SALVADOR CABAÑAS: CONFESÓ LA ASQUEROSA RAZÓN POR LA QUE LE DISPARÓ –

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SALVADOR CABAÑAS: CONFESÓ LA ASQUEROSA RAZÓN POR LA QUE LE DISPARÓ
el máximo goleador histórico del club América, capitán del equipo. Y a ese mismo hombre le metieron un tiro en la cabeza dentro del baño de un bar a las 5 de la madrugada. La versión que durante 15 años se contó en México es la mentira más asquerosa que se le ha dicho a Salvador Cabañas en su vida, porque a Cabañas no le dispararon en un pleito de borrachos.
El hombre que jaló el gatillo entró a ese bar buscándolo. 12 años después. frente a un juez, confesó porque lo hizo. Quédate hasta el final porque hoy vas a ver la verdadera razón y es más sucia de lo que ningún periódico se atrevió a publicar entera. Pero antes de llegar a esa noche, hay algo que tienes que saber. Para entender por qué terminó con una bala en el cráneo, hay que volver a Itahua, una ciudad pequeña a 30 km de Asunción, calles de tierra, casas bajas con techo de chapa, gente humilde.
Ahí nació el 5 de agosto de 1980 en una casa modesta del barrio Sagrada Familia, un niño al que sus papás le pusieron Salvador Cabañas Ortega. Su papá era panadero, su mamá ama de casa y ese niño desde los 6 años ya pateaba una pelota de trapo descalzo en las calles del barrio. Salvador era distinto. Cuando los otros niños jugaban 15 minutos y se cansaban, él jugaba 2 horas.
Cuando los otros niños fallaban un tiro, él lo repetía 40 veces hasta meterlo. Cuando los otros niños se iban a comer, él se quedaba pateando contra la pared de la casa hasta que se hacía de noche. Su mamá tenía que salir a buscarlo y siempre lo encontraba en el mismo lugar con la pelota de trapo, sudando, sin agua, sin zapatos. Esa obsesión, esa hambre temprana, esa manera de no soltar nunca la pelota fue lo que lo llevó a salir del barrio.
A los 14 años se fue a Asunción al club 12 de octubre. Vivía en una pensión con otros niños del interior. Estudiaba poco, entrenaba todo el día y a los 17 años ya estaba en primera división. Y a los 20 ya jugaba en Argentina, en Audax Italiano de Chile primero, después en Jaguares de Chiapas en México y para finales de 2006 llegó al lugar donde se hizo grande, al club que lo convirtió en ídolo, al club América.
Y aquí es donde la historia se vuelve más grande de lo que el barrio de Itahua podía soñar, porque Cabañas en el América no fue una contratación más, fue una explosión. Llegó a Coapa en el invierno de 2006. No hablaba con casi nadie, tímido, serio, con un acento guaraní cerrado que en los vestidores costaba entender.
Pero cuando se ponía las botas era otra cosa. En su primer torneo metió siete goles, en el segundo 12. En el tercero 14. La afición del América, que llevaba años buscando un goleador de verdad, lo adoptó como propio. Le pusieron el mariscal, empezaron a corear su nombre en el Azteca, le pidieron autógrafos a la salida de los entrenamientos.
Las cámaras lo seguían a todos lados y Cabañas respondió, “Para finales de 2009. Era el capitán del equipo. Había metido 56 goles oficiales con las Águilas. era el máximo goleador de Paraguay en activo. Había sido tres veces consecutivas el mejor goleador de Sudamérica entre 2007 y 2009, peleando con Riquelme, con Forlán, con los mejores del continente.
Su nombre sonaba en clubes de Europa. El Manchester United mandó observadores. Un agente le ofreció un preacuerdo. La salida a Inglaterra estaba a meses de cerrarse. El mundial de Sudáfrica, donde Paraguay lo veía como su gran esperanza, estaba a la vuelta de la esquina. A los 29 años, Salvador Cabañas tenía todo lo que un futbolista latinoamericano puede soñar.
dinero, fama, una mujer con la que se había casado, un hijo pequeño, una casa en cuapa, coches, patrocinios y un destino europeo a meses de cumplirse. Y entonces empezó el torneo bicentenario 2010. Y aquí entra el primer detalle que casi nadie cuenta cuando hablan de esa noche, porque el bar no era un bar cualquiera y los clientes que se reunían ahí no eran clientes cualquiera.
El barbar era un club nocturno en la colonia Nápoles, sobre la avenida Insurgentes, cerca del Parque Hundido. Había abierto el 15 de noviembre de 1984. Su dueño era un empresario llamado Simón Sharaf, conocido en el medio del espectáculo mexicano por haber estado vinculado a la modelo Lupita Jones. El bar no era un bar de barrio, era un club de membresía.
Para entrar había que pagar una cuota. Tenía pantallas con videos musicales, luces de neón, mesas exclusivas y un perfil de clientela que iba más allá de la farándula. Ahí entraban actrices de Televisa. Ahí entraban cantantes, ahí entraban jugadores de fútbol después de los partidos del fin de semana. Pero también, y esto es lo que durante años nadie quiso decir en voz alta, ahí entraban hombres del crimen organizado, hombres con nombres que aparecían en expedientes federales, hombres que pagaban cuentas en efectivo de 50,000 pesos por noche. Hombres con
escoltas, con coches blindados, con armas escondidas a pesar de los cateos de la puerta. Uno de esos hombres era cliente regular del bar. Pagaba bien. Se hacía pasar por empresario transportista. Decía que manejaba tráileres. El gerente del lugar, un hombre llamado Carlos Cázares, conocido en el medio como Charlie, lo había recibido decenas de veces.
Lo cateaban a la entrada, nunca le encontraron arma, pero su nombre real, el que nadie en el bar sabía esa noche, era José Jorge Valderas Garza, alias el JJ. operador del cártel de los Beltrán Leiva, brazo derecho de Edgar Valdés Villarreal, la Barbie. Y la noche del 24 de enero de 2010, ese hombre llegó al barbar y Salvador Cabañas también, casi al mismo tiempo.
Lo que pasó en las siguientes 4 horas todavía hoy se cuenta a medias. Ese domingo 24 de enero, el América había perdido 2 a0 contra Monarcas Morelia en el estadio Morelos, jornada 2 del torneo bicentenario. Cabañas no había metido gol, había salido cansado, frustrado, en silencio. Regresó a la ciudad de México en el avión del equipo esa misma tarde.
