Testiomonio de una médica ex protestante: ‘Vi a la Virgen María salvar a mi paciente’.

Me crié dentro de una tradición protestante, una comunidad evangélica independiente [música] de esas pequeñas de barrio, donde todo el mundo se conoce y los hermanos se cuidan [música] entre sí. Era una comunidad llena de personas sinceras que amaban a Dios con todo el corazón. No tengo nada malo que decir de ellos, al contrario, [música] les debo mucho.
Fue ahí donde aprendí que Dios existe, que la oración [música] funciona, que la vida tiene un sentido más grande que lo que se puede ver. El problema, si es que se puede [música] llamar problema, no estaba en la gente, estaba en las preguntas [música] que nadie podía responderme. Desde joven tuve una mente [música] inquieta. Me hacía preguntas que incomodaban un poco a los mayores, no porque quisiera ofender, [música] sino porque genuinamente quería entender preguntas sobre la historia de la iglesia, [música] sobre por qué había tantas
denominaciones diferentes, si todos leían la misma Biblia. sobre quién [música] tenía la autoridad para interpretar las escrituras. Me respondían siempre con buena intención, [música] pero las respuestas no terminaban de cerrar el círculo. Con el tiempo aprendí a guardar esas preguntas [música] para mí.
Me dije que quizás no había respuestas para todo y que lo [música] importante era vivir bien y amar a Dios. Entonces llegó la medicina. Estudiar medicina fue para [música] mí como abrir una puerta que nunca más pude cerrar. No porque la ciencia me alejara de Dios, sino sino porque me hizo entender la magnitud de lo que no sabemos.
Cuanto más [música] estudiaba el cuerpo humano, más me maravillaba el sistema nervioso, la forma [música] en que el corazón late 70 veces por minuto durante décadas sin descanso. La manera en que las células se organizan para [música] defender al organismo de una infección. Todo eso para mí gritaba [música] que había algo más grande detrás de todo, un orden, una inteligencia.
[música] Pero en el ambiente universitario hablar de Dios no era bien visto, no de manera abierta la [música] al menos había una especie de presión silenciosa que empujaba [música] a los estudiantes de medicina a separar la fe de la práctica. [música] La fe era para la vida personal, la ciencia era para el trabajo.
[música] Y yo que siempre quise pertenecer, quise ser tomada en serio. Fui aceptando esa separación [música] poco a poco, sin darme cuenta del daño que me estaba [música] haciendo. No perdí la fe, pero la fui guardando en una caja, una caja pequeña, bien cerrada, que abría los domingos por la mañana y volvía a [música] cerrar el lunes cuando llegaba al hospital.
Durante 30 años viví así, médica de lunes a sábado, [música] creyente los domingos. Nunca me pareció contradictorio porque [música] nunca me detuve a pensarlo de verdad. Era cómodo, era funcional, me permitía ser [música] respetada en mi trabajo y seguir sintiéndome una persona de fe al mismo tiempo.
Pero Dios, que tiene una paciencia [música] que ningún ser humano puede comprender, estaba esperando el momento exacto. [música] Ese momento llegó una noche de turno mucho después de que yo había dejado de buscar respuestas. Era [música] tarde. La unidad de cuidados intensivos estaba en ese silencio [música] pesado que solo existe en los hospitales de madrugada.
Un silencio [música] que no es tranquilidad, sino tensión contenida. Los monitores sonando, las enfermeras moviéndose sin hacer ruido, las luces bajas [música] en los corredores. Para mí era el ambiente más familiar del mundo. [música] Llevaba décadas trabajando en ese tipo de silencio. Entonces llegó él, un hombre de 34 años, víctima de un accidente de moto, colisión [música] frontal, a alta velocidad, sin casco, llegó en estado crítico, trauma cráneoencefálico [música] grave, múltiples fracturas, hemorragia interna. [música] Cuando lo
vi por primera vez tendido en esa camilla con los equipos conectados [música] y el equipo de emergencia trabajando sobre él, pensé lo que siempre pienso en esos [música] casos. Vamos a hacer todo lo que podemos. Y eso es lo que hicimos. La cirugía fue larga, la noche fue [música] larga y cuando terminó, cuando ya habíamos hecho todo lo que la medicina [música] permitía, el pronóstico seguía siendo sombrío.
Inducimos el coma para proteger [música] el cerebro. Los estudios mostraban un daño neurológico severo. Le expliqué a la familia con toda la delicadeza que pude que la [música] situación era muy grave, que haríamos todo lo posible, pero que debían prepararse para [música] distintos escenarios. Recuerdo la cara de la madre.
Recuerdo sus manos entrelazadas [música] frente al pecho y sus labios moviéndose en silencio. No lloraba. Oraba. [música] Esa imagen se me quedó grabada. Aunque en ese momento no supe por qué. [música] Los días siguientes fueron difíciles. El paciente no mejoraba. Los valores neurológicos se mantenían estables [música] en lo malo.
Cada mañana llegaba, revisaba el prontuario, hablaba con el equipo y cada mañana la respuesta era la misma, sin cambios significativos. [música] Pero afuera del hospital estaba pasando algo que yo no sabía [música] todavía. Una tarde, al salir a tomar aire, vi a un grupo de personas [música] en la calzada frente a la entrada del hospital.
No era una manifestación, no hacían ruido. Estaban [música] sentados o de pie en silencio, con rosarios en las manos orando. [música] Había adultos mayores, jóvenes. Algunos niños se turnaban, [música] entraban y salían en grupos pequeños, pero la corriente de oración nunca se interrumpía. Alguien [música] me dijo que eran familiares del paciente y vecinos de su comunidad de barrio, que llevaban [música] días así rezando el rosario sin parar, pidiendo la intercesión de la Virgen María.
Confieso que en ese [música] momento sentí dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, un respeto genuino. Esa entrega, [música] esa fe tan visible y tan silenciosa a la vez me conmovió. Por otro lado, mi mente de médica pensó con una [música] frialdad que hoy me avergüenza un poco. La ciencia ya hizo lo suyo.
La oración [música] no cambia la biología. Qué equivocada estaba. En la quinta noche algo pasó. No voy a exagerar [música] ni adornar lo que sucedió porque la verdad sola ya es suficientemente poderosa. Estaba revisando los monitores del paciente, [música] haciendo el control de rutina de madrugada cuando los valores empezaron a [música] cambiar.
