NERY CASTILLO cumplio 41 AÑOS y como VIVE es MUY TRISTE –

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NERY CASTILLO cumplio 41 AÑOS y como VIVE es MUY TRISTE
Neri Castillo humilló a Brasil en la Copa América 2007. Se convirtió en el fichaje mexicano más caro de la historia en su momento. El mundo entero hablaba del mexicano que pintaba para crack. Pero de un momento para el otro todo cambió. Su ego, la enfermedad de sus padres y una tormenta de malas decisiones personales lo alejaron de todo lo que pudo ser.
Hoy con 41 años su vida está lejos de aquella promesa que un día ilusionó a millones. y lo que vas a ver de su presente te va a dejar impactado. Neri Alberto Castillo nació en San Luis Potosí, México, el 13 de junio de 1984. Pero desde el arranque su vida fue un desarraigo. Su madre era mexicana, pero su padre, Neri Castillo Farías, era un futbolista uruguayo que le heredó no solo el nombre, sino también el fuego competitivo y esa mezcla de talento con rebeldía. que lo marcaría para siempre.
A los pocos años, la familia se trasladó a Uruguay. Ahí, Neri creció en un entorno completamente distinto al de sus raíces mexicanas. Su acento, su carácter y su estilo se fueron moldeando en las calles y potreros uruguayos. Y en ese entorno, donde el fútbol es más que un deporte, Neri empezó a hacerse notar.
No era el más disciplinado, pero tenía algo que nadie podía ignorar. Talento desbordante, velocidad endiablada y una zurda que dejaba a más de uno tirado en el piso. Se unió a las fuerzas básicas del club Danubio, un semillero de grandes figuras uruguayas. Desde ahí, su nombre empezó a circular entre los casatalentos.
Tenía apenas 15 años cuando empezaron a llegar las primeras propuestas. Los que lo veían jugar decían que tenía algo distinto, que no era solo un chico bueno con el balón, sino un jugador con hambre, con ese ego que en lugar de molestarte te hacía querer verlo más. Lo llamaron para jugar torneos juveniles internacionales y no desentonó.
Era un rayo por la banda con una actitud provocadora que no encajaba del todo en el molde. No tenía pelos en la lengua ni miedo al que dirán. Eso, sumado a su sangre uruguaya, lo hacía duro, frontal, sin filtro. Fue entonces cuando apareció una oferta que cambiaría todo. Olimpiacos, el club más grande de Grecia, lo quería en sus filas.
Tenía apenas 16 años. cualquier otro se hubiera asustado. Él no empacó su vida, dejó atrás su tierra adoptiva y voló al otro lado del mundo. Grecia sería su nueva casa y el trampolín hacia lo más alto. En Olimpiacos no tardó en hacerse notar. Su debut fue rápido y aunque al principio muchos dudaban de ese joven mexicano uruguayo que parecía más un experimento que una apuesta segura, Nery se encargó de cerrar bocas a fuerza de goles y actuaciones memorables.
Su estilo era explosivo, jugaba con el alma y con rabia. Se notaba que no estaba ahí solo para figurar. Quería dominar. Con el paso del tiempo se ganó el corazón de los hinchas. Lo veían como un símbolo de rebeldía. de lucha de talento puro. Nery se convirtió en ídolo, fue campeón de liga, de copa y uno de los goleadores más queridos del club.
Tenía apenas 22 años y ya lo querían en media Europa. Y entonces vino el gran salto. En 2007, el Shaktar Donetsk de Ucrania rompió el mercado. Pagaron cerca de 20 millones de euros por él. Era uno de los traspasos más caros del fútbol europeo en ese momento. Una locura. Con ese pase, Neri no solo se convirtió en el jugador mexicano más caro de la historia hasta entonces, sino también en uno de los fichajes bomba del continente.
Se hablaba de él en todos lados. Algunos decían que estaba para el Real Madrid, otros lo imaginaban rompiéndola en Italia, pero eligió Ucrania, tal vez por dinero, tal vez por convicción o tal vez porque, como siempre, Neri prefería el camino menos transitado. Parecía que nada podría detenerlo. Era joven, talentoso, millonario y con toda una carrera por delante.
Pero lo que nadie sabía es que ese ascenso meteórico escondía grietas. Grietas que muy pronto empezarían a quebrarlo por dentro, porque el chico de San Luis, el que se formó en Uruguay y brilló en Grecia, aún no había enfrentado su mayor desafío. Él mismo. Explosión en la selección mexicana. Nery tuvo que tomar una decisión que marcaría su historia para siempre.
Nacido en San Luis Potosí, pero criado en Uruguay y adoptado por Grecia, Neri tenía tres caminos frente a él. Podía representar a Uruguay, la tierra que lo formó futbolísticamente, a Grecia, el país donde se convirtió en ídolo, o a México, la patria de su madre y su lugar de nacimiento. Las tres federaciones lo querían.