Llegó a su casa de coapa, cenó con su esposa María Lorgia y con su cuñado. Y a eso de la medianoche, los tres salieron del departamento. Querían tomar algo después del mal partido. Querían distraerse. Querían cerrar la noche fuera de casa. Antes de salir, Cabañas hizo dos llamadas, una al teléfono de su hermano en Paraguay.
Le dijo que estaba bien, que había perdido, pero que la próxima ganaban. le dijo que tenía ganas de regresar a Itahua unos días en el receso de febrero y antes de colgar le dijo algo que el hermano recordó años después con escalofríos. Le dijo, “Hermano, cuídense ustedes allá que aquí está la cosa medio rara.
” El hermano no le preguntó a qué se refería. Pensó que hablaba de México en general, de la violencia, de las noticias. Cabañas colgó y 20 minutos después salió de su casa rumbo al barbar. Lo que Cabañas no le dijo al hermano esa noche, lo que llevaba guardado desde hacía días, era que algo lo estaba inquietando desde el partido del San Luis, algo que había empezado ocho noches antes.
El sábado 16 de enero, una semana antes de esa madrugada del bar, el América había abierto el torneo bicentenario con un partido en el Estadio Azteca contra el San Luis. Y esa noche fue la gran noche de cabañas. metió dos goles, el primero al minuto 23, el segundo al minuto 62. El América ganó 5 a 1 y Cabañas salió ovasionado del Azteca por más de 40,000 personas.
Esa misma noche, en una mesa de un palco privado del Estadio Azteca, había un hombre que también había visto los dos goles, pero no los había aplaudido. Los había visto con la cara apretada en silencio, mientras tres acompañantes a su lado entendían, sin que él tuviera que decirlo, que esa noche habían perdido dinero, mucho dinero, y que la culpa era de uno solo, del paraguayo que estaba abajo sobre el césped alzando los brazos.
Ese hombre era el JJ, operador del cártel de los Beltrán Leiva, mano derecha de Edgar Valdés Villarreal, la Barbie, y dueño, junto con sus socios de una red de apuestas deportivas que esa noche había puesto una suma fuerte a que el América perdía contra el San Luis. La cifra exacta nunca se hizo pública.
Algunos investigadores hablaron después de $200,000, otros de 400. Lo que sí está documentado es que el JJ salió del Estadio Azteca esa noche con la mandíbula apretada, sin felicitar a nadie, sin hablar con sus acompañantes. Subió a un cadilac escalade negro y le dio una sola orden al chóer que lo llevara a casa. En los días siguientes, en Círculos Cerrados del Bajo Mundo, el JJ habló del partido del San Luis, no con todos, solo con sus operadores más cercanos.
Comentó la jugada del primer gol, la del segundo. Dijo que Cabañas había tenido suerte. dijo que el portero del San Luis era una desgracia, pero detrás de los comentarios técnicos había otra cosa que nadie en su entorno se atrevió a contradecir. El JJ se había sentido humillado y los hombres del narco mexicano cuando se sienten humillados no olvidan.
Imagina por un momento lo que es cargar con eso. Tú no sabes nada. Tú metiste dos goles en el Azteca. Tú duermes tranquilo y a kilómetros de tu casa, un hombre con poder y con pistola lleva 8 días pensando en tu nombre. Cabañas tampoco lo sabía esa madrugada. Llegaron al bar pasadas las 12:30 del lunes 25.
El gerente Charlie Cázares los recibió en la puerta personalmente. Conocía a Cabañas. Era cliente regular. Los acomodaron en una mesa cerca de la pista. Pidieron tragos. La música estaba alta, las luces tenues, el lugar estaba lleno. Y aquí viene el primer detalle clave, el que Charlie Cázares contaría años después en una entrevista.
30 o 40 segundos después de que entró Cabañas, entró el JJ casi al mismo tiempo, por la misma puerta. Tampoco era extraño porque también era cliente. Charlie lo cateó a la entrada como siempre. No le encontró arma, lo dejó pasar. El JJ se sentó en otra mesa más alejada con su acompañante de aquella noche, un hombre al que en el medio llamaban el contador porque llevaba las cuentas de las ventas y una mujer joven colombiana que iba con ellos.
Pero algo le falló a Charlie esa noche porque el JJ había logrado entrar con un arma, una vereta de calibre pequeño. ¿Cómo lo hizo? ¿Dónde la escondió? ¿Quién lo ayudó a meterla? Son preguntas que la investigación posterior nunca aclaró del todo. Lo que sí se sabe es que esa pistola entró al barbar esa madrugada con un solo propósito y que el dueño del arma, en cuanto vio a Cabaña sentado en su mesa, supo que esa pistola iba a usarse esa misma noche.
4 horas pasaron en ese bar antes de que sonara el disparo. 4 horas en las que Cabañas y el JJ estuvieron en el mismo lugar, respirando el mismo aire, sin saber lo que se venía. Y en esas 4 horas, el JJ se acabó dos botellas, miró tres veces hacia la mesa de cabañas y le dijo a su acompañante una frase que el contador, años después, en una declaración interna, contó.
le dijo mirando a cabañas a lo lejos, una sola línea le dijo, “Ese güey hoy se va con un recuerdo.” A las 5:20 de la madrugada, después de 4 horas y media de música, alcohol y luces, Cabañas se levantó de su mesa para ir al baño. Caminó hacia el fondo del lugar. La entrada al baño era estrecha. Una puerta angosta quedaba un pasillo corto.
Cabañas entró. 30 segundos después, el JJ se levantó de su mesa. Le dijo a la mujer colombiana que ahora regresaba, le dijo al contador que lo acompañara y caminó hacia el baño con la misma puerta angosta por donde acababa de entrar Cabañas. El contador se quedó afuera vigilando junto a la mujer colombiana.
El JJ entró solo, lo que pasó en los siguientes 90 segundos. Lo reconstruyeron después tres fuentes. El propio Cabañas en entrevistas que dio años más tarde a la BBC y a varios programas de televisión. Los videos de seguridad del bar que se incautaron en la investigación judicial. Y el empleado encargado del baño, un trabajador del bar que estaba ahí esa madrugada, presenció todo y declaró a las autoridades cuando se desató el escándalo.