No de golpe, no de manera dramática, sino con una suavidad que [música] casi parecía imposible. La actividad cerebral, que había estado prácticamente [música] plana durante días, comenzó a mostrar señales que no correspondían a ningún patrón conocido de recuperación. No era lo que esperábamos, no era lo que los estudios [música] predecían.
No tenía una explicación fisiológica que yo pudiera poner en palabras y escribir [música] en un informe con la tranquilidad de quien entiende lo que está viendo. Llamé al neurólogo de guardia. Él llegó, revisó todo, me miró y dijo algo que nunca olvidé. No sé qué pasó aquí, [música] pero algo pasó. Lo anoté en el prontuario exactamente así, con esa misma honestidad incómoda, la recuperación neurológica.
súbita, [música] sin correlación fisiológica conocida. Era la primera vez en 40 años de carrera que escribía [música] algo así. Y mientras lo escribía, sentí algo que no supe nombrar en ese momento. Una especie de grieta, no en [música] el paciente, en mí. Al día siguiente, uno de los voluntarios de la corriente de oración pidió hablar conmigo.
Era un hombre mayor, tranquilo, [música] de esos que uno mira y entiende de inmediato que no buscan atención [música] ni protagonismo. Me dijo que necesitaba contarme algo. Me dijo que en la noche anterior, mientras [música] rezaba en el corredor de la UTI, porque alguien le había permitido entrar [música] por unos minutos, había visto una luz suave.
No era la luz de los fluorescentes, [música] era diferente, cálida, y había sentido una presencia silenciosa, pero [música] real, tan real como cualquier cosa que él hubiera sentido en su vida. Me lo dijo con [música] una sencillez que me desarmó. No intentaba convencerme de nada. No [música] esperaba que yo le creyera.
Solo sentía que tenía que contármelo. Yo no supe qué responder. [música] Me fui a mi oficina, cerré la puerta y me quedé sentada en silencio durante un [música] buen rato. Algo se había movido en mí que no sabía cómo detener. Cuántas veces en mi vida había descartado cosas [música] que no podía explicar simplemente porque no cabían en mis esquemas.
Cuántas veces había elegido la comodidad de [música] una respuesta técnica para no tener que hacerme preguntas incómodas. [música] Cuántos momentos así pequeños y grandes había guardado en esa caja cerrada que se suponía que era mi fe cuenta sentada en esa oficina a las 4 de la mañana de que la caja llevaba [música] mucho tiempo sin abrirse y también me di cuenta de que ya no podía seguir sin abrirla.
No fue un momento de llanto, no fue una revelación con luces y sonidos, [música] fue algo mucho más silencioso y mucho más profundo, como cuando uno lleva mucho tiempo ignorando [música] un dolor y de repente deja de ignorarlo. No porque el dolor haya aumentado, sino porque [música] uno finalmente decidió mirarlo de frente. Esa noche, por primera vez en décadas, oré de verdad, no de manera automática, no con palabras [música] aprendidas de memoria.
Oré con lo que tenía, que era confusión, cansancio [música] y una pregunta enorme que no sabía cómo formular. Le dije a Dios [música] en voz muy baja, casi en un susurro. No entiendo lo que está pasando, [música] pero estoy dispuesta en entender. No sabía todavía a dónde me llevaría esa oración. [música] No sabía que en los meses siguientes mi vida iba a cambiar de una manera [música] que yo nunca habría podido planear ni imaginar.
No sabía que ese hombre en coma, ese [música] paciente de 34 años que la medicina había dado casi por perdido, iba a ser [música] el instrumento que Dios usaría para buscarme. Pero eso ya es parte de lo que viene [música] después. Lo que sí sé y lo digo con toda la certeza que me [música] dan 65 años de vida, es que Dios no abandona, que espera, que sabe exactamente cuándo llamar a la puerta y de qué manera hacerlo para que uno no pueda [música] seguir haciéndose el que no escucha.
esa noche irse en esa oficina pequeña y silenciosa. [música] Él llamó a mi puerta y yo por fin, después de tanto tiempo, decidí abrir. Hay cosas [música] que uno decide ignorar durante años y que de repente en un momento que uno no eligió, se vuelven imposibles [música] de ignorar. Yo había vivido décadas cerrando preguntas antes de que [música] terminaran de abrirse.
Décadas siendo eficiente, práctica, racional. [música] Y de repente, después de esa noche en mi oficina, ya no podía ser ninguna de esas cosas. No de la misma manera el paciente [música] comenzó a recuperarse despacio, con altibajos, con momentos que nos llenaban de esperanza y otros que nos volvían a poner los pies en la [música] tierra, pero se estaba recuperando.
El el equipo neurológico seguía sin poder explicar [música] con claridad por qué la evolución había tomado ese giro en la quinta noche. Había hipótesis, como siempre [música] las hay en medicina, cuando algo no encaja del todo, pero ninguna cerraba de manera satisfactoria. El cerebro humano tiene sus misterios.
[música] Eso lo sabe cualquier médico honesto. Pero esto era distinto. Yo lo sabía. Y los que habían estado esa noche [música] conmigo también lo sabían, aunque ninguno lo dijera en voz alta. Empecé a observar a las personas [música] que seguían orando afuera del hospital con otros ojos. Antes las miraba de lejos [música] con ese respeto distante que uno tiene por las cosas que no entiende.
Ahora me encontraba deteniéndome cerca de la ventana del pasillo solo para verlas. Se turnaban con una organización silenciosa y sin drama. Cuando un grupo se cansaba llegaba otro. No había carteles, no había micrófonos, no había nadie dirigiendo con autoridad visible, solo [música] personas. Rosarios en mano, labios moviéndose, ojos cerrados o dirigidos hacia [música] algo que yo no podía ver, pero que ellos claramente sí sentían.
Me llamó [música] la atención una señora mayor de esas que uno mira y calcula que tiene más [música] de 80 años. Estaba sentada en una silla plegable que alguien le había llevado con el rosario entre los dedos, completamente inmóvil. No parecía estar [música] esperando nada. Parecía estar en otro lugar, en el mejor sentido de esa expresión.
[música] Un día me animé a bajar. No tenía un plan. No iba a decirles nada en particular. [música] Supongo que simplemente quería estar más cerca de algo que no entendía, que es lo opuesto a lo que uno aprende en la Facultad de Medicina, donde se nos enseña [música] a mantener distancia profesional de todo lo que no se puede medir.
