La continuación de la historia

La cucharita de Ana cayó de sus manos y resonó en el plato. A Greta le recorrió un sudor frío la frente. Por un instante, el mundo se volvió mudo: solo el susurro de las hojas del manzano a su espalda le recordaba que aún seguía allí, en la realidad. — Solo quiere comprobar, — se apresuró a explicar Elisa. — Ahora todo está en esos registros electrónicos, un trozo de tierra lo pueden transferir a cualquiera sin que te enteres. — ¿Y qué crees que podría no estar bien en esos papeles? — la voz de Greta era baja y pausada, pero sus ojos brillaban. — Nada, solo… para que entendamos cómo está todo. Estamos planeando una reforma, la piscina, el cobertizo. Hay que saber a nombre de quién está todo, y si convendría cambiarlo para que los impuestos salgan más bajos, — dijo Lucas con tono de banquero explicando una obviedad. — ¿Y “nosotros” quiénes somos? — preguntó lentamente ella. — ¡La familia, mamá! — exclamó Elisa. — Siempre dramatizas. ¡Solo enseña los documentos! ¿Qué tiene de tan terrible? — ¿Y por qué os hace falta justo hoy, sábado, cuando todo está cerrado? — preguntó Greta.
— ¡Por Dios, no vamos a vender la casa a tus espaldas! — gritó Elisa, mordiéndose la lengua de inmediato. Greta se quedó inmóvil. Su mirada atravesó a su hija, haciéndola encogerse, como una niña amonestada. — Entonces, esa idea existía, ¿verdad? — dijo en voz baja. En la mesa se oía el zumbido de una mosca cerca de la ventana. Lucas miraba fijamente su plato, Elisa pasaba el tenedor de una mano a otra, y los niños miraban de uno a otro sin entender por qué el silencio era tan denso, como la niebla antes de la tormenta. Greta se levantó. Sin prisa, pero con firmeza. Sus ojos estaban tranquilos, casi fríos. Se secó las manos con el paño y dijo: — Los documentos están bajo llave. Y la llave la tengo yo. Y así seguirá siendo. — Mamá, ¿por qué te pones así? — Elisa también se levantó. — Solo queríamos hablarlo como personas. — Se habla con quien pregunta, no con quien exige. Habéis venido no a visitar, sino a repartir. Y tengo derecho a decir que no. Lucas se incorporó. Su cara se enrojeció. — ¡Vamos a invertir aquí una fortuna! ¿No entiendes que es lo lógico? ¿No te duele por tus nietos? — No se trata de dolor, Lucas. Se trata de conciencia, — respondió con firmeza. — Recuerdo cómo plantamos ese manzano Federico y yo. En ese árbol quedaron sus manos. Y hoy vosotros queréis cortarlo. — No pienso discutir, — dijo él, arrugando la servilleta en la mano.
— Tarde o temprano, Greta, todo pasará a vuestros hijos. Solo queríamos hacerlo de forma civilizada. Ella no respondió. Miró por la ventana: la luz del atardecer entraba en el jardín, y el manzano, atravesado por el sol, proyectaba su sombra sobre las manos de ella. Sintió dolor y claridad al mismo tiempo: como si, por primera vez en muchos años, recordara que aún seguía viva. Esa noche, cuando todos se acostaron, Greta permaneció largo rato sentada en el porche, mirando el patio oscuro. En el coche quedaba todavía una caja sin abrir con la etiqueta “documentos”. Sabía que si dejaba todo así, mañana esas manos cortarían su manzano, trasplantarían su ajo y, poco a poco, la arrancarían también a ella de su vida. Antes del amanecer abrió la puerta del cobertizo. El viejo olor a aceite, metal y madera seca llenó el aire. Pasó el dedo por la guadaña que Federico había afilado años atrás. No sabía qué haría después, pero sí tenía claro que ya no se quedaría callada. Al amanecer, cuando los gallos cantaron en la casa vecina, Greta salió al huerto. Sobre la mesa, entre las gafas y el paño arrugado, estaban los documentos de la casa y del terreno.
Los miró largo rato, luego firmó una hoja encima y la colocó cuidadosamente en un sobre. Cuando Elisa se despertó, su madre ya estaba en el porche con la maleta preparada. — ¿Adónde vas? — preguntó su hija, desconcertada. — A la ciudad. Por un tiempo. Queríais espacio: pues aquí lo tenéis. Solo una cosa: no toquéis el árbol. Si lo cortáis, no volveré. Elisa sintió un nudo en el pecho. Quiso decir algo, pero solo salió un susurro tembloroso: — Mamá… no queríamos hacerte daño. Greta sonrió. Por primera vez en todo el día, triste pero sincera. — El daño nunca se planea, se hace creyendo que uno tiene derecho a hacerlo. Echó a andar por el sendero junto al parterre donde ayer había dejado su bolso. El sol tocaba sus hombros, y parecía que la tierra bajo sus pies era más ligera, como si por primera vez en muchos años no arrastrara ni miedo ni dolor. Detrás quedaban el patio, las risas de los niños y una nueva época en la que, por fin, volvía a pertenecerse a sí misma.