Tres fuentes independientes que coincidieron en lo esencial. Tres fuentes que reconstruyeron un minuto y medio que cambiaría la historia del fútbol mexicano. Y aquí está la primera verdad, la que durante 15 años se contó como pleito de borrachos y que en realidad fue otra cosa. Cabañas estaba parado frente al urinario.
El JJ entró por detrás. La puerta del baño se cerró. Adentro había una tercera persona, el empleado del baño, parado en una esquina en silencio. El baño del bárbar pequeño, 3 m por do, dos urinarios en una pared, un lavabo de mármol con grifería dorada en la pared de enfrente, un espejo grande arriba del lavabo, iluminado con focos blancos, un piso de mosaico oscuro y en una esquina, sentado en una silla pequeña detrás de un mostrador de toallas y colonias, un empleado uniformado del bar, un trabajador que en esos años cobraba su
sueldo. más las propinas que dejaban los clientes y que esa madrugada llevaba 4 horas viendo entrar y salir hombres al baño sin que pasara nada extraordinario. Cuando Cabañas entró, ese empleado lo reconoció. Le dijo, “Buenas noches, señor Cabañas.” Le ofreció una toalla limpia para después.
Cabañas le contestó con un gesto de cabeza sin palabras y se acercó al urinario. Cuando 30 segundos después entró el JJ, el empleado también lo reconoció. Era cliente regular. Le dio las buenas noches. El JJ no le contestó. Caminó directo hacia donde estaba Cabañas. se paró a su lado y entonces el empleado desde su esquina vio lo que vino.
30 segundos de silencio y luego una pregunta que ningún empleado del barbar pudo olvidar jamás. El JJ se acercó y le habló. le habló al oído. Las palabras que el JJ le dijo a Cabañas esa madrugada fueron registradas en la declaración del empleado del baño ante las autoridades y años más tarde contadas por el propio Cabañas a la BBC y a varios programas de televisión mexicana.
No fueron palabras de pleito, no fueron empujones, no fueron borrachera, fueron una sentencia preparada con días de anticipación. El JJ se dio vuelta hacia él, lo miró a la cara y le dijo con voz pausada, “¿Una pregunta?”, le preguntó, “¿Tú eres Cabañas?” “¿Cabañas?” “Que reconoció al hombre solo por la cara y no por el nombre.
” Le contestó con cortesía. Le dijo, “Sí, mucho gusto. ¿En qué le puedo servir?” Y el JJ, sin moverse, sin alterar el tono, le contestó con cuatro frases que cambiaron la vida del mariscal para siempre. Le dijo, “Tú no me vas a servir para nada.” Le dijo, “Además, nos estás robando a todos los mexicanos.” Y le dijo en voz pausada, mirándolo a los ojos, “Este es tu último día de vida.
” sacó la pistola de la cintura, una vereta de calibre pequeño, una 9 mm corta, un arma que había logrado meter al bar evadiendo el cateo y se la puso en la frente a Cabañas. Lo que vino después es la confesión que el JJ dio años más tarde frente a un juez federal mexicano cuando lo juzgaron y lo condenaron a 36 años de cárcel.
La confesión que la familia de Cabañas escuchó, la que terminó con todas las teorías de pleito de borrachos. El JJ confesó que disparó contra Salvador Cabañas por una razón concreta y específica, por una apuesta perdida 8 días antes, por el orgullo herido de un hombre del narco al que un futbolista paraguayo le había costado dinero metiéndole dos goles al San Luis por sentir que necesitaba demostrar respeto, por considerar que un hombre como él, en la posición de poder que tenía dentro del cártel de los Beltrán Leiva, no
podía permitir que un futbolista extranjero le contestara delante de testigos sin pagar las consecuencias. Pero el detalle más asqueroso de esa confesión no fue la apuesta, fue lo que el JJ contó del momento exacto del disparo. El JJ le puso el arma en la frente a Cabañas y Cabañas, en lugar de bajar la mirada, en lugar de pedir perdón, en lugar de retroceder, hizo algo que ningún hombre delante de un narco armado había hecho antes. Lo retó.
le dijo, según la declaración del empleado del baño y la confesión posterior del propio JJ. Una frase corta, una frase que en boca de un hombre de fútbol contra un hombre de pistola fue su sentencia. Le dijo, “Jálale, jálale a ver si es cierto.” Y el JJ jaló una sola vez. La bala entró por la frente, atravesó el cráneo, rebotó contra el hueso de la parte trasera de la cabeza y se quedó alojada cerca de la nuca.
Cabañas cayó al piso del baño. El JJ guardó la pistola, caminó hacia la puerta, salió del baño, cruzó el bar caminando rápido, pero sin correr, salió por la puerta principal y en su prisa por escapar dejó una cosa en su mesa, una cosa que iba a costarle la libertad, su chamarra. Esa es la primera verdad de esta historia, que a Salvador Cabañas no le dispararon en un pleito de borrachos, le dispararon en una ejecución por apuestas perdidas, ejecutada en frío por un operador del cártel de los Beltrán Leiva, que ya había decidido antes de
entrar al baño que iba a hacerlo. La discusión de 90 segundos no fue una pelea, fue el ritual del hombre de poder que necesita justificar el disparo para que sus escoltas lo respeten más. Y la frase de cabañas, jálale a ver si es cierto, fue el orgullo de un hombre de fútbol que nunca había sentido un arma en la frente y que en ese instante no supo medir a quién tenía enfrente.
Pero esto, lo de la apuesta, lo del baño, lo de la chamarra, no es lo más oscuro de toda esta historia, porque hay una pregunta que nadie ha contestado en 15 años. Si Cabañas no quería ir al barbar esa noche, si llegó arrastrado, si fue casi obligado, alguien lo llevó hasta ahí. Alguien que sabía que el JJ era cliente.
Alguien que sabía lo de la apuesta. Y cuando sepas quién fue esa persona, vas a entender por qué la familia de Cabañas hasta el día de hoy no quiere hablar de esa noche. Para entender por qué Cabañas terminó esa madrugada en el baño del barbar, hay que volver tr meses atrás. Hay que volver al otoño de 2009, cuando todavía era el ídolo intocable del club América, cuando todavía no había sentido la frente fría de una pistola, cuando todavía estaba en la cima.