La madre del paciente me vio llegar [música] y se acercó de inmediato. Era una mujer de unos 60 años, de esas que cargan el dolor con una dignidad que impresiona. [música] me tomó las manos con las suyas y pues sin preguntar nada, [música] sin esperar que yo dijera algo y simplemente me dijo, “Gracias, doctora, gracias [música] por no rendirse.
” No supe qué responder. Le dije lo que siempre digo en esos casos. Estamos haciendo todo lo posible, [música] pero esa vez las palabras me sonaron distintas, más pequeñas, como si de repente yo supiera [música] que había algo más grande que lo que nosotros estábamos haciendo [música] y que ese algo no venía de mí.
Me preguntó si podía contarme algo. Le dije que sí. me explicó que su hijo antes del accidente llevaba un tiempo alejado de la fe, no de manera hostil, [música] sino de esa manera suave y cotidiana en que la vida moderna va ocupando todos los espacios [música] hasta que no queda lugar para Dios. trabajo, deudas, [música] distracciones.
Ella lo había visto alejarse poco a poco, sin saber cómo acercarlo. Y cuando llegó la noticia del accidente, lo primero que hizo antes de llegar al hospital fue ponerse de rodillas y rezarle a la Virgen, [música] no porque tuviera una certeza de que todo iba a salir bien, sino porque no sabía qué otra cosa hacer con ese dolor tan grande.
Me dijo algo [música] que me quedó grabado. Cuando uno no tiene más nada, siempre tiene a la madre. [música] Me fui de esa conversación pensando en esa frase, la madre, [música] la Virgen María. Yo la había conocido de nombre toda mi vida, [música] por supuesto. En la tradición en que me crié, María era mencionada con respeto, como la madre de Jesús, como una mujer elegida por Dios.
Pero no era alguien a quien se le orara. No era alguien a quien [música] se le pidiera ayuda. La idea de orarle a ella, de pedirle que [música] intercediera, siempre me había parecido, si soy honesta, algo difícil de entender. No lo cuestionaba con hostilidad, pero tampoco lo entendía.
Y ahora tenía delante mío a una mujer que le había [música] rezado a esa madre en el peor momento de su vida y su hijo estaba vivo cuando no debería estarlo. No digo que en ese momento me convertí. No fue así. Fue mucho más lento, [música] mucho más complicado, con muchas más preguntas en el medio. Pero algo empezó [música] ahí. Una curiosidad que ya no pude apagar.
Volví a mi oficina [música] esa tarde y me quedé pensando en lo que sabía sobre María. lo que me habían enseñado, lo que yo misma había leído en la Biblia, [música] lo que había escuchado aquí y allá durante toda mi vida y me di cuenta de que era muy poco, que en realidad [música] yo no sabía casi nada sobre la visión que la Iglesia Católica tenía de ella.
Más allá de [música] los clichés y las imágenes que uno ve sin detenerse a entender, me pregunté por qué había tanta diferencia entre lo que me habían enseñado y lo que estas [música] personas vivían. No como crítica, como pregunta genuina. ¿Qué? ¿Qué sabían [música] ellos que yo no sabía? Fue entonces di fue entonces que me acordé del capellán.
El capellán del hospital era un hombre tranquilo [música] de esos que no imponen su presencia, pero que siempre están cuando uno los necesita. Lo había visto caminar por los corredores durante años. [música] A veces cruzábamos unas palabras, nada importante. Yo siempre lo había respetado, pero nunca había sentido [música] la necesidad de buscarle una conversación de verdad.
Esa semana fui a buscarlo. No le dije exactamente todo [música] lo que estaba pasando en mi interior. Le dije que había tenido un caso difícil, que la familia era católica, que habían estado rezando el rosario y [música] que yo quería entender un poco más ese tipo de oración. Lo dije como una curiosidad profesional, [música] como si quisiera entender mejor a mis pacientes, pero él me miró de una manera que me hizo sentir que sabía perfectamente que la pregunta no era profesional.
me explicó con una paciencia que [música] nunca se sintió condescendiente, que era el rosario. Me habló de los misterios, de [música] cómo cada decena es una meditación sobre la vida de Jesús, de cómo María no es el centro de esa oración, [música] sino el camino, la guía, la que lleva a uno hacia su [música] hijo.
me dijo algo que me sorprendió, que rezar el rosario no es quitarle lugar a Dios, es [música] pedirle a la madre que interceda ante el hijo. Igual que uno le pide a un amigo que ore por uno, igual que uno le pide a alguien [música] que ama que hable con alguien que también ama, esa imagen me detuvo.
Pedirle a un amigo que ore por uno. [música] Yo había hecho eso toda mi vida sin cuestionarlo. En la comunidad donde me crié, pedir [música] oración a los hermanos era completamente natural. Era parte de la vida en comunidad. [música] Nadie decía que pedirle a otro que orara era quitarle lugar a Dios. Entonces, ¿por qué me costaba [música] tanto entender que lo mismo pudiera aplicarse a María? ¿Porque ella sería diferente a cualquier otro que ora por nosotros? [música] Se lo pregunté directamente.
Me dijo que la diferencia estaba en que María no era [música] simplemente alguien que había vivido y muerto, era alguien que vivía, que estaba presente, que formaba parte de lo que los católicos llaman la comunión de los santos. Que la muerte para quienes [música] están con Dios no es un fin, sino una plenitud. Y que esa plenitud no los aleja [música] de nosotros, sino sino que los hace capaces de interceder.
de una manera que ningún ser humano en la tierra puede [música] hacer. Esto me costó más. La comunión de los santos era un concepto que yo conocía de nombre. Lo decía el credo lo [música] había repetido muchas veces en la vida, pero nunca me había detenido a pensar qué significaba de verdad. Lo había dicho siempre como una fórmula, una de [música] esas frases que uno repite sin preguntarse qué está diciendo exactamente.
[música] Le dije que lo tenía que pensar. Me fui de esa conversación con más preguntas [música] que respuestas, pero eran preguntas distintas a las que yo había tenido toda la vida. [música] Las preguntas de antes eran preguntas que yo dejaba caer antes de que tocaran el suelo. Estas las recogí. Las guardé y por la [música] noche en casa las fui mirando una por una.
Empecé a leer, no de manera sistemática, no como una estudiante que prepara un examen, sino como una persona que tiene sed [música] y busca agua. leía sobre la historia de la Iglesia, sobre los primeros siglos del cristianismo, sobre [música] cómo se formó el canon bíblico, sobre la tradición oral que precedió a los textos escritos.