Uruguay confiaba en su sangre charrúa. Grecia se lo disputaba tras sus años brillantes en olimpiacos y México lo veía como el nuevo salvador de una generación irregular. Y cuando todos pensaban que su elección sería por conveniencia o por cercanía emocional con Uruguay o Grecia, Neri sorprendió.
Optó por la camiseta tricolor. Eligió volver a sus raíces. México le abría las puertas y él las cruzaba con todo el fuego. Era 2007 y el escenario perfecto para debutar no podía ser otro. La Copa América en Venezuela. Bajo la dirección de Hugo Sánchez, Neri fue convocado y no tardó en robarse el show.
El 27 de junio, en el primer partido del torneo, México se enfrentaba nada menos que a Brasil y Neri los destruyó. Minuto 23. Balón al área. Neri lo controla con clase, levanta la pelota con un sombrerito y sin dejarla caer la clava con la zurda cruzada al segundo palo. Golazo. De los que te hacen gritar aunque no le vayas a México.
Pero no fue solo el gol, fue la forma, su desparpajo, su actitud desafiante. Ese día bailó a los brasileños sin miedo. Se les plantó en la cara con una mezcla de talento, insolencia. y rabia, como si tuviera algo personal con ellos. Durante todo el torneo, Neri fue imparable, rápido, técnico, voraz. Anotó cuatro goles y fue pieza clave para que México alcanzara el tercer lugar.
Fue incluido en el 11 ideal de la Copa América. Los medios lo comparaban con figuras mundiales. Se hablaba del Messi mexicano, del nuevo ídolo, del jugador distinto que el país llevaba años esperando y por un instante lo fue. Las calles se llenaron de camisetas con su nombre. La afición lo ovasionaba. Las marcas lo buscaban.
Todos querían una parte de Neriy Castillo, pero ese amor no fue correspondido como se esperaba, porque en paralelo a ese ascenso meteórico comenzó a brotar algo que siempre estuvo latente. Su ego. Neri no era diplomático, no buscaba agradar, no sabía fingir. Y eso, en un entorno como el del fútbol mexicano, donde se idolatra con facilidad, pero también se destruye sin piedad, fue un cóctel explosivo.
Empezó a mostrarse altanero con la prensa, cortante, frío, reacio a dar entrevistas. Cuando lo enfrentaban con críticas, no se achicaba. Respondía con desdén. Y entonces soltó la frase que selló su relación con el medio mexicano. Tú estás en México, yo en Europa. No era solo una frase al aire, era un grito de hartazgo, una respuesta directa a la prensa mexicana que desde el primer día quiso moldearlo a su antojo.
Neri no soportaba el amarillismo, la crítica vacía, los cuestionamientos que venían más del morbo que del fútbol. Su pelea era con ellos, no con su país. Pero bastó esa frase, “Tú estás en México, yo en Europa, para que los medios comenzaran a instalar otra versión. Que Neri renegaba de su raíz mexicana, que no sentía la camiseta, que era un extranjero disfrazado de mexicano y nada más lejos de la verdad.
La gente lo seguía queriendo, pero el relato empezó a torcerse. La prensa lo quiso pintar como arrogante, distante, casi traidor. Lo sacaron de contexto, lo pusieron en la mira y él, en vez de bajar el tono, se encerró aún más. No renegaba de México, renegaba del circo que le querían montar alrededor.
Pero en ese juego la imagen se le empezó a escapar de las manos. El principio del fin. Cuando Neri llegó al Shaktar Donet en 2007, lo hizo como una de las grandes apuestas del fútbol europeo. 20 millones de euros por su ficha, un contrato millonario, el jugador mexicano más caro del momento. Todo parecía indicar que ese era su siguiente escalón hacia la élite mundial.
Pero mientras los titulares hablaban de su traspaso histórico, algo mucho más fuerte empezaba a desmoronarse en silencio. Sus padres comenzaron a enfermar. Primero su padre, luego su madre, ambos con diagnósticos brutales, cáncer. Y a partir de ahí Neri empezó a perderse por dentro, por fuera. Ya no estaba al 100%. No lo decía, pero se notaba.
Ya no corría igual. Ya no brillaba. Su mente no estaba en Ucrania, estaba en su familia, en su casa, en el miedo de que cualquier llamada fuera la última. Y claro, en un entorno tan frío y exigente como el fútbol europeo, eso no se perdona. En uno de los partidos se negó a ceder un penal al jugador designado por el técnico.
Tomó el balón, lo pateó, lo falló y lo sacaron. Fue un quiebre. El vestidor se le dio vuelta. El DT dejó de confiar. Los compañeros lo empezaron a ver como un problema, pero nadie sabía lo que estaba cargando en la espalda. Desde el club no hubo empatía, solo exigencia. Con el ambiente envenenado, lo mandaron a préstamo al Manchester City.
Narry, desesperado por resetear su carrera, puso dinero de su bolsillo para cerrar el acuerdo y cuando todo parecía alinearse, se lesiona en su primer partido en casa. Otra vez el fútbol le cerraba la puerta. Y ahí vino el golpe más bajo. Su madre, ya en estado terminal falleció. Neri suplicó al Shaktar volver para estar con ella. No le dieron permiso. No pudo volar.