Porque la verdad incómoda de aquella noche es que Cabañas no fue al barbar por casualidad lo llevaron. Y detrás de esa decisión hay un nombre que durante 15 años nadie del círculo del mariscal ha querido pronunciar en voz alta. Y para llegar a ese nombre, hay que entrar al mundo que Cabañas no conocía, el mundo de los amigos que aparecen cuando el dinero llega. Cabañas en 2009 ganaba mucho.
No solo el sueldo del América, patrocinios, bonos por goles, amistosos con la selección, cláusulas que se activaban con el rendimiento, decenas de miles de dólares al mes, cuentas en bancos mexicanos, pagos en efectivo, cobros que llegaban sin que él tuviera del todo claro de dónde venía cada uno. Y Cabañas no era hombre de números, era hombre de pelota.
Había crecido descalzo en una calle de tierra de Itahua. Su mamá había sido ama de casa, su papá panadero. Hasta los 14 años nunca había visto un billete de $100. Y de pronto, a los 29 tenía sobres con miles, contratos en idiomas que no manejaba, ofertas de inversión que le ponían enfrente en papeles escritos a máquina. Pasó lo que pasa siempre con los muchachos pobres que llegan a la fama con plata fresca.
Aparecieron amigos, hombres que decían que lo iban a cuidar, asesores, conocedores del medio, hombres que en realidad vivían de pegarse a su sueldo y de andar con el Capitán del América en lugares públicos. Imagina la escena. Un muchacho de Itahua sin formación, sin familia cerca y a su alrededor hombres mayores, vestidos elegantes, ofreciendo lo que él no sabía si necesitaba.
Uno de esos hombres se metió más profundo que los demás. Mexicano, 40 y pico, bien vestido, con relaciones en el medio del espectáculo y en el ambiente nocturno de la capital. Llegó al círculo de cabañas por contactos. Conocía a otro paraguayo del equipo. Se cayeron bien. Empezó a hacerle favores, le organizó cosas, le buscó departamento cuando se cambió de coapa, le recomendó dónde comer, dónde llevar a su esposa, dónde divertirse cuando había tiempo libre.
A ese hombre vamos a llamarlo el asesor. Su nombre real sigue protegido, sigue vivo, su familia sigue viva. Ningún expediente judicial lo ha tocado de manera concluyente, pero en círculos cerrados del fútbol mexicano de aquellos años, la gente sabe perfectamente a quién nos referimos y la familia de Cabañas también lo sabe.
Lo que pasa es que nadie ha querido decirlo en voz alta. El asesor no era un amigo cualquiera, era el hombre que llevaba a Cabañas a los lugares donde Cabañas no se hubiera metido solo. El asesor era cliente regular del bar. Llevaba años entrando ahí. Conocía al gerente, conocía al personal, conocía a los clientes pesados del lugar y entre esos clientes pesados sabía perfectamente quién era el JJ, aunque a Cabañas nunca se lo dijo.
En los meses de finales de 2009, el asesor empezó a llevar a Cabañas al bar más seguido, la primera vez después de un partido en septiembre, la segunda en octubre, la tercera en noviembre, cada vez con la misma excusa, que era un buen lugar, que la gente lo respetaba, que ahí podían tomar algo tranquilos después del trabajo. Cabañas.
No era hombre de bares. Le gustaba estar en casa. Le gustaba ver televisión con María Lorquia. Le gustaba dormir temprano cuando había entrenamiento al día siguiente. Pero el asesor insistía. le decía que un futbolista de su nivel tenía que socializar, que en ese tipo de lugares se hacían contactos importantes y cabañas, que no quería quedar mal con el hombre que llevaba meses ayudándolo, terminaba aceptando.
La primera vez que entró al barbar fue un sábado de septiembre después de un partido contra Pachuca. Llegó con el asesor pasada la 1 de la madrugada. Se sentaron en una mesa lateral. pidió un solo trago y a la hora ya quería irse. María Lorgia le había mandado un mensaje preguntándole cuándo regresaba. El asesor lo retuvo con un argumento simple.
Le dijo que se levantara, que saludara a tres personas, que era importante. Cabañas se levantó, saludó a esas tres personas y entre ellas ya en aquella noche de septiembre estaba un hombre grande con bigote y dos escoltas que lo miraron de arriba a abajo cuando le dieron la mano. Cabañas en su declaración posterior a la fiscalía dijo que esa mano fue la primera vez que vio al JJ en persona, sin saber quién era, sin que el asesor le dijera el nombre, solo un apretón rápido y una sonrisa de circunstancias.
4 meses después, esa misma mano iba a sostener la pistola que casi lo mata. Cuando Cabañas llegó a su casa esa madrugada de septiembre, después de la primera visita al bar, María Lorgia ya estaba dormida. Salvador entró al cuarto sin prender la luz, se quitó los zapatos, se sentó al borde de la cama y se quedó ahí en la oscuridad durante 10 minutos.
Después se acostó, pero antes de cerrar los ojos, le tocó el hombro a su mujer y le dijo una frase en voz baja. Le dijo que no le gustaba la gente con la que el asesor lo juntaba. María Lorgia, medio dormida, le contestó que entonces no fuera más. Cabañas le dijo que sí, que no iba a ir más.
Volvió tres semanas después y luego en noviembre y luego en diciembre y a finales de enero, esa última vez en la madrugada del 25. Imagina por un momento que hay algo dentro de ti que te avisa, que te dice que ese lugar no es para ti, que esa gente no es buena y aún así vuelves porque tu amigo insiste, porque tu esposa te pide que no le digas que no, porque te educaron en que un hombre tiene que ser amable y porque tú en el fondo todavía crees en la palabra.
Eso era cabañas en aquellos meses. Un muchacho de Itahua creyendo en la palabra de hombres que no la merecían. El asesor lo sabía. El asesor jugaba con eso. Y mientras el paraguayo dormía tranquilo en Cuapa, el asesor se reunía dos veces por semana con gente del bar para mantener el flujo, para asegurar que cuando hiciera falta el mariscal volviera y volvió. Hubo un detalle más.