Y algo me fue llamando la atención [música] de manera cada vez más insistente. La Iglesia Católica no era [música] una interpretación del cristianismo, era históricamente el origen. Todo lo demás, incluyendo la tradición en la que [música] yo me había criado, venía después. Eso no lo digo para ofender a [música] nadie.
Lo digo porque fue lo que encontré cuando busqué con honestidad, sin el filtro de lo que quería [música] encontrar. La pregunta que empezó a hacerse más grande en mí era esta. [música] Si la Biblia que yo leía toda mi vida había sido compilada, transmitida y preservada [música] por esta misma iglesia, ¿cómo podía yo confiar en la Biblia y al mismo tiempo desconfiar de [música] la Iglesia que me la había dado? Era una pregunta que me incomodaba porque no tenía una respuesta fácil.
Y yo que llevaba [música] décadas evitando las preguntas sin respuesta fácil, esta vez no pude evitarla. [música] El paciente fue saliendo del coma en los días siguientes despacio con el proceso [música] natural que tiene ese tipo de recuperación. Primero respuestas básicas, luego reconocimiento, luego palabras.
Cuando pudo hablar con claridad, fui a verlo. No era parte del protocolo habitual [música] para mí visitar así a un paciente recuperado, pero sentí que tenía que ir. Era un hombre joven de esos [música] que cuando están bien deben tener una energía que llena el cuarto. [música] Todavía estaba débil, pero sus ojos ya tenían luz.
me dijo que no recordaba nada del accidente [música] ni de los primeros días, pero que en algún momento, en medio de lo que él describió como [música] una oscuridad profunda y silenciosa, había sentido calor, [música] un calor suave, como si alguien le pusiera una mano en el hombro. Y había escuchado, no con los oídos, sino con algo [música] más adentro, algo que él no podía describir con palabras, pero que sintió como una [música] presencia que le decía, “Todavía no.
me lo contó sin drama, casi con [música] vergüenza, como si temiera que yo no le creyera. Le dije que lo que él había vivido eh [música] era importante y que se lo tomara en serio. No le dije nada más, [música] pero cuando salí de esa habitación me senté en un banco del pasillo y estuve [música] ahí un buen rato con las manos juntas, sin saber muy bien qué hacer con todo lo que estaba sintiendo.
En ese momento, sin planearlo, sin que nadie me lo dijera, junté mis manos y le pedí a María que me ayudara a [música] entender. No supe de dónde salió ese gesto. No era parte de mi tradición, no era algo que hubiera [música] practicado nunca, pero salió solo de algún lugar que no controló con la razón.
Y en el momento en que lo hice, sentí [música] algo que tampoco sé cómo nombrar del todo. Una quietud, como si algo que había [música] estado en movimiento dentro de mí durante semanas se hubiera detenido por [música] un segundo para respirar. No sé si eso es lo que los católicos llaman una gracia. Quizás sí. [música] Quizás fue exactamente eso.
Lo que sí sé es que después de ese momento ya no [música] pude seguir siendo la misma de antes. No porque hubiera encontrado todas las respuestas, [música] sino porque había encontrado algo mejor. La disposición real de buscarla [música] sin miedo, con la mente abierta y el corazón dispuesto, que [música] son las dos cosas más difíciles de tener al mismo tiempo.
Cuando uno lleva décadas siendo autosuficiente. El capellán y yo empezamos a encontrarnos con más frecuencia. [música] Las conversaciones se fueron haciendo más largas, más profundas, [música] más personales. Yo llegaba con mis preguntas y él llegaba con su paciencia. [música] Y de a poco, sin que yo lo planeara, fui descubriendo que las respuestas que siempre había buscado existían, que alguien las había guardado con cuidado [música] durante 2000 años esperando que yo llegara a buscarlas.
Esa es la parte más extraña de toda esta historia. No el milagro, no la luz en el corredor, no los monitores cambiando [música] en la quinta noche. Lo más extraño, lo que todavía hoy me llena de asombro cuando lo pienso es esto, que Dios usó a un hombre que casi no sobrevive para encontrar [música] a una mujer que también estaba a su manera, a punto de perderse.
Y los dos, [música] cada uno a su manera, encontramos el camino de vuelta. Hay un momento en la vida de una persona en que las preguntas dejan de ser incómodas y se convierten en necesarias, [música] en que uno ya no las puede dejar pasar como si fueran nubes que cruzan el cielo sin tocar el suelo. Yo llegué [música] a ese momento más tarde de lo que debería haberlo hecho, pero llegué.
Las conversaciones [música] con el capellán se habían vuelto parte de mi semana, no de manera formal, no con horario fijo ni [música] agenda escrita, simplemente sucedían. Yo pasaba por su pequeña oficina al fondo del pasillo, [música] que siempre tenía la puerta entreabierta y si él estaba entraba. [música] A veces traía preguntas concretas, a veces solo traía el peso de algo que había estado pensando sin poder resolverlo.

[música] Él siempre estaba dispuesto, siempre con ese café que hacía en una cafetera vieja que debía tener más años que algunos de nuestros pacientes. [música] Una tarde llegué con la pregunta que más me había costado formular. Le dije, [música] “Entiendo lo de la oración, entiendo lo de pedir a a otros que oren por uno, pero hay algo que todavía no entiendo y necesito [música] entenderlo.
Si tengo acceso directo a Dios, si si Jesús mismo abrió [música] ese camino, ¿para qué necesito a María? ¿No es suficiente ir directamente a [música] él?” Era la pregunta más honesta que podía hacerle y se la hice [música] con respeto, pero con toda la claridad de alguien. que realmente quiere una respuesta, no solo una explicación amable.
Él se quedó en silencio un momento, no porque no supiera que responder, [música] sino porque era de esos que piensan antes de hablar, lo cual, en mi experiencia es una cualidad que muy pocas personas tienen [música] de verdad. Me dijo, Elanor, ¿alguna vez le has pedido a alguien que ore por ti? Le dije que sí muchas veces desde pequeña.
[música] Me preguntó, “¿Y eso significaba que no confiabas en que Dios te escucharía directamente?” [música] Me quedé callada. Me dijo que no, que cuando uno le pide a alguien que ore por uno, no está dudando [música] del acceso directo a Dios. está reconociendo que el amor que existe entre las personas es también un canal de gracia, que la oración compartida [música] tiene un poder que la oración solitaria no tiene de la misma manera.