No pudo despedirse. No estuvo en el hospital. No estuvo en el funeral. No abrazó a su familia. Se quedó solo en Ucrania con el alma destrozada y una culpa que lo perseguiría por el resto de su vida. A partir de ahí ya no hubo retorno emocional. se rompió. Lo que pasó en la cancha dejó de importar porque cuando el dolor es tan grande, el fútbol pasa a segundo plano.
Y Neri, que siempre fue fuego y carácter, ya no tenía ganas ni de encenderse. La dura caída. Después del mazazo emocional que fue perder a su madre sin poder despedirse, Neri nunca volvió a ser el mismo. Lo intentó. siguió entrenando, cambió de ciudad, de idioma, de camiseta, pero su fuego ya no era el mismo.
Y eso en un deporte que te exige pasión todos los días es una sentencia. El Shaktar lo descartó. No tenía lugar ni en el banco. Lo mandaron al Denipro, otro club ucraniano, casi como desecho de lujo. Jugó poco y mal. Nadie entendía como ese jugador que hacía magia en Copa América ahora parecía un fantasma en la cancha.
De ahí pasó al Chicago Fire en la MLS. Llegó como figura, como designated player, pero en realidad solo era un recuerdo ambulante de lo que alguna vez fue. Su actitud tampoco ayudaba. Frío con los compañeros, cortante con la prensa, distante con los hinchas. Apenas jugó, apenas marcó y otra vez se fue sin pena ni gloria.
Lo mismo ocurrió en Aris Salónica, Pachuca, León. Clubes que lo fichaban con la esperanza de revivir su talento, pero que rápidamente entendían que ese fuego ya se había apagado. Neri entraba y salía de los equipos como quien pasa por estaciones sin bajarse nunca del todo. Siempre estaba de paso hasta que un día, casi sin que nadie se diera cuenta, se fue al Rayo Vallecano, un club humilde, lejos de los reflectores.
Allí jugó sus últimos partidos como profesional. No hizo goles, no dejó huella, no hubo despedida ni homenajes, nada, solo se apagó su duro presente. Y así Neri Castillo se retiró del fútbol sin que nadie lo notara. Tenía apenas 30 años. No hubo rueda de prensa, no hubo homenajes, no hubo una última ovación, simplemente un día dejó de jugar como si nunca hubiera estado.
Neri se desconectó por completo del fútbol, no aceptó ofertas como comentarista, no se acercó a los banquillos, no quiso ser parte del espectáculo desde otro lugar, eligió desaparecer y se fue a Grecia no como futbolista, sino como alguien que buscaba paz. Silencio, rutina. En un rincón del mare Ejeo encontró algo que en su vida nunca había tenido.
Normalidad. Hoy vive allá, en una isla tranquila, lejos del ruido, sin cámaras, sin fanáticos. Tiene un negocio local llamado Naris Fishing, una tienda dedicada a artículos de pesca. Vende cañas, anzuelos, cebos, redes. Atiende él mismo con remera y bermuda como cualquier vecino. A veces sube fotos a sus redes mostrando sus capturas del día, sonriendo con un pez colgado entre las manos.
Su nueva vida no tiene lujos, tampoco flashes. Tiene lo justo, una pequeña comunidad que lo respeta, una familia a la que cuida y un trabajo que lo conecta con algo que siempre lo calmó. El mar. De aquel jugador explosivo que bailó a Brasil, ya no queda casi nada, solo los recuerdos. Algunos aún lo reconocen cuando lo ven caminando por el puerto.
Le piden una foto, le recuerdan aquel golazo con la camiseta de México. Él sonríe, agradece, pero ya no habla del pasado. Y en esta vida tan distinta, tan terrenal, resuena con ironía una frase que soltó años atrás en medio de una entrevista polémica. “Tú estás en México, yo en Europa.” En su momento fue tomada como una muestra de arrogancia.
Hoy esa Europa que tanto mencionó lo tiene olvidado. No lo invitan a eventos, no lo nombran en especiales, no lo recuerdan. Pero Neri tampoco parece querer ser recordado. Quizás porque sabe que la fama le quitó más de lo que le dio o porque en ese pequeño local de pesca encontró algo que en el fútbol jamás logró sostener. Paz.
Y ahora te pregunto a ti, ¿crees que Neri Castillo fue víctima de su carácter o fue alguien que nunca se dejó aallar por la prensa? Podemos decir que la vida de un futbolista de élite está llena de triunfos, pero también de caídas. Lo verdaderamente importante es ser perseverante y tener metas claras, tal como es el caso de Carlos Vela, quien tuvo que superar innumerables obstáculos para llegar a la cima.
Si te interesa conocer esa historia inspiradora, te la dejo por aquí. No te la puedes perder, en la cual repasamos tanto su carrera futbolística como su vida privada muy entretenida. Yeah.