MAURO BOSELLI ROMPIO el SILENCIO y DEJO IMPACTADO a todo MEXICO  –

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MAURO BOSELLI ROMPIO el SILENCIO y DEJO IMPACTADO a todo MEXICO 

Mauro Boselli marcó 130 goles con la playera de León. Era el delantero que todo equipo rival tenía, tanto los futbolistas como los aficionados. Se convirtió en la figura más importante de la época dorada del club Esmeralda. Hay quienes incluso se atreven a meterlo en la misma mesa que Cabiño, Cardoso o Chucho Benítez como uno de los mejores delanteros de la historia de la Liga MX.

Hoy ya retirado, decidió romper el silencio y hablar de lo que él considera su segunda casa, México y la Liga MX. Y como alguien que estuvo mucho tiempo aquí, se animó a hablar de cosas que todos piensan, pero que nadie se atreve a decir de esta manera. Estas son las declaraciones de Mauro Boselli y lo que estás por escuchar te dejará impactado.

Mauro Boselli nació el 14 de mayo de 1985 en Rosario, Argentina, la ciudad que le dio al fútbol mundial a Marcelo Bielza, a Jorge Valdano, a Ángel Di María, a Gabriel Jaine. La ciudad que también le dio al mundo a Lionel Messi. Aunque para cuando Boselli era niño y aprendía a leer el arco desde los potreros del barrio, el nombre de Messi todavía no existía más allá de las canchas de tierra de la infancia compartida que tienen los futbolistas de esa ciudad.

 Rosario es una ciudad que produce futbolistas de una manera que no se explica solo con la cantidad de clubes ni con la calidad de las canchas. Hay algo en el agua o en el aire o en la manera en que los niños de esa ciudad entienden el fútbol desde muy chicos, que produce una mentalidad particular, una mentalidad que tiene que ver con la competencia.

 con el orgullo, con la convicción de que el talento existe, pero que sin trabajo el talento no llega a ningún lado. Boselli creció con esa mentalidad. Fue un delantero desde el principio, desde que la pelota le empezó a llegar a los pies en los primeros años. Tenía esa cosa que los buenos centrodelanteros tienen y que es muy difícil de enseñar en un pizarrón.

 El olfato, la capacidad de saber dónde va a caer el balón antes de que caiga, la habilidad de aparecer en el espacio correcto en el momento correcto, que parece sencilla cuando uno la ve desde la tribuna y que en realidad es el resultado de años de lectura del juego, que el ojo humano no procesa conscientemente, sino con una intuición que se construye desde la infancia.

Llegó al fútbol profesional con el sello de Boca Juniors y ahí empezó la primera gran historia de su carrera. Una historia que en ese momento parecía frustrante, pero que con el tiempo resultó ser la escuela más importante que pudo tener. Boca Juniors y la espera interminable. Debutar en Boca Juniors tiene un peso que pocos clubes del mundo pueden igualar.

 No es solo el club más grande de Argentina en términos de hinchada y de historia. es la institución que concentra más expectativa por centímetro cuadrado de cualquier cancha de fútbol en el continente. Y cuando un delantero joven llega a ese vestuario con la ambición de hacerse un nombre, lo primero que encuentra es la realidad de que hay hombres delante del que no son solo buenos, son intocables.

 Mauro Boselli llegó a Boca y encontró a Martín Palermo, el titán, el máximo goleador histórico del club, el hombre de los goles imposibles, el más querido de la historia, no porque fuera el más técnico ni el más elegante, porque era el más de boca, porque entendía la camiseta azul y amarilla de una manera que trasciende lo deportivo y entra en lo que en Argentina llaman la mística.

 Y junto a Palermo estaban Guillermo Barros Escheloto y Rodrigo Palacio, dos hombres con jerarquía suficiente para bloquear el camino de cualquier delantero joven que llegara al club. El Boca que dirigía Miguel Ángel Ruso era un equipo dominante. Ganaba ligas locales, Copa Sudamericana, [música] Libertadores, todo con una consistencia que los rivales miraban con una mezcla de envidia y resignación.

 Y Boselli formaba parte de ese equipo, entrenaba al nivel de esos hombres, viajaba a los partidos de copa, calentaba en las noches de liguilla, pero los minutos no llegaban con la frecuencia que un delantero joven necesita para desarrollarse. Lo que sí llegó fue aprendizaje y hay una diferencia enorme entre un jugador joven que se frustra porque no juega y un jugador joven que aprovecha el tiempo de espera para aprender de los que están delante. Boseli hizo lo segundo.