No porque Dios [música] escuche más a muchos que a uno, sino porque en ese acto de pedir y de interceder [música] hay algo profundamente humano y profundamente divino al mismo tiempo. Entonces me pregunto, ¿y por qué eso cambiaría [música] cuando la persona que intercede ya está con Dios? No supe qué responder. Me explicó que para los católicos [música] la muerte no es el fin de la comunión, que quienes ya están con Dios no se duermen ni desaparecen.
Están más vivos que nunca, más cerca de Dios que cualquiera de nosotros [música] en este mundo. Y por eso su intercesión no es menor que la de alguien en la tierra, sino [música] mayor. y que María, que fue elegida por Dios [música] para ser la madre de su hijo, que estuvo al pie de la cruz, que fue la primera en decir sí cuando [música] el mundo esperaba una respuesta, tenía una cercanía con Jesús que ningún ser humano en la historia ha tenido.
Me dijo, “Pedirle a María [música] que interceda no es reemplazar a Jesús, es pedirle a su madre que hable con él. Y él que honró a esa madre desde [música] la cruz cuando la entregó a Juan y a todos nosotros con ella, escucha esa voz con un amor que nosotros [música] apenas podemos imaginar. Esa imagen me golpeó de una manera que no esperaba.
Jesús en la cruz mirando a su madre y diciéndole al discípulo amado, [música] ahí tienes a tu madre. Yo había leído ese pasaje decenas de veces, pero nunca lo [música] había leído así. como una entrega, como un regalo, como si en ese momento Jesús no solo estuviera hablando de Juan, sino de todos los que vendríamos [música] después.
Volví a casa esa noche con la Biblia en la mano y lo busqué. Estaba ahí exactamente como él me lo había descrito. [música] Y de repente muchas cosas que había leído antes empezaron a verse distintas. Las bodas [música] de Canaá, donde María le dice a Jesús que no tienen vino y Jesús actúa, aunque todavía no era su hora.
Esa escena que yo había leído siempre como un simple relato familiar, de repente me parecía [música] otra cosa. María intercediendo. Jesús respondiendo a la intercesión de su madre y antes de [música] irse María diciéndoles a la los sirvientes y a todos los que estamos leyendo 2000 años después, [música] hagan lo que él les diga.
Hagan lo que él les diga. Si María quería quitarle lugar a [música] su hijo, no hubiera dicho eso. Si el mensaje de María fuera a ponerse a sí misma en [música] el centro, no hubiera señalado siempre hacia afuera, hacia él toda su vida. En cada momento que aparecen los evangelios, [música] María apunta hacia Jesús.
No hacia sí misma, siempre hacia él. Eso me [música] costó semanas de vueltas de ir y venir de noches leyendo y mañanas llegando al hospital con los ojos un poco cansados y [música] la cabeza llena de cosas, pero poco a poco fue tomando forma en mí algo que puedo describir como un orden, como cuando uno tiene muchas piezas [música] dispersas sobre una mesa y de repente empieza a ver cómo encajan.
Pero la pregunta sobre María no era la única que tenía. Había una más grande, [música] una que yo llevaba desde mucho más joven y que nunca había podido responder de [música] manera satisfactoria la pregunta de la autoridad, ¿quién tiene el derecho de interpretar [música] las escrituras? Y cómo puede haber tantas comunidades cristianas distintas, [música] con doctrinas distintas y a veces contradictorias entre sí si todas leen el mismo libro? Esa pregunta me había acompañado desde la adolescencia y en la [música] tradición en que me crié,
la respuesta siempre había sido algo así como el Espíritu Santo [música] guía a cada creyente en la lectura de la palabra. Yo lo acepté durante [música] años, pero en mi mente de científica siempre había algo que no [música] terminaba de cuadrar. Porque si el Espíritu Santo guía a cada creyente de manera individual, ¿cómo se explica que [música] dos creyentes sinceros leyendo el mismo texto con el mismo deseo de encontrar la verdad lleguen a conclusiones completamente [música] opuestas sobre temas importantes? ¿Cuál
de los dos estaba guiado [música] por el espíritu? O los dos o ninguno. Se lo pregunté al capellán. me dijo que esa pregunta [música] tenía una respuesta que la Iglesia Católica había sostenido con coherencia desde el principio, que Jesucristo no dejó solo un libro, dejó [música] una iglesia, una comunidad viva con autoridad, con la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella [música] con la presencia del Espíritu Santo que la guiaría a toda la verdad [música] y que esa iglesia antes de que existiera un solo libro del
Nuevo Testamento, ya estaba [música] predicando, bautizando, celebrando la Eucaristía y transmitiendo la fe de generación en generación. Me dijo algo [música] que me detuvo en seco. La Biblia no creó a la Iglesia. La Iglesia reconoció, reunió [música] y transmitió la Biblia. Esa frase me pareció demasiado [música] grande para procesarla de inmediato, pero cuando la pensé con calma, no pude encontrarle el error.
Era históricamente [música] verificable. Los textos del Nuevo Testamento fueron escritos, circularon, fueron discutidos [música] y fue la iglesia la que determinó cuáles eran inspirados y cuáles no. Ese [música] proceso tomó siglos y la iglesia que lo llevó a cabo era la Iglesia Católica. No había ninguna otra en ese momento.
Si yo confiaba en la Biblia y confiaba, [música] tenía que preguntarme, ¿por qué confío en que estos textos son los correctos? ¿Quién me garantiza [música] que el canon que tengo en las manos es el correcto y no otro? La respuesta, [música] si era honesta, llevaba de vuelta a la misma iglesia en la que yo había desconfiado durante [música] décadas.
No podía tener una sin la otra. No con honestidad, eso fue duro de reconocer, no porque me quitara [música] algo, sino porque me puso frente a algo que yo no había querido ver, que toda mi [música] vida había confiado en la autoridad de la Iglesia Católica sin saberlo, cada vez que abría mi Biblia y [música] daba por sentado que ese libro era la palabra de Dios.
Y al mismo [música] tiempo rechazaba sin mucho análisis todo lo que esa misma iglesia enseñaba. Era una [música] contradicción que no podía seguir sosteniendo. Luego vino la Eucaristía. Ese fue [música] elé el punto más difícil de todos para mí y al mismo tiempo el más hermoso. Cuando finalmente [música] lo entendí, en la tradición en que me crié, la comunión era un acto simbólico, un memorial, una manera de recordar lo que Jesús había hecho.
