PARTE 2 No recuerdo haber llegado al hospital. Solo recuerdo un olor a cloro, luces blancas y la voz de Iván quebrándose mientras repetía mi nombre como si yo estuviera muy lejos. Cuando abrí los ojos, lo vi sentado a mi lado, con la camisa del traje manchada, la corbata floja y la cara destrozada. Tenía los ojos rojos. Me asusté tanto que intenté incorporarme. —¿Mi niña? —pregunté sin voz. Iván tomó mi mano con desesperación. —Está viva, Naty. Está bien. Es hermosa. Una enfermera entró con una bebita envuelta en una cobija amarilla. Me la puso en el pecho y todo el terror se rompió por un segundo. Mi hija, Regina, respiraba contra mi piel, chiquita, tibia, con los puñitos cerrados como si también hubiera peleado por salir de esa pesadilla. Lloré sin hacer ruido. Después vino la verdad. Iván me contó que Fernanda fue quien notó mi ausencia. Dijo que yo no me veía bien desde antes de la ceremonia y que le pareció raro que no contestara mensajes. Mientras Doña Carmen insistía en que “seguro Natalia se fue a descansar para llamar la atención después”, Fernanda subió corriendo. Escuchó mis golpes. Iván y un mesero tuvieron que forzar la puerta. Me encontraron tirada en el piso, con el vestido empapado, casi sin fuerzas, abrazándome el vientre. Doña Carmen estaba parada al fondo del pasillo. No lloraba. No pedía perdón. Solo decía: —La bebé no podía nacer en plena boda. No era justo para Fernanda. Fernanda llegó al hospital con el vestido de novia arrugado y el maquillaje corrido. Yo pensé que vendría a reclamarme. Pero se arrodilló junto a mi cama y me tomó la mano. —Perdóname —susurró—. Mi boda no valía una sola lágrima tuya. Yo intenté decirle que lo sentía, que jamás quise arruinarle su día. Ella negó con fuerza. —Mi mamá lo arruinó. Tú solo estabas trayendo vida. Iván salió al pasillo cuando Doña Carmen llegó exigiendo conocer a su nieta. Todavía traía el rebozo elegante de la fiesta, como si viniera de visita social. —Esa niña también es mi sangre —dijo. Iván respondió con una calma que me heló: —Mi hija no va a estar en brazos de la mujer que la dejó nacer encerrada en un baño. Doña Carmen empezó a gritar. Dijo que todos exagerábamos, que en sus tiempos las mujeres parían sin tanto teatro, que ella solo quiso evitar un escándalo. Luego miró a Fernanda y soltó la frase más cruel: —Yo hice esto por ti. Para que no te robaran tu momento. Fernanda se quitó el velo y se lo aventó al pecho. —No uses mi nombre para esconder tu veneno. Durante unos días pensé que ahí terminaría todo. Iván habló de denunciar, pero yo estaba débil, con puntadas, lactancia, miedo y culpa. Una parte de mí quería justicia. Otra parte, educada para “no romper familias”, quería silencio. Pero el silencio no sirvió. Cinco noches después, Doña Carmen apareció afuera de nuestra casa golpeando la puerta con los puños. —¡Ábranme! ¡Esa niña necesita a su abuela! ¡No pueden borrarme! Iván llamó a la patrulla. Ella se fue antes de que llegaran, pero al amanecer mandó un mensaje al grupo familiar. No era una disculpa. Era una confesión. Y cuando Iván leyó la última línea, Fernanda se tapó la boca y dijo: “Dios mío… mi mamá lo planeó desde antes”. ¿Qué creen que escondía Doña Carmen realmente: miedo, celos o algo todavía peor? La última parte revela todo.