 Miraba a Palermo, lo estudiaba, entendía cómo se movía dentro del área, como pedía la [carraspeo] pelota, como administraba la energía en el partido para aparecer en el momento exacto. Era una clase magistral que ningún pizarrón puede dar. Y cuando Boselli tuvo sus momentos, cuando el técnico le dio minutos, respondió, “Hay un triplete ante Arsenal de Sarandí en la Bombonera que sus compañeros de aquella época todavía recuerdan.

 Tres goles en una tarde que demostraron que la espera no había apagado nada, que el delantero estaba ahí afilado, listo para cuando llegara la oportunidad de jugar de verdad, pero Palermo era intocable y con el tiempo, con la madurez que le iba dando los años, Boselli terminó entendiendo eso. Lo dijo él mismo muchos años después con una claridad que habla de lo que el fútbol te enseña cuando le escuchas con humildad.

 Dijo que con el tiempo entendió por qué Palermo era intocable. El liderazgo, la jerarquía, el peso histórico. Esas cosas no se discuten en un vestuario, se respetan. Y Boselli las respetó, pero también supo cuando era momento de irse a buscar el lugar que en Boca no iba a encontrar. Y ese lugar tenía nombre y ciudad y un técnico que iba a cambiarle la carrera para siempre.

Estudiantes y el despertar de León. Alejandro Sabela era un hombre de pocas palabras y muchas convicciones. Había jugado en River Plate y en el Sefield United de la primera división inglesa. Conocía el fútbol desde adentro, desde los vestuarios donde se construyen los equipos y donde los jugadores se forman o se rompen dependiendo de lo que el entrenador sea capaz de transmitirles.

 Y cuando llegó a Estudiantes de La Plata, Sabela construyó algo que en el fútbol argentino de esa época fue una rareza, un equipo con identidad colectiva tan fuerte que cualquier individuo que llegaba quedaba absorbido por el grupo y rendía más de lo que hubiera rendido en cualquier otro contexto.

 Boselli llegó a ese contexto y lo que pasó fue la primera gran explosión de su carrera. Dejó de ser promesa el día que empezó a acumular goles en estudiantes y hay una diferencia enorme entre ser promesa y ser realidad. [música] La promesa genera expectativa, la realidad genera certeza. Y Boselli, [música] en ese equipo que Sabela construyó con la paciencia y la visión de quien sabe exactamente qué está haciendo, se convirtió en realidad.

 Lo que él siempre destacaba de estudiantes no era solo lo futbolístico, era la mística del grupo. Hablaba del equipo como una familia con esa palabra que en el fútbol se usa con frecuencia, pero que pocas veces significa lo que dice. En el vestuario de estudiantes, esa palabra tenía contenido real. Había solidaridad, había respeto entre los compañeros, había un propósito colectivo que hacía que los partidos se jugaran con algo más que técnica, se jugaban con convicción y en ese equipo había un hombre que para Boselli fue mucho más que un compañero.

Juan Sebastián Verón, la brujita, uno de los mejores mediocampistas que ha dado el fútbol sudamericano, volvía estudiantes después de su etapa en Europa y la portábale a esa jerarquía que transforma el ambiente de un vestuario. Joseli convivió con ese nivel y absorbió lo que pudo absorber. Los futbolistas que llegan lejos no son solo los que tienen talento individual, son los que aprenden de los grandes que tienen cerca.

 Isabella ocupó un lugar en la vida de Boselli que fue más allá del fútbol. Mauro lo reconoció públicamente después de la muerte del técnico con una emoción que no era protocolo sino afecto real. dijo que Sabella fue como un padre para él. Y esa frase, dicha por un hombre que en general habla poco y mide las palabras, dice más sobre lo que ese vínculo significó que cualquier estadística que se pueda citar.

 Y en ese contexto, con esa familia de vestuario que Sabela había construido y con la guía de Verón desde adentro, llegó la Copa Libertadores 2009, el torneo más importante del fútbol de clubes en el continente americano. El torneo donde los grandes de Sudamérica se miden en serio, donde no hay partidos de trámite y donde un error te puede dejar afuera antes de que te des cuenta.

 Estudiantes lo ganó, se consagró campeón de América y el goleador máximo de toda esa edición del torneo fue Mauro Boselli con ocho goles. Ocho goles en una Copa Libertadores no es una racha, es una dominancia. Es el sello de un delantero que en el momento más importante de la competencia apareció partido a partido para decirle a las defensas rivales que no había manera de contenerlo.

 Boselli fue fundamental para la consagración de estudiantes, el artillero que resolvió cuando el torneo pedía que alguien resolviera, el goleador que con esa Copa Libertadores terminó de confirmar que lo que había en él no era talento pasajero, sino jerarquía real. Pero el momento más grande de esa etapa estaba por llegar.