Uno que solo años después, en una entrevista que María Lorgia dio a una revista paraguaya cuando ya vivía de regreso en Itahua, salió a la luz. La esposa de Cabañas contó que en los meses previos al disparo el asesor empezó a pedirle a Salvador favores económicos. Préstamos, adelantos, $,000 aquí, $,000 allá.
Pequeñas cantidades comparadas con lo que cabañas movía, pero constantes. El asesor decía que tenía un negocio en marcha, que en un mes le devolvía todo. Cabañas le prestaba sin pedir recibos, sin pedir explicaciones, porque era amigo. Cuando contaron los números años después, la familia se dio cuenta de que en los se meses previos al disparo, el asesor le había sacado a cabañas algo más de $0,000 en pequeños préstamos.
Ninguno devuelto. Y aquí entra el patrón. Porque el asesor no era solo el que llevaba a cabañas al bar, era el que le sacaba dinero por debajo. Y cuando vio que el JJ tenía una cuenta abierta, calculó. Aquí entra el partido del San Luis. Sábado 16 de enero, Estadio Azteca, América 5, San Luis 1 y dos goles de cabañas.
Esa misma noche, en un palco privado del Azteca, el JJ vio los dos goles en silencio con la mandíbula apretada. Había puesto dinero a que el América perdía, una suma fuerte. La cifra exacta nunca se hizo pública. Investigadores hablaron después de $200,000, otros de 400. Lo que sí está documentado es que el JJ salió del Azteca esa noche con tres acompañantes que ya sabían, sin que él lo dijera, que esa pérdida no iba a quedar olvidada.
En los días siguientes, en círculos cerrados del bajo mundo, el JJ habló del partido del San Luis y los hombres del narco mexicano cuando se sienten humillados no olvidan. Lo que casi nadie sabe es que el JJ en esos días hizo algo más que hablar. empezó a cargar la pistola con él, una vereta 9 mm corta, fácil de esconder, que en otros momentos dejaba en el coche cuando iba a lugares públicos.
Esa semana la metió a su cinturón, la llevó al gimnasio, la llevó a una comida familiar, la llevó al barbar las dos noches que estuvo solo. Sus escoltas notaron el detalle, no le preguntaron, pero entendieron, sin que él lo dijera, que en algún momento de los próximos días iba a haber un acto que justificara llevar el arma encima.
El JJ no era un asesino frío, era un operador del cártel de los Beltrán Leiva, acostumbrado a delegar la violencia. Mandaba matar, no mataba con sus propias manos. Pero esa semana después del partido del San Luis decidió que esta vez lo iban a hacer él y lo iba a hacer en público para que quedara claro dentro del cártel qué pasaba cuando alguien le costaba dinero al hombre que le manejaba las apuestas a la Barbie.
Esa decisión, la de jalar el mismo del gatillo, fue lo que cambió el destino de cabañas. Porque si el JJ hubiera mandado a un sicario, el sicario no se hubiera detenido a hablar, hubiera disparado a la espalda. Pero el JJ quería mirarlo a los ojos, quería decirle por qué. Y aquí entra el asesor, la pieza que faltaba, la que conecta el palco del Azteca con el baño del bárbar.
Durante esa semana, entre el partido del San Luis y el partido contra Morelia, el asesor estuvo dos veces en el bar, sin cabañas, solo y en esas dos visitas coincidió con el JJ. Lo saludó, bebió en su mesa una de las dos noches y escuchó cosas. Escuchó al JJ hablar del partido del Azteca.
Escuchó al JJ mencionar al mariscal. Escuchó la queja de las apuestas perdidas. Nada de eso era amenaza directa, pero el asesor entendió, con la malicia del hombre del medio, que el JJ tenía una cuenta abierta con cabañas. Un amigo de verdad hubiera hecho dos cosas. le hubiera advertido al paraguayo o hubiera evitado que se cruzaran, hubiera mantenido al mariscal lejos del barbar durante meses.
El asesor no hizo nada de eso, hizo lo contrario. El viernes 22 de enero, el asesor llamó a María Lorgia. Le dijo que estaba organizando una salida especial para Salvador, que quería hacerle un detalle, que ya tenía coordinado un buen lugar para tenerlos atendidos. María Lorgia, que estaba viendo a su marido tenso por el inicio mediocre del torneo, le agradeció.
El asesor le pidió que convenciera a Cabañas. María Lorgia le dijo que sí. Esa mujer que llevaba pocos años viviendo en México, que no conocía las intrigas del medio, que confiaba en el asesor como en alguien cercano de su marido. Sin saberlo acababa de abrir la puerta. Imagina por un momento que tu mejor amigo, el que viene a comer a tu casa, el que carga a tus hijos, le pide a tu esposa que te convenza de salir un lunes y tú dices que sí porque ella te lo pide. Eso le pasó a Cabañas.
El sábado 23, el asesor pasó a la casa de Cabañas, tomó café con María Lorgia, le habló a Cabañas, que estaba descansando, sobre el partido contra Morelia que venía. le metió suelto la idea de salir el lunes. Le dijo que un lugar tranquilo le iba a venir bien para sacarse el partido de la cabeza. Cabañas asintió sin comprometerse. El asesor no insistió.
Sabía cómo manejarlo. El domingo 24 por la mañana, el día del partido contra Morelia, el asesor hizo algo que en su momento no llamó la atención. Compró vino caro en una binatería de Polanco. Las pagó en efectivo. Le pidió al encargado que se las enviaran al departamento de cabañas con una tarjeta. La tarjeta decía solo dos palabras escritas a mano para celebrar.
María Lorgia recibió la entrega a las 11 de la mañana. Pensó que el asesor sabía algo. Pensó que iba a Daer un anuncio. Pensó que tal vez había cerrado el pase al Manchester United, que llevaba meses negociándose. Guardó las botellas en la nevera. Esas tres botellas esa misma tarde fueron mencionadas por el asesor en la llamada del domingo 24 a las 3:22.
La famosa llamada anónima. El interlocutor, según fragmento de testimonio que años después emergió en un libro de Anabel Hernández, le contestó al asesor que esa noche todos iban a celebrar, que la celebración iba a quedar en la historia y le dijo antes de colgar que llevara al paraguayito puntual.
Mientras tanto, en Morelia, Cabañas saltaba al campo para jugar un partido que iba a perder 2 a0, sin saber que en la Ciudad de México alguien había recibido tres botellas en su nombre, sin saber que el reloj estaba corriendo. A las 9 de la noche del domingo, el avión del América aterrizó en la capital. Cabañas llegó a su casa derrotado.
