faltaban poco menos de 2 horas para que aquella iglesia recibiera la congregación más importante que había tenido en 12 años. La ocasión era el encuentro regional de coros católicos del Valle de México, una celebración que reunía cada año a los coros más destacados de la capital y del Estado de México y que rotaba entre parroquias anfitrionas siguiendo un calendario que hacía de cada turno un honor largo tiempo esperado.
Nuestra Señora de Guadalupe llevaba 11 años esperando el suyo. El programa llevaba 5 meses en preparación. Los ensayos habían comenzado en octubre, todos los martes por la noche y todos los domingos al mediodía. Las piezas estaban elegidas, los arreglos revisados, los solistas con sus partes memorizadas. A las 11 las bancas estarían llenas de directores de coro, párrocos visitantes y músicos de toda la región.
No era una audiencia que viniera a aplaudir el esfuerzo. Venía a escuchar si había algo que mereciera ser escuchado. A las 9:17, el solista principal del coro, un hombre llamado Ernesto Valdivia, que llevaba 28 años cantando en coros de la Ciudad de México y cuya voz era la razón principal por la que la parroquia había sido seleccionada como sede ese año, se desplomó en el atrio de la iglesia.
Estaba consciente, podía hablar, pero el color de su rostro y la manera en que sostenía el brazo izquierdo dijeron lo que él todavía no decía con palabras. La ambulancia llegó 14 minutos después y con ella llegó también la certeza Ernesto Valdivia no iba a cantar esa mañana. La directora del coro se llamaba Sor Esperanza Villanueva.
Tenía 54 años, llevaba 17 dirigiendo el coro de la parroquia y era, según todos los que habían trabajado con ella, una mujer de ecuanimidad poco común frente a las dificultades. Esa ecuanimidad sostuvo mientras coordinaba la respuesta a la emergencia, mientras hacía las llamadas que debían hacerse, mientras reunía al coro y les explicaba con voz tranquila lo que había