Un momento que no ocurrió en Argentina, sino en Abu Dhabi y que involucró al mejor equipo del mundo. La casi hazaña histórica. El Mundial de Clubes 2009 era el escenario en que el mejor equipo de cada confederación medía fuerzas con el campeón de la Champions. Y el campeón de la Champions ese año era nada más y nada menos que el Barcelona de Pep Guardiola.

El mismo equipo que en esa temporada iba a ganar los seis títulos que disputó y que estaba protagonizando uno de los ciclos más brillantes en la historia del fútbol europeo. El equipo de Lionel Messi y Zlatan Ibrahimovic en ataque, el equipo de Yavi y Andrés Iniesta en el medio campo, el equipo de Carles Puyol y Gerard Piqué en defensa, el equipo de Dani Alvez en el costado y el equipo de Sergio Busquets en el medio, uno de los mediocampistas más inteligentes que se recuerde, aunque en ese momento todavía no todo el mundo sabía pronunciar su

nombre. Estudiantes llegó a esa final no como un equipo que venía a hacer el papel bonito, llegó como un equipo que venía a ganar. Esa distinción es importante porque muchos equipos sudamericanos que enfrentaron al Barcelona de Guardiola llegaron convencidos de que podían ganar, pero terminaron siendo desbordados por la calidad técnica y la velocidad de circulación del balón del equipo catalán. Estudiantes no fue desbordado.

Estudió al Barcelona, lo enfrentó con un plan táctico claro, lo comprimió, le quitó espacios y llegó al tiempo reglamentario con el partido empatado 0 a0. Boseli estuvo en esa final. jugó contra Messi, contra Ibrahimovic, contra uno de los mejores equipos que haya visto el fútbol moderno. Pero lo más impresionante de aquella noche no fue solamente enfrentar al Barcelona de Guardiola, fue que Estudiantes estuvo realmente cerca de derrotarlo.

 Contra todos los pronósticos, el equipo argentino arrancó ganando con un gol de Mauro al minuto 36. Estudiantes había planteado un encuentro casi perfecto. Cerraba espacios, competía cada pelota al límite y lograba algo que muy pocos equipos en el mundo podían hacer en esa época, incomodar de verdad al mejor Barcelona del planeta.

 Durante gran parte del partido, el Barcelona no encontraba la manera de romperlo. Estudiantes estaba a minutos de tocar la gloria, a solo 2 minutos, porque cuando parecía que el título mundial se iba para Argentina, Pedro empató el partido al minuto 88 y mandó todo a la alargue. Y ya en el tiempo suplementario apareció Lionel Messi para marcar el gol que terminó definiendo aquella final histórica, pero incluso con la derrota, aquella noche quedó grabada como una de las actuaciones más valientes que un equipo sudamericano haya hecho contra el

Barcelona de Guardiola. Su paso fallido por Europa. Después de explotar en Estudiantes, después del Mundial de Clubes y después de ponerse la camiseta de la selección argentina, llegó a Europa y con Europa apareció la etapa más irregular de toda la carrera de Mauro Boselli. Una etapa marcada más por las expectativas que por lo que realmente terminó ocurriendo dentro de la cancha.

 En el 2010 fue fichado por el Wigan de la Premiere. El salto parecía lógico. Mauro venía de marcar goles importantes, de competir contra el Barcelona de Guardiola y de ser considerado uno de los delanteros argentinos con más proyección. Pero Inglaterra nunca terminó de ser su lugar. Entre lesiones, cambios de entrenadores y un sistema demasiado defensivo, Boselli pasó gran parte del tiempo aislado en ataque.

 Terminó disputando apenas 32 partidos y marcando cinco goles con el club inglés. Después llegó el préstamo al Genoa en Italia y ahí la historia tampoco cambió demasiado. El fútbol italiano era todavía más táctico, más cerrado y mucho menos favorable para un delantero que necesitaba asociaciones y volumen ofensivo alrededor suyo.

 Mauro apenas disputó partidos oficiales y no logró marcar goles. Fue una etapa prácticamente invisible. Más adelante pasó por el Palermo, también en Italia, y aunque tuvo algo más de participación, la sensación seguía siendo la misma. Equipos demasiado replegados, pocos espacios y un delantero obligado a pelear prácticamente solo contra defensas completas.

 En Palermo jugó 28 partidos y anotó apenas cuatro goles. En total, la aventura europea de Mauro Boselli terminó siendo una etapa sin pena ni gloria. Cerca de 69 partidos y apenas nueve goles entre Inglaterra e Italia. Números muy lejanos a los que muchos imaginaban cuando salió de Estudiantes como una de las grandes promesas ofensivas del fútbol argentino.