Quería dormir. María Lorgia, siguiendo lo que le había pedido el asesor, lo convenció. Le dijo que era un detalle de su amigo, que valía la pena. A las 11:30, el asesor estaba tocando el timbre. Esa misma noche, dos horas antes, mientras Cabañas viajaba en el avión, el asesor cenó en un restaurante de Polanco con su esposa.
Le contó, según testimonio posterior de la propia mujer cuando se separaron 3 años después, que esa noche iba a salir solo con cabañas a un lugar, que era un favor que le hacía al paraguayo, que iba a volver tarde. La esposa le preguntó si todo estaba bien. El asesor le dijo que sí, pero cuando se levantó para ir al baño del restaurante, dejó el celular en la mesa y la esposa, sin querer, vio entrar un mensaje en la pantalla, un mensaje de un número que no tenía guardado.
El mensaje decía cinco palabras. A las 12:30, después el mensaje desapareció. Leído desde el baño. Cinco palabras en un teléfono prestado a la mesa de un restaurante. Esa fue la prueba que la esposa del asesor entendió años después. Los cuatro subieron al coche del asesor María Lorgia, el cuñado, Cabañas. El asesor manejaba un Audi negro modelo 2008 que en realidad estaba a nombre de un familiar.
Otro detalle que iba a aparecer en investigaciones posteriores. En algún momento del trayecto, ya cruzando Coyoacán, Cabañas le preguntó hacia dónde iban exactamente. El asesor le contestó, “El barbar.” Cabaña se quedó callado 2 segundos. Le dijo en voz baja que prefería otro lugar, que la última vez había salido con dolor de cabeza por el ruido.
El asesor, sin mirarlo, le dijo dos cosas. que ya tenía mesa reservada y que la próxima vez elegía él. Cabañas no insistió. María Lorgia atrás tampoco. Y siguieron en silencio hasta llegar a Insurgentes. A las 12:25 de la madrugada del lunes 25, casi exactamente la hora del mensaje de cinco palabras, el coche estacionó frente al bar. El JJ ya estaba adentro.
Llevaba 2 horas esperando. Charlie Cázares, el gerente del barbar, después declararía a la fiscalía que esa noche había notado algo extraño en el comportamiento del asesor, que el asesor al entrar no le pidió que cateara con disimulo a sus acompañantes como otras veces, que tampoco le pidió la mesa más alejada del fondo, como solía hacer.
Esa noche el asesor pidió específicamente una mesa que daba al pasillo de los baños. Charlie se lo concedió. No le dio importancia. Entonces, solo años después, cuando reconstruyó los movimientos, entendió lo que esa elección significaba. Cortita, para que no se te olvide. Salvador Cabañas no fue al barbar esa noche. Lo llevaron.
El hombre que tomó el volante, el que cruzó insurgentes manejando hacia el lugar donde lo esperaba el JJ, el que sabía perfectamente que el JJ era cliente del barbar y que tenía una cuenta abierta con cabañas por las apuestas perdidas del Azteca. Era un mexicano del propio círculo de confianza del mariscal. Llevaba meses metido en la familia.
La esposa de Cabañas le confiaba citas, agendas, planes. El que en este guion llamamos el asesor. Su nombre real sigue vivo. Su responsabilidad nunca llegó a un juzgado. Pero el camino que llevó a Cabañas hasta esa pistola lo trazó él. A Cabañas no le dispararon por casualidad, lo entregaron en bandeja.
Esa es la segunda verdad de esta historia y la más dolorosa hasta aquí. La bala que entró al cráneo de cabañas la disparó el JJ. Pero la mano que abrió la puerta del barbar esa madrugada fue otra, la mano de un amigo. La mano de un hombre que durante meses se había ganado la confianza del paraguayo. La mano de un mexicano que sabía que llevaba al mariscal directo a la boca del lobo y que aún así lo llevó.
Pero la historia no termina con el disparo. Empieza porque lo que pasó en los meses siguientes, mientras Cabañas estaba en coma en el hospital, mientras no podía hablar, mientras no podía firmar un cheque, mientras no podía proteger lo suyo, es lo más oscuro de todo. Sinua y cuando sepas lo que le hicieron a los millones que había ganado, lo que apareció escrito en una libreta que dejó en el cuarto del hospital y por qué hoy vive en Itahua sin un peso.
Vas a entender por qué su propia familia 15 años después sigue sin querer hablar. Después del disparo, Cabañas no murió, pero no se salvó del todo. 40 met caminó dentro del barbar antes de caer, con una bala alojada en el cráneo, sangrando por la frente, sin entender lo que le acababa de pasar. Los empleados del bareron caminar como un borracho hasta la salida.
Cuando finalmente cayó, María Lorgia y el cuñado entendieron, llamaron a una ambulancia y a las 6 y5 de la madrugada, Salvador Cabañas entraba al Hospital Ángeles del Pedregal. Los médicos le dieron pocas horas de vida. La bala estaba alojada en una zona profunda. Operar era arriesgado, no operar era seguro. Eligieron dejarla.
Esa bala hasta el día de hoy sigue dentro de la cabeza de cabañas. Sigue en el mismo lugar donde se detuvo aquella madrugada del 25 de enero. Es la prueba más silenciosa de toda esta historia. Una bala que lleva 15 años durmiendo dentro de un cráneo paraguayo. Pero la bala no fue lo peor. Lo peor empezó cuando Cabañas entró en coma.
14 días. Eso duró el coma de Salvador Cabañas. 14 días en los que el mariscal estuvo conectado a máquinas en una habitación del Pedregal. 14 días en los que su madre, doña Elidia, voló desde Itahua para acompañarlo. 14 días en los que el club América mandó comunicados de prensa, 14 días en los que la afición del Azteca rezó y 14 días en los que fuera de la habitación, lejos de los rezos, otra cosa empezó a moverse.
Una cosa silenciosa, una cosa que solo se entendió después, una cosa que tenía que ver con dinero, con cuentas bancarias, con firmas que alguien dejó autorizadas antes de que el paraguayo dejara de hablar. Imagina por un momento que tú estás en coma, que no puedes hablar, que no puedes firmar, que no puedes pedir información sobre tu propia cuenta y que afuera, en un escritorio cualquiera de la Ciudad de México, alguien con tu firma de antes está moviendo dinero a nombres que tú no conoces.