Yo lo había vivido así toda mi vida y lo había encontrado significativo. No lo voy a negar. Pero cuando [música] el capellán me habló de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, de que para la Iglesia Católica el pan y el vino no representan a Cristo, sino que [música] se convierten realmente en su cuerpo y su sangre.
Mi reacción inicial fue de [música] resistencia. Me pareció demasiado, demasiado literal, demasiado difícil de aceptar para una [música] mente científica. Entonces él me preguntó, ¿qué hacía yo con el capítulo [música] 6 del Evangelio de Juan? Lo busqué esa noche y lo leí de verdad, quizás por primera vez, Jesús diciendo, “Mi carne es verdadera comida y mi [música] sangre es verdadera bebida.
” Los discípulos escandalizándose, muchos yéndose porque no podían aceptarlo y Jesús no corriendo tras ellos [música] para decirles que habían entendido mal, que era solo una metáfora. Jesús, dejándolos irse y preguntándoles [música] a los 12, “¿También ustedes quieren irse? Si era solo un símbolo, ¿por qué se fueron tantos? [música] ¿Por qué Jesús no los detuvo aclarando que no era literal? El texto no lo decía.
Y yo, que había aprendido a leer con honestidad, [música] no podía forzar una interpretación que el texto no sostenía. Eso me costó [música] mucho, mucho más que lo de María, mucho más que lo de la autoridad de la Iglesia. Porque cambiar la manera en que uno [música] entiende la Eucaristía no es un cambio intelectual [música] solamente, es un cambio que toca algo muy profundo.
Significa que cada vez que uno se acerca a recibir la [música] comunión, no está recibiendo un símbolo, está recibiendo a una persona, [música] está entrando en un contacto real con el cuerpo de Cristo. Cuando eso empezó [música] a asentarse en mí, algo se rompió en el buen sentido, como cuando una presa contiene demasiada agua y finalmente [música] cede, no para destruir, sino para que el agua corra libre.
Lloré esa noche, no de tristeza, [música] de algo que no sé cómo llamar con exactitud, quizás de gratitud, quizás de esa mezcla de alivio y asombro [música] que siente uno cuando encuentra algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saber [música] que lo estaba buscando. Fui al capellán al día siguiente y le dije que quería saber más.
No como curiosidad [música] intelectual, como alguien que ya había tomado una decisión en el corazón, aunque todavía tuviera que terminarlo de ordenar con [música] la cabeza. Me habló del catecumenato, del proceso que la Iglesia ofrece a quienes quieren ser recibidos en su seno. Un camino de preparación, de formación, de encuentro con la comunidad.
No era solo estudiar doctrinas, [música] era aprender a vivir de una manera distinta, era entender que [música] la fe no es solo una convicción intelectual, sino una forma de vida, eh una [música] relación, una pertenencia. Ese proceso me transformó de maneras que todavía hoy [música] sigo descubriendo. Lo que más me sorprendió no fue la doctrina.
La doctrina yo la había [música] ido estudiando durante meses y encontrando en ella una coherencia que no había encontrado en ningún otro sistema de pensamiento religioso. [música] Lo que más me sorprendió fue la comunidad, la manera en que los católicos viven su fe no como algo privado [música] y personal solamente, sino como algo compartido, encarnado, visible.
La misa no como un evento semanal de inspiración, [música] sino como un encuentro real con Dios, con el mismo sacrificio de la cruz hecho presente de nuevo, de una manera que ninguna mente [música] humana puede abarcar del todo, pero que el corazón reconoce. y los santos, [música] la comunión de los santos que yo había repetido de memoria sin entender, de repente [música] se convirtió en algo vivo.
La idea de que no estamos solos, de que hay una nube [música] de testigos, como dice la escritura, que camina con nosotros, que intercede por nosotros, [música] que que ya ha corrido la carrera y nos mira correrla a nosotros. Eso me quitó una soledad que yo no sabía que tenía, porque hay una soledad [música] que viene de vivir la fe como algo solo interior, solo personal, solo entre uno y Dios.
[música] Una soledad que no es mala, pero que es incompleta. La fe no fue pensada para vivirse en soledad, fue pensada para vivirse en comunión. Y la Iglesia Católica con todos [música] sus siglos y sus santos y su liturgia y su tradición viva era exactamente eso, una comunión [música] que no termina con la muerte, sino que la atraviesa.
No estaba abandonando a las personas [música] que me habían enseñado a amar a Dios desde pequeña. Nunca podría hacer eso. Les debo demasiado. [música] Fue en esa comunidad donde aprendí que Dios es real, que la oración importa, que la vida tiene un sentido [música] que va más allá de lo visible, esa deuda no se cancela, ese amor no se borra.
Pero yo había llegado a un lugar donde ya [música] no podía quedarme sin seguir adelantes, donde las preguntas que había callado durante décadas tenían [música] respuestas y esas respuestas me llevaban en una sola dirección. La razón [música] que había sido mi herramienta más confiable durante toda mi vida por primera vez [música] en mucho tiempo no me estaba llevando lejos de la fe, me estaba llevando más adentro de ella.
Me estaba me estaba llevando a casa y esa casa tenía un nombre que yo empezaba a [música] aprender a pronunciar con una emoción que todavía hoy [música] cuando lo pienso me llena los ojos de lágrimas. La vigilia pascal llega siempre de [música] noche, eso no es casualidad. La Iglesia lo pensó así desde el principio, porque hay cosas [música] que solo se entienden en la oscuridad.
Hay verdades que necesitan la noche [música] para mostrarse con claridad, igual que las estrellas que existen de día, pero que solo se pueden ver cuando el sol se apaga. Yo llegué a [música] esa noche después de un año que cambió todo lo que creía saber sobre mí misma. Un año de [música] conversaciones en esa oficina pequeña con olor a café viejo.
Un año de noches leyendo, de madrugadas [música] con la Biblia abierta sobre la cama y la mente dando vueltas. un año de preguntas que me daban miedo y respuestas [música] que me daban más miedo todavía porque eran demasiado grandes, demasiado hermosas, [música] demasiado reales para no cambiar algo. El catecumenato fue, [música] sin exagerar, el año más intenso de mi vida adulta.