Pero lo más importante es que Boselli nunca habló de Europa desde el resentimiento. Siempre dio a entender que el problema no había sido únicamente futbolístico, sino contextual. equipos demasiado defensivos, sistemas donde el delantero quedaba desconectado y un estilo de juego que no potenciaba las características que lo habían convertido en figura en Argentina.

 Y esa sensación de no haber podido mostrar realmente quién era, terminó convirtiéndose en una revancha personal. Porque mientras muchos futbolistas quedan destruidos después de fracasar en Europa, Mauro Boselli salió de ahí con algo distinto. Hambre. hambre de volver a sentirse importante, hambre de volver a marcar goles, hambre de encontrar un club donde otra vez pudiera ser protagonista.

 Y lo que vino después en su carrera fue exactamente eso, la parte que en México conocen de memoria, la parte que terminó convirtiendo a Mauro Boselli en una leyenda absoluta de León, la llegada a León. En el año 2013, el club León acababa de regresar a la primera división del fútbol mexicano. Venía de un proceso complicado, de años de irregular, de la incertidumbre que tiene cualquier club que tiene que reconstruirse desde abajo y el equipo necesitaba con urgencia un goleador.

Sebastián Má, el delantero en el que habían depositado las esperanzas ofensivas, se había lesionado. El hueco era concreto, inmediato y la dirección deportiva del club sabía que si iban a competir de verdad en la primera temporada de regreso a la máxima categoría, necesitaban alguien que pusiera la pelota adentro cuando el partido lo pedía.

 Gustavo Matosas era el técnico, un técnico de ideas claras, de carácter definido, que entendía el fútbol con una claridad táctica que sus jugadores reconocían desde los primeros entrenamientos. Y Matosas hizo algo que determinó todo lo que vino después. se sentó a hablar con Mauro Boselli y le prometió algo específico.

 Le prometió un equipo armado para hacerlo goleador. Le prometió estructura, llegadas, compañeros que iban a trabajar para que el delantero tuviera el balón en las posiciones donde él era más peligroso. Le prometió que en León iba a encontrar el contexto que en Europa le había faltado. Boselli llegó desde Europa buscando exactamente eso, buscando el lugar donde volviera a ser el goleador que había sido en Estudiantes.

 Y México, que para muchos futbolistas sudamericanos de esa época era visto como una opción de segunda línea, una liga de paso o de retiro anticipado, para Boselli fue la oportunidad de la revancha. La adaptación fue inmediata. Eso es lo primero que hay que entender sobre lo que pasó en León. No hubo periodo de ajuste, no hubo semanas de adaptación, no hubo el proceso lento que muchos extranjeros necesitan para encontrar el ritmo de la Liga MX.

 Oseli llegó y en los primeros 6 meses anotó 18 goles entre Liga, Copa MX y Liguilla. 18 goles en 6 meses en un equipo que recién volvía a la primera división, en un país donde no había jugado nunca, con compañeros con quienes apenas empezaba a desarrollar complicidad futbolística. Ese número no es estadística, es una declaración.

 Gustavo Matosas cumplió su promesa. El equipo que construyó estaba diseñado para que Boselli pudiera hacer lo que mejor sabía hacer. Y Boselli, que llevaba años esperando ese contexto, respondió de la única manera que sabe responder un goleador cuando le dan lo que necesita, con goles. Pero lo más importante es que Matosas no armó solamente un equipo competitivo, armó un equipo que terminó quedando en la historia reciente de la Liga MX.

 Un león espectacular, ofensivo, intenso y con futbolistas que parecían entenderse de memoria dentro de la cancha. Mauro Boselli encontró alrededor suyo un verdadero equipazo con jugadores como Bullit Peña, Chapito Montes y Gallito Vázquez, futbolistas que en ese momento atravesaban probablemente el mejor nivel de toda su carrera.

 Ese león jugaba un fútbol distinto, vertical, agresivo y con una personalidad que terminó enamorando incluso a aficionados que no eran del club. Y dentro de ese sistema, Boselli encontró exactamente lo que nunca había tenido en Europa. Compañeros que la abastecían constantemente, un equipo que atacaba todo el tiempo y un entorno donde el delantero argentino podía vivir cerca del área rival.

 Por eso su adaptación fue inmediata, porque León no solo fichó a un goleador. León construyó el escenario perfecto para que Mauro Boselli se convirtiera en leyenda. El nacimiento de una leyenda. El Apertura 2013, León en la final y enfrente el Club América. Si uno tuviera que elegir el escenario más difícil para que un equipo que acaba de regresar a primera división demuestre que llegó para quedarse, sería ese.