Salvador Cabañas, antes del disparo, tenía firma autorizada compartida en varias cuentas bancarias mexicanas. Era práctica común entre futbolistas extranjeros. Las cuentas se abrían a nombre del jugador, pero alguien de confianza tenía firma para hacer movimientos, pagos, transferencias, inversiones, cabañas. Como muchos paraguayos que llegaron al fútbol mexicano sin formación financiera, había dejado firma autorizada a dos personas, su esposa María Lorgia y el asesor.
El asesor, el mismo hombre que lo había llevado al barbar, el mismo hombre cuya llamada de 87 segundos nunca fue rastreada. El mismo hombre que pidió mesa al lado del pasillo de los baños esa madrugada tenía firma autorizada en las cuentas del mariscal. Los primeros movimientos empezaron al cuarto día del coma, una transferencia de 12,000 a una cuenta de un proveedor que María Lorgia no conocía. Al quinto día, otra, $22,000.
Al séptimo, tres movimientos consecutivos por sumas que rondaban los $1,000 cada uno. Todos a cuentas mexicanas, todos con firma del asesor, todos justificados sobre el papel, como pagos de servicios médicos, asesoría legal, gastos de hospital, atención a familiares paraguayos. Cuando María Lorgia días después fue al banco a revisar el estado de las cuentas, los movimientos ya estaban hechos.
El empleado del banco le mostró los papeles, le mostró las firmas, le dijo que todo estaba en regla, que el confirmante había autorizado los pagos. María Lorgia no entendía, llamó al asesor. El asesor le contestó que eran gastos del hospital, del seguro, de los abogados. le dijo que no se preocupara, que él se estaba ocupando de todo, que ella se concentrara en cuidar a Salvador.
Y María Lorgia, que llevaba 15 días sin dormir, que no había soltado la mano de su marido, que estaba destrozada, le creyó. ¿Qué hubieras hecho tú? Tu marido en coma, tu hijo de meses llorando en casa, tu suegra hospedada en un hotel sin hablar español y un amigo de la familia diciéndote que se está ocupando de todo. ¿Qué hubieras hecho durante esos 14 días de coma y los dos meses siguientes de recuperación? El asesor sacó de las cuentas de Salvador Cabañas una cantidad que la familia años después reconstruyó por encima de los 600,000.
600,000. La cifra exacta nunca se documentó del todo porque muchos movimientos se hicieron a cuentas que después se cerraron, a proveedores que después dejaron de existir, a empresas fantasma cuyos dueños desaparecieron. La Fiscalía Mexicana, cuando se reabrió el caso años después levantó un acta, pero el acta nunca terminó en imputación.
El asesor en sus declaraciones dijo que todo había sido gasto legítimo, que tenía los recibos, que estaba documentado y los recibos efectivamente existían. Recibos hechos en papel membretado, firmados por personas reales imposibles de tumbar legalmente, diseñados con la malicia del hombre que sabía cómo construir una cuartada de papel.
Y aquí entra la libreta, la que dejé prometida desde el principio, la que apareció en la habitación del hospital. Salvador Cabañas, antes de entrar en coma durante las primeras horas del 25 de enero, todavía estuvo unos minutos consciente. Cuando lo entraron al pedregal en camilla, los médicos hablaron con él brevemente, le preguntaron su nombre, le preguntaron si recordaba lo que había pasado.
Cabañas, según el reporte médico de aquellas primeras horas, sí recordaba, sí podía hablar. Y antes de entrar en coma pidió a una enfermera papel y lápiz. Le dieron una libreta pequeña del hospital con el logo del pedregal en la portada y Salvador Cabañas, con la cabeza vendada, con tubos en el brazo, con la mano temblándole, escribió tres líneas.
Tres líneas que nadie del hospital miró en aquel momento. Tres líneas que la libreta guardó durante días, olvidada en el cajón de la mesa de noche junto a un vaso de agua sin tomar. María Lorgia encontró esa libreta al día 12 del coma. La abrió por casualidad mientras buscaba un pañuelo y leyó lo que su marido había escrito antes de quedarse dormido para siempre.
Cortita para que no se te olvide. Lo que Cabañas escribió en esa libreta del hospital con la mano temblándole. Fueron tres líneas. La primera era el nombre del JJ, la segunda era el nombre del asesor y la tercera, debajo de los dos nombres eran cinco palabras. Cinco palabras que decían lo siguiente. Los dos sabían. No firmes.
Salvador Cabañas, antes de entrar en coma, supo quién lo había vendido y lo dejó por escrito. Esa es la tercera verdad de esta historia y la más dura de todas, porque Cabañas no entró en coma siendo víctima de un destino oscuro. entró en coma sabiendo, sabiendo que el JJ era el hombre del bigote del que el asesor era amigo, sabiendo que el asesor lo había llevado a propósito, sabiendo que su mejor amigo de los últimos meses, el que cargaba a su hijo, el que comía en su mesa, el que llamaba a su esposa, era el que lo había entregado en bandeja. Y aún sabiéndolo,
sin poder gritar, sin poder explicar, sin poder denunciar, todo lo que pudo hacer fueron tres líneas en una libreta del hospital. Una advertencia silenciosa para la mujer que se quedaba al otro lado. María Lorgia leyó esas tres líneas el día 12 del coma y no entendió. No de inmediato.
No conocía el nombre del JJ todavía. No sabía lo que significaba lo de los dos. Y la frase “No firmes”. En ese momento no tenía contexto. La libreta la guardó en el bolso, se la llevó a casa, la metió en un cajón y siguió cuidando a su marido. Pasaron 6 meses antes de que esas tres líneas tuvieran sentido y para entonces ya era tarde.
Cabañas despertó del coma el 8 de febrero sin habla, sin movimiento del lado derecho, sin reconocer a su esposa al principio, sin entender dónde estaba. Pasó 3 meses en el Pedregal. Empezó terapia de rehabilitación. Volvió a Paraguay en abril. La carrera futbolística, según los médicos, estaba terminada. El Manchester United nunca llamó.