Y eso es mucho decir, porque yo he vivido años muy intensos, [música] he tenido turnos de 36 horas seguidas, he perdido pacientes que quería salvar. He tomado decisiones en [música] segundos que otros tardan días en tomar. Soy una persona que conoce la presión, que conoce el peso [música] de las cosas difíciles, pero nada me preparó para la intensidad de ese camino.
[música] No porque fuera difícil en el sentido de doloroso, sino porque era profundo de una manera que yo [música] no había experimentado antes. Cada semana llegaba los encuentros con el grupo de catecúmenos [música] y salía con algo que no traía cuando entré. No siempre sabía ponerle nombre a ese algo, pero lo sentía. [música] Era real.
El grupo era variado. Había personas, jóvenes que se habían criado sin religión y estaban descubriendo la fe por primera vez. Había un hombre de mediana edad que había pasado décadas [música] alejado de la iglesia y estaba volviendo. Había [música] una mujer que venía de una tradición distinta a la mía y que hacía preguntas tan precisas y tan valientes [música] que a veces me hacía pensar que era la más honesta de todos nosotros.
Y estaba yo, [música] la médica de 64 años que había llegado hasta ahí por el camino más inesperado que uno puede imaginar. el corredor de una UTI, una familia rezando el rosario en una calzada, una [música] luz que alguien vio en un pasillo y una recuperación que no tenía explicación en ningún manual de medicina.
Dios tiene un sentido del humor muy particular o quizás no es humor, sino algo [música] más parecido a la precisión. La manera exacta en que coloca cada pieza en el lugar correcto, [música] en el momento correcto, sin que uno lo vea hasta que todo ya está en su lugar. y uno puede darse vuelta y mirar [música] el camino recorrido. A medida que avanzaba el catecumenato, fui entendiendo algo sobre mi propia [música] historia que antes no había podido ver toda mi vida, desde aquellas preguntas que hacía de adolescente [música] y que nadie podía responderme.
Desde esa separación que fui construyendo entre mi fe y mi ciencia, desde esa [música] caja cerrada donde guardé a Dios durante décadas, todo había sido parte de un camino, no un [música] camino que yo elegí conscientemente, un camino que fue eligiéndome a mí. El hombre que llegó aquella noche [música] a la UTI no llegó por accidente a mi guardia.
No lo digo porque crea que Dios causó el accidente. Lo digo porque creo que Dios usó lo que ya había pasado para encontrarme [música] exactamente donde yo estaba, en el único lugar donde yo podría haber escuchado. [música] Porque si esa familia hubiera llegado a otro médico, quizás yo todavía estaría en esa oficina cerrando [música] la caja cada lunes y abriéndola cada domingo, creyendo que eso era suficiente.
No era suficiente. Y en [música] el fondo, creo que yo lo sabía desde hacía mucho tiempo. La noche de la vigilia pascal llegó en primavera. [música] Hacía frío todavía de ese frío suave que tiene la primavera cuando la noche cae. [música] La iglesia estaba a oscuras cuando entramos. Solo había velas. la llama del cirio pascual al frente, [música] grande y quieta, y de esa llama encendiéndose todas las demás de vela en vela, [música] hasta que el espacio entero fue llenándose de una luz que venía de todos lados y de ninguno en
particular. Me quedé mirando [música] eso sin poder hablar, porque es exactamente eso lo que había pasado en mi vida. una llama [música] que llegó de una manera que yo no esperaba, que tocó algo que yo creía apagado y que fue [música] encendiendo de a poco todo lo que estaba en la oscuridad.
Cuando llegó el momento de la profesión de [música] fe, me puse de pie junto al resto del grupo, escuché las preguntas y cuando tuve [música] que responder, cuando tuve que decir en voz alta lo que creía, no tuve que pensar. Las palabras salieron de un lugar que llevaba mucho tiempo esperando ser [música] escuchado.
Creo en Dios Padre todo poderoso. Creo en Jesucristo, su único hijo. Creo en el Espíritu [música] Santo. Creo en la Santa Iglesia Católica. Creo en la comunión de los santos. La comunión de [música] los santos. Esa frase que yo había repetido de memoria durante décadas sin saber lo que decía. Esa noche la dije sabiendo, sabiendo [música] que no estaba sola, sabiendo que había una madre que había intercedido por un hombre que casi [música] murió en mi Uti y que de paso había intercedido por mí, [música] aunque yo en ese momento no supiera que
lo necesitaba, sabiendo que los santos que yo había empezado a conocer durante ese año no eran personajes de otro tiempo, sino compañeros de camino, presentes, [música] vivos, cercanos. Cuando recibí la Eucaristía por primera vez como católica, algo [música] pasó que no sé si tengo las palabras para describir bien.
He pasado 40 años en medicina tratando [música] de encontrar palabras precisas para describir lo que pasa en el cuerpo humano. Soy una persona que vive del lenguaje técnico, de la [música] exactitud de decir exactamente lo que pasó y cómo pasó. [música] Y en ese momento, arrodillada, con las manos juntas, después de haber recibido lo que la [música] Iglesia llama el cuerpo de Cristo, no tuve palabras, solo tuve silencio.
Y en ese silencio había [música] más que en cualquier cosa que yo hubiera podido decir. Pensé en los 40 años de comuniones simbólicas, [música] no con tristeza, sino con una ternura extraña, porque en ese entonces yo daba lo que tenía [música] con toda la sinceridad de mi corazón y Dios lo recibía.
Estoy segura de eso, pero ahora sabía que [música] había más, que siempre había habido más esperándome y que por fin había llegado. La misa terminó cerca de la madrugada. Salimos al [música] frío de la noche con las velas todavía en la mano. Me quedé un momento parada en la entrada mirando el cielo, pues [música] que estaba despejado y lleno de estrellas.
Pensé en mi madre, en sus manos enseñándome [música] a rezar cuando era niña. En la sinceridad de esa fe que me transmitió, [música] que fue el suelo donde creció todo lo que vino después, le agradecí en silencio. [música] Le agradecí a todas las personas que a lo largo de mi vida me habían hablado de Dios de una manera o de otra, con sus [música] palabras o con su ejemplo.