 La final contra el América es el escenario más grande del fútbol mexicano. El equipo con más historia reciente, con más presupuesto, con más nombres reconocibles, con más peso mediático. Y León estaba ahí en esa final con Gustavo Matosas en el banco y Mauro Boselli en la punta. El resultado fue una goleada. León humilló al América.

 Y Boselli marcó dos goles en esa final. [resoplido] Dos goles que no eran solo puntos en el marcador, sino mensajes. El mensaje de que ese equipo no había llegado a la primera división a sobrevivir, había llegado a ganar. En su primer torneo en México, Mauro Boselli era campeón. En su primer torneo en México, Mauro Boselli era ídolo.

 Pero el fútbol tiene la capacidad de superarse a sí mismo cuando los protagonistas tienen la actitud correcta. Y lo que vino después de la apertura 2013 fue el Clausura 2014, el bicampeonato, algo que León no conseguía desde hacía décadas. Dos títulos consecutivos que construyeron la base de lo que hoy se conoce como la época dorada del club Esmeralda.

 En la final del Clausura 2014 contra Pachuca, Boselli volvió a aparecer siempre en los momentos que importan. Esa es la firma de los grandes goleadores, no solo los que marcan en los partidos fáciles, sino los que aparecen cuando la presión es máxima y el equipo los necesita. Boselli tenía esa firma desde sus años en Estudiantes y en México la confirmó.

Pero el bicampeonato no fue el único logro de ese periodo extraordinario, el Maracanazo. En el año 2014, el León de Mauro Boselli participó en la Copa Libertadores, el torneo más importante del fútbol de clubes en América del Sur. El torneo donde los grandes del continente miden fuerzas y donde los equipos mexicanos han enfrentado históricamente la resistencia de un circuito que los considera extranjeros, que los recibe con escepticismo y que pocas veces les concede el respeto previo al partido. León no necesitó que

nadie le concediera nada, lo tomó y el partido que el fútbol mexicano va a recordar durante mucho tiempo fue el que León disputó contra Flamengo en el estadio Maracaná de Río de Janeiro, el estadio más emblemático del fútbol brasileño. El estadio donde Brasil jugó el Mundial del 50 y perdió la final contra Uruguay en lo que los brasileños llaman el Maracanazo, el estadio que tiene una carga simbólica que en Brasil pesa como pesa la historia de sus aficiones.

 Los números de esa doble llave quedaron para la historia del fútbol mexicano. El 12 de febrero de 2014, León recibió a Flamengo en el estadio León y ganó 2 a 1. Ya eso era un resultado histórico, pero lo que vino después fue lo que nadie esperaba. El 9 de abril en el Maracaná, León volvió a ganar, esta vez 3 a2. Un partido de ida y vuelta, de tensión real, de dos equipos que en ningún momento se dieron y al final el marcador decía que el equipo mexicano se llevaba la victoria del estadio más simbólico del fútbol brasileño. León le ganó a Flamengo en su

propia casa y Boselli estuvo en los dos partidos, parte de los cuatro goles que marcó en esa campaña de Copa Libertadores, con el escudo esmeralda en el pecho y la revancha de Europa todavía como combustible. En apenas un año desde su llegada a México, Mauro Boselli era campeón local, bicampeón local, héroe del Maracaná y figura de la Libertadores.

 Si alguien hubiera contado esa historia en junio del 2013, cuando el delantero todavía llegaba a Guanajuato desde Europa buscando revancha, nadie la hubiera creído. El fútbol tiene esa capacidad, la de producir historias que la lógica no anticipa. El goleador histórico, lo que siguió después del bicampeonato y del Maracaná, fue una década larga de constancia.

 Y la constancia es el atributo más difícil de sostener en el fútbol. Es fácil tener una temporada brillante. Es difícil tener 10. Es fácil ser el goleador de un torneo. Es muy difícil serlo de una institución. Mauro Boselli lo fue de la institución. En sus años con León disputó 221 partidos oficiales, marcó 130 goles, un número que para ponerle en contexto hay que entender que en el fútbol mexicano, donde los torneos son cortos y los calendarios son intensos, llegar a esa cifra con una sola camiseta es uno de los logros más difíciles de conseguir

para un delantero extranjero. Tuvo temporadas donde superó los 20 goles. Tuvo su mejor marca individual en el ciclo 2017, cuando anotó 29 goles en todas las competencias. fue campeón de goleo en múltiples ocasiones. En el Clausura 2019 se alzó con el título de goleo con 11 anotaciones y durante años, cuando la gente del fútbol mexicano discutía quién era el delantero más determinante de la Liga MX, [música] el nombre de Mauro Boselli aparecía de manera consistente en esa conversación.