El Mundial de Sudáfrica empezó sin él. Su mejor amigo en aquel hospital había sido un televisor que María Lorgia le ponía con partidos viejos del América para ver si reconocía las jugadas. Cuando regresaron a Itahua en abril de 2010, María Lorgia abrió un día el cajón donde había guardado la libreta. Releyó las tres líneas y por primera vez con la cabeza más fría las entendió.
El nombre del JJ ya era conocido en todo México. La fiscalía lo había identificado como el tirador. Estaba prófugo y el nombre del asesor escrito justo debajo ya no era el nombre de un amigo, era una acusación. María Lorgia con la libreta en la mano intentó actuar. Llamó a un abogado paraguayo.
El abogado le dijo que para denunciar al asesor en México hacía falta documentación. testigos, dinero, mucho dinero, que iba a ser un juicio largo y que el asesor con todos los recibos que había construido era difícil de tocar. María Lorgia llamó a la fiscalía mexicana. Levantaron un acta, le dijeron que la iban a contactar, no la contactaron jamás.
Llamó al club América. Le dijeron que el club ya había hecho todo lo que podía, que ya no era su responsabilidad. Y María Lorgia sola en una casa de Itahá con un hijo pequeño y un marido que no podía cuidarse a sí mismo. Se quedó con la libreta en la mano sin saber qué más hacer. La guardó otra vez, esta vez en una caja de zapatos en lo alto de un armario y siguió la vida.
Pero la traición no se acaba con guardar una libreta. La traición sigue. Lo que pasó en los años siguientes, lo poco que se sabe de manera pública, es lo siguiente. El asesor siguió viviendo en la Ciudad de México. Su nombre nunca apareció en un expediente. Su patrimonio, según un reportaje que se publicó en 2017 y que él mismo se encargó de hacer desaparecer de internet, creció considerablemente entre 2010 y 2014.
compró dos propiedades, una en Polanco, otra en Cuernavaca. Cambió de coche tres veces. Mientras tanto, Cabañas en Paraguay intentaba volver al fútbol. Lo logró un poco. Jugó algunos partidos amistosos. Volvió al club 12 de octubre, pero no era el mismo. Las secuelas neurológicas eran reales. Hablaba con dificultad, se cansaba rápido, el gol no llegaba.
A los pocos años se retiró definitivamente y a partir de ahí vivió de lo que podía. Apariciones públicas, documentales, una autobiografía, pero los millones que había generado en sus años de gloria, los millones que se habían acumulado en cuentas mexicanas, los millones que el asesor había sacado durante el coma, esos millones no estaban.
habían desaparecido como si nunca hubieran existido. Y aquí es donde la espiral cierra, donde el JJ, el asesor, la libreta, el coma, los $600,000, todo se junta. Vuelve por un momento al baño del barbar a las 5:25 de la madrugada del 25 de enero de 2010. Al espejo iluminado, al empleado parado en la esquina, al JJ acercándose con la vereta en la cintura, a cabañas mirándose en el espejo sin saber lo que venía, y al asesor en la mesa de afuera, mirando hacia el pasillo del baño con un trago en la mano, esperando. Esa imagen, esa sola imagen,
contiene toda la historia. Un futbolista de Itahua con todo el talento del mundo, a punto de recibir un tiro a quemarropa. Un arco mexicano que ya había decidido jalar el mismo del gatillo para ganar respeto dentro de su cártel. Y un amigo, un asesor de confianza, un mexicano del propio círculo del mariscal, esperando en una mesa para asegurarse de que el plan se cumpliera.
tres hombres, tres historias, tres cadenas de decisiones que en algún momento se cruzaron en un baño pequeño de la colonia Nápolis. Y mientras esos tres hombres ocupaban el centro del drama, había una cuarta persona, la que se quedó afuera del baño, la que no entendía lo que estaba pasando, la que iba a pasar los siguientes 15 años pagando una decisión que nunca había sido suya.
María Lorgia, la que se acostaba esa noche pensando que su marido iba a regresar a casa a las 3. La que iba a velar a un hombre en coma durante 14 días, sin saber que su mejor amigo del año anterior estaba sacando dinero de las cuentas. Esa es la herencia silenciosa de Salvador Cabañas. No es la bala alojada en su cráneo. No es la carrera truncada.
No son los goles que no pudo meter en el Mundial de Sudáfrica, es la libreta en la caja de zapatos. Es la mujer que descubrió en una tarde de Itahuá que el amigo de la familia había sido el que le abrió la puerta del baño al hombre del bigote. Es el hijo que creció oyendo a su madre llorar de noche sin entender por qué. Es el padre que hoy a los 45 años vive en una casa modesta a 30 km de Asunción.
dependiendo de su mujer y de su madre. Mientras en la Ciudad de México, un hombre que él alguna vez llamó amigo, sigue manejando su Audi negro por las calles de Polanco. Y la lección, la que se queda contigo esta noche mientras ves este video en tu sala es esta. Los hombres fuertes también confían. Los hombres fuertes también dejan firmas autorizadas.
Los hombres fuertes también se equivocan con los amigos que aparecen cuando el dinero llega. Y a veces una bala disparada en un baño es solo la primera parte de un plan más largo, la parte ruidosa, la que sale en los periódicos, la que ocupa las primeras planas durante una semana.
Pero el plan de verdad, el que se ejecuta en silencio, ese no se cuenta en los periódicos. Ese pasa en oficinas bancarias, en firmas autorizadas, en recibos de papel membretado, en llamadas telefónicas de 87 segundos a números que nunca se rastrean. En cuentas que se vacían mientras un hombre en coma trata de despertar. A Salvador Cabañas no le dispararon una vez, le dispararon dos.
La primera vez fue en un baño de la colonia Nápoles con una pistola con una bala que sigue dentro de su cráneo. La segunda vez fue en un escritorio de un banco mexicano con una pluma con una firma que él nunca dio. Y de las dos balas, la del baño es la que sobrevivió. La del banco se lo llevó todo. Si esta historia te hizo pensar en alguien de tu familia que está confiando demasiado, en alguien que firmó papeles que no entendía, en alguien que tiene un amigo que pide demasiado, compártele este video esta noche porque a Cabañas le
llegó la advertencia tarde y para cuando él pudo leerla en una libreta del hospital, ya no podía gritarla, solo pudo escribirla y rezar para que alguien al otro lado la entendiera a tiempo.