Cada uno había sido una pieza. Cada uno había [música] contribuido, sin saberlo, a que yo llegara hasta ahí. No [música] hay camino hacia Dios que sea en vano, ni siquiera los caminos que parecen equivocados desde afuera. Dios trabaja con lo que uno le da y lo transforma. En los meses siguientes empecé a integrarme a la pastoral de [música] la salud del hospital, un grupo de voluntarios y profesionales [música] que acompañan a los pacientes no solo desde lo médico, sino desde lo espiritual, que están presentes cuando la medicina ya

hizo todo lo que puede y lo que queda es el silencio, [música] la mano de alguien sosteniendo la tuya, la oración dicha en voz baja junto a una cama. [música] Siempre había respetado eso desde lejos. Ahora lo viví desde adentro. [música] Y lo que descubrí cambió también la manera en que ejerzo la medicina, no porque haya dejado [música] de ser científica.
Sigo siendo la misma médica de siempre, con los mismos protocolos, los mismos criterios, la misma [música] exigencia en el diagnóstico y en el tratamiento. La fe no reemplaza la ciencia, [música] nunca lo hace, pero la fe le da a la ciencia algo que la ciencia sola no puede darse a sí misma, [música] un horizonte, un sentido, una razón para seguir buscando incluso cuando las respuestas no llegan.
He aprendido [música] que cuando un paciente llega al límite de lo que la medicina puede hacer, no llega al límite [música] de lo que Dios puede hacer. He aprendido que el cuerpo y el alma no son compartimentos separados, [música] que lo que le pasa a uno le pasa al otro, que cuidar a una persona [música] entera significa cuidar todo lo que esa persona es.
He aprendido que la escucha, la presencia, el silencio acompañado tienen un poder terapéutico [música] que no aparece en ningún manual, pero que cualquier médico honesto [música] ha visto actuar. Y he aprendido sobre todo que no hay nada más poderoso en una sala de hospital que la oración de una madre. El hombre que llegó aquella noche a [música] mi UTI se recuperó completamente.
Tardó meses con toda la [música] rehabilitación que ese tipo de trauma requiere. Pero se recuperó. Hoy vive, camina, [música] trabaja y me contaron a través de personas que conocen a su familia que volvió a la fe, que la experiencia de ese tiempo lo cambió de una manera [música] profunda, que hoy participa activamente en su comunidad de fe junto a su madre.
[música] que nunca dejó de rezar, no me sorprendió, porque eso es lo que hace la gracia. No solo salva el cuerpo, [música] salva todo. Yo tengo 65 años, he vivido una vida larga, [música] intensa, llena de cosas que merecen gratitud y cosas que merecen humildad. He salvado vidas y he [música] perdido vidas.
He tenido razón muchas veces y me he equivocado otras tantas. He sido una mujer segura de sí misma, que aprendió más tarde [música] de lo que debería, que la seguridad verdadera no viene de saber mucho, sino de saber a quién perteneces. Pertenezco a [música] Dios. Eso no es nuevo. Siempre fui suya, pero ahora lo sé de una manera que va más allá del entendimiento, que [música] se instala en un lugar más adentro que cualquier convicción intelectual.
y pertenezco a [música] esta iglesia, a esta familia enorme, imperfecta, hermosa, [música] que lleva 2000 años custodiando algo demasiado valioso para perderlo, que ha tenido momentos [música] oscuros en su historia, como toda institución humana los tiene, pero que en su núcleo, en su [música] esencia, guarda un tesoro que ningún error humano ha podido destruir ni destruirá, porque no es un tesoro humano.
Es un tesoro que le fue [música] confiado por alguien que prometió estar con ella hasta el fin del mundo. Y la Virgen [música] María, la madre que yo no entendía, a la que tardé décadas en poder mirar de frente. Hoy la siento [música] cerca de una manera que no sé cómo explicarle a alguien que no lo ha vivido.
No es una devoción de adorno, no es una imagen en la pared, es una presencia [música] real, suave, constante, de esas que no hacen ruido, pero que uno [música] nota en cuanto se detiene a escuchar. Cuando rezo el rosario, cosa [música] que hago cada día ahora, pienso en esa señora mayor que vi en la calzada [música] del hospital sentada en su silla plegable, completamente inmóvil, en otro lugar [música] y entiendo lo que ella estaba viviendo.
Ese lugar al que ella [música] iba cuando rezaba, yo también lo conozco ahora. Y es el lugar más real que existe. Si hay [música] alguien escuchándome que lleva las mismas preguntas que yo llevé durante tanto tiempo, [música] quiero decirte algo con toda la honestidad de la que soy capaz. Tus preguntas son válidas, no las silencies.
[música] No las guardes en una caja. Hazlas en voz alta. Búscales respuesta con honestidad, sin miedo, sin el filtro de lo que quieres [música] encontrar, porque la verdad no le teme a las preguntas, solo el miedo le teme a las preguntas. [música] Y si hay alguien que viene de una tradición distinta a la mía, alguien que ama a Dios con todo el corazón desde otro lugar, [música] quiero decirte también, no eres mi adversario.
es alguien que ama a Dios [música] y ese amor es real y es bueno y no lo voy a poner en duda, pero te invito, con el mismo respeto con que yo fui invitada [música] a hacerte las preguntas difíciles, a buscar con honestidad, a no conformarte con lo que es cómodo cuando hay algo más esperándote, [música] porque hay algo más, siempre hay algo más.
La vida es corta. Yo lo sé mejor que nadie. He visto demasiadas veces como una noche puede cambiarlo todo, como en un segundo el mundo de alguien se parte en dos [música] y lo que parecía sólido se muestra frágil. He visto morir a personas en paz [música] y he visto morir a personas con miedo. Y la diferencia [música] casi siempre no estaba en lo que habían acumulado ni en lo que habían logrado.
Estaba [música] en si sabían a quién pertenecían. Saber a quién perteneces lo cambia. Todo cambia la manera en que trabajas, la manera [música] en que sufres, la manera en que amas, la manera en que esperas. [música] Cambia hasta la hasta la manera en que miras el cielo de madrugada cuando salís del hospital después de un turno largo y el [música] mundo está en silencio y las estrellas están ahí quietas recordándote que hay algo que no se apaga.
Yo soy Elenor, soy médica, [música] soy católica y llegué aquí por el camino más inesperado que uno puede imaginarse. Por un hombre de [música] 34 años que casi no sobrevive, por una familia que rezó sin parar [música] en una calzada fría, por una luz que alguien vio en un corredor, por un capellán [música] paciente con una cafetera vieja, por una madre que le dijo a los sirvientes y a todos nosotros, “Hagan lo que él les diga.
Hice lo que él me dijo y por primera vez en 65 [música] años estoy completamente en casa.