No el más vistoso, no el de gambetas más espectaculares, el más determinante, [carraspeo] el que cuando el marcador decía que su equipo necesitaba un gol, encontraba la manera de meterlo. Desarrolló además algo que en los clásicos y en las liguillas tiene un valor especial, una especie de paternidad futbolística sobre el América.

 Aparecía en los partidos importantes contra el equipo Azul Crema con una frecuencia que sus propios compañeros bromeaban al respecto. Los goleadores de ley tienen rivales favoritos. Y el América en la era Boselli entendió eso de la manera más concreta posible. La afición de León lo convirtió en símbolo no solo por los goles, sino por la manera, por la humildad con la que manejaba el éxito, por el perfil serio de quien sabe que hablar mucho dentro de la cancha cuesta goles fuera de ella.

 Era el hombre que llegaba al entrenamiento, hacía su trabajo, salía al partido y metía. sin alaracas, sin declaraciones grandilocuentes, sin el espectáculo mediático que muchos futbolistas de su nivel usan para mantener su nombre en los titulares. Esa actitud conectó con la hinchada esmeralda de una manera que los números no pueden capturar del todo porque los aficionados de cualquier equipo distinguen entre el jugador que está ahí por el contrato y el jugador que está ahí porque entiende lo que significa vestir esa camiseta. Y Boselli

entendió lo que significaba vestir la camiseta del león desde el primer día que se la puso. Lealtad y tentaciones rechazadas. En el 2014, cuando Boselli llevaba apenas un año en México y ya era campeón y bicampeón y figura de la Libertadores, Boca Juniors volvió a buscarlo. El club donde había debutado, el club de Palermo que de joven lo había fascinado y al mismo tiempo limitado quería recuperarlo.

 Boselli lo evaluó y decidió quedarse en León. No fue una decisión fácil. Boca Juniors tiene un peso emocional en la vida de cualquier futbolista argentino que es difícil de ignorar. Es el club de la infancia para millones de hinchas en Argentina y en el mundo. Rechazarlo exige una claridad sobre lo que a uno le importa en ese momento de su carrera que no todos los jugadores tienen.

 Boseli la tenía y lo que le importaba era el momento futbolístico, la estabilidad familiar y la conexión con un club donde se sentía en el lugar correcto. León era ese lugar. y Boca en ese momento [música] no era más importante que León. Más adelante vinieron otras ofertas, el América, el Monterrey, el Toluca, clubes grandes de la Liga MX que querían a Boselli en su plantilla y que tenían los recursos económicos para hacer propuestas atractivas.

 Y Boselli las rechazó todas, no con indiferencia, no con arrogancia, con una razón que el mismo explicó cuando le preguntaron al respecto con una claridad que no dejó espacio a la interpretación. dijo que jugar en otro equipo mexicano sería una traición a la gente de León. Y esa frase, tan corta y tan directa, contiene todo lo que hay que entender sobre la relación que Mauro Boselli construyó con el club Esmeralda y con su afición.

 De hecho, en el caso del América, merece un párrafo aparte porque la negociación llegó lejos. En el 2018, según reveló el propio Boselli tiempo después, la conversación con el equipo Azul Crema fue real, avanzada, concreta. estuvo muy cerca de convertirse en jugador del rival histórico de León. Lo que lo detuvo no fue una diferencia contractual, sino fue ese sentimiento de traición para con el club que más quería en México.

 [música] Por eso decidió no ir. En el 2015 obtuvo la nacionalidad [música] mexicana, un trámite que tenía consecuencias prácticas concretas, ya que le permitía al club liberar una plaza de extranjero para reforzar el equipo con otro jugador foráneo, pero que también tenía un significado simbólico que la afición de León leyó con la emoción que merece.

 México había dejado de ser el destino de la revancha para convertirse en su segunda casa, el injusto final y legado intacto. La salidas de los ídolos siempre son complicadas, no porque los ídolos lo compliquen, sino porque las instituciones a veces no saben cómo manejar el momento en que un jugador que construyó todo lo que el club es en su época más gloriosa, empieza a tener más historia que futuro.

 La salida de Mauro Bosel y de León fue polémica. Muchos aficionados la consideraron injusta. Hubo conflicto con la directiva. Circularon versiones de que dentro del club algunos dirigentes lo veían como un jugador al final de su ciclo, como alguien cuya edad pesaba más que su rendimiento. Esa percepción que chocaba con lo que la afición veía partido a partido en la cancha generó un malestar que en las redes sociales y en las conversaciones de los aficionados Esmeralda todavía tiene temperatura cuando se menciona. Lo que más duele a

muchos fanáticos de León es que Boselli quedó muy cerca de convertirse en el máximo goleador absoluto de la historia del club. El número estaba ahí al alcance y la salida lo dejó en la cuenta pendiente. Esa clase de deuda histórica que el fútbol a veces deja sin saldar y que queda como una herida pequeña en la memoria colectiva de la hinchada.

