La continuación de la historia

Después de que doña Elisa se marchara, me quedé mucho rato junto a la ventana, con la frente apoyada en el cristal. Fuera todo parecía igual: pocos transeúntes, coches, un sol perezoso. Todo parecía normal, pero dentro de mí algo se había dado la vuelta. Sentía como si algo invisible y amenazante se extendiera alrededor del edificio. Alrededor de las dos sonó la primera alarma. Desde lejos, sirenas. Primero una, luego otra, luego varias a la vez, como si hubiera ocurrido un accidente. Me acerqué a la ventana: abajo pasaba una fila de coches de emergencia. Se me erizó la piel. Algo estaba ocurriendo. Encendí la televisión. En las noticias locales, nada: reportajes tranquilos sobre precios y política. Pero en las redes sociales hervía la información: fotos de humo sobre el centro, mensajes de calles cortadas, comentarios de pánico. “Dicen que ha habido una explosión en el edificio de la calle Alcalá.” Mi corazón se hundió. Esa calle estaba junto a mi oficina. Me dejé caer en el sillón, intentando respirar. Precisamente allí debía haber ido esa mañana. Allí, donde ahora había humo y sirenas. Marta lo había sabido. Lo sabía con certeza. Pasaron unas horas. El ruido no cesaba, la ciudad zumbaba con miedo. Finalmente, en las noticias confirmaron: un escape de gas en un centro de negocios que albergaba varias oficinas, incluida la nuestra. 

Una explosión, decenas de heridos. Sentí náuseas. No podía creerlo: yo podía haber estado allí. Debía haber estado allí. Al anochecer decidí subir a ver a Marta. Necesitaba entender. Subí al quinto piso con el corazón desbocado. Toqué. Silencio. Otra vez. Sin respuesta. — ¿Marta? —susurré. La puerta no estaba cerrada. La empujé. El piso estaba en penumbra. El aire era espeso, como si las ventanas llevasen días sin abrirse. En la mesa, una taza con té a medio beber, al lado el móvil. Y una nota. «No podía hacer otra cosa. Perdóname. Cuando todo acabe, encuentra la fuerza para no tener miedo. Volveremos a vernos.» Me temblaba la mano. El papel se humedeció con el sudor de mis dedos. Miré a mi alrededor: nada más. Ni rastro de que se hubiera marchado. Solo el leve olor a champú de jazmín y la luz que entraba por la ventana. Volví a mi piso y puse las noticias. El número del edificio de la calle Alcalá seguía apareciendo en pantalla.

 Una hora antes habían confirmado que la explosión no fue accidental. Nadie entendía nada. Solo una cosa estaba clara: Marta lo sabía de antemano. Esa noche no pude dormir. Sus ojos, sus manos frías, su voz temblorosa me perseguían. “No salgas mañana de casa.” Ahora esas palabras sonaban como un conjuro. El día siguiente comenzó con una visita inesperada. Dos personas con trajes formales —un hombre y una mujer— llamaron a mi puerta. Se identificaron como personal de “seguridad”. Mostraron credenciales y preguntaron por Marta. — ¿Vino a verte anoche? —preguntó el hombre, con el rostro cansado. Asentí, ocultando mi nerviosismo. — Te advirtió que no salieras, ¿verdad? — Sí… Pero ¿cómo lo saben? Intercambiaron miradas. — Estudiamos a personas que… parecen anticipar amenazas. Marta colaboraba con un grupo de investigación estatal. Tenía un don poco común. Tal vez genético. Estamos intentando comprender la naturaleza de esas capacidades. — ¿Un don? —repetí—. ¿Quiere decir que veía el futuro? — No exactamente —contestó la mujer, frunciendo el ceño—. Más bien percibía la probabilidad de los eventos. Llámalo intuición de una precisión estadística extraordinaria.

 Y hoy, gracias a ella, se salvaron muchas vidas. Sentí escalofríos. Todo lo que parecía locura era verdad. Pero ¿dónde estaba Marta? — También queremos saberlo —agregó la mujer—. No está entre los heridos. Pero se ha ido. Tal vez se esconde. Si aparece, contáctanos. Cuando cerraron la puerta, me quedé inmóvil. Me parecía que las paredes se volvían más delgadas, como si alguien escuchara desde fuera. Al tercer día, el teléfono de Marta dejó de existir. Su número no estaba operativo. Ninguna pista. Solo su piso vacío y la nota que guardaba ahora en el cajón de mi escritorio. Pasó una semana. La ciudad comenzaba a recuperar la calma, pero yo seguía despertándome de noche, atenta a cualquier ruido tras la puerta. A veces me parecía oír un golpecito, pero al abrir, solo había silencio. Una de esas noches, el móvil parpadeó con un nuevo mensaje. Número desconocido. Una sola frase: «Ana, a veces no se puede evitar lo que viene. Pero sí se puede elegir a quién salvar.» Apreté la pantalla con fuerza y el corazón me latió en los oídos. Ahora lo sabía: Marta seguía viva. Y tal vez, pronto, volvería a llamar a mi puerta.

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