 Pero hay algo que la salida no pudo hacer. No pudo borrar el legado. No pudo cambiar lo que Boselli construyó en León durante casi una década. Los dos campeonatos, el Maracaná, los 130 goles, la lealtad a un solo escudo mexicano cuando las ofertas llegaban de todos lados. Eso no se negocia ni se modifica con una decisión directiva.

 Está ahí en los registros, en la memoria de la afición, en la manera en que los hinchas Esmeralda pronuncian su apellido. Cuando alguien pregunta quién fue el jugador más importante de la historia moderna del club. Después de León, Boselli hizo lo que muchos jugadores grandes hacen cuando han encontrado el lugar donde florecieron futbolísticamente.

Regresó al origen. Volvió a Estudiantes de la Plata, el club donde Sabella lo había convertido en realidad, el club donde había jugado la final del mundo contra el Barcelona y en Estudiantes tuvo el cierre que él mismo describe como soñado. Se retiró siendo campeón. tomó la decisión de cerrar la carrera mientras seguía siendo competitivo, sin esperar a que el fútbol le dijera que era momento de irse.

 Se fue el primero con los trofeos bajo el brazo, con la convicción [carraspeo] de que había terminado en lo más alto. Sus declaraciones. Mauro Boselli no es el tipo de exfutbolista que habla de su carrera con el lenguaje de los comunicados de prensa. No usa frases hechas, no da respuestas que pudieron haber salido de la boca de cualquier otro jugador en su posición.

 Cuando habla, dice lo que piensa porque lleva suficientes años en el fútbol como para saber que la honestidad bien usada no te cuesta nada que no quieras perder. Y lo que dijo sobre México, sobre la Liga MX y sobre lo que este país significó para su carrera no es protocolo de relaciones públicas.

 Es el balance de un hombre que vivió el fútbol mexicano desde adentro durante casi una década y que cuando abre la boca lo hace desde la experiencia, no desde la conveniencia. Empezó por donde tiene que empezar alguien que de verdad quiere decir algo por lo que le dio el país y lo dijo así, sin rodeos, sin que nadie se lo tuviera que arrancar.

 México me dio muchísimo, terminó siendo mi segunda casa. Esa frase tan corta contiene algo que no tiene traducción exacta. El argentino que llegó buscando revancha y que encontró identidad, el futbolista que vino por el fútbol y que se quedó por algo que el fútbol solo puede dar cuando el lugar es el correcto. Sobre lo que encontró en León fue todavía más específico.

 En León viví los mejores años de mi carrera. Y después añadió algo que ningún número puede decir. Lo que viví con la afición de León no lo voy a vivir nunca más. Esa frase tiene el peso de lo definitivo, no de lo triste, sino de lo que ya está completo, de lo que ocurrió y existió y fue real de una manera que no necesita repetirse para seguir siendo cierto.

 Y cuando le preguntaron por la Liga MX, por lo que representa ese torneo desde la perspectiva de alguien que llegó de Europa con referencias propias, Boselli respondió con una claridad que en México se escuchó con orgullo y en Europa se escuchó con sorpresa. La Liga MX es una liga muy competitiva y muy subestimada afuera. Esas dos palabras juntas, [música] competitiva y subestimada, describen exactamente la paradoja que el fútbol mexicano ha vivido durante años con su reputación internacional.

 Él la vio desde adentro. Compitió contra los mejores equipos del torneo durante casi 10 años y cuando habla de competitividad no lo hace como alguien que está siendo diplomático, lo hace como alguien que tuvo que actualizar lo que pensaba cuando llegó. Entonces vino el momento de hablar de los jugadores mexicanos y Boselli no esquivó el tema, lo fue directo.

 Muchos futbolistas mexicanos tienen condiciones para jugar en Europa. Eso no es un elogio genérico. Eso es la declaración de un hombre que los vio entrenar, que los enfrentó en los partidos más importantes de la liga, que midió sus propias capacidades contra las de ellos durante una década y que llegó a esa conclusión con todo ese contexto encima.

 Pero la frase que más circuló, la que generó la conversación más larga, fue la que vino después, porque Boselli no se quedó solo en elogio. Añadió algo que duele un poco más. A veces el jugador mexicano se conforma un poco por la comodidad económica y lo amplió. Hay jugadores mexicanos que podrían triunfar en Europa sin ningún problema.

 Dos frases que juntas forman una imagen incómoda, pero honesta. El nivel está. Lo que a veces no está es la disposición de salir de una Liga MX que paga bien, que te tiene cerca de la familia, que te da visibilidad local para ir a probarte en un contexto donde todo empieza de cero.

 Sobre la lealtad habló también con esa franqueza que lo caracteriza. Cuando le preguntaron por qué había rechazado ofertas de otros clubes mexicanos, la respuesta fue directa. Jugar en otro equipo mexicano hubiera sido una traición para la gente de León. Y eso nada más fue suficiente para que Boselli siguiera siendo Esmeralda. Y cuando le preguntaron sobre el cierre de su carrera, sobre la decisión de retirarse, respondió con algo que resume la mentalidad de un goleador que siempre supo cuando era momento de dar el siguiente paso. Preferí retirarme

estando bien y no cuando el fútbol me sacara. Y agregó, quería terminar mi carrera de la mejor manera y siendo competitivo. Y lo logró. Se retiró campeón con estudiantes, cerró el círculo donde lo había abierto y se fue antes de que el fútbol le dijera que era hora. Una última frase que muchos aficionados del fútbol mexicano guardaron y van a seguir guardando porque es de las que no se olvidan fácil.

 Siempre voy a estar agradecido con León y con el fútbol mexicano, sin condiciones, sin peros, sin el pero que casi siempre aparece cuando un futbolista extranjero habla de su etapa en México. Solo el agradecimiento limpio de un hombre que sabe exactamente lo que este país le dio y que no tiene ningún problema en decirlo en voz alta delante de quien sea.

 Mauro Boselli llegó a México buscando revancha. Salió siendo leyenda. Esa transformación no se produce sola. No es el resultado de un torneo ni de una racha de goles. Es el resultado de una decisión que tomó en 2013 cuando Gustavo Matosas le prometió un equipo para hacerlo goleador y de otra decisión que tomó cada vez que llegó una oferta de otro club y eligió quedarse.

 Y de otra decisión que tomó cada año que el fútbol le pedía que demostrara que todavía merecía el lugar que tenía. 130 goles con una sola camiseta mexicana. Dos campeonatos, el Maracaná. 10 años de lealtad a un escudo que al principio no conocía y que terminó eligiendo por encima de cualquier otra opción. Los que vivieron esa época en León dicen que el club tiene un antes y un después de Boselli.

No en el sentido de que todo lo anterior fuera malo, sino en el sentido de que el periodo con Boselli en la punta fue el [música] más brillante en décadas. el bicampeonato, la Libertadores, los estadios llenos, la sensación de que ese equipo podía con cualquier rival de la liga. Todo eso tiene muchas explicaciones, pero en el centro de todas esas explicaciones está un centro delantero argentino de Rosario que llegó buscando revancha y la encontró de una manera que superó todo lo que había imaginado. Lo que dijo sobre México

cuando rompió el silencio no sorprendió a los que lo conocieron de cerca. sorprendió a los que solo conocen al futbolista de los números y no al hombre que detrás de esos números fue construyendo una relación con un país que lo adoptó de la manera en que los buenos países adoptan a los que llegan con trabajo y con respeto.

 “México le dio muchísimo,”, dice. Y la Liga MX es muy competitiva y muy subestimada, dice. Y los jugadores mexicanos tienen nivel para Europa dice, “y jugar contra León hubiera sido una traición”, dice. y lo que vivió con la afición esmeralda no lo va a volver a vivir nunca más. Dice, esas frases juntas forman el retrato de un futbolista que entendió algo que no todos los que cruzan el Atlántico con el saco de los prejuicios a cuestas logran entender, que México no es el lugar donde los futbolistas van a terminar, es el lugar donde algunos encuentran lo que

estaban buscando. Mauro Boselli lo encontró y tuvo la honestidad de decirlo en voz alta. Y si esta historia de lealtad, de goles y de una segunda casa encontrada en el corazón de Guanajuato te hizo pensar en lo que la Liga MX puede dar a un futbolista que llega con hambre y con ganas de demostrar, entonces hay otra historia que tienes que conocer.

 La de Juan Bruneta, el argentino que hoy es figura de tigres que soltó unas declaraciones que están haciendo hablar a todo el mundo. Lo que dijo sobre México y sobre la Liga MX no te lo vas a encontrar en cualquier lado y cuando lo escuches vas a entender por qué está generando tanto ruido. Te lo dejo por aquí.

 Dale click ahora mismo porque Bruneta no se guardó absolutamente nada. Yeah.

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